Después de 8 horas en el segundo tren más incómodo del norte de España, y otras 3 horas en el primer tren más incómodo del norte de... la península, al fin estábamos allí. Pisando la arena de la Zurriola. Sobre el escenario un hombre anciano al que apenas alcanzaba a oír, seguramente debido a la gran distancia que me separaba de él. No lo conocía de nada, pero definitivamente no era un telonero o un técnico de sonido, ya que no escaseaban las ovaciones a cada canción. "A local hero", debió pensar Bob Dylan, si es que se dignó a ver la actuación tras las bambalinas. "Alguien de cierto prestigio internacional", debió pensar de Bob Dylan, sin mucho ni poco desprecio, una chica que estaba allí, pisando la misma playa que yo, y que había ido a ver a Mikel Laboa.
Un día mi primo, amigo y maestro, que también pisaba esa playa en ese momento, me dijo que para saber si una mujer valía la pena, le preguntara si sabía quien era Bob Dylan. No es que el viejo Bobby tenga un don especial para hacerse conocer entre las mujeres de alta valía. Se refería a que si pretendía pasar el resto de mi vida, o al menos una larga temporada con esa mujer, cuando ambos volviéramos a casa por las noches, tendríamos que hablar de algo. Y con una chica que no sabía quién era Bob Dylan, poco iba a tener que hablar. Por supuesto, dijo Bob Dylan como podía haber dicho John Lennon, o Mahatma Ghandi. Probablemente él tenga una historia que contar acerca de una chica estúpida que no conocía a Bob Dylan.
Quiso el destino que me encontrara, años después (cuatro concretamente), con esa chica que había ido a ver a Mikel Laboa -cómo si no iba a saberlo. Esa chica, por supuesto, conocía a Bob Dylan, aunque tal vez no supiera decirte el título de ninguna canción. Curiosamente, nuestras culturas musicales, cinematográficas, y demás gustos y aficiones, apenas se tocaban en contados puntos. Las fondues de queso, las ensaladas de muchos ingredientes muy aliñadas, y poco más. Y sin embargo, nunca me faltó de qué hablar con ella. Ni jamás sentí la necesidad de preguntarle si sabía quién era Bob Dylan. Algunas chicas me han hablado de Séneca, de Orwell, de Lynch, de Pi. Consideré estúpido preguntarles por Dylan. Con otras, me bastó con una mirada, una sonrisa, una lágrima. Probablemente no leas esto, pero por si lo haces: gracias.
Pisando esa arena también estaba un gran amigo. El mismo que había hecho ese largo viaje conmigo. El mismo que merodeó por las calles de Donosti (o San Sebastián, como la llamaba por aquel entonces) durante 6 largas horas nocturnas sin ayuda de alcohol. La cuenta de las horas se estaba acercando a 24 y los nervios estaban algo crispados. Vimos cosas interesantes durante esa noche, como una pareja de extranjeros bañándose desnudos en la playa de la concha, recomendándonos en inglés no seguir su ejemplo, y luego haciendo cosas más íntimas sobre la arena. Pero la mayor parte de la horas fueron monótonas, sin más ayuda que la conversación. Al despuntar el alba, nos apuramos hacia la estación de autobuses jurando no volver a usar jamás ese horrible tren. Quiso el destino que la distribución de los puntos de información y venta de billetes en esa estación fuera caótica, y que nos resignáramos amargamente a romper nuestro juramento apenas unas horas después de hacerlo. Ya en Bilbao, buscamos la estación de buses con la esperanza de entender algo en ella, y cogimos el primer bus que salía hacia Oviedo. Un supra, por no esperar otros 40 minutos allí perdidos, anhelando el hogar. Nos lo habíamos ganado, qué coño. La cuenta de las horas ya superaba holgadamente las 24. El viaje de vuelta fue paradisíaco, con azafatas agasajándonos con viandas todo el viaje, asientos cómodos, imperceptibles vaivenes, y apenas una parada en Santander.
