miércoles, 21 de diciembre de 2016

Solsticio de Invierno

     Os propongo un juego. Hoy, en unas horas, será el solsticio de invierno (en el hemisferio norte). A las 11:44 (CET) a.m., concretamente. El solsticio de invierno es, técnicamente, el momento preciso de la órbita de la Tierra en el que el eje de la misma forma el mayor ángulo (de nuevo, en el hemisferio norte) con la línea recta que la une con el Sol. También coincide con el día más corto y la noche más larga del año. Para todas las aves nocturnas, y demás amantes de la noche, ni que decir tiene que este día merece respeto y homenaje. También coincide, claro, con el solsticio de verano en el hemisferio sur, el día más largo y la noche más corta. Esta pequeña desigualdad, este desequilibrio de extremos, se suma al propio de las horas diurnas frente a las nocturnas. Esto hay que tenerlo en cuenta, también: hoy es un día de desequilibrio y desequilibrados.
     Desde antiguo, muchas culturas han elegido este día como aquel en el que su divinidad principal (el Sol, origen de toda vida, de la mayor parte de energías que recibimos y usamos, y culpable de que la Tierra, en primer lugar, exista) decrece hasta su mínimo, o "muere", para renacer de nuevo y recorrer otro año más. Es un día, pues, de muerte y renovación.
     Yendo al grano, os propongo, pues, el siguiente rito: Antes de nada, encended una vela, un cigarrillo, cualquier tipo de llama, a las 11:44. El Sol necesita vuestro apoyo en su hora más oscura. Sois los guardianes de la llama. Luego, elegid el momento del día en el que queráis prepararos. El atardecer es idóneo, para honrar la noche, pero vale cualquiera, realmente. En ese momento, daos una ducha con agua bien caliente, purificaos. Una vez secos y limpios, vestid el negro. No quiero ser muy nazi aquí, basta con que llevéis alguna prenda negra, pero lo ideal es un negro impoluto, libre de dibujos y marcas, a poder ser. Luego, escribid en un papel todos los errores que hayáis cometido a lo largo de 2016, y los últimos diez días de 2015 (desde el anterior solsticio). Cuando caiga la noche, quemad ese papel. La llama ayudará también a mantener al Sol vivo, y vuestros errores se convertirán en humo de expiación y cenizas de renovación. Aunque los queméis, no los olvidéis; aprended de ellos. Sentid que morís con el fuego, y renacéis como una versión mejor de vosotros mismos cuando éste se apague. Por último, salid a la calle. Contemplad la Luna menguante, las nubes, las estrellas. Muchas de ellas habrán muerto ya, también, y su polvo estelar desperdigado por el vacío tal vez esté creando algún nuevo planeta en el que, millones de años después, o tal vez solo miles, unas extrañas criaturas celebren sus propios solsticios, tal vez alzando la vista al cielo, hacia la luz de nuestro Sol. Ahora, haced lo que queráis. Pero, siendo la noche más larga, hay puntos extras para el que salga de fiesta, y llene las horas con vicio y decadencia hasta la salida del Sol. Porque ver todas las horas de la noche más larga es honrarla, y porque empezando el año con vicio y decadencia, solo puede ir a mejor, y porque de siempre se han celebrado las cosas bebiendo y con fiesta.
     ¡Id, y guardad la Llama!

lunes, 28 de noviembre de 2016

La Chica de la Sonrisa

     Da igual a qué momento concreto intente acceder mi memoria al tratar de recordarte. Siempre está ahí, tu sonrisa. Esa sonrisa tan tuya, capaz de llegar casi hasta los lóbulos de tus orejas sin tener un ápice de forzada, enseñando los dientes lo justo. Esa amplísima rodaja de fruta prohibida que aparece sin más en un plato de frutas de temporada, como muy casual.

