miércoles, 8 de julio de 2015

Tu Yo Inmortal

     Me han apuñalado en la barra de un bar. En algún universo, me estoy desangrando camino del hospital, empapando la camilla de la ambulancia, y apenas siento los dedos enguantados en látex en la carne herida y adormecida. La vista se nubla mientras pienso en la posibilidad de la muerte, en el libro que nunca terminaré, en la chica que no volveré a llamar, en la hermana que irá mañana a buscarme al aeropuerto y no me verá, y llorará toda la tarde. El techo de la ambulancia se desenfoca y el frío aumenta, y yo maldigo la mentira de la heroicidad de mi propia historia.
     En éste, camino despreocupado de vuelta a casa, fumando un venenoso cigarrillo, como si fuera inmortal. El tipo del puñal se ha resbalado con el charco de una cerveza, ayudado por el espín apropiado de uno de los electrones de la baldosa encharcada. La navaja me erra por un palmo, rebota en la barra, y le hace un corte en la pierna al motero de al lado, asida aún con fuerza por su dueño, e impulsada por el peso del mismo en azarosa caída. El herido agarra al caído por las solapas y le da dos sopapos, y éste en respuesta le hiere el abdomen. La gente se levanta, comienzan los gritos y vuelan las botellas. Una estalla a mi lado y una esquirla me araña un brazo, pero por lo demás, consigo salir indemne del bar, y de la trifulca.
     Camino de casa, entonces, me maravillo de mi suerte, dando caladas y lamiendo el arañazo, a ratos. Sí, tal vez soy inmortal. Ese pobre desgraciado de la ambulancia no es más que el accesorio necesario para mi inmortalidad cuántica. Y especialmente, para la de otros, como el motero herido en pierna y abdomen, que tal vez mientras yo esté en la ambulancia, se acabe su cerveza con tranquilidad. Pobre desgraciado ése también, esa persona más lejana a mí que mi otro yo, pero de una realidad más cercana, que sangra ahora en el bar para que yo camine hacia casa, fumando, lamiendo, pensando.

     Llego a casa, me descalzo, me siento en el sofá. Y me siento solo. Si mi verdadero yo es el que sobrevivirá siempre, el testigo inmortal de la improbable realidad creada para que siga su suerte, entonces qué son los demás. Ninguno es su auténtico yo. Hay un motero en algún lugar que tal vez ni sea motero, ni conozca ese bar. Hay un tipo en algún lugar que no ha resbalado, o que nunca ha tocado una navaja, y que vivirá mil años. Y yo nunca los conoceré, aunque me dé igual. Me siento mimado, y al mundo como un escenario creado para mi disfrute y goce eterno, lleno de actores a los que les ha tocado estar tristes, estar muertos, o servirme el café. Y me siento solo. ¿Cuál es la probabilidad de encontrar a un igual? ¿De que la inmortalidad de otro sea requisito para la mía? La divergencia es infinita.
     Me siento especial. El mundo es un parque de atracciones, y yo vivo como si no fuera a morir nunca, tomando de aquí y de allá. Dejando hacer al azar. Todos, mis siervos. Todos los que me cruzo y no me volveré a cruzar, y todos los que amo. Y me siento solo. Ella, ¿dónde está ella? Nunca conoceré a su yo inmortal.
     ¿Dónde estás? Me pregunto si se parece a ti, tu yo mía, tu yo mortal. Tu yo mortal de entre todas las infinitas otras tú que también morirán para hacer el escenario de sabe dios qué mendrugo de qué línea y lugar. ¿Amaría yo a tu yo inmortal?

     Deseo por un momento conocerte, a tu yo de verdad. Deseo por un momento ser marioneta de tu verdadera línea temporal, y ser herido de muerte en la barra de un bar.

