lunes, 12 de octubre de 2015

De lo Inefable

   --No usen la palabra muy, porque es una palabra perezosa. Una persona no está muy cansada, está exhausta. Y no digan muy triste, digan taciturno. El lenguaje fue desarrollado con un propósito, ¿que es...?
   --¿Para comunicarse?
   --¡No..! Para cortejar a las mujeres. Y en ese empeño, la pereza no sirve.

   Hay una palabra que detesto ver escrita: inefable. Tal vez esté leyendo a Lovecraft, y el bueno de Howard haya imaginado la existencia de algo que no se puede imaginar, o eso creyó. Tal vez pensara que ese concepto, la existencia de algo que ni siquiera puedes imaginar, mucho menos describir con palabras, pudiera crear terror en la mente del lector. Y tal vez tenía razón, nos asusta lo desconocido. Nos aterra pensar que tal vez exista algo que seamos incapaces de entender o asimilar, de etiquetar, incluso aunque lo tengamos ante nuestros propios ojos. Que es posible mirar a R'lyeh y ver ángulos fuera de la circunferencia, geometrías imposibles, ilusiones ópticas talladas en piedra. Tal vez Cthulhu no tenga cabeza de pulpo ni alas de dragón, pero ese fue el mejor intento de un escritor por transmitir el pavor de un ser informe e inaprensible, y muy antiguo. O Ancestral, mejor dicho. Pues vale, en este caso, podría pasar. Está jugando precisamente con ese concepto. Lo que no soporto es verla en cualquier otro contexto, en el que el usuario de la misma intenta transmitir "mira qué situación más maravillosa he vivido, o qué idea genial he tenido, y de paso, mira qué palabra tan chula conozco", y yo entiendo "no sé escribir, para qué te voy a engañar".

   Dejemos lo inefable para los ejercicios --fallidos, si uno es estricto-- de imaginación, y respetemos la página en blanco. Un escritor, cualquier escritor, no puede resignarse a usar esa palabra. Va a emprender un intento de describir algo que tiene en su mente, y en ese empeño, la pereza no sirve. Da igual que el escritor esté elaborando un poema, una novela, una carta a su amada o a un proveedor, una lista de la compra o un post-it que pegará en la nevera. Tal vez no te acuerdes de la palabra "desatascador", pero puedas escribir "esas bolitas o ese gel que echas en el lavabo cuando se llena de agua y el agua no baja", o "esa ventosa de goma con forma de acordeón y un palo". Tal vez no recuerdes la palabra "exhausto", y te tengas que resignar a escribir "muy cansado". Tal vez te cueste mucho describir qué sentiste cuando Ella entró en el bar, o no respondió a tu mensaje. Pero has de intentarlo. Respeta la página en blanco. Porque en el momento en el que posas el lápiz sobre el papel, o los dedos sobre las teclas, entonces eres un escritor, y vas a codificar con palabras lo que está escrito en sinapsis y hormonas. Nadie pide que sea perfecto, tal vez eso sea imposible. Basta con acordarse de comprar desatascador en la tienda, o con guiar amablemente las sinapsis del receptor del mensaje.
     Otros dirán que no es necesario guiar, no al menos en cada curva. Que las obras de arte son cosas vivas, que de hecho cobran vida al ser disfrutadas (leídas, escuchadas, observadas, tocadas...). Que existen tantas interpretaciones de una obra como espectadores de la misma. Que a veces el artista crea algo abierto para que el receptor le dé sentido, y acomode los detalles difusos según su propio gusto. Y, en este aspecto, se podría justificar lo inefable. Pero claro, siempre habrá gente que se sirva de esta excusa para la pereza, la vaciedad, el ocultar la falta de genio con velos de misterio. A mí esta gente me come los cojones.

   Ante la página en blanco, todos somos escritores, y lo inefable no es más que un desafío, como quien oye "imposible" y escucha "improbable". Y aunque no exista la palabra "sarbilopenda", tampoco existen los colores "rolanja" ni "azurillo". Y los pintores pintan. Y aunque le hagan un agujero al lienzo, o le prendan fuego, no hablan de "lo impintable", porque ese es un cuadro que jamás se llega a colgar.

Ella.
Ella es una imagen borrosa
que nunca se llega a borrar.
Ella tuvo mil caras y brillos,
mil voces y timbres.
Ella me siguió hasta casa,
y me abandonó en un bar.
Me hizo llorar, no me dejó razonar,
cruzó la puerta y me puse a temblar.
Y al día siguiente, la volvió a cruzar,
y le di la espalda, miré a otro sitio,
y mi indiferencia me dolió mucho más.
Ella me hizo echar de menos la tristeza.
Ella fue rubia y morena,
pelirroja y hasta barbuda.
Ella me hizo adorarla, ignorarla, y tratarla mal,
pero siempre me dio en qué pensar.
Ellas son Ella,
Y Ella es mi amor por amar.

jueves, 13 de agosto de 2015

La última noche de todos los demás

     Lo primero que vio fue la puerta de un retrete de una estación de metro. Antes de eso, había visto muchas más cosas, sí. Había tenido una vida normal. Una infancia, una adolescencia, y una madurez como la de cualquier otro. Su primer beso, su primer trabajo, su primer hueso roto. Y entonces, al cumplir los treinta y tres, despertó, y supo quién era. Recordó Nazareth. Recordó Jerusalén. Recordó el beso y los clavos, en un retrete del metro de Nueva York. Y escuchó una voz que le decía "encuentra un solo hombre justo en Sodoma".
     Salió de los baños, y caminó entre la multitud. En las caras de la gente veía ahora un cierto color, una tonalidad muy precisa en la que estaba codificado todo su ser. Su pasado, su futuro, sus memorias. Lo que habían comido esa mañana. Lo que habían escrito en su móviles hacía cinco minutos. La gente que amaba, la gente que odiaba. La gente que le amaba y le odiaba a él, o ella. Todas sus aspiraciones, sus capacidades, su vergüenzas. Y no había ningún color allí con el que pintar dignamente sobre el lienzo de una nueva Tierra.

     Siempre ha de haber, al menos, treinta y seis hombres justos sobre la faz de la Tierra. O si no, todo se iría a la mierda, decían los místicos, sin saber bien cómo ni por qué. El cómo, no importaba. El por qué, era muy sencillo. Ellos eran la razón de que el planeta aún mereciese la pena. También, por pura difusión. Era estadísticamente más probable que los hombres se comportaran de manera justa en las cercanías de un hombre genuinamente justo, estaba comprobado. Cuestión de confianza. El llamado "hombre justo" había impulsado la característica fundamental para la que el planeta había sido poblado: la cooperación. Una red de mentes pensantes, sentientes, que se asociara para la profusión de ideas sinérgicas. El objetivo se había logrado; la casi totalidad del planeta estaba conectada, y las ideas manaban de cada agujero sin control. Y esa era precisamente la otra cualidad, el control. Habían conseguido que las nuevas ideas surgieran, pero no podían elegir hacia dónde. ¿Y por qué treinta y seis? Podrían ser treinta y seis como cuarenta y dos, en este caso el número era un puro cálculo del jefe del proyecto, nada que ver con seis continentes ni con las seis puntas de la estrella de David.
     El Universo estaba a punto del colapso, apenas a unos pocos millones de años de distancia. Tal vez fuera tarde para un nuevo intento. Iob, de la casa de El, estaba condenado por esa misma destrucción del Universo, al igual que todo lo contenido en él, en contra de lo que lo contenido en él pudiera pensar. Encuentra un solo hombre justo en Sodoma. La situación era desesperada, prefería agarrarse a una única esperanza que empezar de cero. Un hombre que pudiera dirigir la especie hacia las estrellas, de nuevo.

     El Hijo del Hombre caminó por las calles de la ciudad. Tomó un bus urbano, en el que nadie parecía reconocerle. Había en él un mendigo, al lado del que nadie quería ir sentado. La esperanza del hombre estaba en los seres humildes, pensó. Pero la cara del mendigo mostraba un color horrible. Ninguna ambición, ninguna gana de aportar. Una humildad y generosidad adquirida sólo a través de la debilidad. Un mero mecanismo de supervivencia. Estaba cansado de todo aquello. La supervivencia individual era necesaria, pero no lo era todo. La supervivencia última era lo único importante. Esos incautos no lo comprendían.
     Se bajó del bus. En la calle todo era gente bebiendo, fornicando en callejones oscuros, bolas de grasa engullendo bolas de grasa tras el cristal de un restaurante, o en la propia acera. Lo habían comprendido, sí. La exaltación de la vida era la clave. Habían superado sus miedos, sus llamados "pecados", con el tiempo, porque ya no les hacían falta. Pero se habían quedado ahí. ¿Qué pasaba con las partículas elementales? ¿Qué con la teoría de cuerdas? Habían llegado a las puertas del mayor acertijo jamás propuesto, sólo les quedaba probar, y probar, y probar de nuevo. Elucubrar, imaginar. Descifrar. Habían perdido la curiosidad. Habían perdido las ganas de invertir recursos en eso. Se habían tumbado a dormir con una hamburguesa medio mordida en la boca y un juguete vibrando en el culo. Eso era todo.
     Encontró entonces, sentada en un portal, fumando un cigarrillo, a una mujer preciosa. Fumaba, sí. Pero no despreciando la vida, sino rellenándola. Alargar su existencia un par de años no le preocupaba tanto como exaltarla. Experimentar, conocer. Probar. Se lo decía el color de su cara. Miraba al cielo, miraba a las estrellas. Pensaba en distancias muy lejanas, millones de años adelante en el tiempo. Varios millones de años más adelante de los que al Universo realmente le quedaban, antes de que las constantes del juego temblaran, cambiaran, y todo se desintegrase. Y el Ser, lo que existe, dejaría de hacerlo. Ella no lo sabía, pero podría saberlo. El Hijo se acercó a la Hija, y le dijo "hay al menos un hombre justo en Sodoma. O, al menos, una mujer". La Hija le miró mientras expelía el humo de su boca, sentada en su escalón, y le dijo "avatares del lenguaje".
     Entonces el Hijo sonrió, y ella pudo ver por un instante también el color de él en su rostro. Un color como nunca había habido sobre la Tierra en milenios. Y todo se derrumbó. El color de la cara de ella cambió, se volvió profano, vulgar. Se había enamorado. Prohibido inmiscuirte en la vida de los hombres. Uno de los mecanismos de la supervivencia que tanto avance había creado, y tanta desgracia había traído, esta vez había jugado en su contra. La había cagado, y ya no quedaba tiempo.