     Se da otro caso curioso con los recuerdos que me generas. Por un lado, siempre estás más guapa en la realidad que en el recuerdo. Esto, lo admito, puede ser común, no sé si en mí, o en el grueso de la gente --lo que nos gusta llamar "los demás", como si hubiera una distinción clara entre tú y yo, y el mundo--. Esto puede ser común, sí, que uno se quede con los rasgos más característicos de una cara (siendo lo "característico" lo que más probabilidad tiene de hacer a una cara fea), y luego los ensamble como pueda. El montaje puede llevar la aclaración al margen de "guapo" o "feo", o "no strong feelings one way or the other", pero no llega a formar una imagen, objetiva y tangible, que merezca tal interpretación. Con los recuerdos de fotografías la cosa funciona distinta. Una imagen de dos coma una dimensiones, plana y que captura una fracción diminuta de tiempo, y que carece de la entidad propia de lo retratado. De hecho, salvo aquellas personas que tienen el don de la pose y perfil perfectamente ensayados, nadie sale igual en dos fotografías. Se podría decir que cada fotografía de uno representa a una persona distinta, y ésto, de algún modo, es verdad incluso para esas personas con el don de la pose. Pero, volviendo al tema, cada vez que te veo a través de una cámara, y en ese primer segundo en el que tú me ves a mí también y me regalas esa sonrisa tan tuya, tan casi literalmente de oreja a oreja, algo me aprieta por dentro y me hace decir "qué guapa eres, qué guapa estás", no sabiendo nunca decidirme entre ambos verbos.
     Por otro lado, cuando te veo en persona, la cosa es al revés. Tal vez sea por estar acostumbrado a verte de ese otro modo, mirando a una pantalla a la espera de que aparezcas de repente, y reconocerte en esa primera fracción de segundo, como esa imagen completa de belleza que me aprieta por dentro. Tal vez, cuando te espero en la estación, espero de algún modo que te materialices en la puerta como por arte de magia, que tu imagen me sorprenda y me apriete y que me haga decir "joder, qué guapa eres, qué guapa estás", sin saber nunca decidirme. Tengo la extraña certeza de que en cuanto entres en escena, traerás contigo un brillo especial, como de diez focos que te siguen desde arriba, dejando claro que eres la protagonista, la soprano primera, la investigadora principal. Pero no, sales por la puerta como el resto, caminando a un ritmo normal, pasando casi desapercibida entre la gente, entre los demás, y yo tardo un segundo completo en darme cuenta de que eres tú, porque la certeza de los focos habían vuelto a mi atención perezosa. Sales por la puerta con andar alegre y despreocupado, como muy casual, y me sonríes de oreja a oreja y en cuatro dimensiones, con tu sonrisa acercándose y buscando la mía. Y entonces, en el segundo segundo me doy cuenta, sorprendido, de que eres humana.
     Luego llegas, me abrazas, tu sonrisa se amplía más, mucho más, hasta límites fuera de la ciencia, y encuentra por fin la mía. Y entonces pasa un minuto entero de quietud en el que vuelvo a creer en la magia.

     Tal vez si no fuera por ese segundo, yo jamás me atrevería a ponerte una mano encima. Y me la cortaría si se atreve a rozar tus partes más íntimas después de haber estado limpiando fangos negros en trabajos nocturnos, por muchas capas de jabón y lejía que los hayan sucedido. Y me arrancaría la lengua si se atreve a probar tu sonrisa, después de haber probado licores que en el fondo, nada tienen de espíritu, y después de que unas cuantas bacterias me caguen en la boca mientras duermo para darme aliento mañanero, cuando tú vienes a verme por la mañana para despedirte. Pero entonces se abre la puerta de la habitación y entras tú, con una sonrisa de oreja a oreja, aunque no haga falta decirlo, con tu andar desenfadado, todo muy casual, y te metes con ropa conmigo en la cama. Y entonces te abrazo, y te beso, y te acaricio la piel. Y doy gracias a lo divino por que seas humana.

