lunes, 10 de marzo de 2014

El Silencio de Patri Arqueada

  Imaginad una pequeña comunidad de vecinos. Un edificio de unas pocas plantas, habitado en su mayoría por parejas, unas casadas, otras con hijos, otras no. En este edificio vive una pareja recién llegada, Patri y Daniel. Son jóvenes y felices. Tal vez algo más felices que el resto de parejas. Pero como siempre, la felicidad es algo temporal.

  Todas las tardes, casi sin excepción, Patri y Daniel dan un concierto a sus vecinos. Un concierto que a veces se prolonga varias horas hasta bien entrada la noche. Un concierto de gemidos, risas y grititos, chirridos de muebles que se arrastran por el suelo y otros sonidos un tanto animales. A Patri ya se la conoce como la gritona o la gemidos entre sus vecinos. Especialmente entre sus vecinas, que usan un tono un tanto más socarrón y dañino, no carente de cierta envidia, que el de sus compañeros masculinos. A éstos, la situación les resulta más bien divertida, y hasta estimulante. A veces se han puesto juguetones con sus queridas cuando, estando sentados tranquilamente viendo la tele en el salón, comenzaban a oírse los primeros movimientos del concierto. Comenzaban la maniobra como si de una broma se tratara, con esa insensibilidad masculina que roza la estupidez. Porque normalmente ellas tendían a sentirse presionadas, como si tuvieran que copar el listón de entrega que marcaba Patri, y un poco celosas, ya que se sentían el objeto de descarga de los estímulos de otra. Eran estos unos celos un tanto absurdos, sí, o más bien complejos, mejor, complejos como lo son casi siempre las mujeres (y también, por qué no decirlo, un poco absurdas a veces). Pero, ¿a quién se le ocurre? En un momento de calma en el que "la gemidos" comienza a dejarlas en evidencia, exponiendo una sexualidad más intensa que la de ellas, en ese momento en que se sienten molestas y atacadas, aunque no se lo reconozcan ni a ellas mismas, ¿a qué bruto se le ocurre solucionar la papeleta con carantoñas y sugerencias sexuales? ¿Acaso era aquello algún tipo de premio de consolación? - Tú tampoco lo haces tan mal, cariño, ven aquí y no llores...

  ¿Y qué iban a responder ellas? - Tal vez si  no lo hicieras tan mal, tal vez si duraras tanto, yo podría disfrutar y gritar también tanto... No, porque no había lugar, porque tal conversación no existía, o mejor dicho, él no se daba cuenta de que existía, porque estar, estaba ahí. Él se sentiría confuso y sobre todo, ofendido. Y no le podía hablar por gestos, como él hacía con ella sin darse cuenta, ya que no los iba a entender. Él era un torpe, pero ella no.
  No. De ninguna manera. La guarra esta se tiene que ir.
  Las mujeres se sentían, como vemos, atacadas e invadidas por una nueva inquilina. Los hombres, frustrados. Y como hombres, buscaban una solución fácil al problema, cuando tal vez el problema no fuera tal, sino solamente una situación con la que hay que lidiar. Y confundieron el fácil con el simple, y creyeron que empatizar era tomar la decisión racional de odiar lo que ella odie. Y así fue como los hombres comenzaron a odiar a Patri, y algunos subían acompañando a sus compañeras, cuando éstas iban a picar a la puerta de Patri y Daniel, solicitando que fueran un poco más comedidos, de forma educada primero, que progresó hasta el aireo. Algunos incluso tomaban la palabra, pero eran relevados por ellas cuando éstas consideraban que a su protesta le faltaba energía.
  Ni que decir tiene que Patri y Daniel no querían renunciar a sus tardes de placer, ni irse a un hotel siendo ésa su casa, ni llevarse mal con sus vecinos. La situación era complicada, despedían a los protestantes con una mezcla de vergüenza y resignación en la cara, y un "lo siento, intentaremos ser más discretos". Pero las buenas intenciones se olvidan en el fragor de la batalla. Comenzaron a intentar mantener encuentros más calmados, cariñosos, lento-silenciosos, y con esta técnica descubrieron nuevas dimensiones del inmenso placer que compartían, que les hacían estallar en tracas finales tanto o más salvajes que las anteriores. Fue peor el remedio que la enfermedad, y las visitas protestantes se repitieron, se volvieron más frecuentes, y pasaron de resultarles graciosas y divertidas a tediosas e incómodas. Había un hervor de sentimientos y relaciones interpersonales en ese edificio muy complejo que parecía oponerse a un sentimiento de amor de lo más puro, ya que el ser humano es así de complejo y oscuro.
  Y cuando más parecían empeorar las cosas, y más lejos parecía la solución del problema, sin que éste (el problema) influyera ni mucho ni poco en el hecho, Patri y Daniel rompieron, y Patri la gritona se fué. Fue ésta una solución aparentemente ideal, que dejó a todos contentos (excepto a Patri y Daniel, ya que las rupturas nunca son agradables, y menos cuando se comparte algo tan intenso y bonito como compartían ellos). Nadie les había echado, aunque hubieran querido, lo cual les libraba del sentimiento de culpa. Y nadie les había prohibido que siguieran amándose, lo cual sería injusto. Habían roto, cosas que pasan. Llegaron los días de silencio, y con el paso de éstos, la tranquilidad y la felicidad de vuelta al resto de vecinos, como si el intensísimo amor que Patri y Daniel compartían se hubiera repartido entre el resto de parejas, diluyéndose ligeramente, provocando estados de cariño conformista.

  Un día, un par de semanas de silencio tras la sonada ruptura, una cabellera rubia pasó por la puerta del edificio, y luego por la puerta de Daniel. Una cabellera como la de Patri. Pronto comenzaron las risitas. Los primeros chillidos burlones, como si alguien en ese piso estuviera jugando al gato y al ratón. Y pronto los chillidos se convirtieron en gemidos, y no tan pronto, en gritos desgarrados que casi hacían dudar de que el placer fuera el causante, será exagerada... Gritos que helaron la sangre a los vecinos que los escucharon, no por desgarradores, sino por el recuerdo de una pesadilla que creías olvidada y te asalta de nuevo en una noche de sueño tranquilo, o más bien, como aquel mal recuerdo que creías pesadilla, hasta que vuelve para mostrarte su asfixiante realidad, y su promesa de eterna compañía.