     Padre, hemos terminado. No ha habido suerte.
     Una ola de luz blanquecina iluminó la Tierra, apenas por un instante, y al irse, todos eran cenizas. Todos menos él. Merodeó por las calles despreocupado, triste. Recordó el viejo dicho. Si tiene solución, ¿de qué te preocupas? Si no la tiene, ¿de qué te preocupas? Me preocupo, nos preocupamos, porque no sabemos si la tiene o no. Y si no la tiene, el fin del Ser desde luego era algo de lo que preocuparse. Sólo preocuparse les llevaría a encontrar la solución que aún no sabían si existía. Menudo dicho estúpido. Di mejor; si ya conoces la mejor solución, ¿de qué te preocupas? De nada, claro. ¿Quién se preocupaba cuando sabía haber encontrado la mejor solución?
     Pateó unos cuantos grupos de ceniza, con rabia. Se agachó y recogió un poco en una mano, dejando que cayera entre sus dedos. No pensaba nada concreto. Sólo se tomaba unos minutos para lamentarse, y que el resto del tiempo, su preocupación pudiera dedicarse exclusivamente a resolver el problema. Era el último hombre en la Tierra. Disfrutaría un rato más del agradable roce de su atmósfera en su cuerpo nativo, antes de ir a buscar otro planeta, o lo que fuera. Tanto remar para morir en la orilla... Esos tipos habían conseguido cosas a las que ni siquiera habían llegado ellos mismos. Cosas que ellos hacían como algo natural, sin llegar a saber por qué podían, los humanos las habían deducido por razonamiento, ensayo y error, y mucha ambición. Voluntad. Partículas entrelazadas cuánticamente, neutrinos que viajaban por encima de la velocidad de la luz, enviando mensajes al pasado. Cosas alucinantes. Y sin embargo, se habían quedado atascados follando, comiendo, durmiendo, bebiendo... Las mismas cosas que les habían llevado tan lejos. Y tan cerca...
     "He terminado aquí, estoy listo", y su cuerpo se convirtió instantáneamente también en ceniza, desmoronándose sobre otras cuantas, dando final al último testimonio de lo que podía haber sido. Y la presencia de Iob en la corona del Sol se alejó a toda prisa por alguna dimensión retorcida, perdiendo de vista rápidamente a la Tierra, y privando a su estrella de la estabilización artificial. Y la supernova en la que estalló el Sol fue apenas un destello en su pantalla.

miércoles, 8 de julio de 2015

Tu Yo Inmortal

     Me han apuñalado en la barra de un bar. En algún universo, me estoy desangrando camino del hospital, empapando la camilla de la ambulancia, y apenas siento los dedos enguantados en látex en la carne herida y adormecida. La vista se nubla mientras pienso en la posibilidad de la muerte, en el libro que nunca terminaré, en la chica que no volveré a llamar, en la hermana que irá mañana a buscarme al aeropuerto y no me verá, y llorará toda la tarde. El techo de la ambulancia se desenfoca y el frío aumenta, y yo maldigo la mentira de la heroicidad de mi propia historia.
     En éste, camino despreocupado de vuelta a casa, fumando un venenoso cigarrillo, como si fuera inmortal. El tipo del puñal se ha resbalado con el charco de una cerveza, ayudado por el espín apropiado de uno de los electrones de la baldosa encharcada. La navaja me erra por un palmo, rebota en la barra, y le hace un corte en la pierna al motero de al lado, asida aún con fuerza por su dueño, e impulsada por el peso del mismo en azarosa caída. El herido agarra al caído por las solapas y le da dos sopapos, y éste en respuesta le hiere el abdomen. La gente se levanta, comienzan los gritos y vuelan las botellas. Una estalla a mi lado y una esquirla me araña un brazo, pero por lo demás, consigo salir indemne del bar, y de la trifulca.
     Camino de casa, entonces, me maravillo de mi suerte, dando caladas y lamiendo el arañazo, a ratos. Sí, tal vez soy inmortal. Ese pobre desgraciado de la ambulancia no es más que el accesorio necesario para mi inmortalidad cuántica. Y especialmente, para la de otros, como el motero herido en pierna y abdomen, que tal vez mientras yo esté en la ambulancia, se acabe su cerveza con tranquilidad. Pobre desgraciado ése también, esa persona más lejana a mí que mi otro yo, pero de una realidad más cercana, que sangra ahora en el bar para que yo camine hacia casa, fumando, lamiendo, pensando.

     Llego a casa, me descalzo, me siento en el sofá. Y me siento solo. Si mi verdadero yo es el que sobrevivirá siempre, el testigo inmortal de la improbable realidad creada para que siga su suerte, entonces qué son los demás. Ninguno es su auténtico yo. Hay un motero en algún lugar que tal vez ni sea motero, ni conozca ese bar. Hay un tipo en algún lugar que no ha resbalado, o que nunca ha tocado una navaja, y que vivirá mil años. Y yo nunca los conoceré, aunque me dé igual. Me siento mimado, y al mundo como un escenario creado para mi disfrute y goce eterno, lleno de actores a los que les ha tocado estar tristes, estar muertos, o servirme el café. Y me siento solo. ¿Cuál es la probabilidad de encontrar a un igual? ¿De que la inmortalidad de otro sea requisito para la mía? La divergencia es infinita.
     Me siento especial. El mundo es un parque de atracciones, y yo vivo como si no fuera a morir nunca, tomando de aquí y de allá. Dejando hacer al azar. Todos, mis siervos. Todos los que me cruzo y no me volveré a cruzar, y todos los que amo. Y me siento solo. Ella, ¿dónde está ella? Nunca conoceré a su yo inmortal.
     ¿Dónde estás? Me pregunto si se parece a ti, tu yo mía, tu yo mortal. Tu yo mortal de entre todas las infinitas otras tú que también morirán para hacer el escenario de sabe dios qué mendrugo de qué línea y lugar. ¿Amaría yo a tu yo inmortal?

     Deseo por un momento conocerte, a tu yo de verdad. Deseo por un momento ser marioneta de tu verdadera línea temporal, y ser herido de muerte en la barra de un bar.

jueves, 18 de junio de 2015

La última noche de Sócrates

     Un murmullo de viento lloroso entraba silbando por entre los barrotes de la ventana. Hasta el aire de Atenas se dolía por el destino de uno de sus hijos predilectos. Lo bueno de la muerte, decía él, es que no tendré que inventar excusas para huir de mi mujer. Jantipa se había retirado hacía un rato, con el rostro oculto entre las manos. Los que se sentaban a su alrededor en la fría piedra apenas podían corresponder con medias sonrisas, cualquier gesto alegre les parecía siniestro. Por supuesto, Sócrates se había despedido en privado de su mujer, con mucha tristeza. Posiblemente ambos hubieran llorado, aunque resultaba difícil imaginar ese rostro imperturbable derramando lágrimas, con la entereza que mostraba en ese mismo momento, a pocas horas de distancia de la muerte. Pero él sabía bien quién era el principal encargado de mantener la calma en ese momento, de hacer bromas, de transmitir una última lección que ya ninguno de los presentes olvidaría.
     Todas las discusiones acerca del desenlace de esa noche habían sido ya zanjadas. Ni las protestas de Teages o Aristipo acerca de la ambigüedad de esa ley, o de la injusticia interesada en su aplicación, ni los intentos de Euclides por buscar una absolución dentro del marco legal, ni el silencio de Platón; ninguna había producido ningún cambio sobre la determinación de Sócrates, y por ende, sobre el inminente desenlace.
     -No es la justicia o corrección de una ley lo que hace que deba ser respetada, o el hecho de que pueda ser interpretada con mayor o menor desviación. Es el hecho de ser ley, por definición. Dime, Teages, ¿cuál sería el propósito de las asambleas, de los legisladores, si las leyes fueran únicas e indiscutibles desde el principio de los tiempos, y conocidas por todos los hombres? Y dime, Aristipo, ¿cuál sería el resultado de que todos los hombres actuaran según su propio criterio, cada vez que creyeran que una ley fuera injusta para ellos? Decidme ambos, ¿debe una ley ser respetada por ser un acuerdo común de los ciudadanos, o por ser acorde a los principios de un hombre, en asuntos concernientes a la vida pública?
     Las preguntas de Sócrates quizás pudieran parecer ambiguas para el no iniciado, o incitar a la réplica, defendiendo el concepto universal del bien, de la justicia, de la ética personal que debía tener cada hombre que se preciara. Pero hacía tiempo que las preguntas de Sócrates ya no eran contestadas. Conocían demasiado bien a su maestro, no les hacía falta indagar en los puntos oscuros con sus respuestas para llegar a la conclusión a la que les haría llegar con sus futuras preguntas; ya sabían recorrer ese camino ellos mismos.
     -Y dime tú, Euclides. ¿Qué es para ti la clemencia? ¿En qué ayuda al justo cumplimiento de la ley? ¿Sirve acaso para salvar al inocente que es injustamente juzgado, o para darle una segunda oportunidad al culpable?
     -Para lo que sirva, tal vez lo hayan de juzgar los mismos que dictan sentencia. Pero indudablemente, es un recurso contemplado en la propia ley.
     -Y también lo es no pedirla. He sido juzgado culpable de ser un enemigo para Atenas, por razones con las que puedo disentir, pero por hechos que no niego. Dice la ley que he de morir, y como buen ciudadano, mi deseo ha de ser la muerte. Tal vez pudiera haber apelado a una pena más liviana, presentado mi defensa con una humildad y arrepentimiento que no sentía. Ambas cosas hubieran sido tratar de doblar la ley a mi antojo o predilección, ¿qué ejemplo hubiera sido ése? ¿No hubiera obrado yo, en ese caso, de manera similar al los jueces que tanto criticáis? Cada hombre tiene sus principios, y de igual modo que un buen ciudadano no debería tratar de imponerlos a la ley, tampoco debería cambiarlos o esconderlos por miedo a su castigo. No, la decisión está clara. Hablemos pues, si os parece, de asuntos más trascendentales, pues a mi parecer podrían ser mucho mas apropiados y útiles en este momento.
     A muchos les costaría entender cómo un hombre tan irreverente, tan acostumbrarlo a cuestionarlo todo y darlo todo por falso de partida, hasta que se demuestre lo contrario, era tan obstinado en su deber como ciudadano, en el cumplimiento de la ley. Pero era una cuestión puramente práctica. En primer lugar, la ley era útil, había permitido el nacimiento, expansión, y gloria de su amada Atenas. En segundo lugar, un hombre puede querer cambiar una ley, pero nunca anticiparse al cambio efectivo para su aplicación. Pues, como bien sabía, un solo hombre no sabe nada, ni siquiera el conjunto de todos los hombres puede tener total seguridad de saber algo. Y por esa razón, sólo quedaba el consenso. La opinión no era conocimiento, era simplemente todo lo lejos que creía haber llegado un hombre en su saber. Es decir; la opinión no era nada.

     Sólo quedaba saber cuánto de Sócrates quedaría después de que su corazón dejara de latir, y su boca de hablar. Él creía que habría algo después de la muerte, aunque, por supuesto, no negaba lo contrario, y estaba dispuesto a escuchar y discutir puntos de vista opuestos. Así era que escuchaba con profunda atención a Fedón y a Simmias, cuando estos argüían que todo estaba ligado al cuerpo material: que había otros seres a los que también se les consideraba vivos, y nadie creía que tuvieran una vida después de muertos. Y que, del mismo modo, aquello que nos hacía especiales, la consciencia, nunca había sido observado fuera de un cuerpo material, y que por tanto, no había motivos para creer que pudiera existir lo uno sin lo otro.
     Era cierto lo que decían, decía Sócrates. También es cierto que existen ciertos conceptos abstractos, ideas, que le son familiares al hombre, sin necesitar para ello un sustento material para identificarlas. El hombre está en contacto con ese mundo inmaterial, y puede que perder su cuerpo no le prive del mismo. Todo lo que conozco, decía, lo conozco por mi propia percepción; lo material y lo inmaterial. Es mi percepción, de algún modo, lo que le da realidad y existencia al mundo, y no al revés. Tal vez el fin del cuerpo, siquiera el fin del mundo, no sea el fin de mi existencia.
     Su mundo, en aquel momento, y por todos los momentos que le quedaban, se limitaba a su celda, sus compañeros, su diálogo con ellos, y sus pensamientos. La parte material de su mundo, en aquel momento, era minúscula, y en todos los momentos que le quedaban, aún menor, en comparación con la parte inmaterial. De algún modo, tal vez estuviera realmente cada vez más lejos de su vida terrenal y más cerca de la trascendental. Tal vez estuviera más cerca de la verdad por puro instinto, y sin embargo, nunca se separaba de la lógica en todas sus intervenciones.