viernes, 22 de enero de 2016

Mejor del revés

   Estaba cerrando cuando entramos, te lo dije. «No sirven más», me dijiste al entrar, y yo no dije nada, aunque te lo hubiera dicho antes. Me senté en una silla solitaria de toda mesa, en mitad de la nada, en mitad de todo el bar. Te pusiste delante, amagaste con bailar, y luego miraste al espejo que tenías enfrente, y yo detrás. «Ahí, estoy bien», dijiste. «Aquí, no tanto», mientras te señalabas el cuello. Ese espacio caprichoso que hay entre las clavículas y el nacimiento de los esternocleidomastoideos, como un punto cuádruple. Es normal, dije yo, porque es la imagen a la que estás acostumbrada. Todos nos vemos mejor en el espejo, pero yo tal vez te vea mejor en la realidad. Entonces me giré, aún sentado en la silla, y miré tu reflejo, mientras decía que pero si te veo ahí... Y, maldita sea, no, estabas guapísima. No, la verdad que estás guapísima, admití. Te reíste, me reí. A ver si va a ser verdad, a ver si todos estamos más guapos del revés. Te volviste a reír, ante la gravedad del asunto. O tal vez sólo yo la veía. Pero qué cojones, ¿nacemos del revés? ¿Acaso sólo los que nacen con el corazón a la derecha son auténticos seres humanos? ¿En qué momento nos separamos de la línea verdadera como sucios mutantes?
   La idea de la aberración me duró poco porque ya nos echaban del bar. Que no, que no se sirve. Le doy la mano al camarero, y le digo «como hemos venido nos vamos, ¿no?». Y no hacía falta que lo preguntara, realmente, pero se lo tengo que repetir tres veces. «Sí, sabes que sí». Y nos vamos, pues, no como hemos venido, sino con unos segundos de tiempo más encima. O menos, depende de cómo lo mires. Y con una reflexión tonta en mente de más, eso sí. Hay que joderse, que nacemos del revés. O será que, simplemente, todo es mejor cuando le das la vuelta. O será que nos gusta siempre lo diferente. Seremos imbéciles... O curiosos. A esta hora, encanto, te lo puedo justificar todo. «No me llames encanto más en tu puta vida». Entendido.
   «¿A casa, o a casa de alguien?». A donde quieras.

lunes, 12 de octubre de 2015

De lo Inefable

   --No usen la palabra muy, porque es una palabra perezosa. Una persona no está muy cansada, está exhausta. Y no digan muy triste, digan taciturno. El lenguaje fue desarrollado con un propósito, ¿que es...?
   --¿Para comunicarse?
   --¡No..! Para cortejar a las mujeres. Y en ese empeño, la pereza no sirve.

   Hay una palabra que detesto ver escrita: inefable. Tal vez esté leyendo a Lovecraft, y el bueno de Howard haya imaginado la existencia de algo que no se puede imaginar, o eso creyó. Tal vez pensara que ese concepto, la existencia de algo que ni siquiera puedes imaginar, mucho menos describir con palabras, pudiera crear terror en la mente del lector. Y tal vez tenía razón, nos asusta lo desconocido. Nos aterra pensar que tal vez exista algo que seamos incapaces de entender o asimilar, de etiquetar, incluso aunque lo tengamos ante nuestros propios ojos. Que es posible mirar a R'lyeh y ver ángulos fuera de la circunferencia, geometrías imposibles, ilusiones ópticas talladas en piedra. Tal vez Cthulhu no tenga cabeza de pulpo ni alas de dragón, pero ese fue el mejor intento de un escritor por transmitir el pavor de un ser informe e inaprensible, y muy antiguo. O Ancestral, mejor dicho. Pues vale, en este caso, podría pasar. Está jugando precisamente con ese concepto. Lo que no soporto es verla en cualquier otro contexto, en el que el usuario de la misma intenta transmitir "mira qué situación más maravillosa he vivido, o qué idea genial he tenido, y de paso, mira qué palabra tan chula conozco", y yo entiendo "no sé escribir, para qué te voy a engañar".

   Dejemos lo inefable para los ejercicios --fallidos, si uno es estricto-- de imaginación, y respetemos la página en blanco. Un escritor, cualquier escritor, no puede resignarse a usar esa palabra. Va a emprender un intento de describir algo que tiene en su mente, y en ese empeño, la pereza no sirve. Da igual que el escritor esté elaborando un poema, una novela, una carta a su amada o a un proveedor, una lista de la compra o un post-it que pegará en la nevera. Tal vez no te acuerdes de la palabra "desatascador", pero puedas escribir "esas bolitas o ese gel que echas en el lavabo cuando se llena de agua y el agua no baja", o "esa ventosa de goma con forma de acordeón y un palo". Tal vez no recuerdes la palabra "exhausto", y te tengas que resignar a escribir "muy cansado". Tal vez te cueste mucho describir qué sentiste cuando Ella entró en el bar, o no respondió a tu mensaje. Pero has de intentarlo. Respeta la página en blanco. Porque en el momento en el que posas el lápiz sobre el papel, o los dedos sobre las teclas, entonces eres un escritor, y vas a codificar con palabras lo que está escrito en sinapsis y hormonas. Nadie pide que sea perfecto, tal vez eso sea imposible. Basta con acordarse de comprar desatascador en la tienda, o con guiar amablemente las sinapsis del receptor del mensaje.
     Otros dirán que no es necesario guiar, no al menos en cada curva. Que las obras de arte son cosas vivas, que de hecho cobran vida al ser disfrutadas (leídas, escuchadas, observadas, tocadas...). Que existen tantas interpretaciones de una obra como espectadores de la misma. Que a veces el artista crea algo abierto para que el receptor le dé sentido, y acomode los detalles difusos según su propio gusto. Y, en este aspecto, se podría justificar lo inefable. Pero claro, siempre habrá gente que se sirva de esta excusa para la pereza, la vaciedad, el ocultar la falta de genio con velos de misterio. A mí esta gente me come los cojones.