Tal vez sea gracioso, o tal vez sea normal, pero recuerdo bien todos estos detalles, incluso con cariño, y apenas recuerdo qué canciones "tocó" Bob Dylan. De la gente que había en esa playa, cuyos nombres conozco, el último en la escala de aprecio es de hecho el propio Bob Dylan (tal vez, porque no conozco el nombre del cantante de Macaco, y sí el de Kira Miró). Supongo que Bob Dylan no puede decir lo mismo de mí, por no conocer mi nombre, pero no creo que su aprecio por mí ni por nadie más de los presentes en esa playa sea mucho más alto. No me lo tengas en cuenta, Bobby. Esa gente que conozco y que estuvo en esa playa, son personas excepcionales. No es que tú no lo seas, es sólo que sólo conozco tu nombre, tus canciones, y poco más.
El final de la historia no lo recuerdo al detalle. Supongo que porque fue feliz, normal, vulgar. Imagino que llegamos a casa alrededor del mediodía, y dormimos hasta la mañana siguiente. Y a pesar de todas las horas habladas, y de la distancia que nos separa ahora, aún no se me ha acabado la conversación con ese gran amigo que me acompañó. Y que probablemente, tampoco me lea. No obstante, por si acaso, también quisiera darte las gracias por todo.
Y para acabar, sería injusto sólo agradecer a aquellos que no están leyendo esto. Este blog tiene la gran ventaja de no tener demasiada difusión, por lo que puedo agradecer a todos los que lo leen no sólo el hecho de que lo lean, sino todo lo demás. Todo lo que hacen. Todo lo que son. Y el papel que juegan en mi vida. Tal vez sean personas normales y corrientes para el gran público, porque posiblemente no lleguen a estar sobre un escenario delante de miles de personas. Pero yo sé que no lo son, de todo menos corrientes. Apenas números en algunas estadísticas, y personajes principales en la historia de mi vida, al igual que los presentes en este relato. Probablemente, nadie que reciba este agradecimiento lo desmerezca.
Gracias
sábado, 22 de junio de 2013
martes, 28 de mayo de 2013
La condición mundana
- El otro día vi una foto que tendrá unos veinte años, de unas vacaciones. Mi padre iba vestido de chándal, y mi madre mi hermano y yo, con camisetas de publicidad de Café de Colombia. Parecíamos albanokosovares. En menos de veinte años, ya vivíamos en un chalet, mi hermano estaba fundiendo perras a mansalva en vicios por Madrid, y yo por Asturias. Apenas mayor de edad y ya conducía un S3. En la foto, teníamos un Renault 11. Como todo el mundo. Ahora hay dos Bemeuves en casa. Y mira, mira por la ventana:
Me acerqué a la ventana de la zona de espera, que daba al aparcamiento del hospital, mientras me iba relatando en voz alta los coches aparcados de izquierda a derecha - BMW, BMW, BMW, Renault nuevo, Mercedes, BMW, otro Renault de este año, Audi, Mercedes, BMW... todo esto, ¿de dónde ha salido? ¿Se ha creado tanta riqueza en 20 años? ¿Quién lo ha producido? Porque donde yo trabajo, hay nueve personas ocho horas en una oficina. De esas setenta y dos horas, se trabajan más o menos dos al día. De verdad, no entiendo cómo funciona esto. Sólo consumimos, traga y traga y luego tiramos todo a la mierda. Y se supone que crecemos.
Mientras decía todo esto se me venían las sabias palabras de mi padre a la cabeza: "Básicamente, no somos más que máquinas de dormir, comer y cagar". Siempre repetía varias veces "comer y cagar", como dándose la razón a sí mismo.
- Tienes que leer un libro, la condición humana, de Hannah Arendt -añadió para acabar.