     Entró entonces el sirviente con la copa, seguido por Jantipa, envuelta en lágrimas. Sócrates preguntó al sirviente qué debía hacer, ya que él estaba al tanto de esos asuntos.
     -Bebe la cicuta. Levántante luego, y da unas vueltas por alrededor de la estancia, hasta que se te entumezcan las piernas. Acuéstate entonces, y espera a que te invada el sopor, hasta llegar al corazón.
     Sócrates bebió, impávido, rodeado de llantos y lamentos ahogados. El aire de Atenas volvía a sollozar por entre los barrotes. Sócrates caminó, sintiendo el frío de la piedra en los pies, y en la nariz, el olor de la rapa y el azahar que se colaba por la ventana, el de la humedad de su celda, de los cuerpos de sus acompañantes, el de la orina de la cicuta en el fondo de su lengua. En su oído los continuos sollozos de los presentes, y en su boca los reproches pertinentes. No hay razón para estar tristes, les decía, siempre he obrado con corrección. Éste es un buen final para un hombre, y espero, un buen ejemplo y lección. Las paredes comenzaron a teñirse de un naranja grisáceo con el alba, y dejó de notar el frío en los pies. Fue hacia el banco de piedra, se tumbó, Jantipa arrodillada le tomaba por una mano. Cubrió su cabeza con un paño.
     Cada vez entraba y salía menos aire de sus pulmones, pero aún el suficiente para, apartando un momento el paño, decir:
     -Critón, le debo un gallo a Esculapio. Cuídate de que se pague la deuda.

jueves, 4 de junio de 2015

La unicidad de Très

     Le dije a Très que los echaba de menos. Y ella me dijo, cuando vuelvas, echarás de menos eso.
     Qué curioso, pensé. Todo este tiempo adorando los segundos del mismo, mis preciados segundos, y ahora me doy cuenta de que lo que me faltan son vidas. No vidas consecutivas; vidas paralelas. Infinitas vidas eternas en cada rincón del espacio-tiempo, y todas ellas yo, y recordarlas todas al ir a la cama, sabiendo que todas las vidas son la misma y que en mi sueño se mezclan, por fin, todos, absolutamente todos los segundos del Universo. En cuanto a segundos se refiere, mi sana avaricia no conoce límites.
     Pero Très no quiere vivir mil vidas, con una le basta, me dice. Quiere que sólo haya una Très, dedicada a una cosa de cada vez, con una pequeña máquina de teletransporte que le haga traspasar los límites de la distancia y el tiempo, y elegir a cada vez un momento y vivirlo al máximo. Eso sí le gustaría. Estar ahora en Singapur comiendo tallarines, ahora en el Atlántico respirando la brisa de popa, ahora conmigo en una terraza, y ahora en su habitación, sola. Tener la carta completa de todos los segundos, y poder elegir uno. A Très, lo que le molesta, son los horizontes de eventos.
     Y yo pienso en decirle que más le vale que su máquina de teletransporte sea de agujeros de gusano, y no de entrelazamiento cuántico, porque entonces moriría cada vez que eligiera, y habría tantas Très como segundos escogiera de la carta. Pero le digo, ¿qué pasa con los otros segundos? ¡Te los estás perdiendo todos! Infinitas historias en infinitos sitios.
     Y Très me dice que eso es lo que quiere, que sólo haya una Très, que elija qué momento vivir por encima de todos los demás momentos coetáneos del tiempo, que sólo así esos momentos serán únicos, especiales. Bendecidos por su presencia, y benditos para ella, elevados por encima de la red continua diferencial como un impulso de Dirac de intesidad uno, y a la vez, infinita, que colapsa la función de onda a su antojo y decisión.
     Y me hace callar otra vez. Tal vez por eso a Très le guste el número tres. Nunca le han gustado las decisiones cerradas de sí o no, de blanco o negro, necesita imaginar una escala de grises y de talveces entremedias de la que elegir la tercera vía. Elección abierta, pero elección. Por eso prefiere el piedra, papel o tijera, al cara o cruz. El tres es la rebeldía del dos, el principio de la multiplicidad más allá de la línea recta. Un primo, sólo partible en unos, pero que niega la dualidad de las partes y partidos.
     Le agradezco el regalo, me enciendo un cigarro, y pienso en el suicidio cuántico. Sí, la unicidad es lo que nos hará inmortales, un sólo Universo entre infinitos de ellos, con una probabilidad ridícula, pero mayor que cero. Y una conciencia que allí sobrevive, para poder crearlo. Y el humo que sube caprichoso por caminos azarosos, trazando formas únicas, que ningún humo de otra boca o cigarro ha trazado jamás, y que siempre tendrá nuevos caminos inexplorados en otras tantas atmósferas. Sí, la unicidad me hará inmortal, y en cuanto a segundos se refiere, mi sana avaricia no conoce límites.
     Y vuelvo a mis cosas.

martes, 2 de junio de 2015

Marchito

Despertarme a tu lado se ha convertido en un proceso triste, mi amor.
Hay algún rencor que ni sé de dónde sale, pero se queda en tu cara.
Tu gestos bonitos se vuelven hostiles, y yo también, cuando simulas no darte cuenta.
Y llega el momento en que hasta odio tu risa, miserable de mí.
Tu risa, amor. ¿Te das cuenta ahora? Aborrezco tu alegría.
Yo, que me pensé adalid del amor. Que me creí inmune a tus niñerías.
Que te recuerdo cada vez que algo me gusta, y cada vez que algo me entristece.
Yo desespero al verte feliz, si no soy la causa, porque siento que nunca más lo seré.
Yo que veo en tu ciudad todos los sitios en los que alguna vez habrás reído,
y siento que mi risa no es bastante, como si compitiera contigo,
aunque a ti ganarme te importe un bledo.

Despertarme a tu lado se ha convertido en un proceso triste, ¿cómo?
¿Cómo puedo ser yo tan miserable?
Ver tu cara lo primero cada día, la única cosa que elegiría.
Y sin embargo es una tortura. ¿Cómo sería no verla, entonces?
¿Cómo de roto estaré cuando te vayas de nuevo, pero ya no vengas?
Cómo de muerto estará aquel que elige el dolor y la muerte,
cuando ni siquiera la muerte se le concede.
A tu lado es el único lugar en el que quiero dormirme,
pero todo lo demás, además de dormir, no es más que leche agria.
Tu cara, tu risa, tu fina y larga espalda desnuda.
Por favor, si te vas, no me despiertes.

lunes, 27 de abril de 2015

Nacidos para nada

     Veo en mi pantalla el inicio de Easy Rider. Dos moteros felices disfrutando de la carretera con una canción macarra, alegre, vital, sonando de fondo, incitando a beberse la vida del trago. Me fijo en el fardo que lleva uno de ellos a la espalda, con la bandera americana. En las gafas de sol, en la chupa de cuero, en el sombrero y bigote del otro. En sus motos. Y me pregunto qué les ha llevado ahí. Han ido comprando esas cosas poco a poco, construyendo su personaje. Invirtiendo en ser un tipo de persona. Me pregunto en qué momento la gente decide ser el tipo de persona que quiere ser. Miro a mi alrededor y veo mi casa vacía, casi. Unos pocos libros, todos muy distintos. Un par de botellas de Jameson vacías. Unos discos de vinilo que ni siquiera son míos. Una lámpara de estrellas destartalada, que ella me regaló. Una mesa desordenada y ropa tirada sobre una silla. ¿En qué momento pude yo querer ser motero? ¿En qué momento pude querer ser nada? Una construcción de mí mismo que observar desde fuera, de la que sentirse orgulloso, que mostrar y restregar por la cara de los viandantes que me cruzo. ¿Es eso lo que llaman ego? ¿Un juguete sexual para el onanismo mental propio, y con suerte ajeno? O acaso nuestro traje nos viene dado en la vía del yo que nos tocó vivir. ¿Y por qué a mí me tocó esta, tan aparentemente ausente de todo interés y profundidad? ¿Y por qué a ella le ha tocado admirar estos trajes, esta repulsiva capa de pintura de exteriores? Porque muestra trabajo, interés en uno mismo, refleja carácter, porque es la flor de lo que llevan dentro, me dice. Porque ella está formándose un ego más extenso, me digo. El de las cosas que hace. El de la historia que escribe con los movimientos de su cuerpo, en lugar de con palabras. De lo bonito que quedaría su personaje en una película kitsch llena de colores psicotrópicos y sucio sexo en sucios baños. La mujer terrible que todo lo devora. La mujer de los mil trajes, trajes de otros que colecciona.
     Yo quise ser para ti el hombre de los mil trajes, quise ser todos los hombres. Y sólo soy un niño desnudo. ¿En qué momento dejé la senda de ser motero? ¿En qué momento decidí vender un sentimiento? ¿Vender mil palabras en lugar de una imagen? El refranero nunca se equivoca. Y ahora quiero barniz. Algo que me quite esta peste de encima y sobre lo que poder pintar con pintura de exterior y de colores artificiales, fosforitos, capas gruesas con las que revolcarme en fangos de atrezo, que no sean ni suciedad sincera, siquiera. Suciedad es mi ciudad, y mi reino lo perdí por un caballo.

    Ella, una de ellas, me dijo que en otra vida había sido una persona importante, y de un clima cálido. Porque necesitaba tener todo bajo control, y odiaba la lluvia. Y me preguntó qué había sido yo. Y yo que no odio nada y lo amo todo, yo que no me construyo, sino observo y absorbo, entendí que estoy huérfano de pasado, y que soy primera generación. Que me había salido el 667 billones en el ticket de la cola, y me acababa de llegar el turno de bajar a la Tierra desde el reino de las almas. No hay problema, me dije, tan sólo te faltan vidas. Al final llevarás tantas capas de pintura que ni la poli te reconocerá, ni se notarán los abollones del coche. Y entonces empecé, y le dije que en otra vida, había sido Borges.

domingo, 1 de marzo de 2015

Cartas desde el Infierno

Desde el Infierno.

Querido Demonio,

Las horas pasan tristes con el palpitar de un corazón atrofiado, carbonizado por alquitrán que le ha quitado egoísta a los pulmones. Con el crepitar de huesos astillándose, clavando trozos pequeños entre las venas, inundándolo todo de sangre, de puta sangre. Sangre que el corazón yonki ya no quiere, y ha cambiado por carbonilla. El sitio no está mal, el paisaje es bonito. Lleno de recuerdos dolorosos, lleno de tiempo que a su vez está lleno de mierda. De gritos a baja voz, de miradas violentas, amenazantes. De miedo a los humanos. Está muy conseguido. Los que hablan de ríos de lava no tienen ni puta idea, ni puta idea de lo que es el dolor. El dolor no te quema los nervios para insensibilizarte, al dolor le gusta vivir, como a todo. Perpetuarse. Si no, como tú y yo sabemos bien, no estaría aquí hoy, no habría llegado tan lejos.