   Ante la página en blanco, todos somos escritores, y lo inefable no es más que un desafío, como quien oye "imposible" y escucha "improbable". Y aunque no exista la palabra "sarbilopenda", tampoco existen los colores "rolanja" ni "azurillo". Y los pintores pintan. Y aunque le hagan un agujero al lienzo, o le prendan fuego, no hablan de "lo impintable", porque ese es un cuadro que jamás se llega a colgar.

Ella.
Ella es una imagen borrosa
que nunca se llega a borrar.
Ella tuvo mil caras y brillos,
mil voces y timbres.
Ella me siguió hasta casa,
y me abandonó en un bar.
Me hizo llorar, no me dejó razonar,
cruzó la puerta y me puse a temblar.
Y al día siguiente, la volvió a cruzar,
y le di la espalda, miré a otro sitio,
y mi indiferencia me dolió mucho más.
Ella me hizo echar de menos la tristeza.
Ella fue rubia y morena,
pelirroja y hasta barbuda.
Ella me hizo adorarla, ignorarla, y tratarla mal,
pero siempre me dio en qué pensar.
Ellas son Ella,
Y Ella es mi amor por amar.

jueves, 13 de agosto de 2015

La última noche de todos los demás

     Lo primero que vio fue la puerta de un retrete de una estación de metro. Antes de eso, había visto muchas más cosas, sí. Había tenido una vida normal. Una infancia, una adolescencia, y una madurez como la de cualquier otro. Su primer beso, su primer trabajo, su primer hueso roto. Y entonces, al cumplir los treinta y tres, despertó, y supo quién era. Recordó Nazareth. Recordó Jerusalén. Recordó el beso y los clavos, en un retrete del metro de Nueva York. Y escuchó una voz que le decía "encuentra un solo hombre justo en Sodoma".
     Salió de los baños, y caminó entre la multitud. En las caras de la gente veía ahora un cierto color, una tonalidad muy precisa en la que estaba codificado todo su ser. Su pasado, su futuro, sus memorias. Lo que habían comido esa mañana. Lo que habían escrito en su móviles hacía cinco minutos. La gente que amaba, la gente que odiaba. La gente que le amaba y le odiaba a él, o ella. Todas sus aspiraciones, sus capacidades, su vergüenzas. Y no había ningún color allí con el que pintar dignamente sobre el lienzo de una nueva Tierra.

     Siempre ha de haber, al menos, treinta y seis hombres justos sobre la faz de la Tierra. O si no, todo se iría a la mierda, decían los místicos, sin saber bien cómo ni por qué. El cómo, no importaba. El por qué, era muy sencillo. Ellos eran la razón de que el planeta aún mereciese la pena. También, por pura difusión. Era estadísticamente más probable que los hombres se comportaran de manera justa en las cercanías de un hombre genuinamente justo, estaba comprobado. Cuestión de confianza. El llamado "hombre justo" había impulsado la característica fundamental para la que el planeta había sido poblado: la cooperación. Una red de mentes pensantes, sentientes, que se asociara para la profusión de ideas sinérgicas. El objetivo se había logrado; la casi totalidad del planeta estaba conectada, y las ideas manaban de cada agujero sin control. Y esa era precisamente la otra cualidad, el control. Habían conseguido que las nuevas ideas surgieran, pero no podían elegir hacia dónde. ¿Y por qué treinta y seis? Podrían ser treinta y seis como cuarenta y dos, en este caso el número era un puro cálculo del jefe del proyecto, nada que ver con seis continentes ni con las seis puntas de la estrella de David.
     El Universo estaba a punto del colapso, apenas a unos pocos millones de años de distancia. Tal vez fuera tarde para un nuevo intento. Iob, de la casa de El, estaba condenado por esa misma destrucción del Universo, al igual que todo lo contenido en él, en contra de lo que lo contenido en él pudiera pensar. Encuentra un solo hombre justo en Sodoma. La situación era desesperada, prefería agarrarse a una única esperanza que empezar de cero. Un hombre que pudiera dirigir la especie hacia las estrellas, de nuevo.

