domingo, 1 de marzo de 2015

Cartas desde el Infierno

Desde el Infierno.

Querido Demonio,

Las horas pasan tristes con el palpitar de un corazón atrofiado, carbonizado por alquitrán que le ha quitado egoísta a los pulmones. Con el crepitar de huesos astillándose, clavando trozos pequeños entre las venas, inundándolo todo de sangre, de puta sangre. Sangre que el corazón yonki ya no quiere, y ha cambiado por carbonilla. El sitio no está mal, el paisaje es bonito. Lleno de recuerdos dolorosos, lleno de tiempo que a su vez está lleno de mierda. De gritos a baja voz, de miradas violentas, amenazantes. De miedo a los humanos. Está muy conseguido. Los que hablan de ríos de lava no tienen ni puta idea, ni puta idea de lo que es el dolor. El dolor no te quema los nervios para insensibilizarte, al dolor le gusta vivir, como a todo. Perpetuarse. Si no, como tú y yo sabemos bien, no estaría aquí hoy, no habría llegado tan lejos.

El chiringuito este es acogedor. No te lo tomes a mal, pero es un chiringuito. Está montado así de cualquier manera, funciona sólo porque a la gente le gusta sufrir y hacer sufrir. El dolor, amigo mío, el dolor que es más listo que el hambre, que sabe sobrevivir. Como ese parásito al que alimentas sin librarte de él. Hay pocas veces que alguien diga "más listo que el hambre" y que sea cierto, por eso precisamente se dice, el hambre hace a la gente muy lista. En cambio el dolor no, el dolor la hace imbécil, estúpida. Ya es él listo por los dos.

Te odio. Te odio visceralmente, todas mis vísceras podridas te odian sin saber si están podridas por odiar o a la inversa. Ha sido un buen trabajo, por tanto. Hay algo en el aire que me huele mal, me cuesta respirarlo. El tabaco no sabe quemar ese olor, hasta el maldito tabaco es partícipe. Todo me huele a asco, todo aquí apesta. El agua sabe rancia, y ni la mierda sale de mi culo, como si me quisiera hacer reventar por dentro. Todo lo que antes me gustaba ahora sabe a mierda, tal vez la mierda me esté llegando ya a la lengua. Todo lo que me gustaba hacer ahora es aburrido, además, me tiemblan las manos y se me da mal. Pensé en escribir, y se me llenaron las letras de odio, de asco, de miedo, de dolor. Ya lo ves. Aquí lo tienes.

Pensé que tu llegada a la meta, mi llegada al Infierno, sería más triunfal. La imaginaba llena de fanfarrias, tú levantando las dos manos con los dedos en V, y una maléfica sonrisa. Y no, qué va, fue perfecta. Tú si que sabes. Fue como tenía que haber sido, pasabas por allí saludando a la gente, y te tuve que saludar yo a ti, y tú me miraste como con sorpresa y dijiste "ah, perdona, no te había visto". Entre toda la gente que había allí, fui al único al que no viste, el único que no te llamó la atención. Sublime. Yo, que apenas sabía cómo había llegado allí, que estaba como perdido, buscando el puesto de información para turistas. Iluso de mí. Yo que creía que me iban a avisar, que alguien susurraría a mi oído "¡apocalipsis! ¡apocalipsis!", y no, fue así sin más. De repente ya estabas listo para mandarme al infierno, y allí me fui.

Me pregunto si me envidias. Me pregunto si ves a toda esa gente atormentada y, en vez de apiadarte, sientes envidia. Egoísta, claro que la debes sentir. Todo ese dolor por doquier, y tú con toda la curiosidad del mundo, preguntándote qué se sentirá. ¿O lo sientes? O tal vez seas el encargado de aquí porque eres el mayor experto, porque nadie mejor que aquel que haya sentido todos los dolores para infligir el mayor posible a cada uno, a la carta. Sí, eso estaría bien. Me gustaría creer esa mierda, imaginarte podrido de dolor por dentro, eternamente. Pero esa mierda no es la verdad. Eso sería genial para mí, pero no es como la cosa debe funcionar. El infierno no está disponible para remodelar, es como es y te lo comes, así va el juego.

Ahora empiezo a entender por qué el carcelero me dio papel y pluma, éste es otro ejercicio de dolor. Estoy superado, no veo salida, hay dolor en todo, eso era lo que me querías hacer entender. Todo lo bonito que yo amaba, que era casi todo lo que me rodeaba, ahora es asqueroso. Inútil. Desagradable. Apesta. Hacer algo apesta. Quedarse quieto apesta. Morir apesta, y no lo hago ni bien. Todo apesta, todo. Mis sudores nerviosos, que también apestan, apenas los huelo. Qué intensidad. Maldita sea, vete al infierno. Perdón, estúpido de mí. Vete al cielo. Vete a ver a toda esa gente feliz, siente que no puedes hace nada por evitarlo. Sí, podrás comprarle el alma a algún incauto, probablemente, pero no te los puedes llevar a todos. Siempre habrá gente feliz. ¡Ja ja ja! Sí, gente feliz. ¿Te duele eso? Maldito egoísta, ¿eso es lo que querías verdad? Saciar tu curiosidad. Y ahora que conoces un poco de dolor, mirarás hacia otro lado y te olvidarás de él, no hay manera de ganarte, siempre te sales con la tuya. Y con la de los demás.

Joder, cómo te odio.

lunes, 16 de febrero de 2015

Dicen (La sonrisa de Salaì)

   Dicen de La Gioconda que es el cuadro más famoso del mundo. Y dicen bien. Sería difícil contar exactamente cuántas veces ha salido ése y otros cuadros en televisión, carteles, camisetas... O más bien, cuántos ojos lo han visto y cuántas veces. Pero uno no tiene más que ir al que --dicen-- es el museo más famoso del mundo y buscarlo: esta rodeado de una cantidad ridícula de gente, constantemente, todo el tiempo que el museo permanece abierto. Se encuentra separado de su fiel público por una vitrina de vidrio, y por un mostrador de madera que mantiene la distancia mínima en unos 3 ó 4 metros. Es el único cuadro en el Louvre que posee tal privilegio, y comparte otro privilegio con el cuadro que tiene enfrente, el de disponer de una pared exclusiva para él solito. La diferencia es que el cuadro que tiene enfrente, Las bodas de Caná, de Veronese, mide 994 cm de largo y 677 de alto. Digamos que ocupa un 70% de su pared (por la altura del techo, pero para entendernos, digamos la maldita pared entera), y La Gioconda, menos de un 1%.
   Dicen de La Gioconda, que tiene una sonrisa muy misteriosa, que la magia del cuadro esta en el secreto de su sonrisa. He de admitir que jamás me ha intrigado lo más mínimo, que de hecho, a veces no estoy seguro siquiera de si sonríe (¡he ahí la magia!, dirán algunos). Creo haber oído, también, que uno de los motivos por lo que se ha hecho tan famoso, es porque el propio Leonardo lo declaró su cuadro favorito de todos los que había hecho. Y que siempre viajaba a todos lados con él bajo el brazo. Y en mi opinión, ya podría haber sido el cuadro más horrible del mundo, que si el maldito Leonardo da Vinci, genio del arte, genio en general, y autor del susodicho cuadro en particular, lo declara su favorito, todo el mundo pasará por alto los motivos (o se inventará los suyos propios, llenos de palabrería propia del gremio), y simplemente asentirá y admirará el traje nuevo del emperador. Y la verdad, puedes equivocarte o acertar, pero no me parece tan mala opción hacerle caso a los genios cuando uno no tiene ni puta idea de algo.

   Quiero ahora hablaros de un tal Gian Giacomo Caprotti da Oreno, más conocido como Salaì. Salaì fue un pintor italiano, discípulo de Leonardo. Y amigo. Íntimo. No sé si veis por dónde voy. Era su discípulo predilecto, y prácticamente su mejor amigo, además de un buen mancebo de belleza helena clásica. Lo que por cierto, lo hacía ser un modelo ideal para el estilo de las pinturas de la época, cosa que de hecho fue muchas veces, sobre todo para Leonardo. Y por supuesto, hay rumores, no sé cómo de confirmados, de la relación amorosa que mantenían entre ellos. Sí, por ahí iba.

   Mientras escuchaba esta historia, parado frente al cuadro de "San Juan Bautista" de Leonardo (cuyo modelo, por cierto, es Salaì), el rostro del cuadro me resultó familiar, y de repente una fantasía irrumpió en mi imaginación. Vi a Leonardo y Salaì tendidos en el lecho después de una cálida ración de mimos, mientras el primero acariciaba los bucles del cabello del segundo, admirando la belleza de su rostro mientras éste dormía. Entonces, Leonardo piensa que sería genial poder llevarse ese rostro en su maleta allá donde fuese (en un cuadro, nada macabro tipo Leatherface), pero que tal vez levantaría ciertas sospechas el viajar a todas partes con un retrato de su apuesto y joven aprendiz (en aquella época la homosexualidad, creo, no estaba muy bien vista). Aunque con ese pelito, y esos rasgos inexplicablemente viriles y afeminados al mismo tiempo, tal vez podría pasar por una mujer, ja ja ja... -pensaba Leonardo. Y entonces abrió mucho los ojos, y despertó a su pupilo, y con una risa nerviosa le propuso; ¿qué tal si te disfrazo de mujer y te retrato? Y a Salaì de primeras no le hizo demasiada gracia, pues en esa época, tampoco era muy normal que los hombres se vistieran de mujeres, ni seguramente estaba muy bien visto. Pero yo, en mis fantasías, me imagino las relaciones amorosas como algo muy bonito en lo que nada nunca parece mal --iluso de mí--, y al final a Salaì acabó haciéndole gracia la cosa, y llevaron a cabo esa pequeña broma en una intimidad que quedó reforzada por la misma. Y así Leonardo obtuvo su cuadro de reducidas dimensiones con el que viajaba a todas partes, para utilizarlo en la soledad de su dormitorio como él considerase apropiado. Y el hecho de que su amante apareciera vestido de mujer seguro que le daba un morbo especial, algo así como el equivalente de la época al porno duro.
   Por supuesto, Leonardo dijo que su cuadro era de una mujer real, una... noble de algún sitio, y como en aquella época no existía Google, imagino que sería relativamente sencillo que tal cosa colara sin que nadie tuviera demasiados medios para comprobarlo, tanto si la susodicha noble existía, como si su cara se correspondía con el cuadro.
   --¿Y por qué demonios te gusta tanto ese cuadro? ¿Qué tiene de especial el cuadro o la tal Lisa, si puede saberse?
   --Bueno... Digamos que... (no, no puede saberse, pero te diré que) Hay algo muy especial en su sonrisa, misterioso, cautivador. Como si sonriera por un motivo que nadie, nunca jamás, llegará a saber.
   --Hmm... Pues ahora que lo dices, y ya que eres un genio --dicen--, sí, sí que hay algo misterioso en su sonrisa. Sí. Un buen cuadro, sí. ¡Soberbio incluso, diría! ¿¡Cuánto pides!?
   --No está a la venta.
   --¡Oh!... ¡Sí! ¡Realmente soberbio, sí!
   Pero sí que había alguien que conocía el misterio detrás de esa sonrisa. Una sonrisa que el modelo casi no podía disimular, entre los nervios y emociones que manaban de una travesura y una profunda intimidad entre dos amantes secretos.
   Por supuesto, Leonardo le añadió más cosas al cuadro, como el horizonte a dos niveles, quien sabe si para justificar la unicidad y misterio del cuadro, quien sabe si porque le apeteció sin otro motivo, o tal vez para putear a todos los expertos que analizarían su cuadro hasta la saciedad en los siglos venideros, previendo magistralmente (o tal vez solo anticipándose, "por si acaso") la repercusión que esa pequeña obra tendría.