Y no lo he leído, pero en ese momento, me asaltó una súbita ciclogénesis explosiva de pensamiento. En plena crisis, rodeado de todo tipo de protestas y reclamas, de artículos críticos y de bromas sobre el paro juvenil que casi empiezan a cansar (y eso que se hacen bromas porque las noticias ya cansaron hace tiempo), mi mente pasó por todos los estados de ánimo y puntos de vista. Del desprecio a la condolencia, de la crítica a la comprensión, de la indignación a la aceptación. Pensaba en aquellos líderes políticos de izquierdas, derechas y sindicales, que cobrando sueldos y sobresueldos en connivencia con las tropelías cometidas en cajas y demás entidades bajo su supervisión, hacían mutis por el forro por el que se pasaban su integridad. Luego pensaba en aquellos sufridos trabajadores que sólo aspiran a ser liberado sindical, soñando despierto con las comilonas de celebración en los días de huelga general. Luego pensaba en las barras de los bares, en los chistes acerca de famosos mangantes (por ladrones) que se habrán contado, aderezados muchos por un "anda que no es listo". Pensaba en las elecciones autonómicas de Valencia, pensaba en las manifestaciones en las calles y luego mi mente se iba a los pobres niños de África. De pronto los imaginaba vestidos de traje, con la cartera llena, igual de despectivos y despreciables que cualquier otro.
Dicen que la esencia del ser vivo es la exaltación de su propia existencia. Eso debe ser lo que nos ha traído hasta aquí, y de lo que queramos o no, va a ser muy difícil escapar (y, ¿por qué deberíamos querer?). Probablemente no es ningún milagro que la vida haya llegado a donde está ahora. Quizá ni tan siquiera una casualidad. Al fin y al cabo, la vida es por definición, aquella reacción química (acontecimiento / cosa / movida / x), de los trillones que se dieron y darán, que se emperra en sobrevivir y perpetuarse. Aquella en la que todos los cambios son bien recibidos, pero sólo se conservarán los que ayuden a ese propósito de manera práctica. Máquinas de comer y cagar.
En esta entrada se da una circunstancia que rara vez se da cuando escribo, y es que he tardado más de un día en terminarla. Desde que comencé a idearla, tras aquella conversación con mi primo en aquel pasillo de hospital, han pasado ya muchos días, tal vez un mes. Y en todos esos días he visto y leído muchas cosas. Artículos en diversos periódicos o páginas, y casi todos ellos hablaban de algo indignante. Vídeos de fanáticos religiosos con las manos llenas de sangre hablando a la cámara con un cadáver caliente a su lado. Vídeos de multitudes (por no decir marabuntas), espero que enajenadas, rodeando, golpeando, quemando vivos a un hombre una mujer y una anciana que no hacían nada por defenderse, en el África profunda. Lo que más me jodió de ese vídeo es que no tenía ningún tipo de contexto, no sabías el por qué de nada, ni supongo que hubiera ayudado en absoluto saberlo. Muchas veces pensé que el perdón universal de Jesús nacía del amor a todas las cosas, de la compresión, de saber ver la belleza por doquiera. Y no siendo una persona especialmente religiosa (para hacerme entender, no lo soy, explicarlo mejor me llevaría mucho tiempo), llegué a apreciar mucho esa filosofía. Sin embargo, en todo el tiempo que llevo macerando esta entrada, he acabado en el nihilismo, casi en el "todovaleísmo", como en toda discusión que se precie y se alargue lo suficiente. Ya no puedo llegar a una conclusión crítica acerca de lo ladrones y/o estúpidos que somos todos. Esto es lo que hay, esta es la vida.
Sí, hay una pequeña esperanza de hacer las cosas mejor. A veces parece que muy poco a poco (cada par de siglos, más o menos), vamos poniendo otro peldaño más en nuestra humanidad, aquello que nos gusta creer que nos separa de lo animal, de lo natural, de lo mundano y nos hace cuasi divinos. Una forma casi artificial de autoconservación a ultranza, la última argucia de la vida para aferrarse a la vida. Visto así, la codicia y la solidaridad tienen el mismo origen, la misma razón de ser. Así que creo que llegados a este punto en el que ya no tengo clara la definición de bien y mal, debería dejar de escribir, ya que una vez llegado al nihilismo, es difícil volver atrás en apenas un par de párrafos.
Tal vez con una frase: que le den a todo, ¡bebamos!