     El Hijo del Hombre caminó por las calles de la ciudad. Tomó un bus urbano, en el que nadie parecía reconocerle. Había en él un mendigo, al lado del que nadie quería ir sentado. La esperanza del hombre estaba en los seres humildes, pensó. Pero la cara del mendigo mostraba un color horrible. Ninguna ambición, ninguna gana de aportar. Una humildad y generosidad adquirida sólo a través de la debilidad. Un mero mecanismo de supervivencia. Estaba cansado de todo aquello. La supervivencia individual era necesaria, pero no lo era todo. La supervivencia última era lo único importante. Esos incautos no lo comprendían.
     Se bajó del bus. En la calle todo era gente bebiendo, fornicando en callejones oscuros, bolas de grasa engullendo bolas de grasa tras el cristal de un restaurante, o en la propia acera. Lo habían comprendido, sí. La exaltación de la vida era la clave. Habían superado sus miedos, sus llamados "pecados", con el tiempo, porque ya no les hacían falta. Pero se habían quedado ahí. ¿Qué pasaba con las partículas elementales? ¿Qué con la teoría de cuerdas? Habían llegado a las puertas del mayor acertijo jamás propuesto, sólo les quedaba probar, y probar, y probar de nuevo. Elucubrar, imaginar. Descifrar. Habían perdido la curiosidad. Habían perdido las ganas de invertir recursos en eso. Se habían tumbado a dormir con una hamburguesa medio mordida en la boca y un juguete vibrando en el culo. Eso era todo.
     Encontró entonces, sentada en un portal, fumando un cigarrillo, a una mujer preciosa. Fumaba, sí. Pero no despreciando la vida, sino rellenándola. Alargar su existencia un par de años no le preocupaba tanto como exaltarla. Experimentar, conocer. Probar. Se lo decía el color de su cara. Miraba al cielo, miraba a las estrellas. Pensaba en distancias muy lejanas, millones de años adelante en el tiempo. Varios millones de años más adelante de los que al Universo realmente le quedaban, antes de que las constantes del juego temblaran, cambiaran, y todo se desintegrase. Y el Ser, lo que existe, dejaría de hacerlo. Ella no lo sabía, pero podría saberlo. El Hijo se acercó a la Hija, y le dijo "hay al menos un hombre justo en Sodoma. O, al menos, una mujer". La Hija le miró mientras expelía el humo de su boca, sentada en su escalón, y le dijo "avatares del lenguaje".
     Entonces el Hijo sonrió, y ella pudo ver por un instante también el color de él en su rostro. Un color como nunca había habido sobre la Tierra en milenios. Y todo se derrumbó. El color de la cara de ella cambió, se volvió profano, vulgar. Se había enamorado. Prohibido inmiscuirte en la vida de los hombres. Uno de los mecanismos de la supervivencia que tanto avance había creado, y tanta desgracia había traído, esta vez había jugado en su contra. La había cagado, y ya no quedaba tiempo.

     Padre, hemos terminado. No ha habido suerte.
     Una ola de luz blanquecina iluminó la Tierra, apenas por un instante, y al irse, todos eran cenizas. Todos menos él. Merodeó por las calles despreocupado, triste. Recordó el viejo dicho. Si tiene solución, ¿de qué te preocupas? Si no la tiene, ¿de qué te preocupas? Me preocupo, nos preocupamos, porque no sabemos si la tiene o no. Y si no la tiene, el fin del Ser desde luego era algo de lo que preocuparse. Sólo preocuparse les llevaría a encontrar la solución que aún no sabían si existía. Menudo dicho estúpido. Di mejor; si ya conoces la mejor solución, ¿de qué te preocupas? De nada, claro. ¿Quién se preocupaba cuando sabía haber encontrado la mejor solución?
     Pateó unos cuantos grupos de ceniza, con rabia. Se agachó y recogió un poco en una mano, dejando que cayera entre sus dedos. No pensaba nada concreto. Sólo se tomaba unos minutos para lamentarse, y que el resto del tiempo, su preocupación pudiera dedicarse exclusivamente a resolver el problema. Era el último hombre en la Tierra. Disfrutaría un rato más del agradable roce de su atmósfera en su cuerpo nativo, antes de ir a buscar otro planeta, o lo que fuera. Tanto remar para morir en la orilla... Esos tipos habían conseguido cosas a las que ni siquiera habían llegado ellos mismos. Cosas que ellos hacían como algo natural, sin llegar a saber por qué podían, los humanos las habían deducido por razonamiento, ensayo y error, y mucha ambición. Voluntad. Partículas entrelazadas cuánticamente, neutrinos que viajaban por encima de la velocidad de la luz, enviando mensajes al pasado. Cosas alucinantes. Y sin embargo, se habían quedado atascados follando, comiendo, durmiendo, bebiendo... Las mismas cosas que les habían llevado tan lejos. Y tan cerca...
     "He terminado aquí, estoy listo", y su cuerpo se convirtió instantáneamente también en ceniza, desmoronándose sobre otras cuantas, dando final al último testimonio de lo que podía haber sido. Y la presencia de Iob en la corona del Sol se alejó a toda prisa por alguna dimensión retorcida, perdiendo de vista rápidamente a la Tierra, y privando a su estrella de la estabilización artificial. Y la supernova en la que estalló el Sol fue apenas un destello en su pantalla.