   Esta es la ensoñación, toda acontecida como una revelación al observar la sonrisa de Salaì en el cuadro que os decía, que podéis ver más abajo. Y de pronto, la guía del museo dice que existen teorías de que incluso la propia Mona Lisa pueda ser un retrato de Salaì, pero que es una teoría desechada. Y que además, sería raro que así fuera, ya que en aquella época, ni era muy normal, ni estaba muy bien visto que un hombre se disfrazase de mujer. Y entonces me desilusioné tan rápido como me había ilusionado al oírlo, pero luego pensé con rebeldía: ¿y si ni siquiera estaba vestido de mujer, y es algo que Leonardo hizo a posteriori, o puramente en la intimidad, sin modelo, y sin el consentimiento de Salaì? ¿O, y si su relación íntima sí que era tan bonita como imaginé hace un instante, y a los dos les importaba una mierda lo que pudiera pensar o decir la gente, de lo que ellos hacían en la privacidad de su estudio, o lecho? Y, por si acaso sí que les pudiera llegar a importar que, yo que sé, les quemaran en una hoguera por sodomitas (en esa época estaban muy locos, dicen), pues ya lo mantenían en secreto, y se curaban en salud. Y como a mí me gusta llevar la contraria, y sobre todo, pensar que yo tengo razón en contra de todo pronóstico, o simplemente que sé algo que nadie más sabe, seguí en mis trece, creyéndome muy listo.
   Y unos minutos más tarde estaba ante la, oh, gran Gioconda, detrás de su ridículo cristal, mostrador, y sobre todo, de su ridículamente grande marabunta de gente haciéndole fotos con el móvil. Pero entendí que era parte del encanto de ir a verla, parte del encanto de la obra, y sobre todo parte del encanto de la broma de esos dos amantes. Tomé fotos de mi hermana tomando fotos del cuadro, que se había puesto en primera fila con asombrosa habilidad zigzagueando entre perdidos asiáticos y nórdicos alzando brazos al aire. Ella se giró y me sonrió, ya éramos parte de la historia. Y entonces miré la cara de la Gioconda todo lo bien que pude a pesar de los obstáculos. Pero era ella, no era una foto en la pantalla de un ordenador o en una página satinada. Era el lienzo que había compartido la más profunda intimidad con Salaì y Leonardo. Miré a los ojos a ese rostro impostor con complicidad, y le guiñé un ojo. Y luego pensé como si me pudiera oír: conozco tu secreto. Pero tranquilo, no se lo diré a nadie. Y aquí estoy, publicándolo en internet. Pero quiero creer que ya ha pasado suficiente tiempo como para contarlo, y que la historia es bonita y merece ser compartida.

   Por cierto, una gran amiga que oyó esta historia antes de que la escribiera aquí, me regaló un libro de la Mona Lisa, que reconozco, no he leído entero. Pero me señaló una parte fundamental, en la que hablaba de las teorías el origen del cuadro, y mencionaba a una tal Lisa Gherardini, y ofrecía ciertas pruebas en favor de esta teoría. Esto había que decirlo, en honor a la verdad, pero tampoco me voy a extender más, pues en el fondo prefiero quedarme con la mía. Porque la verdad, me hablarán del sfumato y del rostro andrógino y de los horizontes a distinto nivel que resaltan más el lado masculino (o el femenino, el que sea), de que la sonrisa desaparece si no la miras o que parece alegre y amarga al mismo tiempo, o de que el cuadro brilla en la oscuridad en los años bisiestos, si se quiere, pero yo, francamente, el misterio en la sonrisa no se lo veo por ningún lado.
   Pero qué sabre yo, cuando todos dicen que lo tiene...
 

http://www.biografiasyvidas.com/monografia/leonardo/fotos8.htm

sábado, 3 de enero de 2015

El Demonio que Amo - Capitulo 2: El Cerco

      Desperté a la mañana siguiente con una buena resaca. La impronta de la desconocida seguía en la funda de mi almohada, en forma de cerco de baba. Según las brumas del sueño se levantaban, el contorno del cerco se volvía cada vez menos humano, y más simple baba. En mitad de todas las frases y pensamientos inconexos que fabrico en los primeros minutos de mi despertar, comencé a creer que tal vez Ella hubiera formado parte de mi sueño. De esto no puedo estar seguro ni siquiera ahora, pues ha venido a mí desde ambos reinos, y puede que desde más que no sabría nombrar. Estas cosas pensaba, en una deriva temporal difícil de explicar, mientras me cepillaba los dientes.

      Una vez que estuve totalmente despierto, el recuerdo de la chica divertida dejó de atormentarme. Más pruebas a favor de su origen onírico, anoté en algún rincón de mi cabeza. Y si fuera real... si fuera real, no me debería ni importar. Hice un repaso a mi vida sentimental pasada, ella no encajaba en ningún sitio. Cierto es que cuando recuerdas el pasado, ningún elemento del futuro tiene cabida en él. Puedes perder el tiempo todo lo que quieras imaginando situaciones que no se darán jamás, como que vuelvas a ser el mismo que fuiste en algún momento. No, jamás. Con todo lo que ello implica. Pero esta recapitulación tuvo una consecuencia nociva inesperada. Al mirar atrás, no veía más que rechazo.
      Puedo explicar esto de mil maneras para quedarme más tranquilo, pero por mucho que algo se razone, nunca podrá llegar a domar a una emoción. Por ejemplo; yo era una persona que tenía miedo al cambio, a la pérdida, es por eso que nunca iba a ser yo el que terminara algo, aunque mi situación podría haber llevado a ello en muchas ocasiones. No es que hubiera nada malo en mí, simplemente no era mi papel. Vale, pero seguía rechazado. Ya, también es verdad que antes de que me dejaran, yo había pensado ya en hacerlo algunas veces. Vale, pero no lo hiciste. En el fondo lo termine uno u otro, las cosas casi siempre tienen fecha de caducidad. Las personas se cansan unas de las otras, o incluso se siguen queriendo pero necesitan comenzar nuevas etapas. Ya... pero siempre lo termina el otro, ¿no es cierto? Bueno, venga, no te obsesiones, que tú también has dejado a gente. Tal vez no de forma tan explícita como "estamos saliendo, tenemos algo firme, pero yo quiero terminarlo. Se acaba aquí, no me llores", pero sí dejar de llamar, perder el contacto, pararlo antes de que sea tarde. Esa es tu manera, ¿verdad, mierdecilla? El camino fácil, hay cosas que no empiezas por que no tendrías huevos de acabarlas. De hecho, dime, ¿cuántas cosas has acabado en tu vida? Ya sean relaciones, libros, proyectos personales... Platos de comida y jarras de cerveza, eso sí que se te da bien, ¿verdad?
      Estaba divagando otra vez, y el sentimiento de rechazo seguía ahí. No podía evitar sentirme extraño. Algo había en mí que los demás veían cuando se acercaban lo suficiente, que producía rechazo. O bien algo me faltaba, una carencia que notaran. Siempre me he sentido raro, diferente, como si todos los demás supieran algo que yo no sé. Una manera de hablarle a los desconocidos, de caer simpático, desde la cercanía de la igualdad. No como un bufón o como un sumiso. No como un arrogante que parece más seguro de sí de lo que de verdad está. Una cercanía en la que rápidamente uno se siente a gusto, cómodo para ser uno mismo, no una charla ingeniosa cogida con pinzas, en la que temes constantemente que se va a acabar el hilo. Después de esto no se te va a ocurrir otro comentario genial, farsante. Aquí se acaba. Entra dentro a pedir otra copa, antes de que todo el mundo se dé cuenta de lo vacío por dentro que estás.

      ¿Qué pensarían las personas a las que yo rechacé? ¿Que había algo malo en ellas, también? Claro que lo había, si no llegaron a ningún sitio, es porque no pasaron mi filtro. Y ellas tendrían otros filtros, y tampoco se acordarían de las personas que rechazaron mientras pensaban en por qué dejé de llamarlas. ¿Y mis relaciones largas, había pasado yo su filtro? Supongo que sí. Entonces volvemos a lo mismo, estábamos en igualdad de condiciones, y fueron ellas las que me rechazaron al final. Ellas. Final. Las dos palabras que realmente cuentan.
      Los pensamientos se arremolinaban en mi cabeza al ritmo del ruido del agua de la ducha golpeándola. Luego eran escupidos en alguna dirección extraña para dejar paso al siguiente, y se iban por el desagüe arrastrados con el agua, y ya no los podía recordar. Filtros, algo de filtros. No, no, sólo estás evitando el tema del rechazo. Eres un minusválido social, te cuesta relacionarte con la gente, ellos saben algo que tú no, buscan algo que no tienes. En eso estabas. Jódete un poco, no pasa nada, nos pasa a todos. En eso sí eres igual. No, no, otra linea al desagüe, tuviste tu momento, volvamos a los filtros. Ella. Ella, la chica divertida, no pasaba mi filtro. Alégrate al menos por eso. Sabes que la deseaste porque era bonita, porque era llamativa, porque parecía distinta. Porque creíste que sólo tu veías su encanto debajo de toda esa borrachera y ese peinado y esos harapos. Pero sólo querías un revolcón, y hubieras sentido que le hacías un favor. ¿Ves? No está tan mal. Una chica bonita, que te ha llamado la atención como para que soñaras con ella --que dicho de paso, tampoco es que sea un logro hercúleo, sueñas todo tipo de mierda con todo tipo de gente--, y sin embargo no pasa tu filtro. Estás por encima. No hay nada malo en ti, esto es sólo un juego de gente encajando.

      Bien, alegría. Sábado por la mañana. Sal de la ducha y come algo para pasar la resaca. Y bebe mucho agua, eso siempre va bien. Ve a ver la tele un rato, descansa. Te lo has ganado, has escapado a la tristeza y al rechazo de ayer muy hábilmente, a pesar de la culpabilidad y automartirio propio de las resacas. Comprobé el móvil, una vez sentado en el sofá. Había algunos mensajes esperando, chistes malos, recuerdos de la noche pasada, propuestas para la noche siguiente, mi madre, que si estaba bien. Qué le hará pensar a esta mujer todo el tiempo que estoy mal. Un mensaje de Presno, mi amigo Presno. Mi alma gemela Presno. Con él nunca me faltaba nada, la carencia desaparecía. Nada de lo que decía estaba fuera de lugar. Veamos, ¿qué coño querrá ahora?
      Tenía problemas con su chica. Otra vez. Y yo le decía, otra vez, que tenía que ser comprensivo, que tenía que ser transigente. Quererla así, ceder siempre él. Hay veces que las mujeres no necesitan justificaciones, explicaciones racionales, sino sólo comprensión. De hecho, rara vez necesitaban algo racional. Ellas tenían su razón propia (cada una la suya, tal vez), y no había por qué entrar ahí a cambiarla y a dejar los planos lisos y los ángulos rectos. Había que amar su arquitectura tal y como era. Qué fácil era dar los consejos desde fuera. A mí estas cosas no me pasaban, no había tenido ese tipo de problemas con las mujeres, porque ese tipo de locas no pasaban mi filtro. Por lo que yo recordaba, siempre había conseguido llegar a acuerdos con mis parejas. Exacto, no debía preocuparme, porque yo era un tipo estable y seguro, y chicas como la chica divertida, o la novia de Presno, no llegarían a nada serio. Me cansaría antes, dejaría de llamarlas, haría bomba de humo. Y entonces Presno me decía que ya había intentado todo eso, que ya había sido amable, ya le había jurado amor eterno. Que la había intentado comprender. Cómo pude haber dudado de ello, otra vez. Yo jugaba con la calma de la perspectiva, podía ver la situación con claridad, sin la cortina sentimental de por medio. Pero él era hábil de sobra, todo lo que yo le decía, lo sabía. Aunque eso no quiere decir que no ayudara oírlo. Qué más podía decir, estas cosas pasan, a veces necesitan atención, tienen dudas, esta claro que ella te quiere. Capea el temporal y espera a la calma, supongo que es una situación con la que tendrás que convivir mientras dure.
      Cuando salí de casa, ya me sentía un poco mejor. Como si pudiera tener la tranquilidad de abrirme al mundo, exponerme, y confiar en que mi filtro inconsciente me alejara de todos los males y peligros, y demás quebraderos de cabeza. Mi vida sentimental hasta ahora había sido poco ajetreada. Pocas discusiones, pocos celos, pocos cuernos. Y mucha comunicación, o eso creía. Así que me decía; vamos niño, eres joven, eres fuerte, eres bueno, aquí todos dudan de sí mismos y se apuñalarían entre ellos por un pequeña oportunidad de rozar lo que realmente quieren. Y tú tienes una gran fortaleza, que no quieres nada. ¡Qué afortunado que eres y que has sido siempre! Si en el fondo nunca perdiste nada que quisieras tuyo para siempre. Sí perdiste con pena, eso es inevitable. Pero, ¿cambiarías todo lo que tienes por algo de lo que perdiste? Claro que no. Regocíjate pues, y lucha por lo que está por venir, lo que has de tener.

