Lo primero que vio fue la puerta de un retrete de una estación de metro. Antes de eso, había visto muchas más cosas, sí. Había tenido una vida normal. Una infancia, una adolescencia, y una madurez como la de cualquier otro. Su primer beso, su primer trabajo, su primer hueso roto. Y entonces, al cumplir los treinta y tres, despertó, y supo quién era. Recordó Nazareth. Recordó Jerusalén. Recordó el beso y los clavos, en un retrete del metro de Nueva York. Y escuchó una voz que le decía "encuentra un solo hombre justo en Sodoma".
Salió de los baños, y caminó entre la multitud. En las caras de la gente veía ahora un cierto color, una tonalidad muy precisa en la que estaba codificado todo su ser. Su pasado, su futuro, sus memorias. Lo que habían comido esa mañana. Lo que habían escrito en su móviles hacía cinco minutos. La gente que amaba, la gente que odiaba. La gente que le amaba y le odiaba a él, o ella. Todas sus aspiraciones, sus capacidades, su vergüenzas. Y no había ningún color allí con el que pintar dignamente sobre el lienzo de una nueva Tierra.
Siempre ha de haber, al menos, treinta y seis hombres justos sobre la faz de la Tierra. O si no, todo se iría a la mierda, decían los místicos, sin saber bien cómo ni por qué. El cómo, no importaba. El por qué, era muy sencillo. Ellos eran la razón de que el planeta aún mereciese la pena. También, por pura difusión. Era estadísticamente más probable que los hombres se comportaran de manera justa en las cercanías de un hombre genuinamente justo, estaba comprobado. Cuestión de confianza. El llamado "hombre justo" había impulsado la característica fundamental para la que el planeta había sido poblado: la cooperación. Una red de mentes pensantes, sentientes, que se asociara para la profusión de ideas sinérgicas. El objetivo se había logrado; la casi totalidad del planeta estaba conectada, y las ideas manaban de cada agujero sin control. Y esa era precisamente la otra cualidad, el control. Habían conseguido que las nuevas ideas surgieran, pero no podían elegir hacia dónde. ¿Y por qué treinta y seis? Podrían ser treinta y seis como cuarenta y dos, en este caso el número era un puro cálculo del jefe del proyecto, nada que ver con seis continentes ni con las seis puntas de la estrella de David.
El Universo estaba a punto del colapso, apenas a unos pocos millones de años de distancia. Tal vez fuera tarde para un nuevo intento. Iob, de la casa de El, estaba condenado por esa misma destrucción del Universo, al igual que todo lo contenido en él, en contra de lo que lo contenido en él pudiera pensar. Encuentra un solo hombre justo en Sodoma. La situación era desesperada, prefería agarrarse a una única esperanza que empezar de cero. Un hombre que pudiera dirigir la especie hacia las estrellas, de nuevo.
El Hijo del Hombre caminó por las calles de la ciudad. Tomó un bus urbano, en el que nadie parecía reconocerle. Había en él un mendigo, al lado del que nadie quería ir sentado. La esperanza del hombre estaba en los seres humildes, pensó. Pero la cara del mendigo mostraba un color horrible. Ninguna ambición, ninguna gana de aportar. Una humildad y generosidad adquirida sólo a través de la debilidad. Un mero mecanismo de supervivencia. Estaba cansado de todo aquello. La supervivencia individual era necesaria, pero no lo era todo. La supervivencia última era lo único importante. Esos incautos no lo comprendían.
Se bajó del bus. En la calle todo era gente bebiendo, fornicando en callejones oscuros, bolas de grasa engullendo bolas de grasa tras el cristal de un restaurante, o en la propia acera. Lo habían comprendido, sí. La exaltación de la vida era la clave. Habían superado sus miedos, sus llamados "pecados", con el tiempo, porque ya no les hacían falta. Pero se habían quedado ahí. ¿Qué pasaba con las partículas elementales? ¿Qué con la teoría de cuerdas? Habían llegado a las puertas del mayor acertijo jamás propuesto, sólo les quedaba probar, y probar, y probar de nuevo. Elucubrar, imaginar. Descifrar. Habían perdido la curiosidad. Habían perdido las ganas de invertir recursos en eso. Se habían tumbado a dormir con una hamburguesa medio mordida en la boca y un juguete vibrando en el culo. Eso era todo.
Encontró entonces, sentada en un portal, fumando un cigarrillo, a una mujer preciosa. Fumaba, sí. Pero no despreciando la vida, sino rellenándola. Alargar su existencia un par de años no le preocupaba tanto como exaltarla. Experimentar, conocer. Probar. Se lo decía el color de su cara. Miraba al cielo, miraba a las estrellas. Pensaba en distancias muy lejanas, millones de años adelante en el tiempo. Varios millones de años más adelante de los que al Universo realmente le quedaban, antes de que las constantes del juego temblaran, cambiaran, y todo se desintegrase. Y el Ser, lo que existe, dejaría de hacerlo. Ella no lo sabía, pero podría saberlo. El Hijo se acercó a la Hija, y le dijo "hay al menos un hombre justo en Sodoma. O, al menos, una mujer". La Hija le miró mientras expelía el humo de su boca, sentada en su escalón, y le dijo "avatares del lenguaje".
Entonces el Hijo sonrió, y ella pudo ver por un instante también el color de él en su rostro. Un color como nunca había habido sobre la Tierra en milenios. Y todo se derrumbó. El color de la cara de ella cambió, se volvió profano, vulgar. Se había enamorado. Prohibido inmiscuirte en la vida de los hombres. Uno de los mecanismos de la supervivencia que tanto avance había creado, y tanta desgracia había traído, esta vez había jugado en su contra. La había cagado, y ya no quedaba tiempo.
Padre, hemos terminado. No ha habido suerte.
Una ola de luz blanquecina iluminó la Tierra, apenas por un instante, y al irse, todos eran cenizas. Todos menos él. Merodeó por las calles despreocupado, triste. Recordó el viejo dicho. Si tiene solución, ¿de qué te preocupas? Si no la tiene, ¿de qué te preocupas? Me preocupo, nos preocupamos, porque no sabemos si la tiene o no. Y si no la tiene, el fin del Ser desde luego era algo de lo que preocuparse. Sólo preocuparse les llevaría a encontrar la solución que aún no sabían si existía. Menudo dicho estúpido. Di mejor; si ya conoces la mejor solución, ¿de qué te preocupas? De nada, claro. ¿Quién se preocupaba cuando sabía haber encontrado la mejor solución?
