lunes, 15 de septiembre de 2014

La Destrucción. Los finales evitables.

Existe una paradoja inherente al cálculo de probabilidades. Uno puede acercarse a un estudio tal desde la postura del que acepta su total incompetencia e ignorancia en el asunto, que sólo le deja la opción de despreciar todas las causas que llevarán al fin, considerando el fin como algo que se dará por sí solo. No lo esperas, no lo alientas, lo tomas cuando se cruza en tu camino. Otro puede acercarse creyendo que los fines y finales ocurren inevitablemente, y que el azar puro es la única cosa que le separa de su predicción. Admitiendo, al fin y al cabo, al final, la posibilidad. La existencia de lo posible. Admitiendo múltiples finales y sabiendo que sólamente uno se dará.

Y aquí está la paradoja, que arrebata el nombre de final a los fines finados. Y uno dice, esto ya lo he visto, ha ocurrido más veces, y cada vez estoy más cerca de averiguar el por qué. Y uno se pierde en la falacia de que el tiempo no pasa, y las cosas no acaban, y todo vuelve antes de volver. Y uno se pierde la unicidad, y transforma su vida en una línea en la que todo esta ordenado en estantes, estantes aberrantes que dan a las cosas nombres que no las nombran. Y otros no recuerdan bien qué cosas ocurrieron antes y después, y no importa, ya que jamás conocerán cómo unas y otras están íntimamente ligadas, y cómo sí importa, tal vez, el tiempo de cada una. Pero sí recuerdan las cosas, cada una por separado, y así las hacen suyas.

Y es así que hay cosas que terminan, y nos revolvemos por dentro, porque no hay finales alegres, y hasta el fin del dolor es una tragedia. Porque el cambio nos aterra, nos recuerda que el tiempo pasa y las cosas acaban y la muerte siempre aguarda. Nos afanamos en evitarla, en evitar los finales, y soñamos que del mismo modo que formamos parte de los caminos, los elegimos nosotros. Pero no somos su único adoquín. Cada día es un final, un bar que cierra, un amor que termina, un jarrón que se rompe, una luz que se apaga. Podemos alargarlos a veces, podemos imaginarnos otros finales distintos, que serán tan auténticos como el real, como lo que son, como sueños, pero jamás lo sustituirán.

Aprended a respetar los finales, disfrutad de sus últimos segundos. Los segundos, imbéciles, eso ha sido lo único que habéis tenido todo este tiempo. Todos los segundos del camino en los que os dedicasteis a pensar en los segundos venideros. ¿En qué quedaron cuando el porvenir se evaporó? Cuando la muerte nos haga eternos, la única victoria que nos quedará será haber sido efímeros durante un pequeño instante.


Des visages, des figures

Hay un hombre enfrente de mí que no me quita el ojo de encima. Remueve su café despreocupado con una medio sonrisa, y su mirada es tan fija y carente de sutileza que pasa por mucho de lo puramente incómodo.
De repente se levanta, sin desviar su atención ni un poco de mi cara. Bordea su mesa y esquiva las sillas que encuentra en su camino haciendo uso del tacto, oh Dios, viene hacia aquí, ¿se va a sentar? Sí, claro que se va a sentar, qué nervios... ¿Será un psicópata? Nadie clava la mirada así en la gente, no es educado. Aparta la silla que tengo enfrente unos centímetros, no digo nada, me quedo con la boca abierta mirando cada movimiento, el sonríe, se sienta.
Hay una sensación que no experimento desde niño, desde el tiempo de mis primeros y nublados recuerdos. Definitivamente está loco, ¿pero qué demonios quiere de mi? Ver un rostro nuevo, diferente. Mientras dice esto recorre mis facciones con desmesurado interés. La mayoría de los rostros los puedes formar con otras dos o tres caras conocidas, su mirada se posa en mis labios y algo se enciende en mi interior, un calor que me sube del vientre hormigueando, ahora estoy totalmente rígida y ya apenas me pregunto qué diablos hace él aquí, sólo pienso en qué dirá luego, la mandíbula de ese, los pómulos de aquel, los ojos y frente de este otro, y sus ojos dibujan trazos exquisitos que van de mi boca a mis orejas, de mis orejas a la punta de mi nariz, de ahí al pómulo y al fin las pupilas, y un balón se infla en mi pecho apretando los pulmones contra las costillas, sin poder apenas respirar. Caminas por calles nuevas, en ciudades nuevas, y te cruzas mil rostros desconocidos, y sin embargo ninguno nuevo, todos los has visto ya, el hechizo de su mirada y la mía formando la misma línea no me deja mover ni un dedo, pero el tuyo... Sus ojos realizan un arco imperceptible e impecable que vuelve a mi boca, y entonces, más fuego. El tuyo es un rostro que no había visto nunca. Un rostro nuevo al fin, unos labios, unos ojos, una nariz, una piel, de tu sola propiedad. Que se calle. Me derrito. Algo hay en sus palabras, algo que las hace brutalmente ciertas. Le creo. Le creo, y en su relato me arrastra hacia verdades profundas, y su rostro es todos los rostros, y su lengua nunca se equivoca, y yo le seguiría a cualquier parte, a un sucidio colectivo incluso al más allá. Tu rostro es distinto, único. Cállate. Por favor, hazlo parar...  Pero mira que eres fea. Joder.

martes, 27 de mayo de 2014

La Destrucción. La deriva como rescate.