      He de hablaros ahora de la estabilidad, de la facilidad. De mi vida en aquel entonces. Tenía un trabajo que no quería tener ni dejar. Mis conocidos me decían ¡afortunado tú!, y yo pensaba, sí, claro que soy afortunado, pero no por tener trabajo, quienseas. Pero podía entenderlo, la gente parecía querer trabajo a toda costa, como primera meta en la vida. Porque yo sabía que no todos lo decían por necesidad, se decía porque era lo que había que decir. Había poco trabajo y gente que pasaba hambre, o eso repetían la tele y los periódicos, incansables. Lo políticamente correcto era afirmar que era una suerte, un tesoro, tener trabajo en estos días. Veías a pobres señores mayores en la tele, en alguna manifestación, protestando porque habían perdido el trabajo que llevaban haciendo veintitantos años. Y probablemente, el único que sabían hacer. Le gritaban a la cámara, ¡queremos un trabajo! ¡Queremos trabajar!. Y yo los veía, pantalla de por medio, y no es que no me compadeciera, pero pensaba de ellos que eran unos hipócritas. O unos imbéciles. Yo, lo que quería, era dinero. Mientras no me lo fueran a dar por lo que hacía a diario fuera del trabajo (es decir, a regalar), tendría que vender parte de mi tiempo, mi adorado tiempo, a cambio de valioso y preciado dinero. En mi época de joven idealista, me hubiera odiado por ello. Estaba convencido incluso de la necesidad de su abolición para que el ser humano dejase de ser avaro. Qué equivocado estaba. La avaricia era un problema. Tal vez una adaptación evolutiva, pero una que no me gustaba. Pero el dinero no era un problema, era un gran invento. Una unidad métrica. ¿Qué medía? Todo, maldita sea. Cómo va a ser mal invento. Lo necesitas para vivir, o al menos para no vivir como un salvaje. Eso quería yo, eso querían todos; dinero. Querer dinero es como quererlo todo. Todo lo que puede pagar, y todo lo que atrae, que abarca todo lo que hay desde la ionosfera hacia dentro. E, incluso, algunas parcelas de la Luna, pero eso son sólo chorradas.
      Yo no era ningún materialista. El dinero no era mi máxima prioridad. Nunca me había faltado ni me faltaría, al menos al medio plazo. Pero al fin y al cabo, lo poco que cobraba me acercaba a cosas que quería y disfrutaba. Por eso no podía dejar mi trabajo, era difícil renunciar a ello. Aunque viera como mi futuro se desdibujaba a cada mes que pasaba en aquel agujero, escondido. No pasa nada, me decía, pronto habrá algún cambio, o tal vez empieces algo en paralelo, algún proyecto personal con el que sin duda te harás rico. Y ese momento nunca llegaba. Hasta ahí la estabilidad.
      Mis amigos, o las personas cercanas, aquellas que me conocían más que los simples conocidos, me decían que a ver cuando lo dejaba, que merecía algo mucho mejor, que no era mi sitio. Y tenían razón, tal vez. Al menos hasta donde uno puede prever, y basándose en lo que la sociedad espera de ti, lo que considera el éxito, ese no era mi sitio. Pero ellos no entendían que todo lo que había tenido en la vida, lo había conseguido sin mover un dedo. Bueno, claro que había movido dedos, y demás articulaciones y apéndices. Pero para mí, yo había caminado distraído a la deriva por la vida, y había ido chocando con sorpresa contra troncos de árboles que hace cinco segundos hubiera jurado no estaban ahí. Y a veces, cogía una fruta de ellos, y a veces no, tal vez porque no tenían. Pero siempre acababa igual, bordeaba el árbol y seguía mi camino sin camino. Siempre he dicho que las metas hacen camino, que ayudan a andar, y que lo importante es andar, el camino, no tanto la meta. Y creo que nunca he tenido ninguna. Ni, claro está, camino. Pero he andado sin más, y no se está tan mal. Hasta ahí, la facilidad.