Me acerqué a la ventana de la zona de espera, que daba al aparcamiento del hospital, mientras me iba relatando en voz alta los coches aparcados de izquierda a derecha - BMW, BMW, BMW, Renault nuevo, Mercedes, BMW, otro Renault de este año, Audi, Mercedes, BMW... todo esto, ¿de dónde ha salido? ¿Se ha creado tanta riqueza en 20 años? ¿Quién lo ha producido? Porque donde yo trabajo, hay nueve personas ocho horas en una oficina. De esas setenta y dos horas, se trabajan más o menos dos al día. De verdad, no entiendo cómo funciona esto. Sólo consumimos, traga y traga y luego tiramos todo a la mierda. Y se supone que crecemos.
Mientras decía todo esto se me venían las sabias palabras de mi padre a la cabeza: "Básicamente, no somos más que máquinas de dormir, comer y cagar". Siempre repetía varias veces "comer y cagar", como dándose la razón a sí mismo.
- Tienes que leer un libro, la condición humana, de Hannah Arendt -añadió para acabar.
Y no lo he leído, pero en ese momento, me asaltó una súbita ciclogénesis explosiva de pensamiento. En plena crisis, rodeado de todo tipo de protestas y reclamas, de artículos críticos y de bromas sobre el paro juvenil que casi empiezan a cansar (y eso que se hacen bromas porque las noticias ya cansaron hace tiempo), mi mente pasó por todos los estados de ánimo y puntos de vista. Del desprecio a la condolencia, de la crítica a la comprensión, de la indignación a la aceptación. Pensaba en aquellos líderes políticos de izquierdas, derechas y sindicales, que cobrando sueldos y sobresueldos en connivencia con las tropelías cometidas en cajas y demás entidades bajo su supervisión, hacían mutis por el forro por el que se pasaban su integridad. Luego pensaba en aquellos sufridos trabajadores que sólo aspiran a ser liberado sindical, soñando despierto con las comilonas de celebración en los días de huelga general. Luego pensaba en las barras de los bares, en los chistes acerca de famosos mangantes (por ladrones) que se habrán contado, aderezados muchos por un "anda que no es listo". Pensaba en las elecciones autonómicas de Valencia, pensaba en las manifestaciones en las calles y luego mi mente se iba a los pobres niños de África. De pronto los imaginaba vestidos de traje, con la cartera llena, igual de despectivos y despreciables que cualquier otro.
Dicen que la esencia del ser vivo es la exaltación de su propia existencia. Eso debe ser lo que nos ha traído hasta aquí, y de lo que queramos o no, va a ser muy difícil escapar (y, ¿por qué deberíamos querer?). Probablemente no es ningún milagro que la vida haya llegado a donde está ahora. Quizá ni tan siquiera una casualidad. Al fin y al cabo, la vida es por definición, aquella reacción química (acontecimiento / cosa / movida / x), de los trillones que se dieron y darán, que se emperra en sobrevivir y perpetuarse. Aquella en la que todos los cambios son bien recibidos, pero sólo se conservarán los que ayuden a ese propósito de manera práctica. Máquinas de comer y cagar.
En esta entrada se da una circunstancia que rara vez se da cuando escribo, y es que he tardado más de un día en terminarla. Desde que comencé a idearla, tras aquella conversación con mi primo en aquel pasillo de hospital, han pasado ya muchos días, tal vez un mes. Y en todos esos días he visto y leído muchas cosas. Artículos en diversos periódicos o páginas, y casi todos ellos hablaban de algo indignante. Vídeos de fanáticos religiosos con las manos llenas de sangre hablando a la cámara con un cadáver caliente a su lado. Vídeos de multitudes (por no decir marabuntas), espero que enajenadas, rodeando, golpeando, quemando vivos a un hombre una mujer y una anciana que no hacían nada por defenderse, en el África profunda. Lo que más me jodió de ese vídeo es que no tenía ningún tipo de contexto, no sabías el por qué de nada, ni supongo que hubiera ayudado en absoluto saberlo. Muchas veces pensé que el perdón universal de Jesús nacía del amor a todas las cosas, de la compresión, de saber ver la belleza por doquiera. Y no siendo una persona especialmente religiosa (para hacerme entender, no lo soy, explicarlo mejor me llevaría mucho tiempo), llegué a apreciar mucho esa filosofía. Sin embargo, en todo el tiempo que llevo macerando esta entrada, he acabado en el nihilismo, casi en el "todovaleísmo", como en toda discusión que se precie y se alargue lo suficiente. Ya no puedo llegar a una conclusión crítica acerca de lo ladrones y/o estúpidos que somos todos. Esto es lo que hay, esta es la vida.