Pateó unos cuantos grupos de ceniza, con rabia. Se agachó y recogió un poco en una mano, dejando que cayera entre sus dedos. No pensaba nada concreto. Sólo se tomaba unos minutos para lamentarse, y que el resto del tiempo, su preocupación pudiera dedicarse exclusivamente a resolver el problema. Era el último hombre en la Tierra. Disfrutaría un rato más del agradable roce de su atmósfera en su cuerpo nativo, antes de ir a buscar otro planeta, o lo que fuera. Tanto remar para morir en la orilla... Esos tipos habían conseguido cosas a las que ni siquiera habían llegado ellos mismos. Cosas que ellos hacían como algo natural, sin llegar a saber por qué podían, los humanos las habían deducido por razonamiento, ensayo y error, y mucha ambición. Voluntad. Partículas entrelazadas cuánticamente, neutrinos que viajaban por encima de la velocidad de la luz, enviando mensajes al pasado. Cosas alucinantes. Y sin embargo, se habían quedado atascados follando, comiendo, durmiendo, bebiendo... Las mismas cosas que les habían llevado tan lejos. Y tan cerca...
"He terminado aquí, estoy listo", y su cuerpo se convirtió instantáneamente también en ceniza, desmoronándose sobre otras cuantas, dando final al último testimonio de lo que podía haber sido. Y la presencia de Iob en la corona del Sol se alejó a toda prisa por alguna dimensión retorcida, perdiendo de vista rápidamente a la Tierra, y privando a su estrella de la estabilización artificial. Y la supernova en la que estalló el Sol fue apenas un destello en su pantalla.
jueves, 13 de agosto de 2015
miércoles, 8 de julio de 2015
Tu Yo Inmortal
Me han apuñalado en la barra de un bar. En algún universo, me estoy desangrando camino del hospital, empapando la camilla de la ambulancia, y apenas siento los dedos enguantados en látex en la carne herida y adormecida. La vista se nubla mientras pienso en la posibilidad de la muerte, en el libro que nunca terminaré, en la chica que no volveré a llamar, en la hermana que irá mañana a buscarme al aeropuerto y no me verá, y llorará toda la tarde. El techo de la ambulancia se desenfoca y el frío aumenta, y yo maldigo la mentira de la heroicidad de mi propia historia.
En éste, camino despreocupado de vuelta a casa, fumando un venenoso cigarrillo, como si fuera inmortal. El tipo del puñal se ha resbalado con el charco de una cerveza, ayudado por el espín apropiado de uno de los electrones de la baldosa encharcada. La navaja me erra por un palmo, rebota en la barra, y le hace un corte en la pierna al motero de al lado, asida aún con fuerza por su dueño, e impulsada por el peso del mismo en azarosa caída. El herido agarra al caído por las solapas y le da dos sopapos, y éste en respuesta le hiere el abdomen. La gente se levanta, comienzan los gritos y vuelan las botellas. Una estalla a mi lado y una esquirla me araña un brazo, pero por lo demás, consigo salir indemne del bar, y de la trifulca.
Camino de casa, entonces, me maravillo de mi suerte, dando caladas y lamiendo el arañazo, a ratos. Sí, tal vez soy inmortal. Ese pobre desgraciado de la ambulancia no es más que el accesorio necesario para mi inmortalidad cuántica. Y especialmente, para la de otros, como el motero herido en pierna y abdomen, que tal vez mientras yo esté en la ambulancia, se acabe su cerveza con tranquilidad. Pobre desgraciado ése también, esa persona más lejana a mí que mi otro yo, pero de una realidad más cercana, que sangra ahora en el bar para que yo camine hacia casa, fumando, lamiendo, pensando.
Llego a casa, me descalzo, me siento en el sofá. Y me siento solo. Si mi verdadero yo es el que sobrevivirá siempre, el testigo inmortal de la improbable realidad creada para que siga su suerte, entonces qué son los demás. Ninguno es su auténtico yo. Hay un motero en algún lugar que tal vez ni sea motero, ni conozca ese bar. Hay un tipo en algún lugar que no ha resbalado, o que nunca ha tocado una navaja, y que vivirá mil años. Y yo nunca los conoceré, aunque me dé igual. Me siento mimado, y al mundo como un escenario creado para mi disfrute y goce eterno, lleno de actores a los que les ha tocado estar tristes, estar muertos, o servirme el café. Y me siento solo. ¿Cuál es la probabilidad de encontrar a un igual? ¿De que la inmortalidad de otro sea requisito para la mía? La divergencia es infinita.
Me siento especial. El mundo es un parque de atracciones, y yo vivo como si no fuera a morir nunca, tomando de aquí y de allá. Dejando hacer al azar. Todos, mis siervos. Todos los que me cruzo y no me volveré a cruzar, y todos los que amo. Y me siento solo. Ella, ¿dónde está ella? Nunca conoceré a su yo inmortal.
¿Dónde estás? Me pregunto si se parece a ti, tu yo mía, tu yo mortal. Tu yo mortal de entre todas las infinitas otras tú que también morirán para hacer el escenario de sabe dios qué mendrugo de qué línea y lugar. ¿Amaría yo a tu yo inmortal?
Deseo por un momento conocerte, a tu yo de verdad. Deseo por un momento ser marioneta de tu verdadera línea temporal, y ser herido de muerte en la barra de un bar.
jueves, 18 de junio de 2015
La última noche de Sócrates
Un murmullo de viento lloroso entraba silbando por entre los barrotes de la ventana. Hasta el aire de Atenas se dolía por el destino de uno de sus hijos predilectos. Lo bueno de la muerte, decía él, es que no tendré que inventar excusas para huir de mi mujer. Jantipa se había retirado hacía un rato, con el rostro oculto entre las manos. Los que se sentaban a su alrededor en la fría piedra apenas podían corresponder con medias sonrisas, cualquier gesto alegre les parecía siniestro. Por supuesto, Sócrates se había despedido en privado de su mujer, con mucha tristeza. Posiblemente ambos hubieran llorado, aunque resultaba difícil imaginar ese rostro imperturbable derramando lágrimas, con la entereza que mostraba en ese mismo momento, a pocas horas de distancia de la muerte. Pero él sabía bien quién era el principal encargado de mantener la calma en ese momento, de hacer bromas, de transmitir una última lección que ya ninguno de los presentes olvidaría.