jueves, 18 de junio de 2015

La última noche de Sócrates

     Un murmullo de viento lloroso entraba silbando por entre los barrotes de la ventana. Hasta el aire de Atenas se dolía por el destino de uno de sus hijos predilectos. Lo bueno de la muerte, decía él, es que no tendré que inventar excusas para huir de mi mujer. Jantipa se había retirado hacía un rato, con el rostro oculto entre las manos. Los que se sentaban a su alrededor en la fría piedra apenas podían corresponder con medias sonrisas, cualquier gesto alegre les parecía siniestro. Por supuesto, Sócrates se había despedido en privado de su mujer, con mucha tristeza. Posiblemente ambos hubieran llorado, aunque resultaba difícil imaginar ese rostro imperturbable derramando lágrimas, con la entereza que mostraba en ese mismo momento, a pocas horas de distancia de la muerte. Pero él sabía bien quién era el principal encargado de mantener la calma en ese momento, de hacer bromas, de transmitir una última lección que ya ninguno de los presentes olvidaría.
     Todas las discusiones acerca del desenlace de esa noche habían sido ya zanjadas. Ni las protestas de Teages o Aristipo acerca de la ambigüedad de esa ley, o de la injusticia interesada en su aplicación, ni los intentos de Euclides por buscar una absolución dentro del marco legal, ni el silencio de Platón; ninguna había producido ningún cambio sobre la determinación de Sócrates, y por ende, sobre el inminente desenlace.
     -No es la justicia o corrección de una ley lo que hace que deba ser respetada, o el hecho de que pueda ser interpretada con mayor o menor desviación. Es el hecho de ser ley, por definición. Dime, Teages, ¿cuál sería el propósito de las asambleas, de los legisladores, si las leyes fueran únicas e indiscutibles desde el principio de los tiempos, y conocidas por todos los hombres? Y dime, Aristipo, ¿cuál sería el resultado de que todos los hombres actuaran según su propio criterio, cada vez que creyeran que una ley fuera injusta para ellos? Decidme ambos, ¿debe una ley ser respetada por ser un acuerdo común de los ciudadanos, o por ser acorde a los principios de un hombre, en asuntos concernientes a la vida pública?
     Las preguntas de Sócrates quizás pudieran parecer ambiguas para el no iniciado, o incitar a la réplica, defendiendo el concepto universal del bien, de la justicia, de la ética personal que debía tener cada hombre que se preciara. Pero hacía tiempo que las preguntas de Sócrates ya no eran contestadas. Conocían demasiado bien a su maestro, no les hacía falta indagar en los puntos oscuros con sus respuestas para llegar a la conclusión a la que les haría llegar con sus futuras preguntas; ya sabían recorrer ese camino ellos mismos.
     -Y dime tú, Euclides. ¿Qué es para ti la clemencia? ¿En qué ayuda al justo cumplimiento de la ley? ¿Sirve acaso para salvar al inocente que es injustamente juzgado, o para darle una segunda oportunidad al culpable?
     -Para lo que sirva, tal vez lo hayan de juzgar los mismos que dictan sentencia. Pero indudablemente, es un recurso contemplado en la propia ley.
     -Y también lo es no pedirla. He sido juzgado culpable de ser un enemigo para Atenas, por razones con las que puedo disentir, pero por hechos que no niego. Dice la ley que he de morir, y como buen ciudadano, mi deseo ha de ser la muerte. Tal vez pudiera haber apelado a una pena más liviana, presentado mi defensa con una humildad y arrepentimiento que no sentía. Ambas cosas hubieran sido tratar de doblar la ley a mi antojo o predilección, ¿qué ejemplo hubiera sido ése? ¿No hubiera obrado yo, en ese caso, de manera similar al los jueces que tanto criticáis? Cada hombre tiene sus principios, y de igual modo que un buen ciudadano no debería tratar de imponerlos a la ley, tampoco debería cambiarlos o esconderlos por miedo a su castigo. No, la decisión está clara. Hablemos pues, si os parece, de asuntos más trascendentales, pues a mi parecer podrían ser mucho más apropiados y útiles en este momento.
     A muchos les costaría entender cómo un hombre tan irreverente, tan acostumbrarlo a cuestionarlo todo y darlo todo por falso de partida, hasta que se demuestre lo contrario, era tan obstinado en su deber como ciudadano, en el cumplimiento de la ley. Pero era una cuestión puramente práctica. En primer lugar, la ley era útil, había permitido el nacimiento, expansión, y gloria de su amada Atenas. En segundo lugar, un hombre puede querer cambiar una ley, pero nunca anticiparse al cambio efectivo para su aplicación. Pues, como bien sabía, un solo hombre no sabe nada, ni siquiera el conjunto de todos los hombres puede tener total seguridad de saber algo. Y por esa razón, sólo quedaba el consenso. La opinión no era conocimiento, era simplemente todo lo lejos que creía haber llegado un hombre en su saber. Es decir; la opinión no era nada.