miércoles, 8 de julio de 2015

Tu Yo Inmortal

     Me han apuñalado en la barra de un bar. En algún universo, me estoy desangrando camino del hospital, empapando la camilla de la ambulancia, y apenas siento los dedos enguantados en látex en la carne herida y adormecida. La vista se nubla mientras pienso en la posibilidad de la muerte, en el libro que nunca terminaré, en la chica que no volveré a llamar, en la hermana que irá mañana a buscarme al aeropuerto y no me verá, y llorará toda la tarde. El techo de la ambulancia se desenfoca y el frío aumenta, y yo maldigo la mentira de la heroicidad de mi propia historia.
     En éste, camino despreocupado de vuelta a casa, fumando un venenoso cigarrillo, como si fuera inmortal. El tipo del puñal se ha resbalado con el charco de una cerveza, ayudado por el espín apropiado de uno de los electrones de la baldosa encharcada. La navaja me erra por un palmo, rebota en la barra, y le hace un corte en la pierna al motero de al lado, asida aún con fuerza por su dueño, e impulsada por el peso del mismo en azarosa caída. El herido agarra al caído por las solapas y le da dos sopapos, y éste en respuesta le hiere el abdomen. La gente se levanta, comienzan los gritos y vuelan las botellas. Una estalla a mi lado y una esquirla me araña un brazo, pero por lo demás, consigo salir indemne del bar, y de la trifulca.
     Camino de casa, entonces, me maravillo de mi suerte, dando caladas y lamiendo el arañazo, a ratos. Sí, tal vez soy inmortal. Ese pobre desgraciado de la ambulancia no es más que el accesorio necesario para mi inmortalidad cuántica. Y especialmente, para la de otros, como el motero herido en pierna y abdomen, que tal vez mientras yo esté en la ambulancia, se acabe su cerveza con tranquilidad. Pobre desgraciado ése también, esa persona más lejana a mí que mi otro yo, pero de una realidad más cercana, que sangra ahora en el bar para que yo camine hacia casa, fumando, lamiendo, pensando.

     Llego a casa, me descalzo, me siento en el sofá. Y me siento solo. Si mi verdadero yo es el que sobrevivirá siempre, el testigo inmortal de la improbable realidad creada para que siga su suerte, entonces qué son los demás. Ninguno es su auténtico yo. Hay un motero en algún lugar que tal vez ni sea motero, ni conozca ese bar. Hay un tipo en algún lugar que no ha resbalado, o que nunca ha tocado una navaja, y que vivirá mil años. Y yo nunca los conoceré, aunque me dé igual. Me siento mimado, y al mundo como un escenario creado para mi disfrute y goce eterno, lleno de actores a los que les ha tocado estar tristes, estar muertos, o servirme el café. Y me siento solo. ¿Cuál es la probabilidad de encontrar a un igual? ¿De que la inmortalidad de otro sea requisito para la mía? La divergencia es infinita.
     Me siento especial. El mundo es un parque de atracciones, y yo vivo como si no fuera a morir nunca, tomando de aquí y de allá. Dejando hacer al azar. Todos, mis siervos. Todos los que me cruzo y no me volveré a cruzar, y todos los que amo. Y me siento solo. Ella, ¿dónde está ella? Nunca conoceré a su yo inmortal.
     ¿Dónde estás? Me pregunto si se parece a ti, tu yo mía, tu yo mortal. Tu yo mortal de entre todas las infinitas otras tú que también morirán para hacer el escenario de sabe dios qué mendrugo de qué línea y lugar. ¿Amaría yo a tu yo inmortal?