Todas las discusiones acerca del desenlace de esa noche habían sido ya zanjadas. Ni las protestas de Teages o Aristipo acerca de la ambigüedad de esa ley, o de la injusticia interesada en su aplicación, ni los intentos de Euclides por buscar una absolución dentro del marco legal, ni el silencio de Platón; ninguna había producido ningún cambio sobre la determinación de Sócrates, y por ende, sobre el inminente desenlace.
-No es la justicia o corrección de una ley lo que hace que deba ser respetada, o el hecho de que pueda ser interpretada con mayor o menor desviación. Es el hecho de ser ley, por definición. Dime, Teages, ¿cuál sería el propósito de las asambleas, de los legisladores, si las leyes fueran únicas e indiscutibles desde el principio de los tiempos, y conocidas por todos los hombres? Y dime, Aristipo, ¿cuál sería el resultado de que todos los hombres actuaran según su propio criterio, cada vez que creyeran que una ley fuera injusta para ellos? Decidme ambos, ¿debe una ley ser respetada por ser un acuerdo común de los ciudadanos, o por ser acorde a los principios de un hombre, en asuntos concernientes a la vida pública?
Las preguntas de Sócrates quizás pudieran parecer ambiguas para el no iniciado, o incitar a la réplica, defendiendo el concepto universal del bien, de la justicia, de la ética personal que debía tener cada hombre que se preciara. Pero hacía tiempo que las preguntas de Sócrates ya no eran contestadas. Conocían demasiado bien a su maestro, no les hacía falta indagar en los puntos oscuros con sus respuestas para llegar a la conclusión a la que les haría llegar con sus futuras preguntas; ya sabían recorrer ese camino ellos mismos.
-Y dime tú, Euclides. ¿Qué es para ti la clemencia? ¿En qué ayuda al justo cumplimiento de la ley? ¿Sirve acaso para salvar al inocente que es injustamente juzgado, o para darle una segunda oportunidad al culpable?
-Para lo que sirva, tal vez lo hayan de juzgar los mismos que dictan sentencia. Pero indudablemente, es un recurso contemplado en la propia ley.
-Y también lo es no pedirla. He sido juzgado culpable de ser un enemigo para Atenas, por razones con las que puedo disentir, pero por hechos que no niego. Dice la ley que he de morir, y como buen ciudadano, mi deseo ha de ser la muerte. Tal vez pudiera haber apelado a una pena más liviana, presentado mi defensa con una humildad y arrepentimiento que no sentía. Ambas cosas hubieran sido tratar de doblar la ley a mi antojo o predilección, ¿qué ejemplo hubiera sido ése? ¿No hubiera obrado yo, en ese caso, de manera similar al los jueces que tanto criticáis? Cada hombre tiene sus principios, y de igual modo que un buen ciudadano no debería tratar de imponerlos a la ley, tampoco debería cambiarlos o esconderlos por miedo a su castigo. No, la decisión está clara. Hablemos pues, si os parece, de asuntos más trascendentales, pues a mi parecer podrían ser mucho más apropiados y útiles en este momento.
A muchos les costaría entender cómo un hombre tan irreverente, tan acostumbrarlo a cuestionarlo todo y darlo todo por falso de partida, hasta que se demuestre lo contrario, era tan obstinado en su deber como ciudadano, en el cumplimiento de la ley. Pero era una cuestión puramente práctica. En primer lugar, la ley era útil, había permitido el nacimiento, expansión, y gloria de su amada Atenas. En segundo lugar, un hombre puede querer cambiar una ley, pero nunca anticiparse al cambio efectivo para su aplicación. Pues, como bien sabía, un solo hombre no sabe nada, ni siquiera el conjunto de todos los hombres puede tener total seguridad de saber algo. Y por esa razón, sólo quedaba el consenso. La opinión no era conocimiento, era simplemente todo lo lejos que creía haber llegado un hombre en su saber. Es decir; la opinión no era nada.
Sólo quedaba saber cuánto de Sócrates quedaría después de que su corazón dejara de latir, y su boca de hablar. Él creía que habría algo después de la muerte, aunque, por supuesto, no negaba lo contrario, y estaba dispuesto a escuchar y discutir puntos de vista opuestos. Así era que escuchaba con profunda atención a Fedón y a Simmias, cuando estos argüían que todo estaba ligado al cuerpo material: que había otros seres a los que también se les consideraba vivos, y nadie creía que tuvieran una vida después de muertos. Y que, del mismo modo, aquello que nos hacía especiales, la consciencia, nunca había sido observado fuera de un cuerpo material, y que por tanto, no había motivos para creer que pudiera existir lo uno sin lo otro.
Era cierto lo que decían, decía Sócrates. También es cierto que existen ciertos conceptos abstractos, ideas, que le son familiares al hombre, sin necesitar para ello un sustento material para identificarlas. El hombre está en contacto con ese mundo inmaterial, y puede que perder su cuerpo no le prive del mismo. Todo lo que conozco, decía, lo conozco por mi propia percepción; lo material y lo inmaterial. Es mi percepción, de algún modo, lo que le da realidad y existencia al mundo, y no al revés. Tal vez el fin del cuerpo, siquiera el fin del mundo, no sea el fin de mi existencia.
Su mundo, en aquel momento, y por todos los momentos que le quedaban, se limitaba a su celda, sus compañeros, su diálogo con ellos, y sus pensamientos. La parte material de su mundo, en aquel momento, era minúscula, y en todos los momentos que le quedaban, aún menor, en comparación con la parte inmaterial. De algún modo, tal vez estuviera realmente cada vez más lejos de su vida terrenal y más cerca de la trascendental. Tal vez estuviera más cerca de la verdad por puro instinto, y sin embargo, nunca se separaba de la lógica en todas sus intervenciones.
Entró entonces el sirviente con la copa, seguido por Jantipa, envuelta en lágrimas. Sócrates preguntó al sirviente qué debía hacer, ya que él estaba al tanto de esos asuntos.
-Bebe la cicuta. Levántate luego, y da unas vueltas por alrededor de la estancia, hasta que se te entumezcan las piernas. Acuéstate entonces, y espera a que te invada el sopor, hasta llegar al corazón.