Sí, hay una pequeña esperanza de hacer las cosas mejor. A veces parece que muy poco a poco (cada par de siglos, más o menos), vamos poniendo otro peldaño más en nuestra humanidad, aquello que nos gusta creer que nos separa de lo animal, de lo natural, de lo mundano y nos hace cuasi divinos. Una forma casi artificial de autoconservación a ultranza, la última argucia de la vida para aferrarse a la vida. Visto así, la codicia y la solidaridad tienen el mismo origen, la misma razón de ser. Así que creo que llegados a este punto en el que ya no tengo clara la definición de bien y mal, debería dejar de escribir, ya que una vez llegado al nihilismo, es difícil volver atrás en apenas un par de párrafos.
Tal vez con una frase: que le den a todo, ¡bebamos!
martes, 7 de mayo de 2013
Cuentos en las palabras
Últimamente me ha ocurrido a menudo acabar contándole a alguien cómo a veces le doy varias vueltas a las palabras, desde un cierto punto de vista etimológico, para descubrir su significado real o su origen. Un ejemplo muy claro es la palabra des-ayuno, que no necesita explicación, y sin embargo todo el mundo la usa para referirse (aparte de a lo propio) a esa segunda o tercera cena que se hace a altas horas de la madrugada después de velar la noche. Un verbo mucho mas apropiado que desayunar para esas horas, podría ser simplemente "jalar". Para terminar con el ejemplo "desayuno", recientemente me ha dado por buscar la palabra "fast" en google y parece ser que no sólo significa rápido en inglés, sino también "ayuno". Parecía obvio, pero cuando era pequeño, "breakfast" para mí quería decir algo así como... romper rápido, como si dieran por supuesto que lo que se rompe es el ayuno, y sólo quisieran puntualizar que ellos, los anglosajones, lo hacen de manera rápida. Me hizo algo de ilusión pensar que el mundo no es tan raro ni incomprensible como yo creía de pequeño.
Otro ejemplo que uso mucho es la palabra emboscada. Resulta que una de las maneras más asequibles para esconder un ejército de miles de lanzas en la antigüedad (y probablemente, también el número que sea de fusiles en la actualidad), para caer por sorpresa sobre el enemigo, era esconderlo en un bosque. Sin más.
Y muchas otras palabras son obvias, pero las hemos aprendido con una acepción tan concreta que no nos paramos a pensar en ellas, como amable, villano, prensa (escrita), velada (tanto el sustantivo como el adjetivo) o velar, desnudar, incluso vaquero.
Recientemente, un amigo se quedó atascado al intentar decir la palabra "sibarita", y le salió algo así como "sibareno". En ese momento me di cuenta de que "sibarita" tenía forma de gentilicio. Por curiosidad busqué la palabra en wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Sibarita), y parece ser que efectivamente existió una ciudad llamada Síbari, colonia griega en la región italiana de Calabria. Parece ser que sus habitantes eran tan refinados que uno de ellos se quejó a un amigo de que no había podido dormir, porque uno de los miles de pétalos de rosa que rellenaban su colchón estaba doblado. Y parece ser también, que los sibaritas presumían de que sus caballos de guerra bailaban al son de la música. De modo que cuando entraron en guerra con Crotona, éstos útlimos contrataron músicos para que tocaran en la batalla, haciendo a los caballos sibaritas bailar y a los propios sibaritas quedar como imbéciles relamidos, supongo. Éste fue el fin de Síbari.