     Deseo por un momento conocerte, a tu yo de verdad. Deseo por un momento ser marioneta de tu verdadera línea temporal, y ser herido de muerte en la barra de un bar.

jueves, 18 de junio de 2015

La última noche de Sócrates

     Un murmullo de viento lloroso entraba silbando por entre los barrotes de la ventana. Hasta el aire de Atenas se dolía por el destino de uno de sus hijos predilectos. Lo bueno de la muerte, decía él, es que no tendré que inventar excusas para huir de mi mujer. Jantipa se había retirado hacía un rato, con el rostro oculto entre las manos. Los que se sentaban a su alrededor en la fría piedra apenas podían corresponder con medias sonrisas, cualquier gesto alegre les parecía siniestro. Por supuesto, Sócrates se había despedido en privado de su mujer, con mucha tristeza. Posiblemente ambos hubieran llorado, aunque resultaba difícil imaginar ese rostro imperturbable derramando lágrimas, con la entereza que mostraba en ese mismo momento, a pocas horas de distancia de la muerte. Pero él sabía bien quién era el principal encargado de mantener la calma en ese momento, de hacer bromas, de transmitir una última lección que ya ninguno de los presentes olvidaría.
     Todas las discusiones acerca del desenlace de esa noche habían sido ya zanjadas. Ni las protestas de Teages o Aristipo acerca de la ambigüedad de esa ley, o de la injusticia interesada en su aplicación, ni los intentos de Euclides por buscar una absolución dentro del marco legal, ni el silencio de Platón; ninguna había producido ningún cambio sobre la determinación de Sócrates, y por ende, sobre el inminente desenlace.
     -No es la justicia o corrección de una ley lo que hace que deba ser respetada, o el hecho de que pueda ser interpretada con mayor o menor desviación. Es el hecho de ser ley, por definición. Dime, Teages, ¿cuál sería el propósito de las asambleas, de los legisladores, si las leyes fueran únicas e indiscutibles desde el principio de los tiempos, y conocidas por todos los hombres? Y dime, Aristipo, ¿cuál sería el resultado de que todos los hombres actuaran según su propio criterio, cada vez que creyeran que una ley fuera injusta para ellos? Decidme ambos, ¿debe una ley ser respetada por ser un acuerdo común de los ciudadanos, o por ser acorde a los principios de un hombre, en asuntos concernientes a la vida pública?
     Las preguntas de Sócrates quizás pudieran parecer ambiguas para el no iniciado, o incitar a la réplica, defendiendo el concepto universal del bien, de la justicia, de la ética personal que debía tener cada hombre que se preciara. Pero hacía tiempo que las preguntas de Sócrates ya no eran contestadas. Conocían demasiado bien a su maestro, no les hacía falta indagar en los puntos oscuros con sus respuestas para llegar a la conclusión a la que les haría llegar con sus futuras preguntas; ya sabían recorrer ese camino ellos mismos.
     -Y dime tú, Euclides. ¿Qué es para ti la clemencia? ¿En qué ayuda al justo cumplimiento de la ley? ¿Sirve acaso para salvar al inocente que es injustamente juzgado, o para darle una segunda oportunidad al culpable?
     -Para lo que sirva, tal vez lo hayan de juzgar los mismos que dictan sentencia. Pero indudablemente, es un recurso contemplado en la propia ley.
     -Y también lo es no pedirla. He sido juzgado culpable de ser un enemigo para Atenas, por razones con las que puedo disentir, pero por hechos que no niego. Dice la ley que he de morir, y como buen ciudadano, mi deseo ha de ser la muerte. Tal vez pudiera haber apelado a una pena más liviana, presentado mi defensa con una humildad y arrepentimiento que no sentía. Ambas cosas hubieran sido tratar de doblar la ley a mi antojo o predilección, ¿qué ejemplo hubiera sido ése? ¿No hubiera obrado yo, en ese caso, de manera similar al los jueces que tanto criticáis? Cada hombre tiene sus principios, y de igual modo que un buen ciudadano no debería tratar de imponerlos a la ley, tampoco debería cambiarlos o esconderlos por miedo a su castigo. No, la decisión está clara. Hablemos pues, si os parece, de asuntos más trascendentales, pues a mi parecer podrían ser mucho mas apropiados y útiles en este momento.
     A muchos les costaría entender cómo un hombre tan irreverente, tan acostumbrarlo a cuestionarlo todo y darlo todo por falso de partida, hasta que se demuestre lo contrario, era tan obstinado en su deber como ciudadano, en el cumplimiento de la ley. Pero era una cuestión puramente práctica. En primer lugar, la ley era útil, había permitido el nacimiento, expansión, y gloria de su amada Atenas. En segundo lugar, un hombre puede querer cambiar una ley, pero nunca anticiparse al cambio efectivo para su aplicación. Pues, como bien sabía, un solo hombre no sabe nada, ni siquiera el conjunto de todos los hombres puede tener total seguridad de saber algo. Y por esa razón, sólo quedaba el consenso. La opinión no era conocimiento, era simplemente todo lo lejos que creía haber llegado un hombre en su saber. Es decir; la opinión no era nada.