      Fin del camino. Basta de divagaciones. Había llegado a la puerta del Botero. No sabía qué me esperaba dentro, pero sí que alguien me esperaba. No quién, pero si de dónde. De allí. De la religión del Sagrado Pilar. Abrí una puerta y allí estaba Axel, detrás de uno de los ventanucos de la segunda puerta. No me dedicó más de un segundo de mirada, ni siquiera unas décimas más de complicidad, se giró enseguida hacia los estantes por su derecha. Y yo sabía por qué. Abrí otra puerta, y allí estaba el bar. El Pilar. Rostros levemente conocidos, que seguramente lo serían más con el paso del tiempo, rostros más conocidos tal vez detrás del Pilar, en el rincón encantado. Allí estaban, sí. Abrazos, besos, palmadas. Me giro hacia Axel y sostiene un vaso, ya sabéis, uno de esos míticos vasos rectos y bajos, como de whisky. No sé si sabéis, pero el sí sabía. Claro que sabía. Era una asignatura troncal para los caballeros moteros de la sagrada orden de los barmen. Pero resulta que Axel no era motero, ni barman. Caballero sí, por supuesto. Era un tipo que había sido comercial, había vendido y ganado a espuertas, había exprimido la vida y luego, en las vacas flacas, había montado un bar, porque claro que debía montar un bar. Y aunque no me lo dijo, supe notar que no había montado un bar para que vinieran los coleguitas, para ganar pasta, para el puro estatus de tener un bar. Se había embarcado en un proyecto, y quería cuidar hasta el más mínimo detalle y hacerlo bien, lo mejor que podía. Claro que el proyecto no era una fábrica de cajas de cartón, era algo que molaba más. Eso ayudaba. Pero hay una diferencia entre la pasta fácil y rápida, y hacer las cosas bien. Y sabía perfectamente en qué lado de la línea estaba Axel. Lo cual me reconfortaba. Porque rodearnos de gente auténtica siempre reconforta, todos tenemos un poco de vampiros psíquicos. 
      Lo más bello de todo esto, es que cuanto más conocía a Axel, a Carla, o a quien estuviera ahí puesta, más normales parecían. Más cercanos. En su día me parecieron sacados de una película, pero una vez sacados y que estaban fuera, eran gente normal. Ninguna sorpresa ahí, supongo. Pero lo bello de esto, como decía, es que así ganaban encanto, en lugar de perderlo. Lo cierto es que llegué a conocer a Carla bastante de cerca, tal y como había imaginado muchas veces. En un marco no tan romántico como el imaginado el primer día, y más parecido a los siguientes, pero no carente de encanto. Nos sonreíamos demasiado como para que no acabara pasando nada, y yo pensaba en qué manera podía empezar el juego. Ofreciéndole sitio para dormir, tal vez. Ella era de otra ciudad. Cuando salía de trabajar, se iba a coger el primer bus de la mañana, o bien se quedaba en casa de un amigo o amiga. Era sencillo, sólo había que decirle si tomaba algo después de cerrar, y ya se vería luego, o si ponía alguna traba por motivo de su vuelta a casa, ofrecerle posada. Muy sencillo, sobre el papel. Y creía contar con el favor de que estaría dispuesta a decirme sí, por ser yo. Y por algún motivo, nunca se daba tal situación. Tal vez me iba antes del cierre, tal vez no surgía el momento de hablar tranquilos, tal vez no veía ocasión porque me faltaban cojones. Entonces apareció un árbol en mitad de la noche, un árbol que hubiera jurado no estaba ahí hace cinco segundos, tal vez por lo oscuro que estaba. Y estaba cargado de fruta hasta las puntas de las ramas. De hecho, alguna ya se desprendió por el solo hecho de chocar contra él.
      Carla jugaba a un juego en su móvil en los ratos muertos, y desde una esquina de la barra reconocí la pantalla. Yo jugaba al mismo juego, y todo sea dicho, era muy bueno. Me guiñé un ojo a mi mismo. Nexo de unión y alarde de pavo en la misma jugada. La llamé.
      --¡Ey! ¿Qué estas, jugando al Trivial, no?.
      --Síii, ¿por? --siempre con la mejor de sus sonrisas, con su boca enorme que le llegaba casi hasta las orejas.
      --Yo también lo tengo, ¿quieres que te pase mi usuario y me añades?
      La sonrisa se ensanchó mucho más, si cabe, la mirada se clavó en mis ojos, la cabeza se bajó ligeramente, me oteaba atenta y a la vez me decía con su gesto pícaro que sabía a qué juego estaba jugando, y no era el trivial. Sí, espera, y se fue a por un papelito y un boli. Y yo le escribí mi nombre de usuario. Y luego se lo acerqué envuelto en un pequeño rollo.
      --Te advierto que soy asquerosamente bueno --y le ofrecí el papelito.
      Me alejé y me senté a observar y esperar. Se fue a un rincón de la barra, lo abrió con esmero, y al leer lo que ponía, se le borró la sonrisa. Me miró de refilón, aguantó un segundo, y con un resoplido suave se puso en movimiento de nuevo, a recoger botellas vacías y servirlas llenas. Llevaba cara de decepción. Eso me contrarió un poco, pero estaba bastante bebido como para no reaccionar en el momento. Ni que me importara tanto. Pero sí, me importaba. Pensaba en ello más de lo que dejaba ver, lanzando dardos y dando sorbos y mirando al infinito sonriente y despreocupado.
      Cuando fui a la barra, a cambiar mi vaso vacío por uno lleno, ella me puso en una mano un vaso lleno y en la otra un rollo de papel. El rollo de papel que yo le había dado. Lo miré, la miré. Sonreía. Sonreí. Desenrollé el papel allí mismo, delante de ella. Había un número de teléfono. Me sentí un poco tonto, comprendí que eso era lo que ella había esperado. Pero no tanto, nunca se lo había prometido, el contacto estaba hecho, y no hacía falta ser demasiado obvio. Pero sí, ella tenía razón. Yo era un gran fan de la obviedad. La obviedad era una gran aliada de la facilidad. Así que tal vez ella tenía razón, y yo era el tonto. Pero no pensaba seguir siéndolo. Subí la mirada del número a ella, y mantuve la sonrisa. Le pregunté si tomaba algo después de cerrar. Me dijo sí. Las palabras viajaban por el aire, pero hablaban las sonrisas. Estaba todo dicho. Estaba tan sedado de alegría y facilidad, que apenas era consciente del show que estaba montando Vile en el bar. Se había pasado bebiendo, había tonteado con un antiguo ligue que estaba en el bar, se echó medio atrás porque ella estaba muy colgada, de alcohol, según parecía. Sus amigos la metieron en el baño, creo que para drogarse con algo que la despertara. A Vile eso le crispó los nervios, los llamó basura, no por las drogas, sino por el pobre trato que le estaban dando a su amiga, en lugar de llevarla afuera a tomar el aire, o yo qué sé, a casa. Casi tuvimos que separarlo entre Don y yo, pero salió Axel de la barra, porque ese era su bar, sus normas. La presencia de Axel tuvo un efecto muy tranquilizante sobre Vile. De repente era consciente de dónde estaba, de lo correcto, de los modales. Levantó las palmas de las manos, con los ojos muy abiertos, extremadamente abiertos, y mirando al suelo, a los lados, a Axel, y se le cerraban un poco con respeto. Luego se le abrían enseguida, porque ahora el que estaba empezando a estar como una cuba, era él. No los abría por locura o cabreo, estaba intentando ver algo, algo un poco menos borroso y doble.
      Los amigos de la chica fueron a meterla en un taxi, y ella, sentada ya en el asiento, abrió la puerta en marcha y se bajó, y salió corriendo dirección al bar, de nuevo. Porque parece ser que ya se encontraba un poco mejor, y no había motivo para irse a casa, y no iba a dejar escapar a Vile. ¡Qué tía! Era de esas que no pasarían mi filtro, me dije. Una noche sí, dos tal vez. Pero una de esas noches yo le diría, lo siento, estás demasiado loca, joder. Pero las palabras exactas serían, más probablemente; bueno, ya te llamo, si eso. Ya nos vemos. Soy un espíritu libre, no quiero nada serio. Vernos sí, esta bien, pero nada serio. Soy un gilipollas, cuenta con ello. Hoy no me viene bien, ya te llamo yo otro día. Pero no silencio, no era de los que dejaban a la gente con la palabra en la boca.
      Pero al final, Vile se le escapó. Llegó al bar, fue a hablar con él. Él levanto la vista y la vio apenas. La cabeza se le volvió a caer en el pecho, masculló un "lo siento" que sólo escuchó el botón de su camisa, y luego Don le alzó por las axilas y se colgó su brazo del cuello, y se lo llevó de allí. Me palmeó el hombro antes de irse, oye, que este tío está muy mal, que se lo llevaba a casa. Yo, feliz, ignorante, mal amigo, agarraba la barra con la ilusión del niño que era. Esperaba a Carla, esperaba al cierre. Melune, la chica loca que estaba dejando escapar a Vile, me vino a llorar al hombro, y yo la consolaba. Que si le gustas, pero estaba muy mal, ¿no ves cómo se preocupó por ti? No, que coño ibas a ver, si estabas más ciega que él ahora. Y ella, con aquellos ojos, ebrios pero menos, vidriosos, me dice que ella sólo quiere que alguien la folle, que si es tan difícil. Y yo le digo que no, que qué va a ser difícil, que habría muchos que querrían. Y ella ladea la cabeza, sólo un poco. Y amaga una sonrisa, sólo en una de las comisuras. Y me sigue mirando con sus ojos vidriosos.
      --Oye, Melune, que Vile es mi amigo.
      --Bueno, y qué, él no quiso, ¿no? --y hacía pequeños gestos extraños, apretaba ligeramente los labios, alzaba las cejas entrecerrando los ojos, movía la cabeza como negando algo que nadie había dicho. Un quiero y no puedo de cara mimosa, bastante impedido por sus aires borrachos, que era lo único que yo veía. --Se fue... Me dejó vendida... Si él no quiere...
      --No, mira... No. Lo siento, chica, pero te acabas de comer los morros con mi colega, joer, y bueno, aparte, quedé con la camarera luego para tomar algo.
      --Vamos, que tú tampoco quieres follarme.
      Alejé un poco la cara de la suya, y la miré con una mezcla de compasión y reprobación.
      --Oye... --dije, y mantuve la mirada y el gesto, esperando que ella se diera cuenta de lo obvio y dijera "está bien", o algo por el estilo, que se diera por vencida. Pero no, claro que no, ni yo debería haber sido razonable con ella. Continuó con sus muecas de niña estimulada y deseable.
      --Pues no, mira, no quiero.
      Alzó un poco más las cejas, abriendo esta vez bien los ojos en lugar de cerrarlos. Tenía una mirada como de desprecio, de enfado. Pero yo conocía bien la sensación que había por dentro. Rechazo. No sentaba bien, aunque lo estuvieras esperando, aunque te hubieras dicho a ti mismo segundos antes que no importaba. Siempre había algo de vergüenza, algo incómodo que hacía que te temblaran la voz y las propias palabras. Las dejabas a medias, olvidabas las consonantes, hablabas a fin de cuentas como un lelo. Por eso ella se quedó callada e hizo como que me odiaba. Como si fuera culpa mía, y estuviera faltando a mi sagrada obligación como hombre para con las mujeres. Sentí sus ganas de llamarme maricón, impotente, todas esas chorradas.
      Le puse una mano en el hombro, unas palmaditas, la animé a tomarse algo por ahí, la noche es joven, aunque no lo fuese. Esperaba irme yo solo con Carla al cierre, pero vino Melune. Y con ella venía también una negatividad que lo enturbiaba todo. La gente de la calle, a esas horas, no es que ayudara a hacer el cuadro más agradable. Todo eran rostros o demasiado borrachos, o insultantemente sobrios, o eso me parecía a mí. Tal vez fuera yo. Acabamos en uno de esos bares de mala muerte que no cierran nunca. Carla se encontró con unos amigos, fue a saludarlos, y Melune aprovechó el rato para hablarme cada vez más cerca. Nuestros labios casi se rozaban. Entonces la paré y le dije que iba a hablar con Carla. Porque esa noche no estaba siendo lo que yo esperaba, esperaba un típico cortejo, algo tedioso, como todos, pero tal vez estimulante. Algo de intimidad entre toda la perdición. Y la ausencia de Carla me hacía sentirme celoso, sin saber por qué. Los celos eran una sensación a la que no estaba muy acostumbrado, y menos por una chica que apenas conocía. Por un momento tomé la decisión de que si Carla no estaba dispuesta a acabar la noche conmigo, tal vez me iría con Melune. Este tipo de decisión que tomas a horas y en estados en los que no deberías decidir sobre nada, en la que sólo te importa pasar la noche al cobijo de otro, por sucio que te pueda llegar a hacer sentir.
      Pero Carla, para mi sorpresa, al preguntarle por sus planes para el final de la noche, me preguntó si vivía solo. Por aquel entonces vivía con mi madre, pero no estaba en casa, y eso le dije. Ella vivía en otra ciudad, y dependía del albergue de algún conocido que le diera posada, como ya he dicho. Entonces me preguntó si me parecía bien que durmiera conmigo, pero sólo dormir. Yo tuve que esforzarme en evitar una carcajada que acabó en sonrisa disimulada, porque me daba la impresión de que eso me hubiera tocado a mí decirlo. Me regocijaba en la facilidad de esa noche. Le dije que sí, que claro.

      Tocaba decirle a Melune que me iba con Carla a casa. Su cara no mejoró mucho con la noticia. No se decidía entre ir a la estación de bus o llamar a una amiga para quedarse en su casa. Serían las ocho de la mañana, o cerca. No era buena hora para llamar a nadie, y menos para pedirle hospedaje. Montamos en un taxi, y allí sobre la marcha decidió que no, que no íbamos a la estación, que llamaría a su amiga. La conversación que mantuvo con ella no fue demasiado cómoda para nadie, pero finalmente la dejamos en un portal, no muy lejos del mío, y Carla y yo continuamos en el taxi. Una vez en mi casa, en el dormitorio de mi hermana (cuya cama era mayor que la mía), me pidió ropa de pijama, y cuando se la di decidió que no, que mejor dormir vestida con su ropa de calle. Parecía decidida a cumplir su palabra de dormir, dormir.
      Pero como dijo el sabio, un hombre en la cama es un hombre en la cama. Ella me dio la espalda, y yo le puse la mano sobre su brazo. Al minuto, el brazo cerró un pequeño cerco y la abrazaba. Luego la acariciaba muy levemente, y mi otra mano ayudaba acariciándole la espalda. Esos fueron todos mis avances, ni siquiera me adentré en zonas prohibidas. Pero entonces ella echó una mano atrás, sin mirarme. Y sí se adentró en zona prohibida. Volví entonces a regocijarme en la facilidad. Era como si toda la historia me estuviera haciendo más ilusión que la propia situación que estaba viviendo y que iba a vivir. Parecía un plan perfectamente trazado por mentes ajenas, con inocentes chicas como peones, para hacerme marioneta. La noche apenas me había dejado elección. Las caricias se volvieron cada vez más explícitas hasta que comencé a desnudarla, se giró, nos besamos. Hicimos el amor durante un tiempo. No era nada parecido a las fantasías que había tenido con ella, nunca lo es.
      Cuando acabamos me dijo que no le gustaba empezar así, tan rápido, con los chicos. Yo supongo que le dije que no pasaba nada, si a los dos nos apetecía, y etcétera.

      Dormimos, nos levantamos, desayunamos algo, aunque era pasada la hora de comer. La acompañaba a la puerta, y entonces me ofrecí a llevarla a la estación. Una vez en el coche, de camino, me ofrecí a llevarla a su ciudad. Ella sonreía encantada. Una vez allí, ella me ofreció ir a tomar y picar algo por ahí, a algún sitio, y yo dije sí. Era como si no quisiera separarme nunca de ella. Estaba confuso conmigo mismo. Siempre suelo ser muy atento con las chicas con las que paso la noche, o casi siempre. Pero esa insistencia, ese alargarlo tanto, no era propio de mí. Sabía que había que dejar un tiempo de respiro para que las cosas funcionasen. Y ni siquiera estaba seguro de querer que aquello funcionase demasiado, tan sólo algo cordial, algo que podría llegar a repetirse tal vez cuando a los dos nos apeteciera. Pero desde luego, estaba pareciendo lo contrario. Parecía que fuera a pedirle matrimonio antes de que acabáramos lo que habíamos pedido para comer. Y ella parecía sonriente y entretenida, así que yo me dejaba llevar. No pasa nada, si en algún momento te sientes atrapado en algo demasiado serio, ya la dejarás de llamar, cobarde de mierda.
      Entonces, hablando de la noche que habíamos pasado, de lo que nos gustó y lo que no, de lo que nos gustaba y lo que no, ella dijo las palabras malditas. Bueno, para la próxima vez. Y yo dije sí. En ese momento me asusté un poco, no porque pensara que me estaba comprometiendo demasiado, sino porque supe que no volvería a ocurrir. Nunca se habla del siguiente polvo después del primero. Si se da por hecho, no lo será. Me decía a mí mismo que no, que eran chorradas, que era todo lo contrario, una buena señal. La prueba de que ella querría repetir. Pero en el fondo, lo sabía. No volvería a dormir con ella. Tal vez, no la volvería a ver. Eso era una estupidez, sabía que la podría ver siempre que quisiera en el bar, pero no me podía librar de esa sensación irracional.
      Cuando acabamos, la acerqué a casa, nos dimos un cálido beso en los labios, le dije lo bien que lo había pasado, sonrió y se fue. No sabía muy bien como sentirme. De pronto la tenía entre ceja y ceja. Llegué a casa y le escribí. Y al día siguiente. Y al siguiente. Hablamos para vernos en otro momento. En una ocasión me dijo si estaría disponible para la hora de comer, y yo me las apañe para salir antes del trabajo. Y una vez que lo había conseguido, me dijo que lo sentía, que tuvo que hacer otros recados, y que al final no podía. Y entonces volvían esas palabras a zumbarme detrás del oído, la próxima vez. Me decía otra vez que eran chorradas, que ella estaba claramente interesada. Pero ahí seguía el runrún, y me obsesionaba cada vez más. No me reconocía a mi mismo, la facilidad se esfumaba y de pronto una chica me quitaba el sueño, como si tuviera catorce años otra vez. Y cuando al fin conseguí quedar con ella, en su ciudad, fue aún peor. Constantemente la notaba forzada, como obligada a estar allí, conmigo. Simplemente por cumplir. Y yo sabía que el hecho de pensar estas cosas, fueran reales o no, me hacían comportarme como un inseguro paranoico, y eso sí que lo olería ella. Eso haría que de verdad empezara a sentirse incómoda, si no lo había hecho ya el acoso telefónico de mensajes, que tal vez no fuera tal. Pero en ese momento, con la mirada perdida en la comisura de su sonrisa forzada, todo me parecía verdad, y yo un imbécil.