Sócrates bebió, impávido, rodeado de llantos y lamentos ahogados. El aire de Atenas volvía a sollozar por entre los barrotes. Sócrates caminó, sintiendo el frío de la piedra en los pies, y en la nariz, el olor de la rapa y el azahar que se colaba por la ventana, el de la humedad de su celda, de los cuerpos de sus acompañantes, el de la orina de la cicuta en el fondo de su lengua. En su oído los continuos sollozos de los presentes, y en su boca los reproches pertinentes. No hay razón para estar tristes, les decía, siempre he obrado con corrección. Éste es un buen final para un hombre, y espero, un buen ejemplo y lección. Las paredes comenzaron a teñirse de un naranja grisáceo con el alba, y dejó de notar el frío en los pies. Fue hacia el banco de piedra, se tumbó, Jantipa arrodillada le tomaba por una mano. Cubrió su cabeza con un paño.
Cada vez entraba y salía menos aire de sus pulmones, pero aún el suficiente para, apartando un momento el paño, decir:
-Critón, le debo un gallo a Esculapio. Cuídate de que se pague la deuda.
Todas las discusiones acerca del desenlace de esa noche habían sido ya zanjadas. Ni las protestas de Teages o Aristipo acerca de la ambigüedad de esa ley, o de la injusticia interesada en su aplicación, ni los intentos de Euclides por buscar una absolución dentro del marco legal, ni el silencio de Platón; ninguna había producido ningún cambio sobre la determinación de Sócrates, y por ende, sobre el inminente desenlace.
-No es la justicia o corrección de una ley lo que hace que deba ser respetada, o el hecho de que pueda ser interpretada con mayor o menor desviación. Es el hecho de ser ley, por definición. Dime, Teages, ¿cuál sería el propósito de las asambleas, de los legisladores, si las leyes fueran únicas e indiscutibles desde el principio de los tiempos, y conocidas por todos los hombres? Y dime, Aristipo, ¿cuál sería el resultado de que todos los hombres actuaran según su propio criterio, cada vez que creyeran que una ley fuera injusta para ellos? Decidme ambos, ¿debe una ley ser respetada por ser un acuerdo común de los ciudadanos, o por ser acorde a los principios de un hombre, en asuntos concernientes a la vida pública?
Las preguntas de Sócrates quizás pudieran parecer ambiguas para el no iniciado, o incitar a la réplica, defendiendo el concepto universal del bien, de la justicia, de la ética personal que debía tener cada hombre que se preciara. Pero hacía tiempo que las preguntas de Sócrates ya no eran contestadas. Conocían demasiado bien a su maestro, no les hacía falta indagar en los puntos oscuros con sus respuestas para llegar a la conclusión a la que les haría llegar con sus futuras preguntas; ya sabían recorrer ese camino ellos mismos.
-Y dime tú, Euclides. ¿Qué es para ti la clemencia? ¿En qué ayuda al justo cumplimiento de la ley? ¿Sirve acaso para salvar al inocente que es injustamente juzgado, o para darle una segunda oportunidad al culpable?
-Para lo que sirva, tal vez lo hayan de juzgar los mismos que dictan sentencia. Pero indudablemente, es un recurso contemplado en la propia ley.
-Y también lo es no pedirla. He sido juzgado culpable de ser un enemigo para Atenas, por razones con las que puedo disentir, pero por hechos que no niego. Dice la ley que he de morir, y como buen ciudadano, mi deseo ha de ser la muerte. Tal vez pudiera haber apelado a una pena más liviana, presentado mi defensa con una humildad y arrepentimiento que no sentía. Ambas cosas hubieran sido tratar de doblar la ley a mi antojo o predilección, ¿qué ejemplo hubiera sido ése? ¿No hubiera obrado yo, en ese caso, de manera similar al los jueces que tanto criticáis? Cada hombre tiene sus principios, y de igual modo que un buen ciudadano no debería tratar de imponerlos a la ley, tampoco debería cambiarlos o esconderlos por miedo a su castigo. No, la decisión está clara. Hablemos pues, si os parece, de asuntos más trascendentales, pues a mi parecer podrían ser mucho más apropiados y útiles en este momento.
A muchos les costaría entender cómo un hombre tan irreverente, tan acostumbrarlo a cuestionarlo todo y darlo todo por falso de partida, hasta que se demuestre lo contrario, era tan obstinado en su deber como ciudadano, en el cumplimiento de la ley. Pero era una cuestión puramente práctica. En primer lugar, la ley era útil, había permitido el nacimiento, expansión, y gloria de su amada Atenas. En segundo lugar, un hombre puede querer cambiar una ley, pero nunca anticiparse al cambio efectivo para su aplicación. Pues, como bien sabía, un solo hombre no sabe nada, ni siquiera el conjunto de todos los hombres puede tener total seguridad de saber algo. Y por esa razón, sólo quedaba el consenso. La opinión no era conocimiento, era simplemente todo lo lejos que creía haber llegado un hombre en su saber. Es decir; la opinión no era nada.
Sólo quedaba saber cuánto de Sócrates quedaría después de que su corazón dejara de latir, y su boca de hablar. Él creía que habría algo después de la muerte, aunque, por supuesto, no negaba lo contrario, y estaba dispuesto a escuchar y discutir puntos de vista opuestos. Así era que escuchaba con profunda atención a Fedón y a Simmias, cuando estos argüían que todo estaba ligado al cuerpo material: que había otros seres a los que también se les consideraba vivos, y nadie creía que tuvieran una vida después de muertos. Y que, del mismo modo, aquello que nos hacía especiales, la consciencia, nunca había sido observado fuera de un cuerpo material, y que por tanto, no había motivos para creer que pudiera existir lo uno sin lo otro.
Era cierto lo que decían, decía Sócrates. También es cierto que existen ciertos conceptos abstractos, ideas, que le son familiares al hombre, sin necesitar para ello un sustento material para identificarlas. El hombre está en contacto con ese mundo inmaterial, y puede que perder su cuerpo no le prive del mismo. Todo lo que conozco, decía, lo conozco por mi propia percepción; lo material y lo inmaterial. Es mi percepción, de algún modo, lo que le da realidad y existencia al mundo, y no al revés. Tal vez el fin del cuerpo, siquiera el fin del mundo, no sea el fin de mi existencia.
Su mundo, en aquel momento, y por todos los momentos que le quedaban, se limitaba a su celda, sus compañeros, su diálogo con ellos, y sus pensamientos. La parte material de su mundo, en aquel momento, era minúscula, y en todos los momentos que le quedaban, aún menor, en comparación con la parte inmaterial. De algún modo, tal vez estuviera realmente cada vez más lejos de su vida terrenal y más cerca de la trascendental. Tal vez estuviera más cerca de la verdad por puro instinto, y sin embargo, nunca se separaba de la lógica en todas sus intervenciones.