  A veces un impulso nervioso se queda huérfano de meta, sin la ilusión del propósito, y navega por axones olvidados, y casi atrofiados. En su pequeña deriva, en su momento de duda, la sinapsis es inducida por estímulos simples que no atienden a razones: la luz del otoño, un olor conocido, una parte por billón de cierta hormona en sangre.
  A menudo no dura más de uno o dos segundos. Se activa una conexión que llevaba años dormida, y de pronto estás en otro año, en otro sitio, en otro cuerpo. Este viaje magnífico desnuda el pensamiento, despojándolo de la mirada familiar que pone sobre las cosas. Uno observa en ese segundo lo fácil que es cambiar de uno a otro estado, ser uno o ser otro, ser miles. Recuerda que en algún lugar siguen y seguirán los axones de todos los yos que fue. Que nunca murieron.

  La tranquilidad hace que la línea de la vida se trace sobre el papel sin sinuosidad, siguiendo el eje del tiempo con obediencia. Apenas oscila nada más, parco en posibilidades, como una función de onda dibujada por Dirac.
  Las sacudidas, sin embargo, hacen que el trazo tiemble y se vuelva errático, y en ocasiones éste se corta a sí mismo; ves una encrucijada, un solapamiento de recuerdos fugaz, y luego mar abierto, sin rumbo ni norte. Esa lazada atesora la confusión y la hace desaparecer, una captura en un Go caótico que se ríe de la incoherencia de su nombre. La deriva es el marco de tu nueva libertad. La suma de las identidades perdidas, su acicate.

  Tal vez sea así como funcione la destrucción. Una rueda de la fortuna que cree en la sagrada tradición de que la solidez es inflexible y frágil hasta lo divertido. De que la estabilidad es el momento idóneo para el derrumbe, que las aguas tóxicas son deliciosas y potables y todos los curas son verdaderos padres. Que el momento en que lo sabes todo es propicio para aprender algo nuevo, y que debajo del fango hay estratos, derrotas, que saben a victoria al ser sobrevividas, y supervivencias que saben a derrota, a no saber perder en el sentido más literal. Sabores, ese es el conocimiento, ese es el auténtico paso del tiempo.
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  De forma inocente, sedado por circunstancias de lo más transitorias, creí poder escribirle a la destrucción desde la felicidad recobrada, como si fuera una herramienta de renovación, cosa que tal vez sea.
  Quiero sentir que en las horas más oscuras hay lecciones por aprender, hay cenizas que serán Fénix, pero sólo siento un error de interpretación, la destrucción indignada por despreciar su esencia como conclusión, pues es tránsito en el tiempo de las vidas, pero es inevitable final en lo eterno de la muerte, la estática mayestática.
  Qué es un aliento en el viento, una lágrima en la lluvia, un excremento en el cieno, una palabra en la red, una vida en la Tierra, y qué es la Tierra en la placenta negra del Universo. La Tierra, que contiene tantos Universos como hombres, como perros, como algas, como rocas. Y cada Universo una muerte anhelando su cero sincero.

  Viendo a los Monty Python me di cuenta de la realidad detrás de las películas de piratas, cosas que tomamos por tópicas. Hay una diferencia entre imaginar como fantasía y como realidad. En la fantasía ves los cañonazos, el humo, los gritos, tu propio barco navegar desde un plano de helicóptero. En la realidad, las esquirlas de la madera astillada intentan perforar tus manos callosas mientras empujas el cañón a la porta, ayudado por tres hombres que apestan a sudor, en una bodega que apesta a humedad, licor y vómito, y nada de eso importa ya que la proximidad de una muerte inevitable y por sorpresa empieza a hacer que la realidad pierda su nombre.

  Ilusos. Dadle a Dios lo que es de Dios, pues del hombre son la hez y la traición. Sí, ¡he aquí el hombre!



  

lunes, 21 de abril de 2014

Desde el sueño de Gabo

  Recuerdo la primera y última vez que vimos a Gabo. Cuando supe que ahora soñaba en otros mundos, todas las noches de por en medio quedaron unidas en un continuo lleno de saltos y permutaciones. Esa noche yo me llamaba Miguel, y jamás lo había visto. La noticia me llego en pequeñas olas; primero leí algo sutil en Internet, una frase entrecomillada de una amiga, que yo no conocía. Un escueto comentario a esa frase, de un desconocido, se la atribuía a Gabo, con esas cuatro letras, y se despedía de él. Ahí empecé a echarlo de menos sin saberlo.
  El resto del día es probable que leyera noticias de refilón, que mi mente evadía, no queriendo pensar mucho en el tema. Esa tarde cambié de ciudad, y bebí con amigos hasta que cayó la noche. Un mensaje de otro amigo en el teléfono me dijo "murió Márquez, es triste si lo pienso, lo quería en la isla". Y ese amigo es de algún modo mi consciencia, así que yo también pensé, y aconteció la unión.