     Sólo quedaba saber cuánto de Sócrates quedaría después de que su corazón dejara de latir, y su boca de hablar. Él creía que habría algo después de la muerte, aunque, por supuesto, no negaba lo contrario, y estaba dispuesto a escuchar y discutir puntos de vista opuestos. Así era que escuchaba con profunda atención a Fedón y a Simmias, cuando estos argüían que todo estaba ligado al cuerpo material: que había otros seres a los que también se les consideraba vivos, y nadie creía que tuvieran una vida después de muertos. Y que, del mismo modo, aquello que nos hacía especiales, la consciencia, nunca había sido observado fuera de un cuerpo material, y que por tanto, no había motivos para creer que pudiera existir lo uno sin lo otro.
     Era cierto lo que decían, decía Sócrates. También es cierto que existen ciertos conceptos abstractos, ideas, que le son familiares al hombre, sin necesitar para ello un sustento material para identificarlas. El hombre está en contacto con ese mundo inmaterial, y puede que perder su cuerpo no le prive del mismo. Todo lo que conozco, decía, lo conozco por mi propia percepción; lo material y lo inmaterial. Es mi percepción, de algún modo, lo que le da realidad y existencia al mundo, y no al revés. Tal vez el fin del cuerpo, siquiera el fin del mundo, no sea el fin de mi existencia.
     Su mundo, en aquel momento, y por todos los momentos que le quedaban, se limitaba a su celda, sus compañeros, su diálogo con ellos, y sus pensamientos. La parte material de su mundo, en aquel momento, era minúscula, y en todos los momentos que le quedaban, aún menor, en comparación con la parte inmaterial. De algún modo, tal vez estuviera realmente cada vez más lejos de su vida terrenal y más cerca de la trascendental. Tal vez estuviera más cerca de la verdad por puro instinto, y sin embargo, nunca se separaba de la lógica en todas sus intervenciones.

     Entró entonces el sirviente con la copa, seguido por Jantipa, envuelta en lágrimas. Sócrates preguntó al sirviente qué debía hacer, ya que él estaba al tanto de esos asuntos.
     -Bebe la cicuta. Levántate luego, y da unas vueltas por alrededor de la estancia, hasta que se te entumezcan las piernas. Acuéstate entonces, y espera a que te invada el sopor, hasta llegar al corazón.
     Sócrates bebió, impávido, rodeado de llantos y lamentos ahogados. El aire de Atenas volvía a sollozar por entre los barrotes. Sócrates caminó, sintiendo el frío de la piedra en los pies, y en la nariz, el olor de la rapa y el azahar que se colaba por la ventana, el de la humedad de su celda, de los cuerpos de sus acompañantes, el de la orina de la cicuta en el fondo de su lengua. En su oído los continuos sollozos de los presentes, y en su boca los reproches pertinentes. No hay razón para estar tristes, les decía, siempre he obrado con corrección. Éste es un buen final para un hombre, y espero, un buen ejemplo y lección. Las paredes comenzaron a teñirse de un naranja grisáceo con el alba, y dejó de notar el frío en los pies. Fue hacia el banco de piedra, se tumbó, Jantipa arrodillada le tomaba por una mano. Cubrió su cabeza con un paño.
     Cada vez entraba y salía menos aire de sus pulmones, pero aún el suficiente para, apartando un momento el paño, decir:
     -Critón, le debo un gallo a Esculapio. Cuídate de que se pague la deuda.