      Fuimos a cenar, y se me pasó la hora de mi bus de vuelta. Ella me preguntó si quería dormir con ella esa noche, y sonó como algo solemne, no como un favor de acogida. Entendí que el mensaje era que esa próxima vez sí que iba a llegar. Le dije que sí, llamó a una amiga suya y me preguntó si me importaba que se nos uniera. Entendí que iba a ser nuestra anfitriona para dormir, y ella me lo confirmó. Y obviamente no me importó. Yo había perdido el bus, de manera que decidimos que lo mejor que se podía hacer era ir a tomar algo los tres juntos e irnos conociendo mejor. Respondí a todos los mensajes de amigos que me preguntaban qué tal la cita y si saldría esa noche, que pasaría la noche fuera. Algunos lo tomaron como una buena señal, respondieron con caritas con guiños, lo que me hizo estar aún más inseguro, ya que yo seguía respirando rareza.
      Al principio todo fue bien. Cenamos con vino, tomamos unas cañas, luego unas sidras, luego unas copas. Nos caímos bien. Pero mi impresión es que en cierto momento, yo comencé a parecerles el imbécil inseguro que por dentro me sentía. Eso, o quizá una tontería tan grande como que uno de los chicos que Carla saludó y con el que se paró a hablar, tal vez le gustó más que yo, o tal vez era un antiguo ligue. No tengo ni idea de que pasó esa noche, pero el hecho es que se fueron a mear a algún bar cercano, porque según dijeron ellas, en el que estábamos los baños eran asquerosos, y tardaron casi media hora en volver, o eso me pareció. En mi espera, mientras me descorazonaba completamente, unos chicos se pusieron a hablar en inglés con una mujer rubia delante de mí. Y yo, con mi soledad, con mi derrota, con mi buen inglés, no pude resistir la tentación. Tal vez por sentir una pequeña victoria en esa noche, mientras imaginaba a las otras dos zorras hablando sabe dios el qué de mí. Y en el momento justo, realicé mi pequeña aportación a la conversación. Mi acento neutro pero refinado destacó sobre la macarronería de los otros dos chicos. La mujer se giró hacia mí con un brillo en los ojos y una sonrisa de sorpresa. Hablamos un rato corto los cuatro acerca de cualquier nimiedad, hasta que la mujer rubia, bastante bonita, se fue acercando cada vez más a mí, y me felicitó por mi inglés. Era irlandesa, y profesora de inglés. Lo de profesora no me sorprendió, es lo que son un 99% de los angloparlantes que viven en pequeñas ciudades del extranjero. Se llamaba Beth.
      Hablamos un rato embelesados el uno con el otro, haciendo obvio que nos gustábamos, pero como sabiendo ambos que no nos volveríamos a ver, aunque nos diéramos los números. Yo me sentía mucho menos inseguro hablando con ella, y para mis adentros deseaba que volviera Carla en ese momento y me viera con ella, siendo un ser de luz, de valor incalculable, siendo adorado por una mujer hecha y derecha, ¡y extranjera! Y no recuerdo si lo vieron, la verdad. Así que supongo que de ser así, se la sudó bastante a las dos, o hicieron como si tal.

      Al volver con ellas, el ambiente estaba claramente enrarecido. Las frases eran cortas, los encuentros fugaces. Me acerqué a Carla y me dijo que su amiga quería irse a casa. Creí que era un signo para un final de noche feliz, pero nada más lejos. Supongo que quería echarme. Me acerqué a su amiga, le dije que si se quería ir a casa. Para mí era la oportunidad de irnos los tres juntos, dormir en la misma casa, vivir y dormir felices. Parece ser que no, que para Carla era, efectivamente, la excusa para echarme. Su amiga se indignó. Pareció como si quisiera echarla yo a ella, como si le estuviera ofreciendo amablemente que se fuera y nos dejara solos, y saltó a la defensiva por su amiga. Pero aquella historia no la había inventado yo, aunque a esas alturas daba igual. Me resultaba cansino ponerme a explicar el malentendido. Lo intenté por unos instantes, bajo su mirada de desaprobación, casi asco, y pronto desistí. A día de hoy sigo sin saber hasta qué punto era cosa mía o de ellas, pero lo cierto es que se alegraron cuando dije que iba a irme a casa en taxi. Desde otra puta ciudad. Se había entendido, o eso creía, que iba a dormir en casa de su amiga. Y hubiera sido el gesto más elegante darme cobijo, aunque fuera en una cama para uno, en la punta de la casa más alejada de donde durmiera Carla, o en una maldita bañera llena con dos míseros cojines y una manta. Pero no, me dejaron ir así. Hasta se ofrecieron a llamar ellas al taxi cuando me alejaba de allí a buscar una parada, como si no estuvieran seguras de que me fuera a ir, como si tuvieran miedo de que me quedara, y las siguiera a casa o algo peor. ¿Tan loco parecía? De verdad, no pararon hasta que me vieron sacar el puto móvil del bolsillo para llamar, y aún así parecían querer ir tras de mí para asegurarse de que al otro lado de la línea aparecía la voz de un taxista, y no estaba simplemente simulando. La verdad, cuando una persona es de súbito excesivamente amable contigo para ayudarte a que te vayas, uno se siente más ofendido que cuanto te echan a insultos.

      Así me fui de allí, en un maldito taxi que me cobró más de la cuenta, que ya hubiera sido extensa. Y me faltaba el ánimo para ponerme a discutir con él, así que le pagué, me despedí amablemente y salí del coche. Y no volví a ver a Carla después de eso hasta muchísimo después, cuando obviamente ya me importaba una mierda. Ni siquiera en el bar, de donde se ausentó por encontrarse enferma ciertos días, hasta que finalmente dejó el trabajo. No fue por mí, quiero creer que ninguna de las dos cosas. Hubo ciertos días en los que yo, por un motivo o por otro, no fui, y ella sí trabajaba. Incluso me escribió para preguntarme si no iba a ir. Fue algo bastante casual lo de no vernos más, lo que lo hace más misterioso aún.
      Los días siguientes me dieron mucho en que pensar. Realmente sentía que Carla no me importaba tanto, pero no podía evitar escribirle de vez en cuando, para intentar aclarar o mejorar la situación, aunque fuera desde la simple amistad. Pero cada intento parecía una cansina insistencia más, hasta que me rendí. Le escribí antes de que se fuera todo el verano a tocar la viola a un crucero, para tomar una triste caña de despedida, casi por cortesía. Obviamente me dijo que sí, que claro, que ya quedaríamos un día. Y obviamente no volví a saber de ella.
      Las posiciones de poder en las parejas, y en las relaciones humanas en general, son muy difíciles de invertir. Es como entrar a un manicomio por error, es jodidamente difícil demostrar que uno está cuerdo. Para mí Carla, a muchos niveles, era una chica cualquiera, casi hasta mediocre. Yo sabía que había mil cosas de las que ella no podría hablar conmigo, ni con nadie, en parte porque la mayoría de sus amigotes serían tan tontitos y simplones como ella. Bueno, esto sólo lo pensaba cuando estaba cabreado. Pero sí sabía con certeza que había muchos campos en los que yo brillaba mucho más que ella. Esos campos podían interesarle o no, pero ni siquiera importaba, porque yo jamás sería capaz de demostrárselo. En cuanto pones un pie en la inseguridad, anula la mayoría de tus capacidades, y de esta forma se retroalimenta vorazmente. Ya está. Era el momento de dejarla ir. Jamás sería capaz de mirarla otra vez desde una altura igual. Vería en sus ojos su pequeña victoria, aquella vez que me hizo quedar como un imbécil y me despreció como a una mierda. Y ni siquiera podría despreciarla yo a ella, sería visto como patético despecho, y me humillaría aún más. Estas cosas acaban así.

      El día antes de que se marchara a su crucero, yo miraba el móvil como distraído. Tocaba su nombre en la pantalla, miraba su foto, su última conexión. La odiaba, con rabia. Sabía que ya era tarde, que no me escribiría. Lo sabía desde el primer momento, claro, pero ese era el día en que me regodeaba en ello, me revolvía en el fango. Era el día para odiar. Para sorprenderme a mí mismo comportándome como un adolescente, después de tanto tiempo. Pasaban las horas de la madrugada y su última conexión ya no cambiaba. Al día siguiente madrugaría, supuse. Reprimí con gran esfuerzo la tentación de escribirle algo, un "que lo pases bien en tu viaje :)", lleno de rencor, rencor nada velado, con ese mensaje anterior suyo que decía "claro, ya quedaremos" de hacía unos días para atestiguarlo. Resultaba tan obvio... Me aliviaría tanto durante unos segundos... Y después me avergonzaría enormemente. Me aferré a esa sensación para mantener mis manos quietas. Sostenía el móvil impasible, metido en la cama, los ojos en la pantalla, dejando que los minutos pasaran a lo tonto. Lo dejé a un lado con desdén. Miré al techo. Me puse de lado, miré a la almohada. Nada raro. Cerré los ojos, y allí estaba. La chica desconocida. La bailarina de puñetazos rabiosos, mi antípoda eterna. La chica divertida. Y lo parecía, sonreía con cierta maldad. Sus nariz recta, su pómulos puntiagudos, sus ojos llenos de fuego. Sonreía como si todo hubiera sido cosa suya. Su pequeña travesura. Yo, el niño favorito de las noches de facilidad, lloriqueando como una nena. Recordé la inseguridad que me hizo sentir aquella noche, y sentí que no le pareció suficiente. Y entonces su cara se convirtió en un borrón granate de destellos verde esmeralda, apenas cuatro fosfenos sin importancia. Y entonces dormí.

jueves, 9 de octubre de 2014

El Demonio que Amo - Capítulo 1: El Velo

      Hay una calle en esta ciudad, que baja de la plaza en la que toda la gente joven se reúne a beber, a un parque en el que por el día juegan los niños y por la noche merodean las putas y travestis, con una pendiente suave, perezosa. La calle es peatonal y tranquila. Por las tardes abundan las mesas y toneles de las terrazas, que parecen unidas entre sí por gente que bebe de pie en un gran cogollo, y un bullicio que suena a murmullo. Por las noches, apenas la pueblan transeúntes y borrachos que mean en las esquinas de los garajes, y un ligero hedor a noche. Al final de esta calle, bajando hacia este parque, hay un bar a mano derecha. Cuando apenas había cumplido los dieciocho años, encontré este bar y me enamoré de él. Era aquella edad en la que buscas distinción, en la que estás construyendo los adornos de los que hablarás a los demás.