Descubrir esta historia "oculta" tras una palabra tan común me ha hecho (además de ilusión) escribir esto, y pensar que hay una cierta lógica detrás de todo, al fin y al cabo. Y supongo que no sólo en las palabras, cada cosa, cada sitio al que mires, esconde mil historias.
jueves, 2 de mayo de 2013
Ex hoc momento pendet Aeternitas
Se movían entre cañas y barro, entre el miedo y el asco. Entre peces de hielo y sangre de dragón. Con la tranquilidad del que no espera nada, y sabe que nada le espera. La absenta era dulce y las noches amargas. Y los días peor. Y la llama siempre brillaba, más alla, sobre el hombro de Orión. Recolectores de sueños, ¡saluden al cazador!
miércoles, 17 de abril de 2013
Trizas y Cenizas
En el futuro, siempre fui un ser humano extraordinario. Y sigo siéndolo. Pero cuando recuerdo los futuros pasados, los ya acontecidos, el presente resultante se distancia del real cada vez más. Ahora retroalimento mis nuevos futuros con ese conformismo tan mío, que debería ser impropio de mi edad. Y cada vez es más pequeño. Los sueños de niño, las urgencias de púber, hasta las dulces pajas mentales de joven domesticado.
Hay tantos mundos perfectos, actos geniales y obras maestras en mi cabeza.... que ya empiezo a preguntarme qué me separa de ellas. Empiezo a aceptar. Empiezo a intuir que hay otras tantas en la cabeza de otros tantos. Otros tantos que no llegarán a nada, como yo. Otros tantos que se creen muy listos y escriben con aires en un blog, esperando que alguien les lea y diga "joder, es genial". Y... bueno, y nada más, tal vez con eso baste. Pero nadie lo vais a pensar, ¿verdad? Porque no sois los del otro lado, sino del mismo. Malditos engreídos.
Gracias por leer.
Hay tantos mundos perfectos, actos geniales y obras maestras en mi cabeza.... que ya empiezo a preguntarme qué me separa de ellas. Empiezo a aceptar. Empiezo a intuir que hay otras tantas en la cabeza de otros tantos. Otros tantos que no llegarán a nada, como yo. Otros tantos que se creen muy listos y escriben con aires en un blog, esperando que alguien les lea y diga "joder, es genial". Y... bueno, y nada más, tal vez con eso baste. Pero nadie lo vais a pensar, ¿verdad? Porque no sois los del otro lado, sino del mismo. Malditos engreídos.
Gracias por leer.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Picasso, Miró
-Entonces, ¿aquí es donde tienen el Guernica?
-Aquí está el Guernica, sí -respondió ella.
Ciertamente, no sabía si le había corregido, pero le pareció notar una entonación extraña, un tanto cursiva, en esa palabra. Y ciertamente, tampoco se había parado a pensar en su manera de expresarse. Él era más de hablar al azar para justificarse después. Lo malo es que pensaba que no había nada malo en ello, y lo peor, que tenía razón.
-Tal vez así es como debería ser, querida. Tal vez como fuera algún tiempo. Pero sin duda ahora el arte no es ni está, se posee, se tiene. Tanto las obras como el conocimiento de ellas. Antes el artista debía impresionar al público, y ahora parece ser que es al contrario.
Esta vez él también usó una entonación extraña, la del silencio. Le daba vueltas a todos estos conceptos que sonaban tan demoledores en su mente, y que sabía que se desinflarían mucho al pronunciar las palabras (que tampoco serían las mismas, cosas del directo). Pero no hizo falta, pues ella ya estaba mirando para otro lado, y supo enseguida que le importaba una mierda lo que él pudiera pensar acerca del arte moderno. Sabía que sonaría como un modernillo más, pero no de los entendidos, sino de los humoristas rebeldes, de los que hacen monólogos acerca de los absurdos del arte moderno.
-Mejor así -pensó, ya que tampoco tenía las ganas suficientes de empezar a explicarse con el cansancio acumulado de los dos pisos anteriores, con sus cuatro o cinco salas cada uno.
De pronto se sorprendió mirando a la gente más que a las obras, preguntándose si toda esa gente -o una parte al menos- se sentirían tan gilipollas como él. Si habían ido por la curiosidad de ver las obras, o sólo por el Guernica, o sólo por el hecho de ir. Quizás para contarlo, quizás sólo por tener la conciencia tranquila, porque ya que estás en Madrid, a algún museo tendrás que ir, ¿no?