  Vi entonces a Gabo por primera vez. Yo me llamaba Dagoberto, y estaba sentado a una mesa de madera oscura, contigua a la suya. Él agitaba un café con la cucharilla, su mirada perdida en el ventilador inmóvil del techo. Murmuraba frases con una sonrisa -siempre le recordábamos sonriendo-, que según supe luego, eran fragmentos de Pedro Páramo. No llegó a posar la mirada en mí, y yo no supe en ese momento que estaba ahí puesto por él, hasta que lo volví a ver por ojos de Miguel. Recuerdo la luz roja del ocaso filtrándose por la vidriera, después de rebotar en nubes y difractar en el azul anaranjado del aire, y que ya no había sol.
  Vi entonces a Gabo por segunda vez. Yo me llamaba Eduardo, y le llamaba Gabo. Él sonreía, y me llamaba Dago. En aquel momento no lo entendí, y el gesto de mi cara sirvió como pregunta, y su risa sirvió como respuesta. Compartíamos una botella de aguardiente, que ocupaba el centro de una mesita de su salón. Hablamos de magia y existencialismo, y en los silencios entremedias él contemplaba el humo de mi cigarro subiendo por entre mis dedos. Me dijo que tal vez había una tercera opción, que tal vez no fueran las ideas ni la existencia la sustancia real de las cosas, que el mundo no fuera interior ni exterior, sino tal vez un interior externo, como si fuéramos el sueño de otro. Y tampoco le entendí. Mi tesis anterior había sido que poco importaba que fuera de un modo u otro, ya que nuestra percepción seguía siendo igual, y con sus palabras, él me arrebató mi percepción y se la quedó. Y yo ya no era la persona que luego abandonó su casa. Yo desaparecí cuando le distrajo el ruido de una cafetera, y no volvería a aparecer hasta la tercera noche en que le vi.
  Unas veces, le veía y poco o nada recordaba de cualquier cosa anterior. Simplemente aparecía, y él ya estaba ahí. Otras, recordaba ciertas cosas de un pasado que podía parecerme común o fantástico. Algunas veces, incluso, podía llevar un rato en un sitio y tardar él minutos y hasta horas en aparecer.

  Vi entonces a Gabo por última vez. Yo me llamaba Miguel, y estaba bebido en una ciudad que no era la mía. Divagaba apoyado contra la pared, a la puerta de un bar, cigarro en mano. Me envolvía una ligera bruma de tristeza. Recordaba e imaginaba a gente, de manera alterna, y entonces le vi. Sonreía. Estaba sentado en un sillón, en un saloncito acogedor. Recuerdo que me dijo cosas, y no qué cosas me dijo. Estaba borroso y creí estar soñándole yo a él. Quise apuntar sus palabras, recuerdo que me parecieron muy sabias. Pero no lo hice, creyendo que eran mías, y entonces le dejé de ver. Apuré mi vaso y mi cigarro, y volví al bar, a una realidad menos amable.
  Quiero creer que me habló de la magia, que le restó importancia. No por inexistente, sino por demasiado común. Pero realmente, sus palabras, su sonrisa, y hasta el saloncito, todo se ha vuelto borroso, y tengo miedo de no ser el mismo que le vio, de que ése haya desaparecido. Y de que tal vez haya sido el último sueño de Gabo.

lunes, 10 de marzo de 2014

El Silencio de Patri Arqueada

  Imaginad una pequeña comunidad de vecinos. Un edificio de unas pocas plantas, habitado en su mayoría por parejas, unas casadas, otras con hijos, otras no. En este edificio vive una pareja recién llegada, Patri y Daniel. Son jóvenes y felices. Tal vez algo más felices que el resto de parejas. Pero como siempre, la felicidad es algo temporal.

  Todas las tardes, casi sin excepción, Patri y Daniel dan un concierto a sus vecinos. Un concierto que a veces se prolonga varias horas hasta bien entrada la noche. Un concierto de gemidos, risas y grititos, chirridos de muebles que se arrastran por el suelo y otros sonidos un tanto animales. A Patri ya se la conoce como la gritona o la gemidos entre sus vecinos. Especialmente entre sus vecinas, que usan un tono un tanto más socarrón y dañino, no carente de cierta envidia, que el de sus compañeros masculinos. A éstos, la situación les resulta más bien divertida, y hasta estimulante. A veces se han puesto juguetones con sus queridas cuando, estando sentados tranquilamente viendo la tele en el salón, comenzaban a oírse los primeros movimientos del concierto. Comenzaban la maniobra como si de una broma se tratara, con esa insensibilidad masculina que roza la estupidez. Porque normalmente ellas tendían a sentirse presionadas, como si tuvieran que copar el listón de entrega que marcaba Patri, y un poco celosas, ya que se sentían el objeto de descarga de los estímulos de otra. Eran estos unos celos un tanto absurdos, sí, o más bien complejos, mejor, complejos como lo son casi siempre las mujeres (y también, por qué no decirlo, un poco absurdas a veces). Pero, ¿a quién se le ocurre? En un momento de calma en el que "la gemidos" comienza a dejarlas en evidencia, exponiendo una sexualidad más intensa que la de ellas, en ese momento en que se sienten molestas y atacadas, aunque no se lo reconozcan ni a ellas mismas, ¿a qué bruto se le ocurre solucionar la papeleta con carantoñas y sugerencias sexuales? ¿Acaso era aquello algún tipo de premio de consolación? - Tú tampoco lo haces tan mal, cariño, ven aquí y no llores...