      El bar era un pequeño antro que apenas contaba con tres mesas, todas distintas. Había una pequeña mesa redonda a mano derecha nada más cruzar la entrada, que protegía ligeramente la entrada a los baños. Hacía más veces de ropero que de mesa. Otra mesa estaba justo enfrente, en la pared de la izquierda. La última mesa, la más especial, estaba encajada en un pequeño hueco del fondo, con dos grandes bancos de madera a cada lado. Era la mesa que asaltábamos cuando llegábamos al bar casi vacío, a primera hora de la noche, del nuevo día, y la hacíamos nuestra por los restos, hasta la hora de volver a casa. Realmente, el bar nunca solía estar muy lleno, y la mesa solía ser nuestra a cualquier hora.
      Además de las mesas, había una columna en el centro del bar, cuya finalidad real era, imagino, sustentar el techo. Además de esto, tenía la tarea banal de sujetar tres percheros de madera por otras tantas de sus caras. Y además de estas dos funciones obvias, para mí era una pequeña pantalla que siempre te mantenía oculto de, al menos, una parte del bar. Era un refugio más simbólico que práctico, pero aprendí a amarlo.
      Para finalizar con esta tediosa descripción decorativa, la barra hacía un pequeño giro doble, primero hacia fuera y luego hacia el fondo del bar, recuperando su orientación original. Esta "S" dejaba un pequeño rincón interior en el que sentarse y sentirse protegido, por la barra por dos flancos, y en el punto cardinal opuesto, por la sagrada columna. Un pequeño rincón en el que aguardar calmado la expiación espontánea de los pecados de la noche, tal vez con una cerveza en la mano a modo de nuevo pecado original. Otra particularidad de este rincón, es que era el antípoda de la propia entrada del bar, siempre con respecto a la piedra angular que era la sagrada columna. No sé mucho de Feng Shui, pero seguro que los rincones que uno no alcanza a ver desde la entrada a un habitáculo tienen un halo especial. En este rincón podías sentir la cercanía con el camarero como si de un confesionario se tratase, cosa que a veces era.

      Este bar era nuestro cuartel general. Pasábamos noches enteras en él, a veces sin llegar a salir por la puerta hasta emprender el viaje a la cama. Allí aprendí a jugar a los dardos, juego que cuando era más joven despreciaba en los bares, y sólo en los bares. Seguramente se debía a la vergüenza propia de exponerse al ridículo delante de miradas desconocidas. Pero siendo ese bar nuestra casa, y ya que la única mirada desconocida era a menudo la del camarero, probamos a jugar un día, y se convirtió en tradición. Llegamos a ser muy buenos, y conocimos a gente de edades muy dispares jugando. Esa es la esencia de los bares, al fin y al cabo. Recuerdo que mi gran compañero de batallas, aquel que siempre aguantaba hasta la última jarra junto a mí, jugaba a veces por alardear con la mano izquierda, o apuntando sólo al centro de la diana, o ambas al mismo tiempo. Otras veces jugaba a hacer dibujos con los puntitos del marcador. Creo que eso sólo lo hacía cuando perdía, para restar importancia a sus derrotas.

      Es curioso que nunca llegáramos a trabar gran amistad con el dueño, que era un tipo larguirucho y callado, mal encarado. Unas veces nos atendía con simpatía, y otras nos miraba desde la barra como enfadado, a menudo cuando estábamos nosotros solos en el bar, en nuestra mesa de operaciones. Pienso ahora que era por pura frustración. El sueño de su juventud, de unos seis o siete años atrás, de tener un bar al que acudieran todos sus amigos, se había convertido en un sumidero de gastos difícil de mantener al que sólo iba asiduamente un grupo de chavaletes que, si bien le acababan un par de barriles de cerveza por noche, no era lo que él en su día había soñado, y tal vez tampoco fuera suficiente para hacerlo sobrevivir. La noche en que celebró el octavo aniversario del antro (momento en el que nos enteramos de la antigüedad del mismo), acudió todo tipo de gente, de la edad del dueño, algo lejana a la nuestra. Gente que no solíamos ver por allí. Ese día hubo muy buen ambiente, todo el mundo reía y bebía sin parar. La mesa del fondo había sido retirada y sustituida por un micrófono para el concurso de chistes, y unos y otros pasaban sin vergüenza a contarlos. Esa noche el dueño también sonreía mucho, ese era el bar que había imaginado. Hasta se acercó a nuestra mesa (no Nuestra Mesa, que no estaba, sino en la que estábamos sentados en el momento) y nos animó a que saliéramos a contar uno. Y lo hicimos, varios de nosotros y varias veces, con más pena o más gloria. La resaca de ese día fue terrible.

      Y llegó el día en que saltó la chispa. Mi colega, el que dibujaba con los puntos del marcador de la diana, al que llamábamos Vile, pedía de vez en cuando bebidas sin alcohol. Pedía a veces infusiones a las tres de la mañana. Claudia, una menta poleo, y la chica de Barcelona, que era la camarera por aquel entonces, se la ponía, le sonreía, le acercaba la carta de tés. Iván, una menta poleo, por favor, e Iván se acercó a la barra y dijo que no había mentas poleo ni mierdas, que esto era un bar, no un parbulario. Que dónde había visto que se sirvieran infusiones a las dos de la mañana. Pero Vile era de sobra conocido, al menos por mí, por decir cosas raras y por nunca jamás echarse atrás.
      -Hombre, a las dos, a las dos y media y a las tres, Iván.
      No era mal tipo, con el tiempo aprendió a pedir perdón, pero por aquel entonces éramos unos niñatos que buscaban su lugar en el mundo. Y él era un niñato muy particular. Su locura y su chulería eran su encanto, lo que hacía gracia de él, y que le quisiéramos, también. Creo yo que ese no echarse atrás era una especie de miedo a cagarla en las relaciones sociales, que a ratos parecían no dársele demasiado bien. Prefería mantenerse en sus trece ante ciertas nimiedades antes que dar un poco el brazo a torcer, tal vez porque no sabría qué cara poner al hacerlo. Lo gracioso es que en este caso tenía razón, la chica de Barcelona siempre se los había servido.
      -Pues aquí no, esto es un bar y aquí se viene a beber alcohol.
      -Bueno, pues vale. Pues ponme un zumito de melocotón.
      La ofensa pasó por broma de niños, y el dueño fue a servir el zumito de melocotón. Vile había mantenido bromas estúpidas muchas veces sin ningún motivo, por no echarse atrás. Pero ese día había algo muy noble en su manera de actuar. Estaba haciendo algo que había hecho antes muchas veces por aquel entonces. Podía beber como el que más, y en cierto momento de la noche tomaba un zumito de melocotón, de pera, o de melón con jazmín, al que era muy aficionado. Pidió la infusión porque era lo que quería, y cuando el dueño replicó cabreado, le pidió un puto zumo, porque era lo que quería beber en ese momento, y un puto camarero no iba a obligarle a beber alcohol, y mucho menos de malas maneras. Tal vez, ni aunque le hubiera invitado.
      El zumito fue servido, y en la barra éramos cuatro de nosotros, y un tipo mayor, amigo del dueño, que miraba de lado con una medio sonrisa, y silencio. Se pronunciaban palabras de vez en cuando, tanto ellos como nosotros, sí. Pero eran este tipo de palabras que no consiguen romper el silencio, que están como fuera de lugar, que parecen tener un tono forzado e inseguro.
      El tipo mayor pidió una ginebra con cola. ¿Qué ginebra, Gordon’s? Y el tipo, con una medio risa quejosa, sí, Gordon’s. Y entonces Don, que era un chulo empedernido, no por gusto, sino por sangre, inquirió acerca de la risa. Don era un tipo robusto y entrado en carnes, las dos cosas, y lucía melena y barba desaliñadas. Su aspecto era una extraña mezcla de afable e iracundo. Lo que, curiosamente, se acercaba bastante a la realidad. Y Don preguntó que de qué se reía, si le estaba llamando gordo. Y los dos tipos mayores, el dueño y su amigo, que parecían de pronto divertidos, ya que éramos unos niños, dijeron que no dijeron nada, que cada uno se diera por aludido por lo que quisiera. Y Don, chulo empedernido como era, les llamó gilipollas y se agarró un buen cabreo. Y allí nadie se movía de repente salvo Don, que se había levantado del taburete y hacía aspavientos con los brazos, y no paraba de soltar insultos de un repertorio muy sencillo pero variado. Y el dueño, con calma chicha, dijo que estaba harto de nosotros, que íbamos de putos mafiosos y éramos unos críos. Y el tercer colega, Ches, que no había dicho nada, se levantó y se cuadró justo detrás del hombro de Don (que seguía profiriendo insultos), con mirada tensa, dándole tal vez la razón al dueño. Vile de pronto parecía querer calmar la situación, pero no sabía usar más que su tono más socarrón, y parecía que avivaba las llamas con sarcasmo.
      No pasó gran cosa, Don le dijo que era un mierda porque no tenía huevos ni a echarnos del bar, así que ya nos íbamos nosotros, y nos fuimos. No volvimos. Salvo para que un día, Ches meara en la manilla de la puerta. Curiosamente el bar cerró a las pocas semanas. No quiero creerme que fue por culpa de nuestra ausencia, que todas las noches le sobraban dos barriles de cerveza, pero al menos fue un final decente para ese ciclo de nuestra juventud.

      El bar volvió a abrir después de un tiempo con el mismo nombre y otros dueños, amigos del dueño original. Eran dos tipos que nos conocían del bar predecesor, con simpatía. No hubo malos rollos cuando volvimos, nostálgicos. Nos quedamos apoltronados en la barra, mirando el nuevo color de las paredes, de un negro agobiante, con frases y palabras escritas con rotulador plateado por encima. El rincón de nuestra mesa de operaciones lo ocupaba ahora un futbolín. Las otras dos mesas seguían allí, pero a quién le importaba. Encima de la puerta de los baños había un cartel que ponía “cabina de suicidio”. En el momento, me dejé llevar por la emoción de volver, porque por lo demás, todo seguía igual. El rincón en S y su escudo guardián, la sagrada columna. Miraba los nuevos detalles con ternura, y me decía a mí mismo que me gustaban. Pero era mentira. El ambiente era asfixiante. El azul del predecesor era una luz oscura pero acogedora, que resguardaba del frío, los misterios, las preocupaciones en general de la noche. La música había mutado de Bob Dylan, Jimi Hendrix, Dire Straits, a bandas nacionales de Punk borracho y drogadicto. De ese que hace que los bares se llenen de gente macarra y con cresta, que llena el aire de humo de porro. Con algunos de ellos, claro está, se podía hablar, gente encantadora e interesante. Pero otros eran desechos, incordios.
      No me malinterpreten, muchas veces nosotros frecuentábamos ese tipo de bares también. Incluso a veces habíamos fumado porros en el bar predecesor. Pero no era ese tipo de bar. No era un bar atestado al que una marabunta de los bajos fondos acudía pasadas las cinco de la mañana, cuando los otros bares empezaban a cerrar. Y ahora sí lo era.
      Seguimos frecuentándolo de vez en cuando, como lo que ahora era, y en parte por lo que un día fue. Al fin y al cabo, aún estaba la columna y el rincón. Pero la frecuencia no era ni la décima parte de “todas las noches, casi todas las horas”. Y así el bar fue muriendo poco a poco, hasta que cerró, tal era su destino inevitable, por una redada policial.