  Y luego más silencio. En el piso de Daniel, un silencio dulce y húmedo, somnoliento, lleno de caricias y sabores humanos. Lleno luego de aroma a café, y a comida recalentada. Y en el resto de pisos, un silencio hostil, denso, material. No ya tan material que se pudiera cortar, sino tan material que cortaba. Sí, era un silencio cortante, un silencio que casi parecía injusto.
  Y luego, una puerta que se abre, una risa, un beso, una puerta que se cierra. Unos tacones. Más puertas que se abren, tapas de mirillas que se giran. Una melena rubia que ondea silenciosa en el aire denso y viciado que sale de las puertas abiertas. Un "hola" tímido que obtiene un "hola" dubitativo por respuesta, otro que obtiene un silencio, otro que obtiene un portazo. Y luego el portal, que se abre y se cierra. Y todas las puertas se cierran. No era Patri.
  Después de unos pocos días de silencio, atraviesan el portal del edificio Daniel y una cabellera morena. Se oyen los pasos por las escaleras, las risas, la vibración lenta de la voz de Daniel, la voz más aguda de ella, aunque aún grave, demasiado grave para una rubia tal vez. Algunos vecinos de ambos sexos se asoman a las mirillas por igual, pero hay una carrera tácita de molestia que de pronto los hombres, en contra de su voluntad, comienzan a ganar. Y las mirillas les muestran algo que ya sabían, y algo que no. Que la chica que le acompaña no es Patri, y que tampoco es "la nueva". Es "la otra", "la morena". Con tan mala suerte para la comunidad, que "la otra" resulta ser igual de gritona que las otras. Las mujeres comienzan a morderse la lengua, o mejor decir, a aguantarse la mente, antes de pensar mal de esta tercera chica. Encuentran su odio injustificado ante el disfrute fingido, claro está de las amantes de Daniel cada vez más injustificado, creen que tal vez no sea su culpa. Se sienten aliviadas. Se sienten, algunas, estimuladas. Daniel de pronto no es el juguete de aquella teatrera, sino un secreto objeto de deseo, una curiosidad viciosa. Al otro lado del sofá, sus hombres, sintiendo sus penes pequeños, las miran con cierto alivio, disimulando su vergüenza. Ilusos de ellos, no les preocupan tanto los gritos al ver que no enfadan a su compañera tanto como antes. Problema solucionado, y solución que no tardará en ser un problema.
  En los días sucesivos, cabelleras de muchos colores (algunos repetidos, que no necesariamente algunas) atraviesan el portal y luego la puerta de Daniel. Y múltiples timbres de voz van interpretando las correspondientes tardes y noches ese concierto que siempre es el mismo, pero nunca es igual. Y los hombres acabaron por ganar la carrera de la molestia de pleno. Las mujeres les miraban desde el box, se habían quitado el mono, y se comían tranquilamente un helado en bermudas y chanclas, con lametones lentos, provocativos. Les miraban desde el otro lado del sofá, notaban su vergüenza, su duda, sentían que debían pagar, simplemente por karma, porque ellas habían penado antes. Y entonces les pinchaban, buscaban sus miradas cuando comenzaban los conciertos, aunque de soslayo, y cuando éstas se cruzaban, iban acompañadas de sonrisas burlonas, innecesarias.
- ¿Qué pasa, que ahora te divierten? ¿Ya no te molestan los grititos?
- No sé, supongo que me he acostumbrado -y otra sonrisa cruel.
- Pues yo mañana tengo que madrugar igualmente -sea Patri o no, pero ésto sólo lo pensó-, y tú me parece que también.
- Si tanto te molesta, ¿por qué no subes a decirles algo?
  Tú. TÚ. Ese "tú" fue la puntilla de la crueldad. Con qué cara iba él a subir a picar a Daniel para pedirle que por favor, no se follara tan bien a sus amiguitas. ¿Por respeto al hombre medio? ¿Por decencia y moral cristiana? O agachar las orejas y pedirle que amordazara a sus víctimas, admitiendo que era injusto privarlas a ellas del gozo, pero también denigrante para ellos la evidencia sonora del mismo. Y de esto, poco más se habló. Se instauró así el patriarcado de Daniel, en el que siendo él la causa de las molestias de la comunidad, nadie le podía tocar ni culpar, ya que de pronto había un mérito extraño en perturbar el silencio, una cierta superioridad. Y las mujeres, curiosamente aceptaron gustosas esta imposición, como si no hubiera el mismo mérito en ocuparse del disfrute propio, y se hacían esclavas.

 Ahora podría contar que finalmente, a las demás parejas se les ocurrió (probablemente primero a una, y luego se extendió por imitación, y porque lo pedía el cuerpo) ser más ruidosos durante sus coitos, y comenzar una batalla musical de vecinos. Pero no me apetece que ocurra esto en mi historia. De todas formas, si eso hubiera ocurrido, probablemente todos hubieran descubierto que lo que comenzó como una broma, un juego, una competición infantil, acabó destapando libidos y tapando inhibiciones, focalizando y desatando las energías e ímpetus, y que aquel edificio se convirtió en una orgía de celebración, de amor, de desenfado. Que si bien no todo el mundo era feliz, todo el mundo era un poco más feliz. Pero esto, obviamente, no ocurrió. Aún así, la moraleja de esta historia, de haber una, es que gritéis. Gritad, liberaos. A modo general, diría, pero el sexo (siempre) es buen lugar para empezar.