  ¿Y qué iban a responder ellas? - Tal vez si  no lo hicieras tan mal, tal vez si duraras tanto, yo podría disfrutar y gritar también tanto... No, porque no había lugar, porque tal conversación no existía, o mejor dicho, él no se daba cuenta de que existía, porque estar, estaba ahí. Él se sentiría confuso y sobre todo, ofendido. Y no le podía hablar por gestos, como él hacía con ella sin darse cuenta, ya que no los iba a entender. Él era un torpe, pero ella no.
  No. De ninguna manera. La guarra esta se tiene que ir.
  Las mujeres se sentían, como vemos, atacadas e invadidas por una nueva inquilina. Los hombres, frustrados. Y como hombres, buscaban una solución fácil al problema, cuando tal vez el problema no fuera tal, sino solamente una situación con la que hay que lidiar. Y confundieron el fácil con el simple, y creyeron que empatizar era tomar la decisión racional de odiar lo que ella odie. Y así fue como los hombres comenzaron a odiar a Patri, y algunos subían acompañando a sus compañeras, cuando éstas iban a picar a la puerta de Patri y Daniel, solicitando que fueran un poco más comedidos, de forma educada primero, que progresó hasta el aireo. Algunos incluso tomaban la palabra, pero eran relevados por ellas cuando éstas consideraban que a su protesta le faltaba energía.
  Ni que decir tiene que Patri y Daniel no querían renunciar a sus tardes de placer, ni irse a un hotel siendo ésa su casa, ni llevarse mal con sus vecinos. La situación era complicada, despedían a los protestantes con una mezcla de vergüenza y resignación en la cara, y un "lo siento, intentaremos ser más discretos". Pero las buenas intenciones se olvidan en el fragor de la batalla. Comenzaron a intentar mantener encuentros más calmados, cariñosos, lento-silenciosos, y con esta técnica descubrieron nuevas dimensiones del inmenso placer que compartían, que les hacían estallar en tracas finales tanto o más salvajes que las anteriores. Fue peor el remedio que la enfermedad, y las visitas protestantes se repitieron, se volvieron más frecuentes, y pasaron de resultarles graciosas y divertidas a tediosas e incómodas. Había un hervor de sentimientos y relaciones interpersonales en ese edificio muy complejo que parecía oponerse a un sentimiento de amor de lo más puro, ya que el ser humano es así de complejo y oscuro.
  Y cuando más parecían empeorar las cosas, y más lejos parecía la solución del problema, sin que éste (el problema) influyera ni mucho ni poco en el hecho, Patri y Daniel rompieron, y Patri la gritona se fué. Fue ésta una solución aparentemente ideal, que dejó a todos contentos (excepto a Patri y Daniel, ya que las rupturas nunca son agradables, y menos cuando se comparte algo tan intenso y bonito como compartían ellos). Nadie les había echado, aunque hubieran querido, lo cual les libraba del sentimiento de culpa. Y nadie les había prohibido que siguieran amándose, lo cual sería injusto. Habían roto, cosas que pasan. Llegaron los días de silencio, y con el paso de éstos, la tranquilidad y la felicidad de vuelta al resto de vecinos, como si el intensísimo amor que Patri y Daniel compartían se hubiera repartido entre el resto de parejas, diluyéndose ligeramente, provocando estados de cariño conformista.

  Un día, un par de semanas de silencio tras la sonada ruptura, una cabellera rubia pasó por la puerta del edificio, y luego por la puerta de Daniel. Una cabellera como la de Patri. Pronto comenzaron las risitas. Los primeros chillidos burlones, como si alguien en ese piso estuviera jugando al gato y al ratón. Y pronto los chillidos se convirtieron en gemidos, y no tan pronto, en gritos desgarrados que casi hacían dudar de que el placer fuera el causante, será exagerada... Gritos que helaron la sangre a los vecinos que los escucharon, no por desgarradores, sino por el recuerdo de una pesadilla que creías olvidada y te asalta de nuevo en una noche de sueño tranquilo, o más bien, como aquel mal recuerdo que creías pesadilla, hasta que vuelve para mostrarte su asfixiante realidad, y su promesa de eterna compañía.