Entró entonces el sirviente con la copa, seguido por Jantipa, envuelta en lágrimas. Sócrates preguntó al sirviente qué debía hacer, ya que él estaba al tanto de esos asuntos.
-Bebe la cicuta. Levántate luego, y da unas vueltas por alrededor de la estancia, hasta que se te entumezcan las piernas. Acuéstate entonces, y espera a que te invada el sopor, hasta llegar al corazón.
Sócrates bebió, impávido, rodeado de llantos y lamentos ahogados. El aire de Atenas volvía a sollozar por entre los barrotes. Sócrates caminó, sintiendo el frío de la piedra en los pies, y en la nariz, el olor de la rapa y el azahar que se colaba por la ventana, el de la humedad de su celda, de los cuerpos de sus acompañantes, el de la orina de la cicuta en el fondo de su lengua. En su oído los continuos sollozos de los presentes, y en su boca los reproches pertinentes. No hay razón para estar tristes, les decía, siempre he obrado con corrección. Éste es un buen final para un hombre, y espero, un buen ejemplo y lección. Las paredes comenzaron a teñirse de un naranja grisáceo con el alba, y dejó de notar el frío en los pies. Fue hacia el banco de piedra, se tumbó, Jantipa arrodillada le tomaba por una mano. Cubrió su cabeza con un paño.
Cada vez entraba y salía menos aire de sus pulmones, pero aún el suficiente para, apartando un momento el paño, decir:
-Critón, le debo un gallo a Esculapio. Cuídate de que se pague la deuda.
jueves, 4 de junio de 2015
La unicidad de Très
Le dije a Très que los echaba de menos. Y ella me dijo, cuando vuelvas, echarás de menos eso.
Qué curioso, pensé. Todo este tiempo adorando los segundos del mismo, mis preciados segundos, y ahora me doy cuenta de que lo que me faltan son vidas. No vidas consecutivas; vidas paralelas. Infinitas vidas eternas en cada rincón del espacio-tiempo, y todas ellas yo, y recordarlas todas al ir a la cama, sabiendo que todas las vidas son la misma y que en mi sueño se mezclan, por fin, todos, absolutamente todos los segundos del Universo. En cuanto a segundos se refiere, mi sana avaricia no conoce límites.
Pero Très no quiere vivir mil vidas, con una le basta, me dice. Quiere que sólo haya una Très, dedicada a una cosa de cada vez, con una pequeña máquina de teletransporte que le haga traspasar los límites de la distancia y el tiempo, y elegir a cada vez un momento y vivirlo al máximo. Eso sí le gustaría. Estar ahora en Singapur comiendo tallarines, ahora en el Atlántico respirando la brisa de popa, ahora conmigo en una terraza, y ahora en su habitación, sola. Tener la carta completa de todos los segundos, y poder elegir uno. A Très, lo que le molesta, son los horizontes de eventos.
Y yo pienso en decirle que más le vale que su máquina de teletransporte sea de agujeros de gusano, y no de entrelazamiento cuántico, porque entonces moriría cada vez que eligiera, y habría tantas Très como segundos escogiera de la carta. Pero le digo, ¿qué pasa con los otros segundos? ¡Te los estás perdiendo todos! Infinitas historias en infinitos sitios.
Y Très me dice que eso es lo que quiere, que sólo haya una Très, que elija qué momento vivir por encima de todos los demás momentos coetáneos del tiempo, que sólo así esos momentos serán únicos, especiales. Bendecidos por su presencia, y benditos para ella, elevados por encima de la red continua diferencial como un impulso de Dirac de intesidad uno, y a la vez, infinita, que colapsa la función de onda a su antojo y decisión.
Y me hace callar otra vez. Tal vez por eso a Très le guste el número tres. Nunca le han gustado las decisiones cerradas de sí o no, de blanco o negro, necesita imaginar una escala de grises y de talveces entremedias de la que elegir la tercera vía. Elección abierta, pero elección. Por eso prefiere el piedra, papel o tijera, al cara o cruz. El tres es la rebeldía del dos, el principio de la multiplicidad más allá de la línea recta. Un primo, sólo partible en unos, pero que niega la dualidad de las partes y partidos.
Le agradezco el regalo, me enciendo un cigarro, y pienso en el suicidio cuántico. Sí, la unicidad es lo que nos hará inmortales, un sólo Universo entre infinitos de ellos, con una probabilidad ridícula, pero mayor que cero. Y una conciencia que allí sobrevive, para poder crearlo. Y el humo que sube caprichoso por caminos azarosos, trazando formas únicas, que ningún humo de otra boca o cigarro ha trazado jamás, y que siempre tendrá nuevos caminos inexplorados en otras tantas atmósferas. Sí, la unicidad me hará inmortal, y en cuanto a segundos se refiere, mi sana avaricia no conoce límites.
Y vuelvo a mis cosas.
Qué curioso, pensé. Todo este tiempo adorando los segundos del mismo, mis preciados segundos, y ahora me doy cuenta de que lo que me faltan son vidas. No vidas consecutivas; vidas paralelas. Infinitas vidas eternas en cada rincón del espacio-tiempo, y todas ellas yo, y recordarlas todas al ir a la cama, sabiendo que todas las vidas son la misma y que en mi sueño se mezclan, por fin, todos, absolutamente todos los segundos del Universo. En cuanto a segundos se refiere, mi sana avaricia no conoce límites.
Pero Très no quiere vivir mil vidas, con una le basta, me dice. Quiere que sólo haya una Très, dedicada a una cosa de cada vez, con una pequeña máquina de teletransporte que le haga traspasar los límites de la distancia y el tiempo, y elegir a cada vez un momento y vivirlo al máximo. Eso sí le gustaría. Estar ahora en Singapur comiendo tallarines, ahora en el Atlántico respirando la brisa de popa, ahora conmigo en una terraza, y ahora en su habitación, sola. Tener la carta completa de todos los segundos, y poder elegir uno. A Très, lo que le molesta, son los horizontes de eventos.
Y yo pienso en decirle que más le vale que su máquina de teletransporte sea de agujeros de gusano, y no de entrelazamiento cuántico, porque entonces moriría cada vez que eligiera, y habría tantas Très como segundos escogiera de la carta. Pero le digo, ¿qué pasa con los otros segundos? ¡Te los estás perdiendo todos! Infinitas historias en infinitos sitios.