martes, 7 de enero de 2014

La Muñeca y el Serón

  La pequeña Rosa sólo quería una muñeca para Reyes. Sus amigas de la escuela, sus vecinas, siempre jugaban con muñecas. Tenían más de una, probablemente, y con sus caritas regordetas de algún material duro que probablemente no fuera porcelana, y su mullido cuerpo de trapo, cubrían las almohadas de sus camas por el día, y sus propios cuerpos por la noche. Su vida podría parecer dura a ojos de un padre actual, que deja jugar a sus hijos con pantallas táctiles, pero esos años no eran los mismos que estos, ni los ojos de un niño los mismos que los de un padre. En esos años, la vida en el campo se limitaba a hacer las tareas que te permitirían tener algo que comer durante el año, y con el resto del (poco) tiempo que quedaba, hacer lo que cada uno pudiera. No era común preocuparse por si los niños, que no solían estar exentos de tareas de supervivencia, eran felices. Se sobreentendía que ellos sabrían como serlo. "Son niños". Y lo cierto es que lo eran. Niños, y felices.
  A día de hoy, la ya no tan pequeña Rosa no sabe con certeza si alguna vez llegó a tener una muñeca. Pero sabe que siempre tuvo la sensación de querer una, y de no conseguirla. Siendo esto así, probablemente esa muñeca nunca llegó, o llegó tarde, cuando ya no se la esperaba. A veces lo tardío provoca una tristeza mayor que lo ausente, una tristeza que se puede extender a mucha más gente. Al que recibe, al que llega, al que observa. Al que escucha la historia de labios de una abuela, junto a una cocina de leña.
  Rosa recuerda aquel día de Reis en el que había pedido incesantemente una muñeca. Ese día de Reis hubo regalos, y tal vez esa no fuera una costumbre demasiado habitual en una casa de campo de la época como ésa. A la pequeña Rosa le trajeron un serón de mimbre. Una pequeña cunita que probablemente había hecho a mano su madre, abuela o tía. Levantó el pañuelo que cubría el serón para descubrir un fondo mullido y vacío. Vacío como los ojos de un muerto. En esa época no se pensaba demasiado en los niños, porque crecían solos. Estaban hechos de otra pasta. Probablemente, tampoco se pensaba mucho en la poesía, ni en la triste metáfora que es una cuna vacía. La pequeña Rosa, que sólo quería su muñeca para jugar con ella, para cubrir su almohada por las mañanas y su cuerpo por las noches, para sacarla de paseo junto con las muñecas de sus vecinas, tampoco pensaba en la triste metáfora que es un serón vacío. Ella sólo vio una ausencia enorme bajo ese pañuelo, sobre el mullido fondo del serón que había sido para ella una esperanza. La química de su cuerpo de niña debió realizar un recorrido vertiginoso en los segundos que pasaron desde ver el serón a ver el fondo del serón, sin nada que se lo impidiera.
--¿Y la muñeca?
  Imagino las miradas de los adultos que la rodeaban. Miradas que ocultaban una verdad velada por una sonrisa condescendiente, la sonrisa del que ha trabajado duro y no ve mal en mentirle a un niño. Porque al fin y al cabo, ha dedicado parte de su tiempo (ese preciado tiempo que en esos años se utilizaba en primer lugar para sobrevivir, y ganar algo más de preciado tiempo) a construirle un serón a una niña que quería una muñeca y que iba a crecer ella sola, como un proceso natural. No sé qué llevó a sus mayores ha invertir ese tiempo en hacerle un serón en lugar de una muñeca, una humilde muñeca hecha con cuatro trapos viejos y un par de botones. Tal vez no tuvieran trapos ni botones que gastar en una niña que iba a crecer sola. Tal vez confiaban en que el año que viene, podrían conseguirle una muñeca mejor, una muñeca con la carita regordeta de algún material duro que seguramente no sería porcelana. Tal vez pensaron que algo era mejor que nada, y tal vez no lo fue.
--No sé, caeríasele a los Reis del carru po'la caleya n'un bache --otra mentira piadosa, hija de la no importancia. Si hubiera tenido alguna importancia la mentira a un niño en esos años, tal vez no podría nadie llamar a esa mentira "piadosa".
  La pequeña Rosa salió de la casa sin dudar un segundo. Tenía una esperanza en el corazón, una esperanza muy pequeña que le decía que ese día todo iba a salir bien por fin, que su muñeca estaba ahí, en alguna parte, esperándola, pasando frío junto a un bache relleno de agua marrón. Esa pequeña esperanza estaba rodeada por la sensación de decepción del que anhela algo por mucho tiempo y siente que siempre sale algo mal, que alguna cosa falla y le separa de su muñeca. Una sensación que acariciaba la desesperación, y a la vez le preparaba para ese fracaso, para esa distancia, para esa ausencia. Y allí estaba ella por fin, en la caleya de tierra marrón y piedras grises teñidas de marrón, con un fino reguero de yerba verde que la recorría justo por la mitad, y muchos baches irregulares rellenos de agua transparente teñida de marrón. Y en ninguno de esos baches había una muñeca. Ninguna de las seis veces que pasó por ellos, con sus idas y sus venidas y sus vueltas, en ninguna de las dos horas que pasó recorriendo la caleya. Tal vez cayó a un lado, entre la maleza, entre dos troncos de árbol, o en algún agujero tapado por la yerba. Tal vez alguien la encontró primero y se la llevó --pensó.
  Su naturaleza de niña le daba la ilusión de que algo iba a pasar, un vecino se iba a acercar con ella en la mano para dársela, ¡o tal vez incluso un paje! Pero también había en ella una lucidez casi adulta, un espíritu de su tiempo, o tal vez su propio espíritu adulto mirándola a través del tiempo en el recuerdo, con ojos piadosos. Esa lucidez le pedía que se rindiera, que aceptara, le hacía intuir que todo era una trampa.

  Separada de ella por unos pocos años y unos pocos kilómetros de distancia, había otra niña de campo, la pequeña Azucena, que caminaba con sus hermanas en el día de Reyes desde su casa de campo hasta el pueblo cercano, para recoger los regalos que habían dejado allí los Reyes para los niños de la zona. Los niños hacían cola frente a unos adultos que sacaban juguetes de sacos y daban al niño que estuviera el primero en la cola en ese momento, el primer juguete que sacaran del saco. Probablemente, había dos tipos de sacos, para niños y para niñas. La pequeña Azucena no quería una muñeca. Algunos años habían pasado desde que la pequeña Rosa recorriera seis veces la caleya, y probablemente la situación de la gente de campo fuera menos precaria. Así que probablemente también, la pequeña Azucena ya hubiera tenido más muñecas en el pasado, cuando era aún más pequeña. Si alguna vez le gustaron, ya le habían dejado de gustar. Ella esperaba otro regalo. Confiaba en que en el saco de las niñas hubiera algo que no fuera una muñeca. Unos Juegos Reunidos, tal vez. O un tablero de parchís, o de damas. Un libro al menos, pero que no sea una muñeca - pensaba. Su hermana quería la muñeca, pero no la negrita. Pero esos niños crecían solos, y menos mal, porque no había mucho tiempo para ayudarles a crecer. Y quiso el azar que a la pequeña Azucena le sacaran del saco (en el que seguro sólo había muñecas) una muñeca cuando estaba la primera en la cola, una con la carita regordeta y blanca, probablemente de plástico. Y quiso el azar que a su hermana pequeña le sacaran otra muñeca, también de cara regordeta, pero negra. Y su hermana volvió llorando la mitad del camino, y la pequeña Azucena volvió mirando a su muñeca hasta la mitad del camino, pensando en cómo de divertidos habrían sido unos Juegos Reunidos. Tal vez en los próximos Reyes. Y como no quería ver a su hermana llorar, le dio su muñeca de cara regordeta y blanca, porque si al menos no le habían dado ni un juego de mesa ni un libro ni una bicicleta (fantasía que casi ni consideró), quería que su regalo le hiciera feliz de algún modo. Y siendo la mayor de cinco hermanos, ya se había acostumbrado a que su felicidad pasara por la de sus hermanos, incluso por la de sus padres.
  Los niños pequeños siempre se pelean de cuando en cuando, incluso aunque sean hermanos. Pero los niños de campo primogénitos, como la pequeña Azucena, o como la pequeña Rosa, tienen una sensación de necesidad desde que nacen, pues saben que la vida no es fácil. Y una sensación de protección desde que nacen sus hermanos, que tal vez maquilla la sensación de necesidad que van a tener éstos.
  La pequeña Azucena nació en una época de menor necesidad, en la que podía querer unos Juegos Reunidos porque probablemente ya había tenido muñecas. Pero, como contábamos, la vida de campo es dura, y tuvo que ver morir a sus dos padres antes de cumplir los dieciocho años. Por suerte pudo estudiar y empezar pronto a trabajar, para ayudar a los cuatro hermanos que habían quedado a su cargo a que pudieran hacer lo mismo. Por suerte para ella también, se le daba bien estudiar, y pudo hacer aquello que realmente quería, que era cuidar a la gente, ya que era una niña primogénita de campo.
  Hoy en día la pequeña Rosa y la pequeña Azucena ya no son pequeñas, son mujeres de familia, que con más suerte o más desgracia, han conseguido lo que querían. Están acostumbradas a que las desgracias pasen por sus vidas así, pasando. Y a combatir las desilusiones con esa lucidez adulta que a veces parecen tener los niños, o al menos, lo niños de campo, o al menos, los niños de otro tiempo. Saben que a veces hay que salir a buscar la muñeca con mucho caminar, aunque nunca llegue. Que desprenderse de lo que no necesitas es mejor que lamentar lo que deseas, porque a veces también es mejor lo ausente que lo no deseado. Hoy en día, ambas son enfermeras, lo que querían ser, ya que son niñas primogénitas de campo.
  Tal vez los niños deban crecer solos después de todo. Tal vez la decepción temple a un niño con más robustez que la máquina y el biberón. Tal vez la presencia de la muerte que esconde un serón vacío haga que un niño se vea a sí mismo como adulto cuando su adulto le mira en el recuerdo. O tal vez simplemente el campo sea el lugar adecuado para que florezcan dos pequeñas flores como Rosa y Azucena.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Tierra de todos