jueves, 4 de junio de 2015

La unicidad de Très

     Le dije a Très que los echaba de menos. Y ella me dijo, cuando vuelvas, echarás de menos eso.
     Qué curioso, pensé. Todo este tiempo adorando los segundos del mismo, mis preciados segundos, y ahora me doy cuenta de que lo que me faltan son vidas. No vidas consecutivas; vidas paralelas. Infinitas vidas eternas en cada rincón del espacio-tiempo, y todas ellas yo, y recordarlas todas al ir a la cama, sabiendo que todas las vidas son la misma y que en mi sueño se mezclan, por fin, todos, absolutamente todos los segundos del Universo. En cuanto a segundos se refiere, mi sana avaricia no conoce límites.
     Pero Très no quiere vivir mil vidas, con una le basta, me dice. Quiere que sólo haya una Très, dedicada a una cosa de cada vez, con una pequeña máquina de teletransporte que le haga traspasar los límites de la distancia y el tiempo, y elegir a cada vez un momento y vivirlo al máximo. Eso sí le gustaría. Estar ahora en Singapur comiendo tallarines, ahora en el Atlántico respirando la brisa de popa, ahora conmigo en una terraza, y ahora en su habitación, sola. Tener la carta completa de todos los segundos, y poder elegir uno. A Très, lo que le molesta, son los horizontes de eventos.
     Y yo pienso en decirle que más le vale que su máquina de teletransporte sea de agujeros de gusano, y no de entrelazamiento cuántico, porque entonces moriría cada vez que eligiera, y habría tantas Très como segundos escogiera de la carta. Pero le digo, ¿qué pasa con los otros segundos? ¡Te los estás perdiendo todos! Infinitas historias en infinitos sitios.
     Y Très me dice que eso es lo que quiere, que sólo haya una Très, que elija qué momento vivir por encima de todos los demás momentos coetáneos del tiempo, que sólo así esos momentos serán únicos, especiales. Bendecidos por su presencia, y benditos para ella, elevados por encima de la red continua diferencial como un impulso de Dirac de intesidad uno, y a la vez, infinita, que colapsa la función de onda a su antojo y decisión.
     Y me hace callar otra vez. Tal vez por eso a Très le guste el número tres. Nunca le han gustado las decisiones cerradas de sí o no, de blanco o negro, necesita imaginar una escala de grises y de talveces entremedias de la que elegir la tercera vía. Elección abierta, pero elección. Por eso prefiere el piedra, papel o tijera, al cara o cruz. El tres es la rebeldía del dos, el principio de la multiplicidad más allá de la línea recta. Un primo, sólo partible en unos, pero que niega la dualidad de las partes y partidos.
     Le agradezco el regalo, me enciendo un cigarro, y pienso en el suicidio cuántico. Sí, la unicidad es lo que nos hará inmortales, un sólo Universo entre infinitos de ellos, con una probabilidad ridícula, pero mayor que cero. Y una conciencia que allí sobrevive, para poder crearlo. Y el humo que sube caprichoso por caminos azarosos, trazando formas únicas, que ningún humo de otra boca o cigarro ha trazado jamás, y que siempre tendrá nuevos caminos inexplorados en otras tantas atmósferas. Sí, la unicidad me hará inmortal, y en cuanto a segundos se refiere, mi sana avaricia no conoce límites.
     Y vuelvo a mis cosas.

martes, 2 de junio de 2015

Marchito

Despertarme a tu lado se ha convertido en un proceso triste, mi amor.
Hay algún rencor que ni sé de dónde sale, pero se queda en tu cara.
Tu gestos bonitos se vuelven hostiles, y yo también, cuando simulas no darte cuenta.
Y llega el momento en que hasta odio tu risa, miserable de mí.
Tu risa, amor. ¿Te das cuenta ahora? Aborrezco tu alegría.
Yo, que me pensé adalid del amor. Que me creí inmune a tus niñerías.
Que te recuerdo cada vez que algo me gusta, y cada vez que algo me entristece.
Yo desespero al verte feliz, si no soy la causa, porque siento que nunca más lo seré.
Yo que veo en tu ciudad todos los sitios en los que alguna vez habrás reído,
y siento que mi risa no es bastante, como si compitiera contigo,
aunque a ti ganarme te importe un bledo.

Despertarme a tu lado se ha convertido en un proceso triste, ¿cómo?
¿Cómo puedo ser yo tan miserable?
Ver tu cara lo primero cada día, la única cosa que elegiría.
Y sin embargo es una tortura. ¿Cómo sería no verla, entonces?
¿Cómo de roto estaré cuando te vayas de nuevo, pero ya no vengas?
Cómo de muerto estará aquel que elige el dolor y la muerte,
cuando ni siquiera la muerte se le concede.
A tu lado es el único lugar en el que quiero dormirme,
pero todo lo demás, además de dormir, no es más que leche agria.
Tu cara, tu risa, tu fina y larga espalda desnuda.
Por favor, si te vas, no me despiertes.