  Y luego más silencio. En el piso de Daniel, un silencio dulce y húmedo, somnoliento, lleno de caricias y sabores humanos. Lleno luego de aroma a café, y a comida recalentada. Y en el resto de pisos, un silencio hostil, denso, material. No ya tan material que se pudiera cortar, sino tan material que cortaba. Sí, era un silencio cortante, un silencio que casi parecía injusto.
  Y luego, una puerta que se abre, una risa, un beso, una puerta que se cierra. Unos tacones. Más puertas que se abren, tapas de mirillas que se giran. Una melena rubia que ondea silenciosa en el aire denso y viciado que sale de las puertas abiertas. Un "hola" tímido que obtiene un "hola" dubitativo por respuesta, otro que obtiene un silencio, otro que obtiene un portazo. Y luego el portal, que se abre y se cierra. Y todas las puertas se cierran. No era Patri.
  Después de unos pocos días de silencio, atraviesan el portal del edificio Daniel y una cabellera morena. Se oyen los pasos por las escaleras, las risas, la vibración lenta de la voz de Daniel, la voz más aguda de ella, aunque aún grave, demasiado grave para una rubia tal vez. Algunos vecinos de ambos sexos se asoman a las mirillas por igual, pero hay una carrera tácita de molestia que de pronto los hombres, en contra de su voluntad, comienzan a ganar. Y las mirillas les muestran algo que ya sabían, y algo que no. Que la chica que le acompaña no es Patri, y que tampoco es "la nueva". Es "la otra", "la morena". Con tan mala suerte para la comunidad, que "la otra" resulta ser igual de gritona que las otras. Las mujeres comienzan a morderse la lengua, o mejor decir, a aguantarse la mente, antes de pensar mal de esta tercera chica. Encuentran su odio injustificado ante el disfrute fingido, claro está de las amantes de Daniel cada vez más injustificado, creen que tal vez no sea su culpa. Se sienten aliviadas. Se sienten, algunas, estimuladas. Daniel de pronto no es el juguete de aquella teatrera, sino un secreto objeto de deseo, una curiosidad viciosa. Al otro lado del sofá, sus hombres, sintiendo sus penes pequeños, las miran con cierto alivio, disimulando su vergüenza. Ilusos de ellos, no les preocupan tanto los gritos al ver que no enfadan a su compañera tanto como antes. Problema solucionado, y solución que no tardará en ser un problema.
  En los días sucesivos, cabelleras de muchos colores (algunos repetidos, que no necesariamente algunas) atraviesan el portal y luego la puerta de Daniel. Y múltiples timbres de voz van interpretando las correspondientes tardes y noches ese concierto que siempre es el mismo, pero nunca es igual. Y los hombres acabaron por ganar la carrera de la molestia de pleno. Las mujeres les miraban desde el box, se habían quitado el mono, y se comían tranquilamente un helado en bermudas y chanclas, con lametones lentos, provocativos. Les miraban desde el otro lado del sofá, notaban su vergüenza, su duda, sentían que debían pagar, simplemente por karma, porque ellas habían penado antes. Y entonces les pinchaban, buscaban sus miradas cuando comenzaban los conciertos, aunque de soslayo, y cuando éstas se cruzaban, iban acompañadas de sonrisas burlonas, innecesarias.
- ¿Qué pasa, que ahora te divierten? ¿Ya no te molestan los grititos?
- No sé, supongo que me he acostumbrado -y otra sonrisa cruel.
- Pues yo mañana tengo que madrugar igualmente -sea Patri o no, pero ésto sólo lo pensó-, y tú me parece que también.
- Si tanto te molesta, ¿por qué no subes a decirles algo?
  Tú. TÚ. Ese "tú" fue la puntilla de la crueldad. Con qué cara iba él a subir a picar a Daniel para pedirle que por favor, no se follara tan bien a sus amiguitas. ¿Por respeto al hombre medio? ¿Por decencia y moral cristiana? O agachar las orejas y pedirle que amordazara a sus víctimas, admitiendo que era injusto privarlas a ellas del gozo, pero también denigrante para ellos la evidencia sonora del mismo. Y de esto, poco más se habló. Se instauró así el patriarcado de Daniel, en el que siendo él la causa de las molestias de la comunidad, nadie le podía tocar ni culpar, ya que de pronto había un mérito extraño en perturbar el silencio, una cierta superioridad. Y las mujeres, curiosamente aceptaron gustosas esta imposición, como si no hubiera el mismo mérito en ocuparse del disfrute propio, y se hacían esclavas.