 Esta mañana, parado en un semáforo camino del trabajo, sabiendo que iba a llegar tarde y con algo de resaca (ese es el dibujo de mi estado de ánimo en ese momento), un espontáneo de nacionalidad posiblemente rumana (por decir algo, no por etiquetar) me ha limpiado el parabrisas del coche ignorando mi negativa. Todo hay que decirlo, el parabrisas estaba especialmente sucio y necesitaba ser limpiado. Me resigné a buscar alguna moneda en mi cartera y comprobé con una mezcla de decepción y alivio que no tenía ni un céntimo. Ni billetes, ni nada, cero. Le enseñé la cartera por la ventanilla, disculpándome. El insistió, que tenía cambio de cinco. Supongo que estaba acostumbrado a la excusa de "no tengo cambio" y no se esperaba que no tuviera dinero de verdad. Le enseñe brevemente todos los recovecos de mi cartera mientras reafirmaba "nada de nada, nada, lo siento". Él me sonrió y me deseó suerte para mí y para toda mi familia, y en ese momento la decepción venció al alivio. Bien es cierto que por las pintas que tenía mi coche, mi cartera, y posiblemente mi cara, tal vez el espontáneo hasta reprimió la tentación de darme él una de las monedas que había recaudado en su mañana de trabajo. 
  Volviendo yo del mío esta tarde, con un billete de 50€ en la cartera, pensé si el espontáneo amable (insisto en llamarlo así, ya que no se me ocurre otra palabra para definir esa profesión) tendría cambio de 50€. Y me sorprendí pensando que no lo necesitaba, ya que si lo volviera a encontrar, se los daría enteros. Se los debía. Había limpiado mi parabrisas, que realmente necesitaba ser limpiado, sin nadie pedírselo, y había aceptado de buen agrado no recibir compensación. También es un hecho que el sol me molestaba sobremanera al conducir, brillando con intensidad en cada una de las pequeñas motas de diversas mierdecillas pegadas a la luna, y esta molestia se vio muy subsanada tras la fugaz limpieza. Una persona que había llegado a mi ciudad desde un país lejano, huyendo de la pobreza, que cada mañana se enfrentaba a las miradas ariscas de los conductores en mitad de una calle, esperando encontrar un coche que le permitiera limpiarle el parabrisas a cambio de la voluntad, había limpiado el mío (recordemos, a pesar de mi negativa) el día en que lo tenía especialmente sucio y el sol me impedía ver con seguridad, y yo conducía con prisa y resaca al trabajo. Qué no le debo a ese hombre.  
  No me voy a poner dramático con el qué hubiera pasado si no me la hubiera limpiado, posiblemente nada. Pero en el momento en que pareció no importarle que no le pagara, y aún así me dedicó una sonrisa y suerte para mi familia (segundo y tercer favor gratuito en menos de un minuto), esa limpieza pasó de ser un acto laboral a un acto de bondad a mis ojos. Qué no le debo a ese hombre. Pensé en mis 50€ otra vez. Yo "me los había ganado" trabajando honradamente, es cierto. Pero, ¿por qué mi mañana de trabajo honrado vale 50€ y la suya unas monedas? ¿El lugar en el que nací me hace más merecedor del dinero de mi bolsillo? Lo mínimo que le debía a ese hombre, eran esos 50€.
  
  Entrando ya en Oviedo, ensimismado en estos y otros pensamientos, miraba un semáforo de estos que se ponen en rojo y vuelven a abrir enseguida para que la gente circule por debajo de 50 km/h. Lo miraba con especial atención, tanta que justo cuando iba a pasar por debajo cambió a ámbar fijo y enseguida a rojo, y en lugar de pasar (como tal vez debiera haber hecho por la seguridad del coche de detrás), frené en seco. En el momento creí que era la decisión acertada. Una decisión que no iba a ninguna parte, pero cumplía las normas de circulación. Efectivamente el coche de detrás casi me pega. Al arrancar (suponiendo que había vuelto a abrir el semáforo, ya que al frenar quedé un poco pasado -en parte para evitar esa colisión- y no veía las luces del semáforo), eché la vista atrás por el retrovisor y vi que el coche de detrás tardaba mucho en arrancar. Se había llevado un buen susto. Al llegar al siguiente semáforo, bajé el volumen de la radio, ya que el hueco que había a mi lado iba a ser ocupado por el coche que casi me pega, y suponía que iba a haber discusión. Miré al frente hasta que vi por el rabillo del ojo la ventanilla de al lado bajando. Bajé la mía del copiloto.
- ¿El qué, perdona?
- ¿Qué hiciste ahí arriba chaval? ¡Casi te doy! -el semblante del otro conductor denotaba enfado. Obviamente estaba alterado, él se había llevado el susto mayor. Y yo entendí eso.
- Ya, lo siento. Estaba pendiente del semáforo y al ver que cerraba paré sin pensar, quizás deb...
- ...¡Ese semáforo abre solo hombre! ¡Abre en cuanto pasas! ¿Para qué paraste?
- Ya, ya sé para que está ese semáforo. Tal vez debería haber pasado, lo siento.
- ¡Claro! No te pegué por detrás de milagro, ¿eh? ¡Casi te como, hombre!
- Ya, ya lo sé. Lo siento mucho, disculpe.
En ese momento el conductor sonrió un poco, algo más tranquilo. Levantó la mano en señal de "disculpas aceptadas, no pasa nada", imitando mi gesto de "solicitud de disculpa". No creía todo lo que le dije. Al fin y al cabo yo frené para no pasar un semáforo cerrado, y si me hubiera pegado por detrás, sería culpa suya por no frenar él ni llevar distancia de seguridad. Pero sabía que debía terminar esa discusión de buena forma. Mucha gente se cabrea al volante, porque es muy sencillo cabrearse. No sólo es un coñazo tener un "toque" con alguien, rellenar partes amistosos o llamar a la guardia civil, y etcétera. En el fondo te estas jugando la integridad, y la de los demás. Aunque mucha gente no sea consciente de esto, estresa nuestro subconsciente. Me quedé muy satisfecho viendo cómo había puesto de mi parte para que una discusión con visos de volverse agresiva y malencarada, terminara en palabras amistosas. Estaba de buen humor. El hombre espontáneo había avivado mis ganas de ser mejor persona. ¡Qué no le debía a ese hombre!