lunes, 27 de abril de 2015

Nacidos para nada

     Veo en mi pantalla el inicio de Easy Rider. Dos moteros felices disfrutando de la carretera con una canción macarra, alegre, vital, sonando de fondo, incitando a beberse la vida del trago. Me fijo en el fardo que lleva uno de ellos a la espalda, con la bandera americana. En las gafas de sol, en la chupa de cuero, en el sombrero y bigote del otro. En sus motos. Y me pregunto qué les ha llevado ahí. Han ido comprando esas cosas poco a poco, construyendo su personaje. Invirtiendo en ser un tipo de persona. Me pregunto en qué momento la gente decide ser el tipo de persona que quiere ser. Miro a mi alrededor y veo mi casa vacía, casi. Unos pocos libros, todos muy distintos. Un par de botellas de Jameson vacías. Unos discos de vinilo que ni siquiera son míos. Una lámpara de estrellas destartalada, que ella me regaló. Una mesa desordenada y ropa tirada sobre una silla. ¿En qué momento pude yo querer ser motero? ¿En qué momento pude querer ser nada? Una construcción de mí mismo que observar desde fuera, de la que sentirse orgulloso, que mostrar y restregar por la cara de los viandantes que me cruzo. ¿Es eso lo que llaman ego? ¿Un juguete sexual para el onanismo mental propio, y con suerte ajeno? O acaso nuestro traje nos viene dado en la vía del yo que nos tocó vivir. ¿Y por qué a mí me tocó esta, tan aparentemente ausente de todo interés y profundidad? ¿Y por qué a ella le ha tocado admirar estos trajes, esta repulsiva capa de pintura de exteriores? Porque muestra trabajo, interés en uno mismo, refleja carácter, porque es la flor de lo que llevan dentro, me dice. Porque ella está formándose un ego más extenso, me digo. El de las cosas que hace. El de la historia que escribe con los movimientos de su cuerpo, en lugar de con palabras. De lo bonito que quedaría su personaje en una película kitsch llena de colores psicotrópicos y sucio sexo en sucios baños. La mujer terrible que todo lo devora. La mujer de los mil trajes, trajes de otros que colecciona.
     Yo quise ser para ti el hombre de los mil trajes, quise ser todos los hombres. Y sólo soy un niño desnudo. ¿En qué momento dejé la senda de ser motero? ¿En qué momento decidí vender un sentimiento? ¿Vender mil palabras en lugar de una imagen? El refranero nunca se equivoca. Y ahora quiero barniz. Algo que me quite esta peste de encima y sobre lo que poder pintar con pintura de exterior y de colores artificiales, fosforitos, capas gruesas con las que revolcarme en fangos de atrezo, que no sean ni suciedad sincera, siquiera. Suciedad es mi ciudad, y mi reino lo perdí por un caballo.

    Ella, una de ellas, me dijo que en otra vida había sido una persona importante, y de un clima cálido. Porque necesitaba tener todo bajo control, y odiaba la lluvia. Y me preguntó qué había sido yo. Y yo que no odio nada y lo amo todo, yo que no me construyo, sino observo y absorbo, entendí que estoy huérfano de pasado, y que soy primera generación. Que me había salido el 667 billones en el ticket de la cola, y me acababa de llegar el turno de bajar a la Tierra desde el reino de las almas. No hay problema, me dije, tan sólo te faltan vidas. Al final llevarás tantas capas de pintura que ni la poli te reconocerá, ni se notarán los abollones del coche. Y entonces empecé, y le dije que en otra vida, había sido Borges.

domingo, 1 de marzo de 2015

Cartas desde el Infierno

Desde el Infierno.

Querido Demonio,

Las horas pasan tristes con el palpitar de un corazón atrofiado, carbonizado por alquitrán que le ha quitado egoísta a los pulmones. Con el crepitar de huesos astillándose, clavando trozos pequeños entre las venas, inundándolo todo de sangre, de puta sangre. Sangre que el corazón yonki ya no quiere, y ha cambiado por carbonilla. El sitio no está mal, el paisaje es bonito. Lleno de recuerdos dolorosos, lleno de tiempo que a su vez está lleno de mierda. De gritos a baja voz, de miradas violentas, amenazantes. De miedo a los humanos. Está muy conseguido. Los que hablan de ríos de lava no tienen ni puta idea, ni puta idea de lo que es el dolor. El dolor no te quema los nervios para insensibilizarte, al dolor le gusta vivir, como a todo. Perpetuarse. Si no, como tú y yo sabemos bien, no estaría aquí hoy, no habría llegado tan lejos.

El chiringuito este es acogedor. No te lo tomes a mal, pero es un chiringuito. Está montado así de cualquier manera, funciona sólo porque a la gente le gusta sufrir y hacer sufrir. El dolor, amigo mío, el dolor que es más listo que el hambre, que sabe sobrevivir. Como ese parásito al que alimentas sin librarte de él. Hay pocas veces que alguien diga "más listo que el hambre" y que sea cierto, por eso precisamente se dice, el hambre hace a la gente muy lista. En cambio el dolor no, el dolor la hace imbécil, estúpida. Ya es él listo por los dos.

Te odio. Te odio visceralmente, todas mis vísceras podridas te odian sin saber si están podridas por odiar o a la inversa. Ha sido un buen trabajo, por tanto. Hay algo en el aire que me huele mal, me cuesta respirarlo. El tabaco no sabe quemar ese olor, hasta el maldito tabaco es partícipe. Todo me huele a asco, todo aquí apesta. El agua sabe rancia, y ni la mierda sale de mi culo, como si me quisiera hacer reventar por dentro. Todo lo que antes me gustaba ahora sabe a mierda, tal vez la mierda me esté llegando ya a la lengua. Todo lo que me gustaba hacer ahora es aburrido, además, me tiemblan las manos y se me da mal. Pensé en escribir, y se me llenaron las letras de odio, de asco, de miedo, de dolor. Ya lo ves. Aquí lo tienes.