      No recuerdo bien qué hicimos después. Carecíamos de rutinas claras, bebíamos en la calle, en la plaza donde se reunía el resto de la gente joven. Pedíamos cervezas en un pequeño bar ubicado en una esquina del punto más alto de la plaza, y salíamos a tomarlas fuera, como hacía casi todo el mundo. Era un bar curioso. Apenas entraban cinco personas pidiendo a la vez en la barra, y otras cinco en el resto del bar contando los baños, y sin embargo la mitad de la plaza tenía en la mano una cerveza o copa de ese bar. Los camareros servían a destajo, tenían decenas de vasos de plástico colocados debajo de la barra, con tres hielos dentro cada uno, y los sacaban y llenaban de bebida en menos de diez segundos. Era bebida rápida, barata y de moda, y parte de ella era probablemente sudor, porque chorreaban. Eran tipos de cuarenta y tantos que se movían sin parar durante cinco o seis horas seguidas, y siempre decían “siempre” después de que finalizaras tu petición, como marca de la casa.
      Luego íbamos a otros bares, vagabundeábamos, sugeríamos ideas que a veces se aceptaban y a veces no. Nos emborrachábamos, volvíamos a casa a veces andando, a veces a rastras, a veces en taxi. A veces juntos, a veces a destiempo. Nos íbamos haciendo mayores. Los taxis eran cada vez más comunes, algunos de nosotros ya trabajábamos y teníamos dinero de sobra, al menos para esos pequeños vicios y comodidades.

      Y llegó el día en que oímos que el bar, Nuestro Bar, había vuelto a abrir. No se llamaba igual. No fuimos en el acto, recordábamos la decepción del anterior. Nuevo dueño, nuevo nombre, ningún vínculo con el original. Ninguno salvo aquel rincón y aquella sagrada columna. Yo sabía que tal vez la barra se hubiera arrancado, aunque fuera improbable, pero la columna, aquella piedra angular, tenía que seguir ahí. Aparte de mi profundo amor por su sacralidad, cumplía funciones estructurales inapelables. Pasamos por delante de sus ventanas una vez, miramos dentro. Había cuatro gatos; una pareja sentada en el rincón de La Mesa, que ahora ocupaban un pequeño Lack de Ikea y un par de banquitos acolchados, y tal vez otro par de personas en la barra. La luz parecía algo más clara, y amarilla. No recuerdo si miré al camarero.

      No mucho tiempo después, en una hora algo tardía, Vile y yo paseábamos por las calles de la ciudad a la deriva. Nos acercamos al bar. El nombre no nos convenció de primeras, Pedro Botero. Pero entramos. Tampoco lo habíamos entendido. Creíamos que era un nombre propio sin más, a pesar del diablo dibujado sobre el mismo. Más tarde descubrimos que era una manera clásica de llamarle. O más bien, al infierno, calderas de Pedro Botero.
      Las paredes eran, efectivamente, de una tonalidad amarilla algo oscura. No está mal. Estaban llenas de cuadros que hacían referencia al rock, al diablo, al estilo rockabilly de los años 50, y también al de los 70 y posteriores. A coches sacados de películas tipo Grease, a músicos de blues, soul, jazz, rock, mucho rock, músicos malditos en su mayoría. Tenía cierta elegancia. En la puerta del cuadro de luces había pegados naipes de póker. Me gusta. Y en el centro estaba la columna, intacta. Majestuosa. Y detrás, la barra, negra y lisa como el ébano, más negra aún. Con sus bordes redondeados, y su rincón, su rincón de curva suave. Enseguida se me puso una sonrisa de tonto al verlo.
      El bar estaba vacío, salvo los dos camareros. Alzamos los ojos de aquel decorado a las dos personas que había tras la barra. Un tipo rapado, con bigote prusiano, pinta de motero y cara de mala hostia. Axel. Y una chica con sonrisa de tonta y pinta de maja, vestido negro y un cuerpo precioso. Carla. Algo había en su cara que me gustó. Tenía una nariz peculiar, algo ganchuda, y la boca más bien grande. Pero era una chica guapa, no había duda. La escena parecía sacada de una película. El dueño, con pinta de tipo duro, y la chica gancho del fin de semana. Los imaginaba follando sobre la barra en mitad del acto de barrer el bar, con las puertas cerradas. Ella viola la distancia de seguridad, se acerca a menos de metro y medio de él, y él tira la escoba a un lado con violencia y la agarra del brazo. Ella se asusta pero se deja, la gira, le apoya los pechos en el sagrado rincón de la barra y le levanta el vestido por detrás, sin ninguna delicadeza, y la posee con potentes embestidas. Me daba un morbo especial. Él me escudriñaba la cara mientras yo lo imaginaba en ese acto salvaje, y ella me miraba con su sonrisa de boba y ojos de pícara, interesante combinación. Esperaba en un segundo plano, tras el hombro de él. La imaginaba queriendo acercarse a servirnos, a tontear conmigo, y no atreviéndose por recato sin el permiso, o más bien la orden, de su jefe, que tan violentamente la follaba tras los cierres.
      Luego imaginaba un día en el que yo me hubiera ganado la confianza de ella y la aprobación de él, y en un momento la sorprendía en la entrada de los baños, y la besaba, y tal vez pasaba al baño de chicos con ella, y le cogía del brazo y la giraba y le apoyaba las manos contra la cisterna del inodoro, y le levantaba el vestido por detrás, y me disponía a penetrarla con mucha gentileza, pero antes de lograrlo sentía la mano robusta del motero agarrándome el cuello, clavándome las uñas en la nuez, tirando de mí hacia atrás, y con mi cuerpo horizontal en el aire, me estampaba con la otra mano una jarra vacía de cerveza en la cabeza, o mejor llena, y la cerveza estallaba por los aires como una onda expansiva que regaba la barra y las paredes y la columna antes de que yo tocara el suelo. Y me imaginaba muerto de la risa en el suelo, la ropa empapada en cerveza y cristales, y la frente en sangre. Y de repente estaba otra vez allí, en el pasado, de pie frente a la barra, mi primer día en el Botero, y seguía sonriendo. El bar no olía a nada, pero apestaba a sexo. No había nadie más que nosotros cuatro, pero miraba a las esquinas y las imaginaba llenas de mujeres. Le pegaban. Sí, me gustaba aquel bar.
      -Muy buenas noches, señores. ¿Qué va a ser?
      Dijo Axel con las manos cruzadas detrás de la espalda. Lo dijo con una entonación educada e impecable, exquisita. La voz era ruda, no obstante, y la combinación de la estética y los modales me llenó de una alegría tonta. Vile y yo nos miramos, embriagados por ese aire de película. Sabíamos lo que teníamos que hacer; estar a la altura. Vile se quitó la bufanda y la dejó cuidadosamente doblada sobre la barra, y luego miró a un punto indefinido de la pared, a cierta altura, con un gesto extraño de las cejas, y pidió whisky con agua. Habíamos crecido, pero seguíamos siendo unos niños. O así me sentía.
      -¿Hielo?
      -Sí, por favor. Una piedra
      -¿Y para usted, señor? -dijo dirigiéndose a mí.
      -Lo mismo, por favor. Perdona, ¿tienes vasos de estos míticos de whisky, como bajos y rectos…? que…
      -Sí, cómo no.
      Lo dijo mientras se giraba hacia la estantería, con una medio sonrisa, y se volvió enseguida mostrando dos perfectos vasos de whisky. Me sentía un niño otra vez, pidiendo obviedades a un caballero motero de la sagrada orden de los barmen. Quise arreglarlo cuando sacó dos botellas de agua de la nevera, momento en el que le dije que por favor, bastaba con una. Axel asintió complacido y guardó una de las botellas en la nevera abierta sin mirar. Pedimos Bourbon e Irlandés. Con un ligero gesto de la cabeza de Axel, Carla se puso en acción, contenta de ayudar, y alargó la botella de Irlandés mientras ella servía el bourbon en el otro vaso. Nos sirvieron y echamos un diminuto chorro de agua en cada uno de los vasos, complacidos. Axel volvió a asentir con una sonrisa amable.
      -Como paisanos. -y se rompió el hielo.
      Bebimos los primeros sorbos en silencio, observando cada pared y rincón. Comentábamos entre nosotros las cosas que habían cambiado, si nos gustaba, si no. Pronto les explicamos que habíamos venido mucho a ese local, le hablamos de los dos bares, de los respectivos dueños, del futbolín que Axel rechazó vehemente, para mi mayor alivio. Le sugerimos los dardos, se lo pensó. Le hablamos de la música, era acorde. Soul, country, rockabilly, rock, iba evolucionando con el paso de las horas, acompañando de forma muy adecuada a cada una de ellas, adentrándose en las profundidades de la noche. Nada de música en español, declaró. Parecía un tipo de principios claros y control férreo sobre lo suyo. Carla también hablaba, aunque poco, al principio. Acabamos por sentirnos muy cómodos muy rápido. Yo miraba el rincón en S desde mi asiento al principio de la barra, con respeto. Cuando tuvimos suficiente, tras tres whiskys cada uno y una sola botella de agua, nos levantamos de los asientos, felicitando la nueva decoración y ambiente del bar, el rollo, en general, con efusividad. Nos dimos la vuelta tras la despedida cordial de Axel y amable de Carla, la cual siempre me sonreía y alentaba más fantasías. Ya sujetando la puerta de salida me giré, alterado. ¡Que nos vamos sin pagar! Oye, tío, mil perdones, ¿cuánto se debe? Pero Axel no cejaba en el empeño, y con un giro tranquilo de cabeza nos dijo:
      -Hoy, por ser la primera, invita la casa.
      Y se obró la magia.

      Días divertidos, un nuevo cuartel general. Días de fiesta. Un bar algo vacío que cada vez reunía más parroquianos. Yo llevaba a tanta gente nueva como podía, me sentía un chico especial, el adalid de Pedro Botero. Viernes, sábados, días de semana. Miércoles, día grande: solo auténticos en el bar, solo familia. Tardes tranquilas que se vuelven noches locas que me daban terribles madrugones de resaca.
      Me sonreía constantemente con Carla, me sentaba en mi rincón, el rincón sagrado, miraba a mi alrededor y veía caras conocidas por doquier. Me apoyaba en mi columna. Acariciaba mi barra. Me restregaba por mis paredes para que se acostumbraran a mi olor, para que todo aquel que entrara supiera que el bar era mío. No era el dueño ni el jefe, ni me lo creía. Más bien, yo era suyo, era de ese bar. Era de cada esquina y baldosa. Estaba a su entero servicio. Pocas chicas, pero cada vez más. Eran todas mías. Yo era el Rey, al entero servicio de todos los clientes y sobre todo, de Axel. Recordaba el filo de sus uñas en mi garganta, cada vez menos probable, pero guardaba con cariño su marca. Jugaba al ajedrez en la barra con él, cuando no había mucha gente. Y la poca que había, la imaginaba pensando; ese chico es el Rey, el favorito de estas paredes. La barra es suya y el barman motero es su padre, y cuando se va del bar le da una colleja cariñosa y le dice “no bebas mucho, gandul”. Noches felices.