  La última de mis reflexiones acerca de este tema en el día de hoy, entronca de nuevo al hombre espontáneo, al que de aquí en adelante llamaré Amador por razones obvias, con un pensamiento tonto que tuve volviendo a casa. Recorría el camino que serpentea por la ladera de la montaña entre acantilados, pasando por Tudela Veguín, para luego escalar entre montes y casas hasta San Estéban de las Cruces y bajar a Oviedo por el cementerio (donde se encuentra el fatídico semáforo de "reduzca a 50"). Este camino lo suelo coger los viernes, en lugar de la carretera nacional, y a pesar de ser más corto, dudo que ahorre gasolina o tiempo, pero ese no es el motivo por el que lo elijo. Simplemente, lo disfruto más. También lo cojo los días que vuelvo con sueño, ya que las curvas me ayudan a mantenerme despierto.
  Conducía, como iba diciendo, por este camino, y al ver un cartel con el nombre de un pueblo tachado, y luego otro con otro nombre distinto sin tachar, me asaltó un pensamiento digno de uno de estos humoristas de medio pelo que plagan twitter hoy en día: ¿A quién pertenece la zona que hay entre el cartel de "Aquí se acaba XXX" y el cartel de "Aquí empieza YYY"? Tierra de nadie, pensé. O tal vez algo como las aguas internacionales. Qué bonito sería pensar que fueran unas tierras internacionales, en las que tal vez no habría yates con furcias y peleas de gallos y monos con cuchillo, ni piratas, sino gente de bien, apátridas que pueblan las fronteras para que dejen de serlo. Tierras en las que no hay ley porque no se necesita, la tierra de los hombres justos, la tierra de todos. Qué bonito sería imaginar esas fronteras valladas que separan países como India y Pakistán, llenas de gente que reparte favores en lugar de alambre de espino, como pequeñas arterias que pretenden llevar un poquito de amor a todo el tejido humano. Qué bonito sería, sí, que un símbolo de desigualdad, separación y odio como es una frontera vallada, fuera llenado con gente de bien, como Amador. Que estuviera repleto de amadores, a modo de compensación. Sin duda alguna, el lugar sin nombre que hay entre señales de pueblos es el lugar que ahora habita Amador. Y esa reflexión me ha hecho escribir esto hoy. Qué no le debo a ese hombre.

martes, 5 de noviembre de 2013

La caja mágica

  El periodismo debe de ser un mundo complicado. Como tantas otras cosas, se ha visto infectado por el afán competitivo de una sociedad que dispone de tantos recursos humanos que han de ser cribados, tamizados en varios intervalos de valía. Y las pequeñas personitas, que en esta alegoría serían los granos de mineral, tratan de aferrarse a la tela del tamiz como sea, queriendo quedarse lo más arriba posible, sea ese su sitio o no. Pero que sea su sitio o no, o que separar por tamaños sea la distinción adecuada, esa es otra historia.

  Vuelvo al periodismo, y me imagino un pequeño pueblo de cien habitantes, en el que cada persona desarrolla una actividad, procurando abastecer a los otros noventa y nueve (y a sí mismo) de una necesidad distinta. Imagino ahora que en ese pueblo hay un periodista. Puede ser más o menos profesional, pero el hecho de ser el único periodista le permite al menos, si éste así lo desea, dedicarse al correcto desempeño de su profesión, que es la transmisión de información. Su deber es procurar que esta información sea relevante y veraz.
  Imagino ahora a un estudiante de periodismo, haciendo un trabajo para la universidad, un trabajo de campo que van a entregar, como él, otros noventa y nueve compañeros (por decir un número). A diferencia del pueblo de antes, los cien miembros de esta clase son todos la misma cosa. El "deber" de cada uno es destacar por encima del resto. Y tal vez al menos, en este caso la criba sea la corrección en las formas por parte del profesor (tal vez). Imagino ahora a este alumno de becario en alguna agencia de noticias, o haciendo prácticas en alguna cadena de televisión. Con otros noventa y nueve becarios en la misma cadena. Cadena que, por su parte, convive con otras nueve cadenas que se dedican a lo mismo que ella. Y esta vez la criba es el público. Es un numerito que aparece en un receptor, que te dice cuánta gente está viendo tus anuncios. Ya sabéis como va.
  Este criterio de criba, el share, baja directamente del vértice de las cadenas y agencias hasta el estudiante de periodismo, y se mantiene en todo su proceso de ascenso. Es por eso que siempre importa más sorprender, impactar, entretener, que informar. El periodismo ya se había convertido en arma política, instrumento de manipulación, propaganda. Ahora esa no es ya ni su forma más importante. Ahora es una llamada de atención, una luz de neón, un vector de mierda directa al estómago. Poco tardarán en aparecer tetas en revistas y periódicos. Incluso en más, quiero decir, por no decir en todos. Es por esto, que los estudiantes de periodismo salen a la calle a hacer una encuesta, con la idea de qué quieren que salga en lugar de qué quieren saber. Es por eso que preguntan a gente sospechosa de ser adecuada para la respuesta buscada, criban respuestas no deseadas, tergiversan las palabras o incluso inventan respuestas de la nada. Y lo peor es que esto no sólo lo hace un estudiante que quiere que le aprueben, lo acaban haciendo la gran mayoría de periodistas que quieren que les paguen un sueldo, y sus zurullos los acaban comprando los directivos que quieren venderlos a cuanta más gente mejor. Y lo peor es que todos estos están obligados de algún modo a hacer lo que hacen. Si alguno intentara hacer otra cosa, no llegaría a ninguna parte. Parece ser que Huxley tenía razón, después de todo. Han conseguido hacer la censura innecesaria atiborrándonos de información superflua, hasta que decidimos que nuestro criterio a la hora de triar la información es la diversión en lugar del conocimiento.