Pensé que tu llegada a la meta, mi llegada al Infierno, sería más triunfal. La imaginaba llena de fanfarrias, tú levantando las dos manos con los dedos en V, y una maléfica sonrisa. Y no, qué va, fue perfecta. Tú si que sabes. Fue como tenía que haber sido, pasabas por allí saludando a la gente, y te tuve que saludar yo a ti, y tú me miraste como con sorpresa y dijiste "ah, perdona, no te había visto". Entre toda la gente que había allí, fui al único al que no viste, el único que no te llamó la atención. Sublime. Yo, que apenas sabía cómo había llegado allí, que estaba como perdido, buscando el puesto de información para turistas. Iluso de mí. Yo que creía que me iban a avisar, que alguien susurraría a mi oído "¡apocalipsis! ¡apocalipsis!", y no, fue así sin más. De repente ya estabas listo para mandarme al infierno, y allí me fui.

Me pregunto si me envidias. Me pregunto si ves a toda esa gente atormentada y, en vez de apiadarte, sientes envidia. Egoísta, claro que la debes sentir. Todo ese dolor por doquier, y tú con toda la curiosidad del mundo, preguntándote qué se sentirá. ¿O lo sientes? O tal vez seas el encargado de aquí porque eres el mayor experto, porque nadie mejor que aquel que haya sentido todos los dolores para infligir el mayor posible a cada uno, a la carta. Sí, eso estaría bien. Me gustaría creer esa mierda, imaginarte podrido de dolor por dentro, eternamente. Pero esa mierda no es la verdad. Eso sería genial para mí, pero no es como la cosa debe funcionar. El infierno no está disponible para remodelar, es como es y te lo comes, así va el juego.

Ahora empiezo a entender por qué el carcelero me dio papel y pluma, éste es otro ejercicio de dolor. Estoy superado, no veo salida, hay dolor en todo, eso era lo que me querías hacer entender. Todo lo bonito que yo amaba, que era casi todo lo que me rodeaba, ahora es asqueroso. Inútil. Desagradable. Apesta. Hacer algo apesta. Quedarse quieto apesta. Morir apesta, y no lo hago ni bien. Todo apesta, todo. Mis sudores nerviosos, que también apestan, apenas los huelo. Qué intensidad. Maldita sea, vete al infierno. Perdón, estúpido de mí. Vete al cielo. Vete a ver a toda esa gente feliz, siente que no puedes hace nada por evitarlo. Sí, podrás comprarle el alma a algún incauto, probablemente, pero no te los puedes llevar a todos. Siempre habrá gente feliz. ¡Ja ja ja! Sí, gente feliz. ¿Te duele eso? Maldito egoísta, ¿eso es lo que querías verdad? Saciar tu curiosidad. Y ahora que conoces un poco de dolor, mirarás hacia otro lado y te olvidarás de él, no hay manera de ganarte, siempre te sales con la tuya. Y con la de los demás.

Joder, cómo te odio.

lunes, 16 de febrero de 2015

Dicen (La sonrisa de Salaì)

   Dicen de La Gioconda que es el cuadro más famoso del mundo. Y dicen bien. Sería difícil contar exactamente cuántas veces ha salido ése y otros cuadros en televisión, carteles, camisetas... O más bien, cuántos ojos lo han visto y cuántas veces. Pero uno no tiene más que ir al que --dicen-- es el museo más famoso del mundo y buscarlo: esta rodeado de una cantidad ridícula de gente, constantemente, todo el tiempo que el museo permanece abierto. Se encuentra separado de su fiel público por una vitrina de vidrio, y por un mostrador de madera que mantiene la distancia mínima en unos 3 ó 4 metros. Es el único cuadro en el Louvre que posee tal privilegio, y comparte otro privilegio con el cuadro que tiene enfrente, el de disponer de una pared exclusiva para él solito. La diferencia es que el cuadro que tiene enfrente, Las bodas de Caná, de Veronese, mide 994 cm de largo y 677 de alto. Digamos que ocupa un 70% de su pared (por la altura del techo, pero para entendernos, digamos la maldita pared entera), y La Gioconda, menos de un 1%.
   Dicen de La Gioconda, que tiene una sonrisa muy misteriosa, que la magia del cuadro esta en el secreto de su sonrisa. He de admitir que jamás me ha intrigado lo más mínimo, que de hecho, a veces no estoy seguro siquiera de si sonríe (¡he ahí la magia!, dirán algunos). Creo haber oído, también, que uno de los motivos por lo que se ha hecho tan famoso, es porque el propio Leonardo lo declaró su cuadro favorito de todos los que había hecho. Y que siempre viajaba a todos lados con él bajo el brazo. Y en mi opinión, ya podría haber sido el cuadro más horrible del mundo, que si el maldito Leonardo da Vinci, genio del arte, genio en general, y autor del susodicho cuadro en particular, lo declara su favorito, todo el mundo pasará por alto los motivos (o se inventará los suyos propios, llenos de palabrería propia del gremio), y simplemente asentirá y admirará el traje nuevo del emperador. Y la verdad, puedes equivocarte o acertar, pero no me parece tan mala opción hacerle caso a los genios cuando uno no tiene ni puta idea de algo.