 Ahora podría contar que finalmente, a las demás parejas se les ocurrió (probablemente primero a una, y luego se extendió por imitación, y porque lo pedía el cuerpo) ser más ruidosos durante sus coitos, y comenzar una batalla musical de vecinos. Pero no me apetece que ocurra esto en mi historia. De todas formas, si eso hubiera ocurrido, probablemente todos hubieran descubierto que lo que comenzó como una broma, un juego, una competición infantil, acabó destapando libidos y tapando inhibiciones, focalizando y desatando las energías e ímpetus, y que aquel edificio se convirtió en una orgía de celebración, de amor, de desenfado. Que si bien no todo el mundo era feliz, todo el mundo era un poco más feliz. Pero esto, obviamente, no ocurrió. Aún así, la moraleja de esta historia, de haber una, es que gritéis. Gritad, liberaos. A modo general, diría, pero el sexo (siempre) es buen lugar para empezar.

martes, 7 de enero de 2014

La Muñeca y el Serón

  La pequeña Rosa sólo quería una muñeca para Reyes. Sus amigas de la escuela, sus vecinas, siempre jugaban con muñecas. Tenían más de una, probablemente, y con sus caritas regordetas de algún material duro que probablemente no fuera porcelana, y su mullido cuerpo de trapo, cubrían las almohadas de sus camas por el día, y sus propios cuerpos por la noche. Su vida podría parecer dura a ojos de un padre actual, que deja jugar a sus hijos con pantallas táctiles, pero esos años no eran los mismos que estos, ni los ojos de un niño los mismos que los de un padre. En esos años, la vida en el campo se limitaba a hacer las tareas que te permitirían tener algo que comer durante el año, y con el resto del (poco) tiempo que quedaba, hacer lo que cada uno pudiera. No era común preocuparse por si los niños, que no solían estar exentos de tareas de supervivencia, eran felices. Se sobreentendía que ellos sabrían como serlo. "Son niños". Y lo cierto es que lo eran. Niños, y felices.
  A día de hoy, la ya no tan pequeña Rosa no sabe con certeza si alguna vez llegó a tener una muñeca. Pero sabe que siempre tuvo la sensación de querer una, y de no conseguirla. Siendo esto así, probablemente esa muñeca nunca llegó, o llegó tarde, cuando ya no se la esperaba. A veces lo tardío provoca una tristeza mayor que lo ausente, una tristeza que se puede extender a mucha más gente. Al que recibe, al que llega, al que observa. Al que escucha la historia de labios de una abuela, junto a una cocina de leña.
  Rosa recuerda aquel día de Reis en el que había pedido incesantemente una muñeca. Ese día de Reis hubo regalos, y tal vez esa no fuera una costumbre demasiado habitual en una casa de campo de la época como ésa. A la pequeña Rosa le trajeron un serón de mimbre. Una pequeña cunita que probablemente había hecho a mano su madre, abuela o tía. Levantó el pañuelo que cubría el serón para descubrir un fondo mullido y vacío. Vacío como los ojos de un muerto. En esa época no se pensaba demasiado en los niños, porque crecían solos. Estaban hechos de otra pasta. Probablemente, tampoco se pensaba mucho en la poesía, ni en la triste metáfora que es una cuna vacía. La pequeña Rosa, que sólo quería su muñeca para jugar con ella, para cubrir su almohada por las mañanas y su cuerpo por las noches, para sacarla de paseo junto con las muñecas de sus vecinas, tampoco pensaba en la triste metáfora que es un serón vacío. Ella sólo vio una ausencia enorme bajo ese pañuelo, sobre el mullido fondo del serón que había sido para ella una esperanza. La química de su cuerpo de niña debió realizar un recorrido vertiginoso en los segundos que pasaron desde ver el serón a ver el fondo del serón, sin nada que se lo impidiera.
--¿Y la muñeca?
  Imagino las miradas de los adultos que la rodeaban. Miradas que ocultaban una verdad velada por una sonrisa condescendiente, la sonrisa del que ha trabajado duro y no ve mal en mentirle a un niño. Porque al fin y al cabo, ha dedicado parte de su tiempo (ese preciado tiempo que en esos años se utilizaba en primer lugar para sobrevivir, y ganar algo más de preciado tiempo) a construirle un serón a una niña que quería una muñeca y que iba a crecer ella sola, como un proceso natural. No sé qué llevó a sus mayores ha invertir ese tiempo en hacerle un serón en lugar de una muñeca, una humilde muñeca hecha con cuatro trapos viejos y un par de botones. Tal vez no tuvieran trapos ni botones que gastar en una niña que iba a crecer sola. Tal vez confiaban en que el año que viene, podrían conseguirle una muñeca mejor, una muñeca con la carita regordeta de algún material duro que seguramente no sería porcelana. Tal vez pensaron que algo era mejor que nada, y tal vez no lo fue.
--No sé, caeríasele a los Reis del carru po'la caleya n'un bache --otra mentira piadosa, hija de la no importancia. Si hubiera tenido alguna importancia la mentira a un niño en esos años, tal vez no podría nadie llamar a esa mentira "piadosa".
  La pequeña Rosa salió de la casa sin dudar un segundo. Tenía una esperanza en el corazón, una esperanza muy pequeña que le decía que ese día todo iba a salir bien por fin, que su muñeca estaba ahí, en alguna parte, esperándola, pasando frío junto a un bache relleno de agua marrón. Esa pequeña esperanza estaba rodeada por la sensación de decepción del que anhela algo por mucho tiempo y siente que siempre sale algo mal, que alguna cosa falla y le separa de su muñeca. Una sensación que acariciaba la desesperación, y a la vez le preparaba para ese fracaso, para esa distancia, para esa ausencia. Y allí estaba ella por fin, en la caleya de tierra marrón y piedras grises teñidas de marrón, con un fino reguero de yerba verde que la recorría justo por la mitad, y muchos baches irregulares rellenos de agua transparente teñida de marrón. Y en ninguno de esos baches había una muñeca. Ninguna de las seis veces que pasó por ellos, con sus idas y sus venidas y sus vueltas, en ninguna de las dos horas que pasó recorriendo la caleya. Tal vez cayó a un lado, entre la maleza, entre dos troncos de árbol, o en algún agujero tapado por la yerba. Tal vez alguien la encontró primero y se la llevó --pensó.
  Su naturaleza de niña le daba la ilusión de que algo iba a pasar, un vecino se iba a acercar con ella en la mano para dársela, ¡o tal vez incluso un paje! Pero también había en ella una lucidez casi adulta, un espíritu de su tiempo, o tal vez su propio espíritu adulto mirándola a través del tiempo en el recuerdo, con ojos piadosos. Esa lucidez le pedía que se rindiera, que aceptara, le hacía intuir que todo era una trampa.