  Pasando de lo general a lo concreto, empezando así por la conclusión para acabar con el origen de mi inspiración, esta mañana he visto cinco minutos de televisión que me han divertido mucho (en ese aspecto, lo han conseguido, aunque no de la forma que ellos pretendían, creo), casi tanto como me han asqueado. El programa (cuyo nombre desconozco) era de AR Quintana. Hablaban en ese momento del famoso caso de Asunta, la niña de origen chino adoptada por una pareja de Santiago de Compostela, hallada muerta. He de reconocer que este caso concreto llamó mi atención en un principio (hace cosa de un par de meses, cuando se produjo), y seguí las noticias en los días posteriores al suceso. Cada nuevo detalle hacía que el caso se pareciera más a una extraña novela negra. Después de que las pruebas señalaran cada vez más hacia la posible culpabilidad de sus padres adoptivos, la policía descubrió a los pocos días un blog en el que Asunta escribía relatos en inglés. En estos relatos, según contaba el periódico en el que leí la noticia, ella y su profesora de inglés de la academia, Elisabeth Paton, eran dos detectives que resolvían casos paranormales, de fantasmas. En uno de ellos, y sólo en uno, se hablaba de dos de los fantasmas cuando aún estaban vivos. Y aunque no se hacía mención directa a la posible relación entre estas personas y Asunta, la policía rápidamente encontró posibles analogías entre éstas y los abuelos de Asunta (fallecidos, casualmente, cosa de un año atrás, precediendo a este blog). Y esto indicaba la posible culpabilidad de Rosario Porto (madre adoptiva y presunta asesina de Asunta) de la muerte, que se creía natural, de sus propios padres. Como veis, la cosa se ponía interesante. Me he explayado un poco con esta historia primero porque la considero interesante, aunque no sea relevante (pero eso es lo que vende ahora, ¿no?), y segundo para que veáis el grado de profundidad que alcanzó la noticia a los pocos días de producirse el suceso.
  Pues hoy, como os decía, periodistas del séquito de AR (voz de mando), afirmaban el gran descubrimiento que habían hecho al localizar en Inglaterra a la compañera de Asunta en sus aventuras en el blog. No era un personaje ficticio como se había creído (¿¿??), ¡sino su profesora de inglés de la academia! Noticia en exclusiva brindada por el extenso trabajo de investigación del gabinete de detectives de Telecinco.
  Mientras yo aguardaba unos segundos con la boca abierta antes de dar otro sorbo al café, para no tener que escupirlo del sabor a asco que tenía en la lengua en ese momento, prosiguieron con otras cosas interesantísimas como el análisis caligráfico de Rosario Porto, para saber (o "confirmar", recordemos que de eso va el periodismo ahora) si estaba efectivamente mal de la cabeza, supongo. AR se dignó en comentar el curiosísimo hecho de que al girar 180º la rúbrica de Rosario, aparecía un número. ¡El 701, nada menos! Qué misterioso todo. ¡Cómo no iba a estar loca! Tal parece que desde que eligió su manera de firmar ya estaba maquinando la adopción y muerte de la pobre niña. O tal vez algo peor que aún no se ha revelado. ¿Quién sabe que significado oculto, y sin duda ominoso, esconde esa cifra?
  Estas últimas reflexiones son mías, no de AR, pero bueno es lo que me han incitado a pensar con su genial periodismo. Qué maravilla de invento la televisión, esa caja mágica que es capaz de transformar cosas vulgares, comunes, irrelevantes, en enormes descubrimientos de interés nacional, incluso aunque ya estuvieran descubiertos de hace tiempo. Creemos, por desgracia, que todo lo que se dice en televisión es cierto, que está revisado una y mil veces, que esa gente es seria aunque se dedique al mundo del espectáculo. Y lo creemos aún más de la prensa escrita, en la que se pueden encontrar a menudo barbaridades, como que David Meca llegó a nado desde la península hasta Mallorca a un ritmo de 10 brazadas por segundo. Pensemos que detrás de estos medios hay gente que trabaja a un ritmo frenético con un objetivo claro por encima del rigor periodístico: sacar el show adelante como sea y en el tiempo requerido, y sobre todo, venderlo.
  En medio de este circo me despido. No sé si he sabido concretar ninguna reflexión clara, pero espero que al menos os haya sugerido algo que os haga divagar por unos minutos en sabe dios qué. Pero ante todo, no cambien de canal.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Palabras de un pacificador para los adalides de la violencia

 Está funcionando. Lo estáis consiguiendo. Leo los periódicos, veo la televisión, oigo comentarios de la gente de todo tipo. Me recorre la ira. Tiemblo de odio. Unos segundos más y caería en vuestra trampa. Pero entonces miro la cara, los ojos, las palabras de aquellos que están encendiendo las llamas. Y creo que creen estar haciendo lo correcto. Y no sé si eso es bueno o malo. Me pierdo en la confusión. El odio se convierte en impotencia. Pero al menos, ya no hay odio.

 Leo titulares que rezan "Injusticia: Del dolor de las víctimas... ...a la burla de los proetarras". Y rechazo ese odio. Veo la cara de una asesina no arrepentida que volvería a matar. Y rechazo ese odio. Quiero pensar que es innecesario fomentar el odio para mover a las masas, para vender periódicos. Quiero pensar que es innecesario fomentar el odio en nombre de la libertad, en pos del bienestar.

 También querría que todos tuviéramos un momento de reflexión antes de soltar espuma por la boca, y que cuando la soltemos sea espuma de mar, para unir las mentes de los que nos escuchan con lugares lejanos, como diría Millás. Primero de todo, conviene que entendamos como funciona la justicia. La justicia no es más que una herramienta elaborada por el ser humano para organizar la convivencia en sociedad. Es esta convivencia la que nos ha hecho avanzar tanto como especie, la que nos ha permitido tener una enorme variabilidad genética -que se traduce en una enorme diversidad de pensamientos e ideas-, y también coches, aviones, y duchas calientes. Y una de las premisas de la justicia es que ha de ser igual y transparente para todos. Son reglas de un pequeño juego, y hemos de pensar que es la aceptación por parte de todos los jugadores lo que las hacen válidas para que funcionen, y que no pueden cambiarse a voluntad del designio de unos pocos para adaptarlas a situaciones concretas, incluso aunque fuera por un fin elevado. Con esto quiero decir que las leyes son imperfectas, sí, y para eso existen legisladores. Y es válido y deseable que exista la voluntad de cambiarlas y mejorarlas, pero también es estrictamente necesario que aquellos encargados de hacer que se cumplan y apliquen lo hagan correctamente. Vayamos al caso concreto:
  En España se elabora un código penal en 1944, tras la guerra civil, que es posteriormente revisado y refundido en 1963 y 1973, entre otras cosas para añadir legislación en materia de terrorismo. ETA ya existía por aquel entonces. Y también Franco. Una gran cantidad de terroristas son juzgados bajo este código penal. En 2006 surge la llamada "doctrina Parot", que básicamente consiste en aplicar la reducción de pena sobre el total de la condena y no sobre el máximo de permanencia legal en prisión (30 años). Esta resolución pretende evitar la pronta salida de prisión de aquellos presos cuya posibilidad de reincidencia sea elevada o casi asegurada, por motivos de seguridad (especialmente en el caso de terrorismo). Al fin y al cabo, si negamos las penas perpetuas o de muerte, aceptamos la posibilidad de reinserción en la sociedad de los individuos. Recientemente (2013), una presa que (parece ser) cumplía exceso de pena respecto a la legalidad vigente cuando fue juzgada por 24 asesinatos de terrorismo, es liberada por orden del tribunal de Estrasburgo. Y añado "parece ser" porque no soy conocedor profundo de las leyes y códigos penales, pero entiendo que los miembros de este tribunal lo son. Y es más, su deber es conocerlas y procurar que se apliquen con la mayor corrección. Desde luego que la labor de un juez está sometida a cierta interpretación personal en ocasiones, pero retomando mi definición anterior de justicia, debemos recordar que lo que hace que precisamente la justicia funcione es que sus leyes sean claras e inequívocas, no sujetas a manipulación ni interpretación, y que se apliquen con diligencia y rigor. También debemos entender que la aplicación de leyes con carácter retroactivo va en contra del principio de que todos debemos conocer y aceptar las normas del juego.