El chiringuito este es acogedor. No te lo tomes a mal, pero es un chiringuito. Está montado así de cualquier manera, funciona sólo porque a la gente le gusta sufrir y hacer sufrir. El dolor, amigo mío, el dolor que es más listo que el hambre, que sabe sobrevivir. Como ese parásito al que alimentas sin librarte de él. Hay pocas veces que alguien diga "más listo que el hambre" y que sea cierto, por eso precisamente se dice, el hambre hace a la gente muy lista. En cambio el dolor no, el dolor la hace imbécil, estúpida. Ya es él listo por los dos.

Te odio. Te odio visceralmente, todas mis vísceras podridas te odian sin saber si están podridas por odiar o a la inversa. Ha sido un buen trabajo, por tanto. Hay algo en el aire que me huele mal, me cuesta respirarlo. El tabaco no sabe quemar ese olor, hasta el maldito tabaco es partícipe. Todo me huele a asco, todo aquí apesta. El agua sabe rancia, y ni la mierda sale de mi culo, como si me quisiera hacer reventar por dentro. Todo lo que antes me gustaba ahora sabe a mierda, tal vez la mierda me esté llegando ya a la lengua. Todo lo que me gustaba hacer ahora es aburrido, además, me tiemblan las manos y se me da mal. Pensé en escribir, y se me llenaron las letras de odio, de asco, de miedo, de dolor. Ya lo ves. Aquí lo tienes.

Pensé que tu llegada a la meta, mi llegada al Infierno, sería más triunfal. La imaginaba llena de fanfarrias, tú levantando las dos manos con los dedos en V, y una maléfica sonrisa. Y no, qué va, fue perfecta. Tú si que sabes. Fue como tenía que haber sido, pasabas por allí saludando a la gente, y te tuve que saludar yo a ti, y tú me miraste como con sorpresa y dijiste "ah, perdona, no te había visto". Entre toda la gente que había allí, fui al único al que no viste, el único que no te llamó la atención. Sublime. Yo, que apenas sabía cómo había llegado allí, que estaba como perdido, buscando el puesto de información para turistas. Iluso de mí. Yo que creía que me iban a avisar, que alguien susurraría a mi oído "¡apocalipsis! ¡apocalipsis!", y no, fue así sin más. De repente ya estabas listo para mandarme al infierno, y allí me fui.

Me pregunto si me envidias. Me pregunto si ves a toda esa gente atormentada y, en vez de apiadarte, sientes envidia. Egoísta, claro que la debes sentir. Todo ese dolor por doquier, y tú con toda la curiosidad del mundo, preguntándote qué se sentirá. ¿O lo sientes? O tal vez seas el encargado de aquí porque eres el mayor experto, porque nadie mejor que aquel que haya sentido todos los dolores para infligir el mayor posible a cada uno, a la carta. Sí, eso estaría bien. Me gustaría creer esa mierda, imaginarte podrido de dolor por dentro, eternamente. Pero esa mierda no es la verdad. Eso sería genial para mí, pero no es como la cosa debe funcionar. El infierno no está disponible para remodelar, es como es y te lo comes, así va el juego.

Ahora empiezo a entender por qué el carcelero me dio papel y pluma, éste es otro ejercicio de dolor. Estoy superado, no veo salida, hay dolor en todo, eso era lo que me querías hacer entender. Todo lo bonito que yo amaba, que era casi todo lo que me rodeaba, ahora es asqueroso. Inútil. Desagradable. Apesta. Hacer algo apesta. Quedarse quieto apesta. Morir apesta, y no lo hago ni bien. Todo apesta, todo. Mis sudores nerviosos, que también apestan, apenas los huelo. Qué intensidad. Maldita sea, vete al infierno. Perdón, estúpido de mí. Vete al cielo. Vete a ver a toda esa gente feliz, siente que no puedes hace nada por evitarlo. Sí, podrás comprarle el alma a algún incauto, probablemente, pero no te los puedes llevar a todos. Siempre habrá gente feliz. ¡Ja ja ja! Sí, gente feliz. ¿Te duele eso? Maldito egoísta, ¿eso es lo que querías verdad? Saciar tu curiosidad. Y ahora que conoces un poco de dolor, mirarás hacia otro lado y te olvidarás de él, no hay manera de ganarte, siempre te sales con la tuya. Y con la de los demás.

Joder, cómo te odio.

lunes, 16 de febrero de 2015

Dicen (La sonrisa de Salaì)

   Dicen de La Gioconda que es el cuadro más famoso del mundo. Y dicen bien. Sería difícil contar exactamente cuántas veces ha salido ése y otros cuadros en televisión, carteles, camisetas... O más bien, cuántos ojos lo han visto y cuántas veces. Pero uno no tiene más que ir al que --dicen-- es el museo más famoso del mundo y buscarlo: esta rodeado de una cantidad ridícula de gente, constantemente, todo el tiempo que el museo permanece abierto. Se encuentra separado de su fiel público por una vitrina de vidrio, y por un mostrador de madera que mantiene la distancia mínima en unos 3 ó 4 metros. Es el único cuadro en el Louvre que posee tal privilegio, y comparte otro privilegio con el cuadro que tiene enfrente, el de disponer de una pared exclusiva para él solito. La diferencia es que el cuadro que tiene enfrente, Las bodas de Caná, de Veronese, mide 994 cm de largo y 677 de alto. Digamos que ocupa un 70% de su pared (por la altura del techo, pero para entendernos, digamos la maldita pared entera), y La Gioconda, menos de un 1%.
   Dicen de La Gioconda, que tiene una sonrisa muy misteriosa, que la magia del cuadro esta en el secreto de su sonrisa. He de admitir que jamás me ha intrigado lo más mínimo, que de hecho, a veces no estoy seguro siquiera de si sonríe (¡he ahí la magia!, dirán algunos). Creo haber oído, también, que uno de los motivos por lo que se ha hecho tan famoso, es porque el propio Leonardo lo declaró su cuadro favorito de todos los que había hecho. Y que siempre viajaba a todos lados con él bajo el brazo. Y en mi opinión, ya podría haber sido el cuadro más horrible del mundo, que si el maldito Leonardo da Vinci, genio del arte, genio en general, y autor del susodicho cuadro en particular, lo declara su favorito, todo el mundo pasará por alto los motivos (o se inventará los suyos propios, llenos de palabrería propia del gremio), y simplemente asentirá y admirará el traje nuevo del emperador. Y la verdad, puedes equivocarte o acertar, pero no me parece tan mala opción hacerle caso a los genios cuando uno no tiene ni puta idea de algo.

   Quiero ahora hablaros de un tal Gian Giacomo Caprotti da Oreno, más conocido como Salaì. Salaì fue un pintor italiano, discípulo de Leonardo. Y amigo. Íntimo. No sé si veis por dónde voy. Era su discípulo predilecto, y prácticamente su mejor amigo, además de un buen mancebo de belleza helena clásica. Lo que por cierto, lo hacía ser un modelo ideal para el estilo de las pinturas de la época, cosa que de hecho fue muchas veces, sobre todo para Leonardo. Y por supuesto, hay rumores, no sé cómo de confirmados, de la relación amorosa que mantenían entre ellos. Sí, por ahí iba.

   Mientras escuchaba esta historia, parado frente al cuadro de "San Juan Bautista" de Leonardo (cuyo modelo, por cierto, es Salaì), el rostro del cuadro me resultó familiar, y de repente una fantasía irrumpió en mi imaginación. Vi a Leonardo y Salaì tendidos en el lecho después de una cálida ración de mimos, mientras el primero acariciaba los bucles del cabello del segundo, admirando la belleza de su rostro mientras éste dormía. Entonces, Leonardo piensa que sería genial poder llevarse ese rostro en su maleta allá donde fuese (en un cuadro, nada macabro tipo Leatherface), pero que tal vez levantaría ciertas sospechas el viajar a todas partes con un retrato de su apuesto y joven aprendiz (en aquella época la homosexualidad, creo, no estaba muy bien vista). Aunque con ese pelito, y esos rasgos inexplicablemente viriles y afeminados al mismo tiempo, tal vez podría pasar por una mujer, ja ja ja... -pensaba Leonardo. Y entonces abrió mucho los ojos, y despertó a su pupilo, y con una risa nerviosa le propuso; ¿qué tal si te disfrazo de mujer y te retrato? Y a Salaì de primeras no le hizo demasiada gracia, pues en esa época, tampoco era muy normal que los hombres se vistieran de mujeres, ni seguramente estaba muy bien visto. Pero yo, en mis fantasías, me imagino las relaciones amorosas como algo muy bonito en lo que nada nunca parece mal --iluso de mí--, y al final a Salaì acabó haciéndole gracia la cosa, y llevaron a cabo esa pequeña broma en una intimidad que quedó reforzada por la misma. Y así Leonardo obtuvo su cuadro de reducidas dimensiones con el que viajaba a todas partes, para utilizarlo en la soledad de su dormitorio como él considerase apropiado. Y el hecho de que su amante apareciera vestido de mujer seguro que le daba un morbo especial, algo así como el equivalente de la época al porno duro.
   Por supuesto, Leonardo dijo que su cuadro era de una mujer real, una... noble de algún sitio, y como en aquella época no existía Google, imagino que sería relativamente sencillo que tal cosa colara sin que nadie tuviera demasiados medios para comprobarlo, tanto si la susodicha noble existía, como si su cara se correspondía con el cuadro.
   --¿Y por qué demonios te gusta tanto ese cuadro? ¿Qué tiene de especial el cuadro o la tal Lisa, si puede saberse?
   --Bueno... Digamos que... (no, no puede saberse, pero te diré que) Hay algo muy especial en su sonrisa, misterioso, cautivador. Como si sonriera por un motivo que nadie, nunca jamás, llegará a saber.
   --Hmm... Pues ahora que lo dices, y ya que eres un genio --dicen--, sí, sí que hay algo misterioso en su sonrisa. Sí. Un buen cuadro, sí. ¡Soberbio incluso, diría! ¿¡Cuánto pides!?
   --No está a la venta.
   --¡Oh!... ¡Sí! ¡Realmente soberbio, sí!
   Pero sí que había alguien que conocía el misterio detrás de esa sonrisa. Una sonrisa que el modelo casi no podía disimular, entre los nervios y emociones que manaban de una travesura y una profunda intimidad entre dos amantes secretos.
   Por supuesto, Leonardo le añadió más cosas al cuadro, como el horizonte a dos niveles, quien sabe si para justificar la unicidad y misterio del cuadro, quien sabe si porque le apeteció sin otro motivo, o tal vez para putear a todos los expertos que analizarían su cuadro hasta la saciedad en los siglos venideros, previendo magistralmente (o tal vez solo anticipándose, "por si acaso") la repercusión que esa pequeña obra tendría.