  Separada de ella por unos pocos años y unos pocos kilómetros de distancia, había otra niña de campo, la pequeña Azucena, que caminaba con sus hermanas en el día de Reyes desde su casa de campo hasta el pueblo cercano, para recoger los regalos que habían dejado allí los Reyes para los niños de la zona. Los niños hacían cola frente a unos adultos que sacaban juguetes de sacos y daban al niño que estuviera el primero en la cola en ese momento, el primer juguete que sacaran del saco. Probablemente, había dos tipos de sacos, para niños y para niñas. La pequeña Azucena no quería una muñeca. Algunos años habían pasado desde que la pequeña Rosa recorriera seis veces la caleya, y probablemente la situación de la gente de campo fuera menos precaria. Así que probablemente también, la pequeña Azucena ya hubiera tenido más muñecas en el pasado, cuando era aún más pequeña. Si alguna vez le gustaron, ya le habían dejado de gustar. Ella esperaba otro regalo. Confiaba en que en el saco de las niñas hubiera algo que no fuera una muñeca. Unos Juegos Reunidos, tal vez. O un tablero de parchís, o de damas. Un libro al menos, pero que no sea una muñeca - pensaba. Su hermana quería la muñeca, pero no la negrita. Pero esos niños crecían solos, y menos mal, porque no había mucho tiempo para ayudarles a crecer. Y quiso el azar que a la pequeña Azucena le sacaran del saco (en el que seguro sólo había muñecas) una muñeca cuando estaba la primera en la cola, una con la carita regordeta y blanca, probablemente de plástico. Y quiso el azar que a su hermana pequeña le sacaran otra muñeca, también de cara regordeta, pero negra. Y su hermana volvió llorando la mitad del camino, y la pequeña Azucena volvió mirando a su muñeca hasta la mitad del camino, pensando en cómo de divertidos habrían sido unos Juegos Reunidos. Tal vez en los próximos Reyes. Y como no quería ver a su hermana llorar, le dio su muñeca de cara regordeta y blanca, porque si al menos no le habían dado ni un juego de mesa ni un libro ni una bicicleta (fantasía que casi ni consideró), quería que su regalo le hiciera feliz de algún modo. Y siendo la mayor de cinco hermanos, ya se había acostumbrado a que su felicidad pasara por la de sus hermanos, incluso por la de sus padres.
  Los niños pequeños siempre se pelean de cuando en cuando, incluso aunque sean hermanos. Pero los niños de campo primogénitos, como la pequeña Azucena, o como la pequeña Rosa, tienen una sensación de necesidad desde que nacen, pues saben que la vida no es fácil. Y una sensación de protección desde que nacen sus hermanos, que tal vez maquilla la sensación de necesidad que van a tener éstos.
  La pequeña Azucena nació en una época de menor necesidad, en la que podía querer unos Juegos Reunidos porque probablemente ya había tenido muñecas. Pero, como contábamos, la vida de campo es dura, y tuvo que ver morir a sus dos padres antes de cumplir los dieciocho años. Por suerte pudo estudiar y empezar pronto a trabajar, para ayudar a los cuatro hermanos que habían quedado a su cargo a que pudieran hacer lo mismo. Por suerte para ella también, se le daba bien estudiar, y pudo hacer aquello que realmente quería, que era cuidar a la gente, ya que era una niña primogénita de campo.
  Hoy en día la pequeña Rosa y la pequeña Azucena ya no son pequeñas, son mujeres de familia, que con más suerte o más desgracia, han conseguido lo que querían. Están acostumbradas a que las desgracias pasen por sus vidas así, pasando. Y a combatir las desilusiones con esa lucidez adulta que a veces parecen tener los niños, o al menos, lo niños de campo, o al menos, los niños de otro tiempo. Saben que a veces hay que salir a buscar la muñeca con mucho caminar, aunque nunca llegue. Que desprenderse de lo que no necesitas es mejor que lamentar lo que deseas, porque a veces también es mejor lo ausente que lo no deseado. Hoy en día, ambas son enfermeras, lo que querían ser, ya que son niñas primogénitas de campo.
  Tal vez los niños deban crecer solos después de todo. Tal vez la decepción temple a un niño con más robustez que la máquina y el biberón. Tal vez la presencia de la muerte que esconde un serón vacío haga que un niño se vea a sí mismo como adulto cuando su adulto le mira en el recuerdo. O tal vez simplemente el campo sea el lugar adecuado para que florezcan dos pequeñas flores como Rosa y Azucena.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Tierra de todos

 Esta mañana, parado en un semáforo camino del trabajo, sabiendo que iba a llegar tarde y con algo de resaca (ese es el dibujo de mi estado de ánimo en ese momento), un espontáneo de nacionalidad posiblemente rumana (por decir algo, no por etiquetar) me ha limpiado el parabrisas del coche ignorando mi negativa. Todo hay que decirlo, el parabrisas estaba especialmente sucio y necesitaba ser limpiado. Me resigné a buscar alguna moneda en mi cartera y comprobé con una mezcla de decepción y alivio que no tenía ni un céntimo. Ni billetes, ni nada, cero. Le enseñé la cartera por la ventanilla, disculpándome. El insistió, que tenía cambio de cinco. Supongo que estaba acostumbrado a la excusa de "no tengo cambio" y no se esperaba que no tuviera dinero de verdad. Le enseñe brevemente todos los recovecos de mi cartera mientras reafirmaba "nada de nada, nada, lo siento". Él me sonrió y me deseó suerte para mí y para toda mi familia, y en ese momento la decepción venció al alivio. Bien es cierto que por las pintas que tenía mi coche, mi cartera, y posiblemente mi cara, tal vez el espontáneo hasta reprimió la tentación de darme él una de las monedas que había recaudado en su mañana de trabajo. 
  Volviendo yo del mío esta tarde, con un billete de 50€ en la cartera, pensé si el espontáneo amable (insisto en llamarlo así, ya que no se me ocurre otra palabra para definir esa profesión) tendría cambio de 50€. Y me sorprendí pensando que no lo necesitaba, ya que si lo volviera a encontrar, se los daría enteros. Se los debía. Había limpiado mi parabrisas, que realmente necesitaba ser limpiado, sin nadie pedírselo, y había aceptado de buen agrado no recibir compensación. También es un hecho que el sol me molestaba sobremanera al conducir, brillando con intensidad en cada una de las pequeñas motas de diversas mierdecillas pegadas a la luna, y esta molestia se vio muy subsanada tras la fugaz limpieza. Una persona que había llegado a mi ciudad desde un país lejano, huyendo de la pobreza, que cada mañana se enfrentaba a las miradas ariscas de los conductores en mitad de una calle, esperando encontrar un coche que le permitiera limpiarle el parabrisas a cambio de la voluntad, había limpiado el mío (recordemos, a pesar de mi negativa) el día en que lo tenía especialmente sucio y el sol me impedía ver con seguridad, y yo conducía con prisa y resaca al trabajo. Qué no le debo a ese hombre.  
  No me voy a poner dramático con el qué hubiera pasado si no me la hubiera limpiado, posiblemente nada. Pero en el momento en que pareció no importarle que no le pagara, y aún así me dedicó una sonrisa y suerte para mi familia (segundo y tercer favor gratuito en menos de un minuto), esa limpieza pasó de ser un acto laboral a un acto de bondad a mis ojos. Qué no le debo a ese hombre. Pensé en mis 50€ otra vez. Yo "me los había ganado" trabajando honradamente, es cierto. Pero, ¿por qué mi mañana de trabajo honrado vale 50€ y la suya unas monedas? ¿El lugar en el que nací me hace más merecedor del dinero de mi bolsillo? Lo mínimo que le debía a ese hombre, eran esos 50€.
  