  La liberación e indemnización de una asesina confesa, aparentemente no arrepentida y con posibilidad de reincidencia (esta posibilidad se puede ver más o menos mermada por el cese de la actividad armada de ETA) puede ser lamentable para el común de la sociedad, pero no por ello deberíamos culpar a aquellos que al fin y al cabo, están haciendo su trabajo. Es culpa en todo caso de una legislación contra el terrorismo que podemos considerar insuficiente, por cierto ya modificada. Y es el trabajo de todos, tanto estos mismos jueces fuera de sus puestos, como el resto de nosotros, esforzarnos por la mejora y perfección de las herramientas que utilizamos para optimizar nuestra convivencia en sociedad (lo cual es importante ya que redundará en una mejoría del bienestar de toda la humanidad, al menos según mi interpretación). Cuán mas lamentable es oír a políticos (los cuales son engranajes del sistema legal y deberían trabajar tanto para la mejoría como para el correcto cumplimiento del mismo) quejarse de verse obligados a aceptar dicha resolución. Y por tanto, también lo es que nos quejemos de que estos lo acaten, o de que un juez español ha votado en favor de una decisión tomada por relativa unanimidad.
  
  A todos vosotros, adalides de la violencia, que dedicáis vuestros esfuerzos a fomentar las llamas del odio, a exigir que vuestra opinión se cumpla por encima de la de los demás echando espumarajos por la boca en lugar de espuma de mar, os llamo a la calma. Os animo a ejercitar la comprensión. La comprensión es el primer paso hacia la resolución de conflictos de forma duradera. ¿Acaso no os dais cuenta de que vuestros rivales están convencidos de lo que hacen? ¿De que incluso aunque estuviesen equivocados, creen estar haciendo lo correcto? ¿Acaso no podrías estar vosotros haciendo lo que creéis correcto, y en un gran error al mismo tiempo? No sé si esto esta sonando a apología del terrorismo, espero de veras que mis palabras no hayan sido tan confusas. Pues vosotros, terroristas, así como simpatizantes o indulgentes, así como nacionalistas e independentistas tanto como los centralistas, por si no os habéis reconocido en la descripción precedente, releedla pues estáis incluidos, pues lleváis también en vuestro seno la semilla del odio.
  Sólo me enorgullezco de una cosa y es de haber amado. He amado a los vascos y a su tierra. He amado a los catalanes y a su tierra. Así como he amado a los portugueses, a los belgas, a los holandeses, irlandeses, colombianos, y un largo etcétera. En ocasiones también los he odiado a todos, y me he esforzado en desandar ese camino desprovisto de corazón. He amado debatir y discutir sobre los conflictos que nos enfrentan a todos, a extranjeros con extranjeros y a hermanos con hermanos, con la esperanza de llegar a un entendimiento, con la esperanza de que una palabra mía mejorara aún en lo más mínimo el mundo que me rodea. O un gesto. O un hecho. Esa es mi motivación, y me enorgullezco de esforzarme en cumplirla, aún cuando mis instintos reptiles en ocasiones me apartan de ella.
  He llorado desconsolado muchos atentados terroristas, no sólo de ETA. He lamentado profundamente una gran cantidad de titulares de periódicos de diversas ideologías y procedencias, esforzándome en evitar el odio por unos y otros. Y me he emocionado con el anuncio del fin de la violencia de ETA. Y con cada pequeña señal de que un entendimiento y una paz son posibles. He buscado mil soluciones en mi cabeza para estos conflictos, una república federal, una independencia pactada y un hermanamiento de naciones, un diálogo prolongado que nos llevara a cooperar y a entender que los asuntos de nacionalidad son secundarios y que todos podemos abogar por la cooperación realizando ciertas concesiones. He buscado mil soluciones, sí, porque me he negado a darle la razón a una parte o a la otra. Porque detesto la manera en la que cada uno defiende a sus víctimas sin mencionar a las otras, provocando precisamente que esta reciprocidad (o según como se mire, esta carencia de ella) se acentúe cada vez más. Nos obcecamos con tomar parte, porque así nos han dicho que funciona el mundo, que evoluciona y se cambia. Esta competitividad es una ley de mercado obsoleta. Disponemos de una herramienta mucho más sofisticada desde que se inventó la palabra. Nos permite llegar al acuerdo sin usar la violencia. El pasado siempre está lleno de errores, pero lo importante no es no cometerlos, sino no repetirlos.

  Ciudadanos, muchos intentarán servirse de estos conflictos. Perpetuarlos con diversos fines, nunca honorables (me atrevería a decir). Pero es realmente nuestra decisión si de verdad queremos terminar con ellos. Escuchad si queréis ser escuchados.

   La mano invisible ha muerto, sólo nos quedan las nuestras.

   -- Firmado: Un tipo 9


lunes, 26 de agosto de 2013

Páginas del Libro Morado


Eran los fieles de la religión de su estrella. Devotos. No podréis encontrar sus mandamientos escritos nenyures. Tan sólo su historia escrita en el tiempo, en el libro morado de las horas nocturnas. Vigilias. Eran niños perdidos, abandonados por una promesa ajena hecha propia. Eran héroes del presente, y canallas el resto de segundos. El vicio hecho virtud, y la virtud hecha vida. Eran. Este es su tiempo.

- del Libro Morado, I



Se movían entre cañas y barro, entre el miedo y el asco. Entre peces de hielo y sangre de dragón. Con la tranquilidad del que no espera nada, y sabe que nada le espera. La absenta era dulce y las noches amargas. Y los días peor. Y la llama siempre brillaba, más alla, sobre el hombro de Orión. Recolectores de sueños, ¡saluden al cazador!