   Esta es la ensoñación, toda acontecida como una revelación al observar la sonrisa de Salaì en el cuadro que os decía, que podéis ver más abajo. Y de pronto, la guía del museo dice que existen teorías de que incluso la propia Mona Lisa pueda ser un retrato de Salaì, pero que es una teoría desechada. Y que además, sería raro que así fuera, ya que en aquella época, ni era muy normal, ni estaba muy bien visto que un hombre se disfrazase de mujer. Y entonces me desilusioné tan rápido como me había ilusionado al oírlo, pero luego pensé con rebeldía: ¿y si ni siquiera estaba vestido de mujer, y es algo que Leonardo hizo a posteriori, o puramente en la intimidad, sin modelo, y sin el consentimiento de Salaì? ¿O, y si su relación íntima sí que era tan bonita como imaginé hace un instante, y a los dos les importaba una mierda lo que pudiera pensar o decir la gente, de lo que ellos hacían en la privacidad de su estudio, o lecho? Y, por si acaso sí que les pudiera llegar a importar que, yo que sé, les quemaran en una hoguera por sodomitas (en esa época estaban muy locos, dicen), pues ya lo mantenían en secreto, y se curaban en salud. Y como a mí me gusta llevar la contraria, y sobre todo, pensar que yo tengo razón en contra de todo pronóstico, o simplemente que sé algo que nadie más sabe, seguí en mis trece, creyéndome muy listo.
   Y unos minutos más tarde estaba ante la, oh, gran Gioconda, detrás de su ridículo cristal, mostrador, y sobre todo, de su ridículamente grande marabunta de gente haciéndole fotos con el móvil. Pero entendí que era parte del encanto de ir a verla, parte del encanto de la obra, y sobre todo parte del encanto de la broma de esos dos amantes. Tomé fotos de mi hermana tomando fotos del cuadro, que se había puesto en primera fila con asombrosa habilidad zigzagueando entre perdidos asiáticos y nórdicos alzando brazos al aire. Ella se giró y me sonrió, ya éramos parte de la historia. Y entonces miré la cara de la Gioconda todo lo bien que pude a pesar de los obstáculos. Pero era ella, no era una foto en la pantalla de un ordenador o en una página satinada. Era el lienzo que había compartido la más profunda intimidad con Salaì y Leonardo. Miré a los ojos a ese rostro impostor con complicidad, y le guiñé un ojo. Y luego pensé como si me pudiera oír: conozco tu secreto. Pero tranquilo, no se lo diré a nadie. Y aquí estoy, publicándolo en internet. Pero quiero creer que ya ha pasado suficiente tiempo como para contarlo, y que la historia es bonita y merece ser compartida.

   Por cierto, una gran amiga que oyó esta historia antes de que la escribiera aquí, me regaló un libro de la Mona Lisa, que reconozco, no he leído entero. Pero me señaló una parte fundamental, en la que hablaba de las teorías el origen del cuadro, y mencionaba a una tal Lisa Gherardini, y ofrecía ciertas pruebas en favor de esta teoría. Esto había que decirlo, en honor a la verdad, pero tampoco me voy a extender más, pues en el fondo prefiero quedarme con la mía. Porque la verdad, me hablarán del sfumato y del rostro andrógino y de los horizontes a distinto nivel que resaltan más el lado masculino (o el femenino, el que sea), de que la sonrisa desaparece si no la miras o que parece alegre y amarga al mismo tiempo, o de que el cuadro brilla en la oscuridad en los años bisiestos, si se quiere, pero yo, francamente, el misterio en la sonrisa no se lo veo por ningún lado.
   Pero qué sabre yo, cuando todos dicen que lo tiene...
 

http://www.biografiasyvidas.com/monografia/leonardo/fotos8.htm

sábado, 3 de enero de 2015

El Demonio que Amo - Capitulo 2: El Cerco

      Desperté a la mañana siguiente con una buena resaca. La impronta de la desconocida seguía en la funda de mi almohada, en forma de cerco de baba. Según las brumas del sueño se levantaban, el contorno del cerco se volvía cada vez menos humano, y más simple baba. En mitad de todas las frases y pensamientos inconexos que fabrico en los primeros minutos de mi despertar, comencé a creer que tal vez Ella hubiera formado parte de mi sueño. De esto no puedo estar seguro ni siquiera ahora, pues ha venido a mí desde ambos reinos, y puede que desde más que no sabría nombrar. Estas cosas pensaba, en una deriva temporal difícil de explicar, mientras me cepillaba los dientes.

      Una vez que estuve totalmente despierto, el recuerdo de la chica divertida dejó de atormentarme. Más pruebas a favor de su origen onírico, anoté en algún rincón de mi cabeza. Y si fuera real... si fuera real, no me debería ni importar. Hice un repaso a mi vida sentimental pasada, ella no encajaba en ningún sitio. Cierto es que cuando recuerdas el pasado, ningún elemento del futuro tiene cabida en él. Puedes perder el tiempo todo lo que quieras imaginando situaciones que no se darán jamás, como que vuelvas a ser el mismo que fuiste en algún momento. No, jamás. Con todo lo que ello implica. Pero esta recapitulación tuvo una consecuencia nociva inesperada. Al mirar atrás, no veía más que rechazo.
      Puedo explicar esto de mil maneras para quedarme más tranquilo, pero por mucho que algo se razone, nunca podrá llegar a domar a una emoción. Por ejemplo; yo era una persona que tenía miedo al cambio, a la pérdida, es por eso que nunca iba a ser yo el que terminara algo, aunque mi situación podría haber llevado a ello en muchas ocasiones. No es que hubiera nada malo en mí, simplemente no era mi papel. Vale, pero seguía rechazado. Ya, también es verdad que antes de que me dejaran, yo había pensado ya en hacerlo algunas veces. Vale, pero no lo hiciste. En el fondo lo termine uno u otro, las cosas casi siempre tienen fecha de caducidad. Las personas se cansan unas de las otras, o incluso se siguen queriendo pero necesitan comenzar nuevas etapas. Ya... pero siempre lo termina el otro, ¿no es cierto? Bueno, venga, no te obsesiones, que tú también has dejado a gente. Tal vez no de forma tan explícita como "estamos saliendo, tenemos algo firme, pero yo quiero terminarlo. Se acaba aquí, no me llores", pero sí dejar de llamar, perder el contacto, pararlo antes de que sea tarde. Esa es tu manera, ¿verdad, mierdecilla? El camino fácil, hay cosas que no empiezas por que no tendrías huevos de acabarlas. De hecho, dime, ¿cuántas cosas has acabado en tu vida? Ya sean relaciones, libros, proyectos personales... Platos de comida y jarras de cerveza, eso sí que se te da bien, ¿verdad?
      Estaba divagando otra vez, y el sentimiento de rechazo seguía ahí. No podía evitar sentirme extraño. Algo había en mí que los demás veían cuando se acercaban lo suficiente, que producía rechazo. O bien algo me faltaba, una carencia que notaran. Siempre me he sentido raro, diferente, como si todos los demás supieran algo que yo no sé. Una manera de hablarle a los desconocidos, de caer simpático, desde la cercanía de la igualdad. No como un bufón o como un sumiso. No como un arrogante que parece más seguro de sí de lo que de verdad está. Una cercanía en la que rápidamente uno se siente a gusto, cómodo para ser uno mismo, no una charla ingeniosa cogida con pinzas, en la que temes constantemente que se va a acabar el hilo. Después de esto no se te va a ocurrir otro comentario genial, farsante. Aquí se acaba. Entra dentro a pedir otra copa, antes de que todo el mundo se dé cuenta de lo vacío por dentro que estás.

      ¿Qué pensarían las personas a las que yo rechacé? ¿Que había algo malo en ellas, también? Claro que lo había, si no llegaron a ningún sitio, es porque no pasaron mi filtro. Y ellas tendrían otros filtros, y tampoco se acordarían de las personas que rechazaron mientras pensaban en por qué dejé de llamarlas. ¿Y mis relaciones largas, había pasado yo su filtro? Supongo que sí. Entonces volvemos a lo mismo, estábamos en igualdad de condiciones, y fueron ellas las que me rechazaron al final. Ellas. Final. Las dos palabras que realmente cuentan.
      Los pensamientos se arremolinaban en mi cabeza al ritmo del ruido del agua de la ducha golpeándola. Luego eran escupidos en alguna dirección extraña para dejar paso al siguiente, y se iban por el desagüe arrastrados con el agua, y ya no los podía recordar. Filtros, algo de filtros. No, no, sólo estás evitando el tema del rechazo. Eres un minusválido social, te cuesta relacionarte con la gente, ellos saben algo que tú no, buscan algo que no tienes. En eso estabas. Jódete un poco, no pasa nada, nos pasa a todos. En eso sí eres igual. No, no, otra linea al desagüe, tuviste tu momento, volvamos a los filtros. Ella. Ella, la chica divertida, no pasaba mi filtro. Alégrate al menos por eso. Sabes que la deseaste porque era bonita, porque era llamativa, porque parecía distinta. Porque creíste que sólo tu veías su encanto debajo de toda esa borrachera y ese peinado y esos harapos. Pero sólo querías un revolcón, y hubieras sentido que le hacías un favor. ¿Ves? No está tan mal. Una chica bonita, que te ha llamado la atención como para que soñaras con ella --que dicho de paso, tampoco es que sea un logro hercúleo, sueñas todo tipo de mierda con todo tipo de gente--, y sin embargo no pasa tu filtro. Estás por encima. No hay nada malo en ti, esto es sólo un juego de gente encajando.

      Bien, alegría. Sábado por la mañana. Sal de la ducha y come algo para pasar la resaca. Y bebe mucho agua, eso siempre va bien. Ve a ver la tele un rato, descansa. Te lo has ganado, has escapado a la tristeza y al rechazo de ayer muy hábilmente, a pesar de la culpabilidad y automartirio propio de las resacas. Comprobé el móvil, una vez sentado en el sofá. Había algunos mensajes esperando, chistes malos, recuerdos de la noche pasada, propuestas para la noche siguiente, mi madre, que si estaba bien. Qué le hará pensar a esta mujer todo el tiempo que estoy mal. Un mensaje de Presno, mi amigo Presno. Mi alma gemela Presno. Con él nunca me faltaba nada, la carencia desaparecía. Nada de lo que decía estaba fuera de lugar. Veamos, ¿qué coño querrá ahora?
      Tenía problemas con su chica. Otra vez. Y yo le decía, otra vez, que tenía que ser comprensivo, que tenía que ser transigente. Quererla así, ceder siempre él. Hay veces que las mujeres no necesitan justificaciones, explicaciones racionales, sino sólo comprensión. De hecho, rara vez necesitaban algo racional. Ellas tenían su razón propia (cada una la suya, tal vez), y no había por qué entrar ahí a cambiarla y a dejar los planos lisos y los ángulos rectos. Había que amar su arquitectura tal y como era. Qué fácil era dar los consejos desde fuera. A mí estas cosas no me pasaban, no había tenido ese tipo de problemas con las mujeres, porque ese tipo de locas no pasaban mi filtro. Por lo que yo recordaba, siempre había conseguido llegar a acuerdos con mis parejas. Exacto, no debía preocuparme, porque yo era un tipo estable y seguro, y chicas como la chica divertida, o la novia de Presno, no llegarían a nada serio. Me cansaría antes, dejaría de llamarlas, haría bomba de humo. Y entonces Presno me decía que ya había intentado todo eso, que ya había sido amable, ya le había jurado amor eterno. Que la había intentado comprender. Cómo pude haber dudado de ello, otra vez. Yo jugaba con la calma de la perspectiva, podía ver la situación con claridad, sin la cortina sentimental de por medio. Pero él era hábil de sobra, todo lo que yo le decía, lo sabía. Aunque eso no quiere decir que no ayudara oírlo. Qué más podía decir, estas cosas pasan, a veces necesitan atención, tienen dudas, esta claro que ella te quiere. Capea el temporal y espera a la calma, supongo que es una situación con la que tendrás que convivir mientras dure.
      Cuando salí de casa, ya me sentía un poco mejor. Como si pudiera tener la tranquilidad de abrirme al mundo, exponerme, y confiar en que mi filtro inconsciente me alejara de todos los males y peligros, y demás quebraderos de cabeza. Mi vida sentimental hasta ahora había sido poco ajetreada. Pocas discusiones, pocos celos, pocos cuernos. Y mucha comunicación, o eso creía. Así que me decía; vamos niño, eres joven, eres fuerte, eres bueno, aquí todos dudan de sí mismos y se apuñalarían entre ellos por un pequeña oportunidad de rozar lo que realmente quieren. Y tú tienes una gran fortaleza, que no quieres nada. ¡Qué afortunado que eres y que has sido siempre! Si en el fondo nunca perdiste nada que quisieras tuyo para siempre. Sí perdiste con pena, eso es inevitable. Pero, ¿cambiarías todo lo que tienes por algo de lo que perdiste? Claro que no. Regocíjate pues, y lucha por lo que está por venir, lo que has de tener.