      Más gente vino, más vino, más cerveza, más whisky. Chupitos, muchos chupitos, de muchos colores, juegos tontos en la barra. Todos éramos amigos. Yo sabía que nos unía el vínculo sagrado de la columna, todos éramos adoradores del pilar. Y entonces llegó Ella. En el sexto mesiversario, o medioversario. 21 de Junio, el solsticio de verano. Yo siempre fui un gran adorador de los solsticios y los equinocios, mi estupidez adolescente me había hecho un día declararme pagano. Con el tiempo, se había convertido en un simple juego, casi una broma, pero que el bar hubiera abierto un 21 de diciembre, solsticio de invierno, la noche más larga, lo admito, me llenaba de regocijo. Aunque yo no hubiera estado allí.
      Había un concierto planeado para esa noche tan especial de verano, esa noche tan corta. Un concierto en ese sitio tan diminuto, me parecía ridículo, pero me ilusionaba. Había mucha gente ese día, casi todos desconocidos. Yo sabía que no adoraban al pilar. Y Ella, también Ella. Ella tampoco lo adoraba. Parecía mofarse de mi religión, pues siempre la recuerdo al otro lado de la columna, como ocultándose de mí. Era preciosa. Mi antípoda eterna. Era preciosa, y estaba feísima. Llevaba el pelo rapado por los lados y un flequillo ridículamente recto por la frente. Una camiseta suelta de tirantes, verde militar, vaqueros sueltos, zapatillas de chico, de las que llevaban los chicos malos adolescentes diez años antes, bastos y amplios como barcas. También llevaba una borrachera de espanto, y tal vez alguna que otra sustancia más en la sangre. Bailaba como una loca, pegando puñetazos y patadas rítmicas al aire, cuando no se apoyaba contra las paredes con los ojos cerrados, contoneándose graciosa y lentamente, y siempre al otro lado de la columna.
      Pensé que estaba loca, salvajemente loca, que seguramente no era para mí. Pero que estaría dispuesto a pasar una noche con ella. Estaba claro que debajo de esas pintas, había una chica preciosa, con el cuerpo esbelto y perfectamente armónico. Su cara, a pesar de su peinado, era muy bonita, con rasgos afilados y llamativos, y una boca llena de deseo; deseo de otras bocas, de más cerveza, de humos varios. Seguro que también era divertida.
      Busqué cruzarme con ella, encontrarnos en algún punto del bar por fingida casualidad, y le sonreí divertido. Una sonrisa obvia, pero algo justificada, pues estaba dando un buen espectáculo. Pero una sonrisa de total aprobación. En cuanto se dio cuenta de mi mirada y sonrisa, levantó imperceptiblemente las cejas con desprecio y miró hacia otro lado. Eso fue todo. Ni puto caso. Pronto se fue a buscar su antípoda de nuevo, y yo desistí. Me resigné a mirarla el resto de la noche, desde una distancia orgullosa. Sonriendo como un imbécil. Esa noche la amé y odié por primera vez.

      Volvimos a casa después de una buena fiesta, con los sentidos sedados y el cuerpo entumecido. Me metí en la cama a buscar el coma reparador, y abrí un ojo en la oscuridad. Allí estaba ella, en la funda de mi almohada, su cara ebria superpuesta sobre el estampado de la tela. Un borrón que bailaba y lanzaba puñetazos al aire. Una chica más, me dije. Que puede que no vuelva a ver. Hay otras. Hay otras. Imbécil. Y dormí.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La Destrucción. Los finales evitables.

Existe una paradoja inherente al cálculo de probabilidades. Uno puede acercarse a un estudio tal desde la postura del que acepta su total incompetencia e ignorancia en el asunto, que sólo le deja la opción de despreciar todas las causas que llevarán al fin, considerando el fin como algo que se dará por sí solo. No lo esperas, no lo alientas, lo tomas cuando se cruza en tu camino. Otro puede acercarse creyendo que los fines y finales ocurren inevitablemente, y que el azar puro es la única cosa que le separa de su predicción. Admitiendo, al fin y al cabo, al final, la posibilidad. La existencia de lo posible. Admitiendo múltiples finales y sabiendo que sólamente uno se dará.

Y aquí está la paradoja, que arrebata el nombre de final a los fines finados. Y uno dice, esto ya lo he visto, ha ocurrido más veces, y cada vez estoy más cerca de averiguar el por qué. Y uno se pierde en la falacia de que el tiempo no pasa, y las cosas no acaban, y todo vuelve antes de volver. Y uno se pierde la unicidad, y transforma su vida en una línea en la que todo esta ordenado en estantes, estantes aberrantes que dan a las cosas nombres que no las nombran. Y otros no recuerdan bien qué cosas ocurrieron antes y después, y no importa, ya que jamás conocerán cómo unas y otras están íntimamente ligadas, y cómo sí importa, tal vez, el tiempo de cada una. Pero sí recuerdan las cosas, cada una por separado, y así las hacen suyas.

Y es así que hay cosas que terminan, y nos revolvemos por dentro, porque no hay finales alegres, y hasta el fin del dolor es una tragedia. Porque el cambio nos aterra, nos recuerda que el tiempo pasa y las cosas acaban y la muerte siempre aguarda. Nos afanamos en evitarla, en evitar los finales, y soñamos que del mismo modo que formamos parte de los caminos, los elegimos nosotros. Pero no somos su único adoquín. Cada día es un final, un bar que cierra, un amor que termina, un jarrón que se rompe, una luz que se apaga. Podemos alargarlos a veces, podemos imaginarnos otros finales distintos, que serán tan auténticos como el real, como lo que son, como sueños, pero jamás lo sustituirán.

Aprended a respetar los finales, disfrutad de sus últimos segundos. Los segundos, imbéciles, eso ha sido lo único que habéis tenido todo este tiempo. Todos los segundos del camino en los que os dedicasteis a pensar en los segundos venideros. ¿En qué quedaron cuando el porvenir se evaporó? Cuando la muerte nos haga eternos, la única victoria que nos quedará será haber sido efímeros durante un pequeño instante.


Des visages, des figures

Hay un hombre enfrente de mí que no me quita el ojo de encima. Remueve su café despreocupado con una medio sonrisa, y su mirada es tan fija y carente de sutileza que pasa por mucho de lo puramente incómodo.
De repente se levanta, sin desviar su atención ni un poco de mi cara. Bordea su mesa y esquiva las sillas que encuentra en su camino haciendo uso del tacto, oh Dios, viene hacia aquí, ¿se va a sentar? Sí, claro que se va a sentar, qué nervios... ¿Será un psicópata? Nadie clava la mirada así en la gente, no es educado. Aparta la silla que tengo enfrente unos centímetros, no digo nada, me quedo con la boca abierta mirando cada movimiento, el sonríe, se sienta.
Hay una sensación que no experimento desde niño, desde el tiempo de mis primeros y nublados recuerdos. Definitivamente está loco, ¿pero qué demonios quiere de mi? Ver un rostro nuevo, diferente. Mientras dice esto recorre mis facciones con desmesurado interés. La mayoría de los rostros los puedes formar con otras dos o tres caras conocidas, su mirada se posa en mis labios y algo se enciende en mi interior, un calor que me sube del vientre hormigueando, ahora estoy totalmente rígida y ya apenas me pregunto qué diablos hace él aquí, sólo pienso en qué dirá luego, la mandíbula de ese, los pómulos de aquel, los ojos y frente de este otro, y sus ojos dibujan trazos exquisitos que van de mi boca a mis orejas, de mis orejas a la punta de mi nariz, de ahí al pómulo y al fin las pupilas, y un balón se infla en mi pecho apretando los pulmones contra las costillas, sin poder apenas respirar. Caminas por calles nuevas, en ciudades nuevas, y te cruzas mil rostros desconocidos, y sin embargo ninguno nuevo, todos los has visto ya, el hechizo de su mirada y la mía formando la misma línea no me deja mover ni un dedo, pero el tuyo... Sus ojos realizan un arco imperceptible e impecable que vuelve a mi boca, y entonces, más fuego. El tuyo es un rostro que no había visto nunca. Un rostro nuevo al fin, unos labios, unos ojos, una nariz, una piel, de tu sola propiedad. Que se calle. Me derrito. Algo hay en sus palabras, algo que las hace brutalmente ciertas. Le creo. Le creo, y en su relato me arrastra hacia verdades profundas, y su rostro es todos los rostros, y su lengua nunca se equivoca, y yo le seguiría a cualquier parte, a un sucidio colectivo incluso al más allá. Tu rostro es distinto, único. Cállate. Por favor, hazlo parar...  Pero mira que eres fea. Joder.

martes, 27 de mayo de 2014

La Destrucción. La deriva como rescate.

  A veces un impulso nervioso se queda huérfano de meta, sin la ilusión del propósito, y navega por axones olvidados, y casi atrofiados. En su pequeña deriva, en su momento de duda, la sinapsis es inducida por estímulos simples que no atienden a razones: la luz del otoño, un olor conocido, una parte por billón de cierta hormona en sangre.
  A menudo no dura más de uno o dos segundos. Se activa una conexión que llevaba años dormida, y de pronto estás en otro año, en otro sitio, en otro cuerpo. Este viaje magnífico desnuda el pensamiento, despojándolo de la mirada familiar que pone sobre las cosas. Uno observa en ese segundo lo fácil que es cambiar de uno a otro estado, ser uno o ser otro, ser miles. Recuerda que en algún lugar siguen y seguirán los axones de todos los yos que fue. Que nunca murieron.

  La tranquilidad hace que la línea de la vida se trace sobre el papel sin sinuosidad, siguiendo el eje del tiempo con obediencia. Apenas oscila nada más, parco en posibilidades, como una función de onda dibujada por Dirac.
  Las sacudidas, sin embargo, hacen que el trazo tiemble y se vuelva errático, y en ocasiones éste se corta a sí mismo; ves una encrucijada, un solapamiento de recuerdos fugaz, y luego mar abierto, sin rumbo ni norte. Esa lazada atesora la confusión y la hace desaparecer, una captura en un Go caótico que se ríe de la incoherencia de su nombre. La deriva es el marco de tu nueva libertad. La suma de las identidades perdidas, su acicate.

  Tal vez sea así como funcione la destrucción. Una rueda de la fortuna que cree en la sagrada tradición de que la solidez es inflexible y frágil hasta lo divertido. De que la estabilidad es el momento idóneo para el derrumbe, que las aguas tóxicas son deliciosas y potables y todos los curas son verdaderos padres. Que el momento en que lo sabes todo es propicio para aprender algo nuevo, y que debajo del fango hay estratos, derrotas, que saben a victoria al ser sobrevividas, y supervivencias que saben a derrota, a no saber perder en el sentido más literal. Sabores, ese es el conocimiento, ese es el auténtico paso del tiempo.
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  De forma inocente, sedado por circunstancias de lo más transitorias, creí poder escribirle a la destrucción desde la felicidad recobrada, como si fuera una herramienta de renovación, cosa que tal vez sea.
  Quiero sentir que en las horas más oscuras hay lecciones por aprender, hay cenizas que serán Fénix, pero sólo siento un error de interpretación, la destrucción indignada por despreciar su esencia como conclusión, pues es tránsito en el tiempo de las vidas, pero es inevitable final en lo eterno de la muerte, la estática mayestática.
  Qué es un aliento en el viento, una lágrima en la lluvia, un excremento en el cieno, una palabra en la red, una vida en la Tierra, y qué es la Tierra en la placenta negra del Universo. La Tierra, que contiene tantos Universos como hombres, como perros, como algas, como rocas. Y cada Universo una muerte anhelando su cero sincero.

  Viendo a los Monty Python me di cuenta de la realidad detrás de las películas de piratas, cosas que tomamos por tópicas. Hay una diferencia entre imaginar como fantasía y como realidad. En la fantasía ves los cañonazos, el humo, los gritos, tu propio barco navegar desde un plano de helicóptero. En la realidad, las esquirlas de la madera astillada intentan perforar tus manos callosas mientras empujas el cañón a la porta, ayudado por tres hombres que apestan a sudor, en una bodega que apesta a humedad, licor y vómito, y nada de eso importa ya que la proximidad de una muerte inevitable y por sorpresa empieza a hacer que la realidad pierda su nombre.

  Ilusos. Dadle a Dios lo que es de Dios, pues del hombre son la hez y la traición. Sí, ¡he aquí el hombre!