- del Libro Morado, VI



Ocurre a veces que el tiempo se estira y se contrae y doblega voluntades y derriba los planes que parecen oponerse a la función de onda, y todo vuelve a su sitio. Y en ese momento los lugares comunes adquieren un aire de hogar, un humo de standby que para los relojes hasta que súbitamente te sorprende con el alba. Y el alba es una luz lánguida con sabor a final feliz, que te habla con nostalgia de otros finales pasados, y te susurra al oído que eres su pequeño, su favorito, que este es tu sitio.

- del Libro Morado, XIX



No fue hasta después del demasiado tarde que la penúltima se convirtió en final. Una sonrisa más, un dejarse llevar, aún queda tiempo, o al menos espacio. Y con el espacio haremos lo que queramos. Una ida y una vuelta, una sorpresa y un esperar. Esa noche fue un remolino, esa página pugnaba por ser escrita, y lo serán. Derramaba tinta sobre sí esperando que alguien le diera forma, y si no se la daba, le daba igual. Una ida y una vuelta, un sonrisa y un dejarse llevar.

- del Libro Morado, XLII

sábado, 22 de junio de 2013

El día más largo, o cómo el accesorio llegó a ser el objeto.

  Después de 8 horas en el segundo tren más incómodo del norte de España, y otras 3 horas en el primer tren más incómodo del norte de... la península, al fin estábamos allí. Pisando la arena de la Zurriola. Sobre el escenario un hombre anciano al que apenas alcanzaba a oír, seguramente debido a la gran distancia que me separaba de él. No lo conocía de nada, pero definitivamente no era un telonero o un técnico de sonido, ya que no escaseaban las ovaciones a cada canción. "A local hero", debió pensar Bob Dylan, si es que se dignó a ver la actuación tras las bambalinas. "Alguien de cierto prestigio internacional", debió pensar de Bob Dylan, sin mucho ni poco desprecio, una chica que estaba allí, pisando la misma playa que yo, y que había ido a ver a Mikel Laboa.
  Un día mi primo, amigo y maestro, que también pisaba esa playa en ese momento, me dijo que para saber si una mujer valía la pena, le preguntara si sabía quien era Bob Dylan. No es que el viejo Bobby tenga un don especial para hacerse conocer entre las mujeres de alta valía. Se refería a que si pretendía pasar el resto de mi vida, o al menos una larga temporada con esa mujer, cuando ambos volviéramos a casa por las noches, tendríamos que hablar de algo. Y con una chica que no sabía quién era Bob Dylan, poco iba a tener que hablar. Por supuesto, dijo Bob Dylan como podía haber dicho John Lennon, o Mahatma Ghandi. Probablemente él tenga una historia que contar acerca de una chica estúpida que no conocía a Bob Dylan.
  Quiso el destino que me encontrara, años después (cuatro concretamente), con esa chica que había ido a ver a Mikel Laboa -cómo si no iba a saberlo. Esa chica, por supuesto, conocía a Bob Dylan, aunque tal vez no supiera decirte el título de ninguna canción. Curiosamente, nuestras culturas musicales, cinematográficas, y demás gustos y aficiones, apenas se tocaban en contados puntos. Las fondues de queso, las ensaladas de muchos ingredientes muy aliñadas, y poco más. Y sin embargo, nunca me faltó de qué hablar con ella. Ni jamás sentí la necesidad de preguntarle si sabía quién era Bob Dylan. Algunas chicas me han hablado de Séneca, de Orwell, de Lynch, de Pi. Consideré estúpido preguntarles por Dylan. Con otras, me bastó con una mirada, una sonrisa, una lágrima. Probablemente no leas esto, pero por si lo haces: gracias.
  Pisando esa arena también estaba un gran amigo. El mismo que había hecho ese largo viaje conmigo. El mismo que merodeó por las calles de Donosti (o San Sebastián, como la llamaba por aquel entonces) durante 6 largas horas nocturnas sin ayuda de alcohol. La cuenta de las horas se estaba acercando a 24 y los nervios estaban algo crispados. Vimos cosas interesantes durante esa noche, como una pareja de extranjeros bañándose desnudos en la playa de la concha, recomendándonos en inglés no seguir su ejemplo, y luego haciendo cosas más íntimas sobre la arena. Pero la mayor parte de la horas fueron monótonas, sin más ayuda que la conversación. Al despuntar el alba, nos apuramos hacia la estación de autobuses jurando no volver a usar jamás ese horrible tren. Quiso el destino que la distribución de los puntos de información y venta de billetes en esa estación fuera caótica, y que nos resignáramos amargamente a romper nuestro juramento apenas unas horas después de hacerlo. Ya en Bilbao, buscamos la estación de buses con la esperanza de entender algo en ella, y cogimos el primer bus que salía hacia Oviedo. Un supra, por no esperar otros 40 minutos allí perdidos, anhelando el hogar. Nos lo habíamos ganado, qué coño. La cuenta de las horas ya superaba holgadamente las 24. El viaje de vuelta fue paradisíaco, con azafatas agasajándonos con viandas todo el viaje, asientos cómodos, imperceptibles vaivenes, y apenas una parada en Santander.
  Tal vez sea gracioso, o tal vez sea normal, pero recuerdo bien todos estos detalles, incluso con cariño, y apenas recuerdo qué canciones "tocó" Bob Dylan. De la gente que había en esa playa, cuyos nombres conozco, el último en la escala de aprecio es de hecho el propio Bob Dylan (tal vez, porque no conozco el nombre del cantante de Macaco, y sí el de Kira Miró). Supongo que Bob Dylan no puede decir lo mismo de mí, por no conocer mi nombre, pero no creo que su aprecio por mí ni por nadie más de los presentes en esa playa sea mucho más alto. No me lo tengas en cuenta, Bobby. Esa gente que conozco y que estuvo en esa playa, son personas excepcionales. No es que tú no lo seas, es sólo que sólo conozco tu nombre, tus canciones, y poco más.
  El final de la historia no lo recuerdo al detalle. Supongo que porque fue feliz, normal, vulgar. Imagino que llegamos a casa alrededor del mediodía, y dormimos hasta la mañana siguiente. Y a pesar de todas las horas habladas, y de la distancia que nos separa ahora, aún no se me ha acabado la conversación con ese gran amigo que me acompañó. Y que probablemente, tampoco me lea. No obstante, por si acaso, también quisiera darte las gracias por todo.
  Y para acabar, sería injusto sólo agradecer a aquellos que no están leyendo esto. Este blog tiene la gran ventaja de no tener demasiada difusión, por lo que puedo agradecer a todos los que lo leen no sólo el hecho de que lo lean, sino todo lo demás. Todo lo que hacen. Todo lo que son. Y el papel que juegan en mi vida. Tal vez sean personas normales y corrientes para el gran público, porque posiblemente no lleguen a estar sobre un escenario delante de miles de personas. Pero yo sé que no lo son, de todo menos corrientes. Apenas números en algunas estadísticas, y personajes principales en la historia de mi vida, al igual que los presentes en este relato. Probablemente, nadie que reciba este agradecimiento lo desmerezca.

Gracias