   Quiero ahora hablaros de un tal Gian Giacomo Caprotti da Oreno, más conocido como Salaì. Salaì fue un pintor italiano, discípulo de Leonardo. Y amigo. Íntimo. No sé si veis por dónde voy. Era su discípulo predilecto, y prácticamente su mejor amigo, además de un buen mancebo de belleza helena clásica. Lo que por cierto, lo hacía ser un modelo ideal para el estilo de las pinturas de la época, cosa que de hecho fue muchas veces, sobre todo para Leonardo. Y por supuesto, hay rumores, no sé cómo de confirmados, de la relación amorosa que mantenían entre ellos. Sí, por ahí iba.

   Mientras escuchaba esta historia, parado frente al cuadro de "San Juan Bautista" de Leonardo (cuyo modelo, por cierto, es Salaì), el rostro del cuadro me resultó familiar, y de repente una fantasía irrumpió en mi imaginación. Vi a Leonardo y Salaì tendidos en el lecho después de una cálida ración de mimos, mientras el primero acariciaba los bucles del cabello del segundo, admirando la belleza de su rostro mientras éste dormía. Entonces, Leonardo piensa que sería genial poder llevarse ese rostro en su maleta allá donde fuese (en un cuadro, nada macabro tipo Leatherface), pero que tal vez levantaría ciertas sospechas el viajar a todas partes con un retrato de su apuesto y joven aprendiz (en aquella época la homosexualidad, creo, no estaba muy bien vista). Aunque con ese pelito, y esos rasgos inexplicablemente viriles y afeminados al mismo tiempo, tal vez podría pasar por una mujer, ja ja ja... -pensaba Leonardo. Y entonces abrió mucho los ojos, y despertó a su pupilo, y con una risa nerviosa le propuso; ¿qué tal si te disfrazo de mujer y te retrato? Y a Salaì de primeras no le hizo demasiada gracia, pues en esa época, tampoco era muy normal que los hombres se vistieran de mujeres, ni seguramente estaba muy bien visto. Pero yo, en mis fantasías, me imagino las relaciones amorosas como algo muy bonito en lo que nada nunca parece mal --iluso de mí--, y al final a Salaì acabó haciéndole gracia la cosa, y llevaron a cabo esa pequeña broma en una intimidad que quedó reforzada por la misma. Y así Leonardo obtuvo su cuadro de reducidas dimensiones con el que viajaba a todas partes, para utilizarlo en la soledad de su dormitorio como él considerase apropiado. Y el hecho de que su amante apareciera vestido de mujer seguro que le daba un morbo especial, algo así como el equivalente de la época al porno duro.
   Por supuesto, Leonardo dijo que su cuadro era de una mujer real, una... noble de algún sitio, y como en aquella época no existía Google, imagino que sería relativamente sencillo que tal cosa colara sin que nadie tuviera demasiados medios para comprobarlo, tanto si la susodicha noble existía, como si su cara se correspondía con el cuadro.
   --¿Y por qué demonios te gusta tanto ese cuadro? ¿Qué tiene de especial el cuadro o la tal Lisa, si puede saberse?
   --Bueno... Digamos que... (no, no puede saberse, pero te diré que) Hay algo muy especial en su sonrisa, misterioso, cautivador. Como si sonriera por un motivo que nadie, nunca jamás, llegará a saber.
   --Hmm... Pues ahora que lo dices, y ya que eres un genio --dicen--, sí, sí que hay algo misterioso en su sonrisa. Sí. Un buen cuadro, sí. ¡Soberbio incluso, diría! ¿¡Cuánto pides!?
   --No está a la venta.
   --¡Oh!... ¡Sí! ¡Realmente soberbio, sí!
   Pero sí que había alguien que conocía el misterio detrás de esa sonrisa. Una sonrisa que el modelo casi no podía disimular, entre los nervios y emociones que manaban de una travesura y una profunda intimidad entre dos amantes secretos.
   Por supuesto, Leonardo le añadió más cosas al cuadro, como el horizonte a dos niveles, quien sabe si para justificar la unicidad y misterio del cuadro, quien sabe si porque le apeteció sin otro motivo, o tal vez para putear a todos los expertos que analizarían su cuadro hasta la saciedad en los siglos venideros, previendo magistralmente (o tal vez solo anticipándose, "por si acaso") la repercusión que esa pequeña obra tendría.