Y Très me dice que eso es lo que quiere, que sólo haya una Très, que elija qué momento vivir por encima de todos los demás momentos coetáneos del tiempo, que sólo así esos momentos serán únicos, especiales. Bendecidos por su presencia, y benditos para ella, elevados por encima de la red continua diferencial como un impulso de Dirac de intesidad uno, y a la vez, infinita, que colapsa la función de onda a su antojo y decisión.
Y me hace callar otra vez. Tal vez por eso a Très le guste el número tres. Nunca le han gustado las decisiones cerradas de sí o no, de blanco o negro, necesita imaginar una escala de grises y de talveces entremedias de la que elegir la tercera vía. Elección abierta, pero elección. Por eso prefiere el piedra, papel o tijera, al cara o cruz. El tres es la rebeldía del dos, el principio de la multiplicidad más allá de la línea recta. Un primo, sólo partible en unos, pero que niega la dualidad de las partes y partidos.
Le agradezco el regalo, me enciendo un cigarro, y pienso en el suicidio cuántico. Sí, la unicidad es lo que nos hará inmortales, un sólo Universo entre infinitos de ellos, con una probabilidad ridícula, pero mayor que cero. Y una conciencia que allí sobrevive, para poder crearlo. Y el humo que sube caprichoso por caminos azarosos, trazando formas únicas, que ningún humo de otra boca o cigarro ha trazado jamás, y que siempre tendrá nuevos caminos inexplorados en otras tantas atmósferas. Sí, la unicidad me hará inmortal, y en cuanto a segundos se refiere, mi sana avaricia no conoce límites.
Y vuelvo a mis cosas.
martes, 2 de junio de 2015
Marchito
Despertarme a tu lado se ha convertido en un proceso triste, mi amor.
Hay algún rencor que ni sé de dónde sale, pero se queda en tu cara.
Tu gestos bonitos se vuelven hostiles, y yo también, cuando simulas no darte cuenta.
Y llega el momento en que hasta odio tu risa, miserable de mí.
Tu risa, amor. ¿Te das cuenta ahora? Aborrezco tu alegría.
Yo, que me pensé adalid del amor. Que me creí inmune a tus niñerías.
Que te recuerdo cada vez que algo me gusta, y cada vez que algo me entristece.
Yo desespero al verte feliz, si no soy la causa, porque siento que nunca más lo seré.
Yo que veo en tu ciudad todos los sitios en los que alguna vez habrás reído,
y siento que mi risa no es bastante, como si compitiera contigo,
aunque a ti ganarme te importe un bledo.
Despertarme a tu lado se ha convertido en un proceso triste, ¿cómo?
¿Cómo puedo ser yo tan miserable?
Ver tu cara lo primero cada día, la única cosa que elegiría.
Y sin embargo es una tortura. ¿Cómo sería no verla, entonces?
¿Cómo de roto estaré cuando te vayas de nuevo, pero ya no vengas?
Cómo de muerto estará aquel que elige el dolor y la muerte,
cuando ni siquiera la muerte se le concede.
A tu lado es el único lugar en el que quiero dormirme,
pero todo lo demás, además de dormir, no es más que leche agria.
Tu cara, tu risa, tu fina y larga espalda desnuda.
Por favor, si te vas, no me despiertes.
Tu gestos bonitos se vuelven hostiles, y yo también, cuando simulas no darte cuenta.
Y llega el momento en que hasta odio tu risa, miserable de mí.
Tu risa, amor. ¿Te das cuenta ahora? Aborrezco tu alegría.
Yo, que me pensé adalid del amor. Que me creí inmune a tus niñerías.
Que te recuerdo cada vez que algo me gusta, y cada vez que algo me entristece.
Yo desespero al verte feliz, si no soy la causa, porque siento que nunca más lo seré.
Yo que veo en tu ciudad todos los sitios en los que alguna vez habrás reído,
y siento que mi risa no es bastante, como si compitiera contigo,
aunque a ti ganarme te importe un bledo.
Despertarme a tu lado se ha convertido en un proceso triste, ¿cómo?
¿Cómo puedo ser yo tan miserable?
Ver tu cara lo primero cada día, la única cosa que elegiría.
Y sin embargo es una tortura. ¿Cómo sería no verla, entonces?
¿Cómo de roto estaré cuando te vayas de nuevo, pero ya no vengas?
Cómo de muerto estará aquel que elige el dolor y la muerte,
cuando ni siquiera la muerte se le concede.
A tu lado es el único lugar en el que quiero dormirme,
pero todo lo demás, además de dormir, no es más que leche agria.
Tu cara, tu risa, tu fina y larga espalda desnuda.
Por favor, si te vas, no me despiertes.
lunes, 27 de abril de 2015
Nacidos para nada
Veo en mi pantalla el inicio de Easy Rider. Dos moteros felices disfrutando de la carretera con una canción macarra, alegre, vital, sonando de fondo, incitando a beberse la vida del trago. Me fijo en el fardo que lleva uno de ellos a la espalda, con la bandera americana. En las gafas de sol, en la chupa de cuero, en el sombrero y bigote del otro. En sus motos. Y me pregunto qué les ha llevado ahí. Han ido comprando esas cosas poco a poco, construyendo su personaje. Invirtiendo en ser un tipo de persona. Me pregunto en qué momento la gente decide ser el tipo de persona que quiere ser. Miro a mi alrededor y veo mi casa vacía, casi. Unos pocos libros, todos muy distintos. Un par de botellas de Jameson vacías. Unos discos de vinilo que ni siquiera son míos. Una lámpara de estrellas destartalada, que ella me regaló. Una mesa desordenada y ropa tirada sobre una silla. ¿En qué momento pude yo querer ser motero? ¿En qué momento pude querer ser nada? Una construcción de mí mismo que observar desde fuera, de la que sentirse orgulloso, que mostrar y restregar por la cara de los viandantes que me cruzo. ¿Es eso lo que llaman ego? ¿Un juguete sexual para el onanismo mental propio, y con suerte ajeno? O acaso nuestro traje nos viene dado en la vía del yo que nos tocó vivir. ¿Y por qué a mí me tocó esta, tan aparentemente ausente de todo interés y profundidad? ¿Y por qué a ella le ha tocado admirar estos trajes, esta repulsiva capa de pintura de exteriores? Porque muestra trabajo, interés en uno mismo, refleja carácter, porque es la flor de lo que llevan dentro, me dice. Porque ella está formándose un ego más extenso, me digo. El de las cosas que hace. El de la historia que escribe con los movimientos de su cuerpo, en lugar de con palabras. De lo bonito que quedaría su personaje en una película kitsch llena de colores psicotrópicos y sucio sexo en sucios baños. La mujer terrible que todo lo devora. La mujer de los mil trajes, trajes de otros que colecciona.