  Entrando ya en Oviedo, ensimismado en estos y otros pensamientos, miraba un semáforo de estos que se ponen en rojo y vuelven a abrir enseguida para que la gente circule por debajo de 50 km/h. Lo miraba con especial atención, tanta que justo cuando iba a pasar por debajo cambió a ámbar fijo y enseguida a rojo, y en lugar de pasar (como tal vez debiera haber hecho por la seguridad del coche de detrás), frené en seco. En el momento creí que era la decisión acertada. Una decisión que no iba a ninguna parte, pero cumplía las normas de circulación. Efectivamente el coche de detrás casi me pega. Al arrancar (suponiendo que había vuelto a abrir el semáforo, ya que al frenar quedé un poco pasado -en parte para evitar esa colisión- y no veía las luces del semáforo), eché la vista atrás por el retrovisor y vi que el coche de detrás tardaba mucho en arrancar. Se había llevado un buen susto. Al llegar al siguiente semáforo, bajé el volumen de la radio, ya que el hueco que había a mi lado iba a ser ocupado por el coche que casi me pega, y suponía que iba a haber discusión. Miré al frente hasta que vi por el rabillo del ojo la ventanilla de al lado bajando. Bajé la mía del copiloto.
- ¿El qué, perdona?
- ¿Qué hiciste ahí arriba chaval? ¡Casi te doy! -el semblante del otro conductor denotaba enfado. Obviamente estaba alterado, él se había llevado el susto mayor. Y yo entendí eso.
- Ya, lo siento. Estaba pendiente del semáforo y al ver que cerraba paré sin pensar, quizás deb...
- ...¡Ese semáforo abre solo hombre! ¡Abre en cuanto pasas! ¿Para qué paraste?
- Ya, ya sé para que está ese semáforo. Tal vez debería haber pasado, lo siento.
- ¡Claro! No te pegué por detrás de milagro, ¿eh? ¡Casi te como, hombre!
- Ya, ya lo sé. Lo siento mucho, disculpe.
En ese momento el conductor sonrió un poco, algo más tranquilo. Levantó la mano en señal de "disculpas aceptadas, no pasa nada", imitando mi gesto de "solicitud de disculpa". No creía todo lo que le dije. Al fin y al cabo yo frené para no pasar un semáforo cerrado, y si me hubiera pegado por detrás, sería culpa suya por no frenar él ni llevar distancia de seguridad. Pero sabía que debía terminar esa discusión de buena forma. Mucha gente se cabrea al volante, porque es muy sencillo cabrearse. No sólo es un coñazo tener un "toque" con alguien, rellenar partes amistosos o llamar a la guardia civil, y etcétera. En el fondo te estas jugando la integridad, y la de los demás. Aunque mucha gente no sea consciente de esto, estresa nuestro subconsciente. Me quedé muy satisfecho viendo cómo había puesto de mi parte para que una discusión con visos de volverse agresiva y malencarada, terminara en palabras amistosas. Estaba de buen humor. El hombre espontáneo había avivado mis ganas de ser mejor persona. ¡Qué no le debía a ese hombre!

  La última de mis reflexiones acerca de este tema en el día de hoy, entronca de nuevo al hombre espontáneo, al que de aquí en adelante llamaré Amador por razones obvias, con un pensamiento tonto que tuve volviendo a casa. Recorría el camino que serpentea por la ladera de la montaña entre acantilados, pasando por Tudela Veguín, para luego escalar entre montes y casas hasta San Estéban de las Cruces y bajar a Oviedo por el cementerio (donde se encuentra el fatídico semáforo de "reduzca a 50"). Este camino lo suelo coger los viernes, en lugar de la carretera nacional, y a pesar de ser más corto, dudo que ahorre gasolina o tiempo, pero ese no es el motivo por el que lo elijo. Simplemente, lo disfruto más. También lo cojo los días que vuelvo con sueño, ya que las curvas me ayudan a mantenerme despierto.
  Conducía, como iba diciendo, por este camino, y al ver un cartel con el nombre de un pueblo tachado, y luego otro con otro nombre distinto sin tachar, me asaltó un pensamiento digno de uno de estos humoristas de medio pelo que plagan twitter hoy en día: ¿A quién pertenece la zona que hay entre el cartel de "Aquí se acaba XXX" y el cartel de "Aquí empieza YYY"? Tierra de nadie, pensé. O tal vez algo como las aguas internacionales. Qué bonito sería pensar que fueran unas tierras internacionales, en las que tal vez no habría yates con furcias y peleas de gallos y monos con cuchillo, ni piratas, sino gente de bien, apátridas que pueblan las fronteras para que dejen de serlo. Tierras en las que no hay ley porque no se necesita, la tierra de los hombres justos, la tierra de todos. Qué bonito sería imaginar esas fronteras valladas que separan países como India y Pakistán, llenas de gente que reparte favores en lugar de alambre de espino, como pequeñas arterias que pretenden llevar un poquito de amor a todo el tejido humano. Qué bonito sería, sí, que un símbolo de desigualdad, separación y odio como es una frontera vallada, fuera llenado con gente de bien, como Amador. Que estuviera repleto de amadores, a modo de compensación. Sin duda alguna, el lugar sin nombre que hay entre señales de pueblos es el lugar que ahora habita Amador. Y esa reflexión me ha hecho escribir esto hoy. Qué no le debo a ese hombre.