   Esta es la ensoñación, toda acontecida como una revelación al observar la sonrisa de Salaì en el cuadro que os decía, que podéis ver más abajo. Y de pronto, la guía del museo dice que existen teorías de que incluso la propia Mona Lisa pueda ser un retrato de Salaì, pero que es una teoría desechada. Y que además, sería raro que así fuera, ya que en aquella época, ni era muy normal, ni estaba muy bien visto que un hombre se disfrazase de mujer. Y entonces me desilusioné tan rápido como me había ilusionado al oírlo, pero luego pensé con rebeldía: ¿y si ni siquiera estaba vestido de mujer, y es algo que Leonardo hizo a posteriori, o puramente en la intimidad, sin modelo, y sin el consentimiento de Salaì? ¿O, y si su relación íntima sí que era tan bonita como imaginé hace un instante, y a los dos les importaba una mierda lo que pudiera pensar o decir la gente, de lo que ellos hacían en la privacidad de su estudio, o lecho? Y, por si acaso sí que les pudiera llegar a importar que, yo que sé, les quemaran en una hoguera por sodomitas (en esa época estaban muy locos, dicen), pues ya lo mantenían en secreto, y se curaban en salud. Y como a mí me gusta llevar la contraria, y sobre todo, pensar que yo tengo razón en contra de todo pronóstico, o simplemente que sé algo que nadie más sabe, seguí en mis trece, creyéndome muy listo.
   Y unos minutos más tarde estaba ante la, oh, gran Gioconda, detrás de su ridículo cristal, mostrador, y sobre todo, de su ridículamente grande marabunta de gente haciéndole fotos con el móvil. Pero entendí que era parte del encanto de ir a verla, parte del encanto de la obra, y sobre todo parte del encanto de la broma de esos dos amantes. Tomé fotos de mi hermana tomando fotos del cuadro, que se había puesto en primera fila con asombrosa habilidad zigzagueando entre perdidos asiáticos y nórdicos alzando brazos al aire. Ella se giró y me sonrió, ya éramos parte de la historia. Y entonces miré la cara de la Gioconda todo lo bien que pude a pesar de los obstáculos. Pero era ella, no era una foto en la pantalla de un ordenador o en una página satinada. Era el lienzo que había compartido la más profunda intimidad con Salaì y Leonardo. Miré a los ojos a ese rostro impostor con complicidad, y le guiñé un ojo. Y luego pensé como si me pudiera oír: conozco tu secreto. Pero tranquilo, no se lo diré a nadie. Y aquí estoy, publicándolo en internet. Pero quiero creer que ya ha pasado suficiente tiempo como para contarlo, y que la historia es bonita y merece ser compartida.

   Por cierto, una gran amiga que oyó esta historia antes de que la escribiera aquí, me regaló un libro de la Mona Lisa, que reconozco, no he leído entero. Pero me señaló una parte fundamental, en la que hablaba de las teorías el origen del cuadro, y mencionaba a una tal Lisa Gherardini, y ofrecía ciertas pruebas en favor de esta teoría. Esto había que decirlo, en honor a la verdad, pero tampoco me voy a extender más, pues en el fondo prefiero quedarme con la mía. Porque la verdad, me hablarán del sfumato y del rostro andrógino y de los horizontes a distinto nivel que resaltan más el lado masculino (o el femenino, el que sea), de que la sonrisa desaparece si no la miras o que parece alegre y amarga al mismo tiempo, o de que el cuadro brilla en la oscuridad en los años bisiestos, si se quiere, pero yo, francamente, el misterio en la sonrisa no se lo veo por ningún lado.
   Pero qué sabre yo, cuando todos dicen que lo tiene...
 

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