Ella, una de ellas, me dijo que en otra vida había sido una persona importante, y de un clima cálido. Porque necesitaba tener todo bajo control, y odiaba la lluvia. Y me preguntó qué había sido yo. Y yo que no odio nada y lo amo todo, yo que no me construyo, sino observo y absorbo, entendí que estoy huérfano de pasado, y que soy primera generación. Que me había salido el 667 billones en el ticket de la cola, y me acababa de llegar el turno de bajar a la Tierra desde el reino de las almas. No hay problema, me dije, tan sólo te faltan vidas. Al final llevarás tantas capas de pintura que ni la poli te reconocerá, ni se notarán los abollones del coche. Y entonces empecé, y le dije que en otra vida, había sido Borges.
Yo quise ser para ti el hombre de los mil trajes, quise ser todos los hombres. Y sólo soy un niño desnudo. ¿En qué momento dejé la senda de ser motero? ¿En qué momento decidí vender un sentimiento? ¿Vender mil palabras en lugar de una imagen? El refranero nunca se equivoca. Y ahora quiero barniz. Algo que me quite esta peste de encima y sobre lo que poder pintar con pintura de exterior y de colores artificiales, fosforitos, capas gruesas con las que revolcarme en fangos de atrezo, que no sean ni suciedad sincera, siquiera. Suciedad es mi ciudad, y mi reino lo perdí por un caballo.
Ella, una de ellas, me dijo que en otra vida había sido una persona importante, y de un clima cálido. Porque necesitaba tener todo bajo control, y odiaba la lluvia. Y me preguntó qué había sido yo. Y yo que no odio nada y lo amo todo, yo que no me construyo, sino observo y absorbo, entendí que estoy huérfano de pasado, y que soy primera generación. Que me había salido el 667 billones en el ticket de la cola, y me acababa de llegar el turno de bajar a la Tierra desde el reino de las almas. No hay problema, me dije, tan sólo te faltan vidas. Al final llevarás tantas capas de pintura que ni la poli te reconocerá, ni se notarán los abollones del coche. Y entonces empecé, y le dije que en otra vida, había sido Borges.
domingo, 1 de marzo de 2015
Cartas desde el Infierno
Desde el Infierno.
Querido Demonio,
Las horas pasan tristes con el palpitar de un corazón atrofiado, carbonizado por alquitrán que le ha quitado egoísta a los pulmones. Con el crepitar de huesos astillándose, clavando trozos pequeños entre las venas, inundándolo todo de sangre, de puta sangre. Sangre que el corazón yonki ya no quiere, y ha cambiado por carbonilla. El sitio no está mal, el paisaje es bonito. Lleno de recuerdos dolorosos, lleno de tiempo que a su vez está lleno de mierda. De gritos a baja voz, de miradas violentas, amenazantes. De miedo a los humanos. Está muy conseguido. Los que hablan de ríos de lava no tienen ni puta idea, ni puta idea de lo que es el dolor. El dolor no te quema los nervios para insensibilizarte, al dolor le gusta vivir, como a todo. Perpetuarse. Si no, como tú y yo sabemos bien, no estaría aquí hoy, no habría llegado tan lejos.
El chiringuito este es acogedor. No te lo tomes a mal, pero es un chiringuito. Está montado así de cualquier manera, funciona sólo porque a la gente le gusta sufrir y hacer sufrir. El dolor, amigo mío, el dolor que es más listo que el hambre, que sabe sobrevivir. Como ese parásito al que alimentas sin librarte de él. Hay pocas veces que alguien diga "más listo que el hambre" y que sea cierto, por eso precisamente se dice, el hambre hace a la gente muy lista. En cambio el dolor no, el dolor la hace imbécil, estúpida. Ya es él listo por los dos.
Te odio. Te odio visceralmente, todas mis vísceras podridas te odian sin saber si están podridas por odiar o a la inversa. Ha sido un buen trabajo, por tanto. Hay algo en el aire que me huele mal, me cuesta respirarlo. El tabaco no sabe quemar ese olor, hasta el maldito tabaco es partícipe. Todo me huele a asco, todo aquí apesta. El agua sabe rancia, y ni la mierda sale de mi culo, como si me quisiera hacer reventar por dentro. Todo lo que antes me gustaba ahora sabe a mierda, tal vez la mierda me esté llegando ya a la lengua. Todo lo que me gustaba hacer ahora es aburrido, además, me tiemblan las manos y se me da mal. Pensé en escribir, y se me llenaron las letras de odio, de asco, de miedo, de dolor. Ya lo ves. Aquí lo tienes.
Pensé que tu llegada a la meta, mi llegada al Infierno, sería más triunfal. La imaginaba llena de fanfarrias, tú levantando las dos manos con los dedos en V, y una maléfica sonrisa. Y no, qué va, fue perfecta. Tú si que sabes. Fue como tenía que haber sido, pasabas por allí saludando a la gente, y te tuve que saludar yo a ti, y tú me miraste como con sorpresa y dijiste "ah, perdona, no te había visto". Entre toda la gente que había allí, fui al único al que no viste, el único que no te llamó la atención. Sublime. Yo, que apenas sabía cómo había llegado allí, que estaba como perdido, buscando el puesto de información para turistas. Iluso de mí. Yo que creía que me iban a avisar, que alguien susurraría a mi oído "¡apocalipsis! ¡apocalipsis!", y no, fue así sin más. De repente ya estabas listo para mandarme al infierno, y allí me fui.
Me pregunto si me envidias. Me pregunto si ves a toda esa gente atormentada y, en vez de apiadarte, sientes envidia. Egoísta, claro que la debes sentir. Todo ese dolor por doquier, y tú con toda la curiosidad del mundo, preguntándote qué se sentirá. ¿O lo sientes? O tal vez seas el encargado de aquí porque eres el mayor experto, porque nadie mejor que aquel que haya sentido todos los dolores para infligir el mayor posible a cada uno, a la carta. Sí, eso estaría bien. Me gustaría creer esa mierda, imaginarte podrido de dolor por dentro, eternamente. Pero esa mierda no es la verdad. Eso sería genial para mí, pero no es como la cosa debe funcionar. El infierno no está disponible para remodelar, es como es y te lo comes, así va el juego.