      He de hablaros ahora de la estabilidad, de la facilidad. De mi vida en aquel entonces. Tenía un trabajo que no quería tener ni dejar. Mis conocidos me decían ¡afortunado tú!, y yo pensaba, sí, claro que soy afortunado, pero no por tener trabajo, quienseas. Pero podía entenderlo, la gente parecía querer trabajo a toda costa, como primera meta en la vida. Porque yo sabía que no todos lo decían por necesidad, se decía porque era lo que había que decir. Había poco trabajo y gente que pasaba hambre, o eso repetían la tele y los periódicos, incansables. Lo políticamente correcto era afirmar que era una suerte, un tesoro, tener trabajo en estos días. Veías a pobres señores mayores en la tele, en alguna manifestación, protestando porque habían perdido el trabajo que llevaban haciendo veintitantos años. Y probablemente, el único que sabían hacer. Le gritaban a la cámara, ¡queremos un trabajo! ¡Queremos trabajar!. Y yo los veía, pantalla de por medio, y no es que no me compadeciera, pero pensaba de ellos que eran unos hipócritas. O unos imbéciles. Yo, lo que quería, era dinero. Mientras no me lo fueran a dar por lo que hacía a diario fuera del trabajo (es decir, a regalar), tendría que vender parte de mi tiempo, mi adorado tiempo, a cambio de valioso y preciado dinero. En mi época de joven idealista, me hubiera odiado por ello. Estaba convencido incluso de la necesidad de su abolición para que el ser humano dejase de ser avaro. Qué equivocado estaba. La avaricia era un problema. Tal vez una adaptación evolutiva, pero una que no me gustaba. Pero el dinero no era un problema, era un gran invento. Una unidad métrica. ¿Qué medía? Todo, maldita sea. Cómo va a ser mal invento. Lo necesitas para vivir, o al menos para no vivir como un salvaje. Eso quería yo, eso querían todos; dinero. Querer dinero es como quererlo todo. Todo lo que puede pagar, y todo lo que atrae, que abarca todo lo que hay desde la ionosfera hacia dentro. E, incluso, algunas parcelas de la Luna, pero eso son sólo chorradas.
      Yo no era ningún materialista. El dinero no era mi máxima prioridad. Nunca me había faltado ni me faltaría, al menos al medio plazo. Pero al fin y al cabo, lo poco que cobraba me acercaba a cosas que quería y disfrutaba. Por eso no podía dejar mi trabajo, era difícil renunciar a ello. Aunque viera como mi futuro se desdibujaba a cada mes que pasaba en aquel agujero, escondido. No pasa nada, me decía, pronto habrá algún cambio, o tal vez empieces algo en paralelo, algún proyecto personal con el que sin duda te harás rico. Y ese momento nunca llegaba. Hasta ahí la estabilidad.
      Mis amigos, o las personas cercanas, aquellas que me conocían más que los simples conocidos, me decían que a ver cuando lo dejaba, que merecía algo mucho mejor, que no era mi sitio. Y tenían razón, tal vez. Al menos hasta donde uno puede prever, y basándose en lo que la sociedad espera de ti, lo que considera el éxito, ese no era mi sitio. Pero ellos no entendían que todo lo que había tenido en la vida, lo había conseguido sin mover un dedo. Bueno, claro que había movido dedos, y demás articulaciones y apéndices. Pero para mí, yo había caminado distraído a la deriva por la vida, y había ido chocando con sorpresa contra troncos de árboles que hace cinco segundos hubiera jurado no estaban ahí. Y a veces, cogía una fruta de ellos, y a veces no, tal vez porque no tenían. Pero siempre acababa igual, bordeaba el árbol y seguía mi camino sin camino. Siempre he dicho que las metas hacen camino, que ayudan a andar, y que lo importante es andar, el camino, no tanto la meta. Y creo que nunca he tenido ninguna. Ni, claro está, camino. Pero he andado sin más, y no se está tan mal. Hasta ahí, la facilidad.