     Sólo quedaba saber cuánto de Sócrates quedaría después de que su corazón dejara de latir, y su boca de hablar. Él creía que habría algo después de la muerte, aunque, por supuesto, no negaba lo contrario, y estaba dispuesto a escuchar y discutir puntos de vista opuestos. Así era que escuchaba con profunda atención a Fedón y a Simmias, cuando estos argüían que todo estaba ligado al cuerpo material: que había otros seres a los que también se les consideraba vivos, y nadie creía que tuvieran una vida después de muertos. Y que, del mismo modo, aquello que nos hacía especiales, la consciencia, nunca había sido observado fuera de un cuerpo material, y que por tanto, no había motivos para creer que pudiera existir lo uno sin lo otro.
     Era cierto lo que decían, decía Sócrates. También es cierto que existen ciertos conceptos abstractos, ideas, que le son familiares al hombre, sin necesitar para ello un sustento material para identificarlas. El hombre está en contacto con ese mundo inmaterial, y puede que perder su cuerpo no le prive del mismo. Todo lo que conozco, decía, lo conozco por mi propia percepción; lo material y lo inmaterial. Es mi percepción, de algún modo, lo que le da realidad y existencia al mundo, y no al revés. Tal vez el fin del cuerpo, siquiera el fin del mundo, no sea el fin de mi existencia.
     Su mundo, en aquel momento, y por todos los momentos que le quedaban, se limitaba a su celda, sus compañeros, su diálogo con ellos, y sus pensamientos. La parte material de su mundo, en aquel momento, era minúscula, y en todos los momentos que le quedaban, aún menor, en comparación con la parte inmaterial. De algún modo, tal vez estuviera realmente cada vez más lejos de su vida terrenal y más cerca de la trascendental. Tal vez estuviera más cerca de la verdad por puro instinto, y sin embargo, nunca se separaba de la lógica en todas sus intervenciones.

     Entró entonces el sirviente con la copa, seguido por Jantipa, envuelta en lágrimas. Sócrates preguntó al sirviente qué debía hacer, ya que él estaba al tanto de esos asuntos.
     -Bebe la cicuta. Levántante luego, y da unas vueltas por alrededor de la estancia, hasta que se te entumezcan las piernas. Acuéstate entonces, y espera a que te invada el sopor, hasta llegar al corazón.
     Sócrates bebió, impávido, rodeado de llantos y lamentos ahogados. El aire de Atenas volvía a sollozar por entre los barrotes. Sócrates caminó, sintiendo el frío de la piedra en los pies, y en la nariz, el olor de la rapa y el azahar que se colaba por la ventana, el de la humedad de su celda, de los cuerpos de sus acompañantes, el de la orina de la cicuta en el fondo de su lengua. En su oído los continuos sollozos de los presentes, y en su boca los reproches pertinentes. No hay razón para estar tristes, les decía, siempre he obrado con corrección. Éste es un buen final para un hombre, y espero, un buen ejemplo y lección. Las paredes comenzaron a teñirse de un naranja grisáceo con el alba, y dejó de notar el frío en los pies. Fue hacia el banco de piedra, se tumbó, Jantipa arrodillada le tomaba por una mano. Cubrió su cabeza con un paño.
     Cada vez entraba y salía menos aire de sus pulmones, pero aún el suficiente para, apartando un momento el paño, decir:
     -Critón, le debo un gallo a Esculapio. Cuídate de que se pague la deuda.