Ahora empiezo a entender por qué el carcelero me dio papel y pluma, éste es otro ejercicio de dolor. Estoy superado, no veo salida, hay dolor en todo, eso era lo que me querías hacer entender. Todo lo bonito que yo amaba, que era casi todo lo que me rodeaba, ahora es asqueroso. Inútil. Desagradable. Apesta. Hacer algo apesta. Quedarse quieto apesta. Morir apesta, y no lo hago ni bien. Todo apesta, todo. Mis sudores nerviosos, que también apestan, apenas los huelo. Qué intensidad. Maldita sea, vete al infierno. Perdón, estúpido de mí. Vete al cielo. Vete a ver a toda esa gente feliz, siente que no puedes hace nada por evitarlo. Sí, podrás comprarle el alma a algún incauto, probablemente, pero no te los puedes llevar a todos. Siempre habrá gente feliz. ¡Ja ja ja! Sí, gente feliz. ¿Te duele eso? Maldito egoísta, ¿eso es lo que querías verdad? Saciar tu curiosidad. Y ahora que conoces un poco de dolor, mirarás hacia otro lado y te olvidarás de él, no hay manera de ganarte, siempre te sales con la tuya. Y con la de los demás.
Joder, cómo te odio.
Querido Demonio,
Las horas pasan tristes con el palpitar de un corazón atrofiado, carbonizado por alquitrán que le ha quitado egoísta a los pulmones. Con el crepitar de huesos astillándose, clavando trozos pequeños entre las venas, inundándolo todo de sangre, de puta sangre. Sangre que el corazón yonki ya no quiere, y ha cambiado por carbonilla. El sitio no está mal, el paisaje es bonito. Lleno de recuerdos dolorosos, lleno de tiempo que a su vez está lleno de mierda. De gritos a baja voz, de miradas violentas, amenazantes. De miedo a los humanos. Está muy conseguido. Los que hablan de ríos de lava no tienen ni puta idea, ni puta idea de lo que es el dolor. El dolor no te quema los nervios para insensibilizarte, al dolor le gusta vivir, como a todo. Perpetuarse. Si no, como tú y yo sabemos bien, no estaría aquí hoy, no habría llegado tan lejos.
El chiringuito este es acogedor. No te lo tomes a mal, pero es un chiringuito. Está montado así de cualquier manera, funciona sólo porque a la gente le gusta sufrir y hacer sufrir. El dolor, amigo mío, el dolor que es más listo que el hambre, que sabe sobrevivir. Como ese parásito al que alimentas sin librarte de él. Hay pocas veces que alguien diga "más listo que el hambre" y que sea cierto, por eso precisamente se dice, el hambre hace a la gente muy lista. En cambio el dolor no, el dolor la hace imbécil, estúpida. Ya es él listo por los dos.
Te odio. Te odio visceralmente, todas mis vísceras podridas te odian sin saber si están podridas por odiar o a la inversa. Ha sido un buen trabajo, por tanto. Hay algo en el aire que me huele mal, me cuesta respirarlo. El tabaco no sabe quemar ese olor, hasta el maldito tabaco es partícipe. Todo me huele a asco, todo aquí apesta. El agua sabe rancia, y ni la mierda sale de mi culo, como si me quisiera hacer reventar por dentro. Todo lo que antes me gustaba ahora sabe a mierda, tal vez la mierda me esté llegando ya a la lengua. Todo lo que me gustaba hacer ahora es aburrido, además, me tiemblan las manos y se me da mal. Pensé en escribir, y se me llenaron las letras de odio, de asco, de miedo, de dolor. Ya lo ves. Aquí lo tienes.
Pensé que tu llegada a la meta, mi llegada al Infierno, sería más triunfal. La imaginaba llena de fanfarrias, tú levantando las dos manos con los dedos en V, y una maléfica sonrisa. Y no, qué va, fue perfecta. Tú si que sabes. Fue como tenía que haber sido, pasabas por allí saludando a la gente, y te tuve que saludar yo a ti, y tú me miraste como con sorpresa y dijiste "ah, perdona, no te había visto". Entre toda la gente que había allí, fui al único al que no viste, el único que no te llamó la atención. Sublime. Yo, que apenas sabía cómo había llegado allí, que estaba como perdido, buscando el puesto de información para turistas. Iluso de mí. Yo que creía que me iban a avisar, que alguien susurraría a mi oído "¡apocalipsis! ¡apocalipsis!", y no, fue así sin más. De repente ya estabas listo para mandarme al infierno, y allí me fui.
Me pregunto si me envidias. Me pregunto si ves a toda esa gente atormentada y, en vez de apiadarte, sientes envidia. Egoísta, claro que la debes sentir. Todo ese dolor por doquier, y tú con toda la curiosidad del mundo, preguntándote qué se sentirá. ¿O lo sientes? O tal vez seas el encargado de aquí porque eres el mayor experto, porque nadie mejor que aquel que haya sentido todos los dolores para infligir el mayor posible a cada uno, a la carta. Sí, eso estaría bien. Me gustaría creer esa mierda, imaginarte podrido de dolor por dentro, eternamente. Pero esa mierda no es la verdad. Eso sería genial para mí, pero no es como la cosa debe funcionar. El infierno no está disponible para remodelar, es como es y te lo comes, así va el juego.
Ahora empiezo a entender por qué el carcelero me dio papel y pluma, éste es otro ejercicio de dolor. Estoy superado, no veo salida, hay dolor en todo, eso era lo que me querías hacer entender. Todo lo bonito que yo amaba, que era casi todo lo que me rodeaba, ahora es asqueroso. Inútil. Desagradable. Apesta. Hacer algo apesta. Quedarse quieto apesta. Morir apesta, y no lo hago ni bien. Todo apesta, todo. Mis sudores nerviosos, que también apestan, apenas los huelo. Qué intensidad. Maldita sea, vete al infierno. Perdón, estúpido de mí. Vete al cielo. Vete a ver a toda esa gente feliz, siente que no puedes hace nada por evitarlo. Sí, podrás comprarle el alma a algún incauto, probablemente, pero no te los puedes llevar a todos. Siempre habrá gente feliz. ¡Ja ja ja! Sí, gente feliz. ¿Te duele eso? Maldito egoísta, ¿eso es lo que querías verdad? Saciar tu curiosidad. Y ahora que conoces un poco de dolor, mirarás hacia otro lado y te olvidarás de él, no hay manera de ganarte, siempre te sales con la tuya. Y con la de los demás.
Joder, cómo te odio.
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