      Fin del camino. Basta de divagaciones. Había llegado a la puerta del Botero. No sabía qué me esperaba dentro, pero sí que alguien me esperaba. No quién, pero si de dónde. De allí. De la religión del Sagrado Pilar. Abrí una puerta y allí estaba Axel, detrás de uno de los ventanucos de la segunda puerta. No me dedicó más de un segundo de mirada, ni siquiera unas décimas más de complicidad, se giró enseguida hacia los estantes por su derecha. Y yo sabía por qué. Abrí otra puerta, y allí estaba el bar. El Pilar. Rostros levemente conocidos, que seguramente lo serían más con el paso del tiempo, rostros más conocidos tal vez detrás del Pilar, en el rincón encantado. Allí estaban, sí. Abrazos, besos, palmadas. Me giro hacia Axel y sostiene un vaso, ya sabéis, uno de esos míticos vasos rectos y bajos, como de whisky. No sé si sabéis, pero el sí sabía. Claro que sabía. Era una asignatura troncal para los caballeros moteros de la sagrada orden de los barmen. Pero resulta que Axel no era motero, ni barman. Caballero sí, por supuesto. Era un tipo que había sido comercial, había vendido y ganado a espuertas, había exprimido la vida y luego, en las vacas flacas, había montado un bar, porque claro que debía montar un bar. Y aunque no me lo dijo, supe notar que no había montado un bar para que vinieran los coleguitas, para ganar pasta, para el puro estatus de tener un bar. Se había embarcado en un proyecto, y quería cuidar hasta el más mínimo detalle y hacerlo bien, lo mejor que podía. Claro que el proyecto no era una fábrica de cajas de cartón, era algo que molaba más. Eso ayudaba. Pero hay una diferencia entre la pasta fácil y rápida, y hacer las cosas bien. Y sabía perfectamente en qué lado de la línea estaba Axel. Lo cual me reconfortaba. Porque rodearnos de gente auténtica siempre reconforta, todos tenemos un poco de vampiros psíquicos. 
      Lo más bello de todo esto, es que cuanto más conocía a Axel, a Carla, o a quien estuviera ahí puesta, más normales parecían. Más cercanos. En su día me parecieron sacados de una película, pero una vez sacados y que estaban fuera, eran gente normal. Ninguna sorpresa ahí, supongo. Pero lo bello de esto, como decía, es que así ganaban encanto, en lugar de perderlo. Lo cierto es que llegué a conocer a Carla bastante de cerca, tal y como había imaginado muchas veces. En un marco no tan romántico como el imaginado el primer día, y más parecido a los siguientes, pero no carente de encanto. Nos sonreíamos demasiado como para que no acabara pasando nada, y yo pensaba en qué manera podía empezar el juego. Ofreciéndole sitio para dormir, tal vez. Ella era de otra ciudad. Cuando salía de trabajar, se iba a coger el primer bus de la mañana, o bien se quedaba en casa de un amigo o amiga. Era sencillo, sólo había que decirle si tomaba algo después de cerrar, y ya se vería luego, o si ponía alguna traba por motivo de su vuelta a casa, ofrecerle posada. Muy sencillo, sobre el papel. Y creía contar con el favor de que estaría dispuesta a decirme sí, por ser yo. Y por algún motivo, nunca se daba tal situación. Tal vez me iba antes del cierre, tal vez no surgía el momento de hablar tranquilos, tal vez no veía ocasión porque me faltaban cojones. Entonces apareció un árbol en mitad de la noche, un árbol que hubiera jurado no estaba ahí hace cinco segundos, tal vez por lo oscuro que estaba. Y estaba cargado de fruta hasta las puntas de las ramas. De hecho, alguna ya se desprendió por el solo hecho de chocar contra él.
      Carla jugaba a un juego en su móvil en los ratos muertos, y desde una esquina de la barra reconocí la pantalla. Yo jugaba al mismo juego, y todo sea dicho, era muy bueno. Me guiñé un ojo a mi mismo. Nexo de unión y alarde de pavo en la misma jugada. La llamé.
      --¡Ey! ¿Qué estas, jugando al Trivial, no?.
      --Síii, ¿por? --siempre con la mejor de sus sonrisas, con su boca enorme que le llegaba casi hasta las orejas.
      --Yo también lo tengo, ¿quieres que te pase mi usuario y me añades?
      La sonrisa se ensanchó mucho más, si cabe, la mirada se clavó en mis ojos, la cabeza se bajó ligeramente, me oteaba atenta y a la vez me decía con su gesto pícaro que sabía a qué juego estaba jugando, y no era el trivial. Sí, espera, y se fue a por un papelito y un boli. Y yo le escribí mi nombre de usuario. Y luego se lo acerqué envuelto en un pequeño rollo.
      --Te advierto que soy asquerosamente bueno --y le ofrecí el papelito.
      Me alejé y me senté a observar y esperar. Se fue a un rincón de la barra, lo abrió con esmero, y al leer lo que ponía, se le borró la sonrisa. Me miró de refilón, aguantó un segundo, y con un resoplido suave se puso en movimiento de nuevo, a recoger botellas vacías y servirlas llenas. Llevaba cara de decepción. Eso me contrarió un poco, pero estaba bastante bebido como para no reaccionar en el momento. Ni que me importara tanto. Pero sí, me importaba. Pensaba en ello más de lo que dejaba ver, lanzando dardos y dando sorbos y mirando al infinito sonriente y despreocupado.
      Cuando fui a la barra, a cambiar mi vaso vacío por uno lleno, ella me puso en una mano un vaso lleno y en la otra un rollo de papel. El rollo de papel que yo le había dado. Lo miré, la miré. Sonreía. Sonreí. Desenrollé el papel allí mismo, delante de ella. Había un número de teléfono. Me sentí un poco tonto, comprendí que eso era lo que ella había esperado. Pero no tanto, nunca se lo había prometido, el contacto estaba hecho, y no hacía falta ser demasiado obvio. Pero sí, ella tenía razón. Yo era un gran fan de la obviedad. La obviedad era una gran aliada de la facilidad. Así que tal vez ella tenía razón, y yo era el tonto. Pero no pensaba seguir siéndolo. Subí la mirada del número a ella, y mantuve la sonrisa. Le pregunté si tomaba algo después de cerrar. Me dijo sí. Las palabras viajaban por el aire, pero hablaban las sonrisas. Estaba todo dicho. Estaba tan sedado de alegría y facilidad, que apenas era consciente del show que estaba montando Vile en el bar. Se había pasado bebiendo, había tonteado con un antiguo ligue que estaba en el bar, se echó medio atrás porque ella estaba muy colgada, de alcohol, según parecía. Sus amigos la metieron en el baño, creo que para drogarse con algo que la despertara. A Vile eso le crispó los nervios, los llamó basura, no por las drogas, sino por el pobre trato que le estaban dando a su amiga, en lugar de llevarla afuera a tomar el aire, o yo qué sé, a casa. Casi tuvimos que separarlo entre Don y yo, pero salió Axel de la barra, porque ese era su bar, sus normas. La presencia de Axel tuvo un efecto muy tranquilizante sobre Vile. De repente era consciente de dónde estaba, de lo correcto, de los modales. Levantó las palmas de las manos, con los ojos muy abiertos, extremadamente abiertos, y mirando al suelo, a los lados, a Axel, y se le cerraban un poco con respeto. Luego se le abrían enseguida, porque ahora el que estaba empezando a estar como una cuba, era él. No los abría por locura o cabreo, estaba intentando ver algo, algo un poco menos borroso y doble.
      Los amigos de la chica fueron a meterla en un taxi, y ella, sentada ya en el asiento, abrió la puerta en marcha y se bajó, y salió corriendo dirección al bar, de nuevo. Porque parece ser que ya se encontraba un poco mejor, y no había motivo para irse a casa, y no iba a dejar escapar a Vile. ¡Qué tía! Era de esas que no pasarían mi filtro, me dije. Una noche sí, dos tal vez. Pero una de esas noches yo le diría, lo siento, estás demasiado loca, joder. Pero las palabras exactas serían, más probablemente; bueno, ya te llamo, si eso. Ya nos vemos. Soy un espíritu libre, no quiero nada serio. Vernos sí, esta bien, pero nada serio. Soy un gilipollas, cuenta con ello. Hoy no me viene bien, ya te llamo yo otro día. Pero no silencio, no era de los que dejaban a la gente con la palabra en la boca.
      Pero al final, Vile se le escapó. Llegó al bar, fue a hablar con él. Él levanto la vista y la vio apenas. La cabeza se le volvió a caer en el pecho, masculló un "lo siento" que sólo escuchó el botón de su camisa, y luego Don le alzó por las axilas y se colgó su brazo del cuello, y se lo llevó de allí. Me palmeó el hombro antes de irse, oye, que este tío está muy mal, que se lo llevaba a casa. Yo, feliz, ignorante, mal amigo, agarraba la barra con la ilusión del niño que era. Esperaba a Carla, esperaba al cierre. Melune, la chica loca que estaba dejando escapar a Vile, me vino a llorar al hombro, y yo la consolaba. Que si le gustas, pero estaba muy mal, ¿no ves cómo se preocupó por ti? No, que coño ibas a ver, si estabas más ciega que él ahora. Y ella, con aquellos ojos, ebrios pero menos, vidriosos, me dice que ella sólo quiere que alguien la folle, que si es tan difícil. Y yo le digo que no, que qué va a ser difícil, que habría muchos que querrían. Y ella ladea la cabeza, sólo un poco. Y amaga una sonrisa, sólo en una de las comisuras. Y me sigue mirando con sus ojos vidriosos.
      --Oye, Melune, que Vile es mi amigo.
      --Bueno, y qué, él no quiso, ¿no? --y hacía pequeños gestos extraños, apretaba ligeramente los labios, alzaba las cejas entrecerrando los ojos, movía la cabeza como negando algo que nadie había dicho. Un quiero y no puedo de cara mimosa, bastante impedido por sus aires borrachos, que era lo único que yo veía. --Se fue... Me dejó vendida... Si él no quiere...
      --No, mira... No. Lo siento, chica, pero te acabas de comer los morros con mi colega, joer, y bueno, aparte, quedé con la camarera luego para tomar algo.
      --Vamos, que tú tampoco quieres follarme.
      Alejé un poco la cara de la suya, y la miré con una mezcla de compasión y reprobación.
      --Oye... --dije, y mantuve la mirada y el gesto, esperando que ella se diera cuenta de lo obvio y dijera "está bien", o algo por el estilo, que se diera por vencida. Pero no, claro que no, ni yo debería haber sido razonable con ella. Continuó con sus muecas de niña estimulada y deseable.
      --Pues no, mira, no quiero.
      Alzó un poco más las cejas, abriendo esta vez bien los ojos en lugar de cerrarlos. Tenía una mirada como de desprecio, de enfado. Pero yo conocía bien la sensación que había por dentro. Rechazo. No sentaba bien, aunque lo estuvieras esperando, aunque te hubieras dicho a ti mismo segundos antes que no importaba. Siempre había algo de vergüenza, algo incómodo que hacía que te temblaran la voz y las propias palabras. Las dejabas a medias, olvidabas las consonantes, hablabas a fin de cuentas como un lelo. Por eso ella se quedó callada e hizo como que me odiaba. Como si fuera culpa mía, y estuviera faltando a mi sagrada obligación como hombre para con las mujeres. Sentí sus ganas de llamarme maricón, impotente, todas esas chorradas.
      Le puse una mano en el hombro, unas palmaditas, la animé a tomarse algo por ahí, la noche es joven, aunque no lo fuese. Esperaba irme yo solo con Carla al cierre, pero vino Melune. Y con ella venía también una negatividad que lo enturbiaba todo. La gente de la calle, a esas horas, no es que ayudara a hacer el cuadro más agradable. Todo eran rostros o demasiado borrachos, o insultantemente sobrios, o eso me parecía a mí. Tal vez fuera yo. Acabamos en uno de esos bares de mala muerte que no cierran nunca. Carla se encontró con unos amigos, fue a saludarlos, y Melune aprovechó el rato para hablarme cada vez más cerca. Nuestros labios casi se rozaban. Entonces la paré y le dije que iba a hablar con Carla. Porque esa noche no estaba siendo lo que yo esperaba, esperaba un típico cortejo, algo tedioso, como todos, pero tal vez estimulante. Algo de intimidad entre toda la perdición. Y la ausencia de Carla me hacía sentirme celoso, sin saber por qué. Los celos eran una sensación a la que no estaba muy acostumbrado, y menos por una chica que apenas conocía. Por un momento tomé la decisión de que si Carla no estaba dispuesta a acabar la noche conmigo, tal vez me iría con Melune. Este tipo de decisión que tomas a horas y en estados en los que no deberías decidir sobre nada, en la que sólo te importa pasar la noche al cobijo de otro, por sucio que te pueda llegar a hacer sentir.
      Pero Carla, para mi sorpresa, al preguntarle por sus planes para el final de la noche, me preguntó si vivía solo. Por aquel entonces vivía con mi madre, pero no estaba en casa, y eso le dije. Ella vivía en otra ciudad, y dependía del albergue de algún conocido que le diera posada, como ya he dicho. Entonces me preguntó si me parecía bien que durmiera conmigo, pero sólo dormir. Yo tuve que esforzarme en evitar una carcajada que acabó en sonrisa disimulada, porque me daba la impresión de que eso me hubiera tocado a mí decirlo. Me regocijaba en la facilidad de esa noche. Le dije que sí, que claro.

      Tocaba decirle a Melune que me iba con Carla a casa. Su cara no mejoró mucho con la noticia. No se decidía entre ir a la estación de bus o llamar a una amiga para quedarse en su casa. Serían las ocho de la mañana, o cerca. No era buena hora para llamar a nadie, y menos para pedirle hospedaje. Montamos en un taxi, y allí sobre la marcha decidió que no, que no íbamos a la estación, que llamaría a su amiga. La conversación que mantuvo con ella no fue demasiado cómoda para nadie, pero finalmente la dejamos en un portal, no muy lejos del mío, y Carla y yo continuamos en el taxi. Una vez en mi casa, en el dormitorio de mi hermana (cuya cama era mayor que la mía), me pidió ropa de pijama, y cuando se la di decidió que no, que mejor dormir vestida con su ropa de calle. Parecía decidida a cumplir su palabra de dormir, dormir.
      Pero como dijo el sabio, un hombre en la cama es un hombre en la cama. Ella me dio la espalda, y yo le puse la mano sobre su brazo. Al minuto, el brazo cerró un pequeño cerco y la abrazaba. Luego la acariciaba muy levemente, y mi otra mano ayudaba acariciándole la espalda. Esos fueron todos mis avances, ni siquiera me adentré en zonas prohibidas. Pero entonces ella echó una mano atrás, sin mirarme. Y sí se adentró en zona prohibida. Volví entonces a regocijarme en la facilidad. Era como si toda la historia me estuviera haciendo más ilusión que la propia situación que estaba viviendo y que iba a vivir. Parecía un plan perfectamente trazado por mentes ajenas, con inocentes chicas como peones, para hacerme marioneta. La noche apenas me había dejado elección. Las caricias se volvieron cada vez más explícitas hasta que comencé a desnudarla, se giró, nos besamos. Hicimos el amor durante un tiempo. No era nada parecido a las fantasías que había tenido con ella, nunca lo es.
      Cuando acabamos me dijo que no le gustaba empezar así, tan rápido, con los chicos. Yo supongo que le dije que no pasaba nada, si a los dos nos apetecía, y etcétera.

      Dormimos, nos levantamos, desayunamos algo, aunque era pasada la hora de comer. La acompañaba a la puerta, y entonces me ofrecí a llevarla a la estación. Una vez en el coche, de camino, me ofrecí a llevarla a su ciudad. Ella sonreía encantada. Una vez allí, ella me ofreció ir a tomar y picar algo por ahí, a algún sitio, y yo dije sí. Era como si no quisiera separarme nunca de ella. Estaba confuso conmigo mismo. Siempre suelo ser muy atento con las chicas con las que paso la noche, o casi siempre. Pero esa insistencia, ese alargarlo tanto, no era propio de mí. Sabía que había que dejar un tiempo de respiro para que las cosas funcionasen. Y ni siquiera estaba seguro de querer que aquello funcionase demasiado, tan sólo algo cordial, algo que podría llegar a repetirse tal vez cuando a los dos nos apeteciera. Pero desde luego, estaba pareciendo lo contrario. Parecía que fuera a pedirle matrimonio antes de que acabáramos lo que habíamos pedido para comer. Y ella parecía sonriente y entretenida, así que yo me dejaba llevar. No pasa nada, si en algún momento te sientes atrapado en algo demasiado serio, ya la dejarás de llamar, cobarde de mierda.
      Entonces, hablando de la noche que habíamos pasado, de lo que nos gustó y lo que no, de lo que nos gustaba y lo que no, ella dijo las palabras malditas. Bueno, para la próxima vez. Y yo dije sí. En ese momento me asusté un poco, no porque pensara que me estaba comprometiendo demasiado, sino porque supe que no volvería a ocurrir. Nunca se habla del siguiente polvo después del primero. Si se da por hecho, no lo será. Me decía a mí mismo que no, que eran chorradas, que era todo lo contrario, una buena señal. La prueba de que ella querría repetir. Pero en el fondo, lo sabía. No volvería a dormir con ella. Tal vez, no la volvería a ver. Eso era una estupidez, sabía que la podría ver siempre que quisiera en el bar, pero no me podía librar de esa sensación irracional.
      Cuando acabamos, la acerqué a casa, nos dimos un cálido beso en los labios, le dije lo bien que lo había pasado, sonrió y se fue. No sabía muy bien como sentirme. De pronto la tenía entre ceja y ceja. Llegué a casa y le escribí. Y al día siguiente. Y al siguiente. Hablamos para vernos en otro momento. En una ocasión me dijo si estaría disponible para la hora de comer, y yo me las apañe para salir antes del trabajo. Y una vez que lo había conseguido, me dijo que lo sentía, que tuvo que hacer otros recados, y que al final no podía. Y entonces volvían esas palabras a zumbarme detrás del oído, la próxima vez. Me decía otra vez que eran chorradas, que ella estaba claramente interesada. Pero ahí seguía el runrún, y me obsesionaba cada vez más. No me reconocía a mi mismo, la facilidad se esfumaba y de pronto una chica me quitaba el sueño, como si tuviera catorce años otra vez. Y cuando al fin conseguí quedar con ella, en su ciudad, fue aún peor. Constantemente la notaba forzada, como obligada a estar allí, conmigo. Simplemente por cumplir. Y yo sabía que el hecho de pensar estas cosas, fueran reales o no, me hacían comportarme como un inseguro paranoico, y eso sí que lo olería ella. Eso haría que de verdad empezara a sentirse incómoda, si no lo había hecho ya el acoso telefónico de mensajes, que tal vez no fuera tal. Pero en ese momento, con la mirada perdida en la comisura de su sonrisa forzada, todo me parecía verdad, y yo un imbécil.

      Fuimos a cenar, y se me pasó la hora de mi bus de vuelta. Ella me preguntó si quería dormir con ella esa noche, y sonó como algo solemne, no como un favor de acogida. Entendí que el mensaje era que esa próxima vez sí que iba a llegar. Le dije que sí, llamó a una amiga suya y me preguntó si me importaba que se nos uniera. Entendí que iba a ser nuestra anfitriona para dormir, y ella me lo confirmó. Y obviamente no me importó. Yo había perdido el bus, de manera que decidimos que lo mejor que se podía hacer era ir a tomar algo los tres juntos e irnos conociendo mejor. Respondí a todos los mensajes de amigos que me preguntaban qué tal la cita y si saldría esa noche, que pasaría la noche fuera. Algunos lo tomaron como una buena señal, respondieron con caritas con guiños, lo que me hizo estar aún más inseguro, ya que yo seguía respirando rareza.
      Al principio todo fue bien. Cenamos con vino, tomamos unas cañas, luego unas sidras, luego unas copas. Nos caímos bien. Pero mi impresión es que en cierto momento, yo comencé a parecerles el imbécil inseguro que por dentro me sentía. Eso, o quizá una tontería tan grande como que uno de los chicos que Carla saludó y con el que se paró a hablar, tal vez le gustó más que yo, o tal vez era un antiguo ligue. No tengo ni idea de que pasó esa noche, pero el hecho es que se fueron a mear a algún bar cercano, porque según dijeron ellas, en el que estábamos los baños eran asquerosos, y tardaron casi media hora en volver, o eso me pareció. En mi espera, mientras me descorazonaba completamente, unos chicos se pusieron a hablar en inglés con una mujer rubia delante de mí. Y yo, con mi soledad, con mi derrota, con mi buen inglés, no pude resistir la tentación. Tal vez por sentir una pequeña victoria en esa noche, mientras imaginaba a las otras dos zorras hablando sabe dios el qué de mí. Y en el momento justo, realicé mi pequeña aportación a la conversación. Mi acento neutro pero refinado destacó sobre la macarronería de los otros dos chicos. La mujer se giró hacia mí con un brillo en los ojos y una sonrisa de sorpresa. Hablamos un rato corto los cuatro acerca de cualquier nimiedad, hasta que la mujer rubia, bastante bonita, se fue acercando cada vez más a mí, y me felicitó por mi inglés. Era irlandesa, y profesora de inglés. Lo de profesora no me sorprendió, es lo que son un 99% de los angloparlantes que viven en pequeñas ciudades del extranjero. Se llamaba Beth.
      Hablamos un rato embelesados el uno con el otro, haciendo obvio que nos gustábamos, pero como sabiendo ambos que no nos volveríamos a ver, aunque nos diéramos los números. Yo me sentía mucho menos inseguro hablando con ella, y para mis adentros deseaba que volviera Carla en ese momento y me viera con ella, siendo un ser de luz, de valor incalculable, siendo adorado por una mujer hecha y derecha, ¡y extranjera! Y no recuerdo si lo vieron, la verdad. Así que supongo que de ser así, se la sudó bastante a las dos, o hicieron como si tal.

      Al volver con ellas, el ambiente estaba claramente enrarecido. Las frases eran cortas, los encuentros fugaces. Me acerqué a Carla y me dijo que su amiga quería irse a casa. Creí que era un signo para un final de noche feliz, pero nada más lejos. Supongo que quería echarme. Me acerqué a su amiga, le dije que si se quería ir a casa. Para mí era la oportunidad de irnos los tres juntos, dormir en la misma casa, vivir y dormir felices. Parece ser que no, que para Carla era, efectivamente, la excusa para echarme. Su amiga se indignó. Pareció como si quisiera echarla yo a ella, como si le estuviera ofreciendo amablemente que se fuera y nos dejara solos, y saltó a la defensiva por su amiga. Pero aquella historia no la había inventado yo, aunque a esas alturas daba igual. Me resultaba cansino ponerme a explicar el malentendido. Lo intenté por unos instantes, bajo su mirada de desaprobación, casi asco, y pronto desistí. A día de hoy sigo sin saber hasta qué punto era cosa mía o de ellas, pero lo cierto es que se alegraron cuando dije que iba a irme a casa en taxi. Desde otra puta ciudad. Se había entendido, o eso creía, que iba a dormir en casa de su amiga. Y hubiera sido el gesto más elegante darme cobijo, aunque fuera en una cama para uno, en la punta de la casa más alejada de donde durmiera Carla, o en una maldita bañera llena con dos míseros cojines y una manta. Pero no, me dejaron ir así. Hasta se ofrecieron a llamar ellas al taxi cuando me alejaba de allí a buscar una parada, como si no estuvieran seguras de que me fuera a ir, como si tuvieran miedo de que me quedara, y las siguiera a casa o algo peor. ¿Tan loco parecía? De verdad, no pararon hasta que me vieron sacar el puto móvil del bolsillo para llamar, y aún así parecían querer ir tras de mí para asegurarse de que al otro lado de la línea aparecía la voz de un taxista, y no estaba simplemente simulando. La verdad, cuando una persona es de súbito excesivamente amable contigo para ayudarte a que te vayas, uno se siente más ofendido que cuanto te echan a insultos.

      Así me fui de allí, en un maldito taxi que me cobró más de la cuenta, que ya hubiera sido extensa. Y me faltaba el ánimo para ponerme a discutir con él, así que le pagué, me despedí amablemente y salí del coche. Y no volví a ver a Carla después de eso hasta muchísimo después, cuando obviamente ya me importaba una mierda. Ni siquiera en el bar, de donde se ausentó por encontrarse enferma ciertos días, hasta que finalmente dejó el trabajo. No fue por mí, quiero creer que ninguna de las dos cosas. Hubo ciertos días en los que yo, por un motivo o por otro, no fui, y ella sí trabajaba. Incluso me escribió para preguntarme si no iba a ir. Fue algo bastante casual lo de no vernos más, lo que lo hace más misterioso aún.
      Los días siguientes me dieron mucho en que pensar. Realmente sentía que Carla no me importaba tanto, pero no podía evitar escribirle de vez en cuando, para intentar aclarar o mejorar la situación, aunque fuera desde la simple amistad. Pero cada intento parecía una cansina insistencia más, hasta que me rendí. Le escribí antes de que se fuera todo el verano a tocar la viola a un crucero, para tomar una triste caña de despedida, casi por cortesía. Obviamente me dijo que sí, que claro, que ya quedaríamos un día. Y obviamente no volví a saber de ella.
      Las posiciones de poder en las parejas, y en las relaciones humanas en general, son muy difíciles de invertir. Es como entrar a un manicomio por error, es jodidamente difícil demostrar que uno está cuerdo. Para mí Carla, a muchos niveles, era una chica cualquiera, casi hasta mediocre. Yo sabía que había mil cosas de las que ella no podría hablar conmigo, ni con nadie, en parte porque la mayoría de sus amigotes serían tan tontitos y simplones como ella. Bueno, esto sólo lo pensaba cuando estaba cabreado. Pero sí sabía con certeza que había muchos campos en los que yo brillaba mucho más que ella. Esos campos podían interesarle o no, pero ni siquiera importaba, porque yo jamás sería capaz de demostrárselo. En cuanto pones un pie en la inseguridad, anula la mayoría de tus capacidades, y de esta forma se retroalimenta vorazmente. Ya está. Era el momento de dejarla ir. Jamás sería capaz de mirarla otra vez desde una altura igual. Vería en sus ojos su pequeña victoria, aquella vez que me hizo quedar como un imbécil y me despreció como a una mierda. Y ni siquiera podría despreciarla yo a ella, sería visto como patético despecho, y me humillaría aún más. Estas cosas acaban así.

      El día antes de que se marchara a su crucero, yo miraba el móvil como distraído. Tocaba su nombre en la pantalla, miraba su foto, su última conexión. La odiaba, con rabia. Sabía que ya era tarde, que no me escribiría. Lo sabía desde el primer momento, claro, pero ese era el día en que me regodeaba en ello, me revolvía en el fango. Era el día para odiar. Para sorprenderme a mí mismo comportándome como un adolescente, después de tanto tiempo. Pasaban las horas de la madrugada y su última conexión ya no cambiaba. Al día siguiente madrugaría, supuse. Reprimí con gran esfuerzo la tentación de escribirle algo, un "que lo pases bien en tu viaje :)", lleno de rencor, rencor nada velado, con ese mensaje anterior suyo que decía "claro, ya quedaremos" de hacía unos días para atestiguarlo. Resultaba tan obvio... Me aliviaría tanto durante unos segundos... Y después me avergonzaría enormemente. Me aferré a esa sensación para mantener mis manos quietas. Sostenía el móvil impasible, metido en la cama, los ojos en la pantalla, dejando que los minutos pasaran a lo tonto. Lo dejé a un lado con desdén. Miré al techo. Me puse de lado, miré a la almohada. Nada raro. Cerré los ojos, y allí estaba. La chica desconocida. La bailarina de puñetazos rabiosos, mi antípoda eterna. La chica divertida. Y lo parecía, sonreía con cierta maldad. Sus nariz recta, su pómulos puntiagudos, sus ojos llenos de fuego. Sonreía como si todo hubiera sido cosa suya. Su pequeña travesura. Yo, el niño favorito de las noches de facilidad, lloriqueando como una nena. Recordé la inseguridad que me hizo sentir aquella noche, y sentí que no le pareció suficiente. Y entonces su cara se convirtió en un borrón granate de destellos verde esmeralda, apenas cuatro fosfenos sin importancia. Y entonces dormí.