-Holaaa -el estruendo le sacó de su ensimismamiento. Aquí utilizo la cursiva porque no fue realmente una exclamación, pero el tono era claramente inapropiado para el lugar. O eso le pareció. Pero claro, ¿qué sabe él o yo de museos?-. Picasso, Miró -añadió el que debía ser (o eso quería creer) el guía de la sala, o al menos algún tipo de empleado. Y mientras lo decía, señalaba dos de los cuadros.
No sabía exactamente qué había sido, pero quería sentirse ofendido por algo. ¿Tal vez el tono? ¿Porque parece que insinúa que soy el típico que sólo viene a ver cuadros de nombres famosos -bien porque sabe mucho de arte, o porque sabe muy poco-? ¿Porque parece indicarme qué cuadros deberían gustarme? ¿Tal vez el acento madrileño, que hasta el gesto más amable lo disfraza de hostilidad?
No queriendo ofenderle pero tampoco dejarse llevar cual rebaño, ni mucho menos ofender al resto de artistas expuestos en la sala -que de hecho, ya que no los conocía de nada, podrían estar hasta presentes mirando su propia obra junto a él- siguió con su rutina de ver la sala guardando un orden, no un orden estricto, ni siquiera siempre el mismo, pero un mínimo orden. Por tanto, empezó por el cuadro de su derecha, un retrato en tres dimensiones de alguna actriz famosa y muerta (por ejemplo, Ava Gardner) de la que él tampoco había visto ninguna película. Cuando de repente...
-En oblicuo, en oblicuo -ahí estaba ése otra vez, desde el lateral del cuadro. Señalándolo con un gesto de sus cejas-. Este hay que verlo en oblicuo (esta vez el tono ya no le sobresaltó, bien sea porque lo bajó o porque se acostumbró). De modo que fue orbitando poco a poco alrededor del cuadro para ver las distintas formas que tomaba según la perspectiva. A su ritmo. Se paró un momento en lo que él entendía de toda la vida por ángulo oblicuo, y tampoco por seguir las indicaciones, sino por observar esa perspectiva concreta. Maldita sea, le apetecía-. ¡En oblicuo, en oblicuo! -repitió el guía desde su posición a noventa grados sexagesimales respecto al frontal del cuadro, señalando esta vez ya con el brazo y mano extendidos. Él accedió a continuar su órbita hasta eclipsar al guía, pero convencido de que eso que él llamaba oblicuo no era tal, sino lo que comúnmente llamamos "de lao". Pero no dijo nada porque no le gusta quedar como un gilipollas, ya sea teniendo razón o no. Ya lo digo yo, que antes de escribir algo me tomo la libertad de buscarlo en Google, Wikipedia, o la RAE. Hábito muy sencillo e increíblemente poco extendido. Y se da el caso de que, efectivamente, ese ángulo que pedías, guía, no es "en oblicuo", sino "de lao", y punto. Cuando alguien quiere decir "aclarar" sin hablar claro, unos dicen "clarificar" y otros "esclarecer". Ambos son igualmente gilipollas, pero los primeros ni siquiera están siendo más correctos al hablar.
-Esto ni siquiera me dice nada desde aquí... quiero entender que lo bonito es que dependiendo de la perspectiva, cambia el aspecto... porque si ése era el ángulo adecuado, es de suponer que uno debería ver algo distinto, llamativo. Si no, volvemos a lo de antes, es mala y punto. No soy yo el que se tiene que devanar la cabeza jugando a las adivinanzas, yo estoy pagando, eres tú el que tiene que hacer algo que hable por sí mismo, sin falta de molestos guías, que eres el que está cobrando. En fin, todo esto se ha perdido -mientras iba pensando todo esto, y pasando su inocua mirada por las demás obras, llegó al fin al Picasso. Una miradita por aquí, otra por allá, una inclinación hacia la placa para leer el título (y de paso el autor, no por desconfianza, sino porque estaba allí escrito, apenas a un centímetro del título)... demasiada calma... algo le zumbaba en las orejas, le cosquilleaba la nuca, ponía su mente en prevengan.
-Desde aquí, desde aquí -ya estamos. Hubiera agradecido que le hubieran preguntado si necesitaba ayuda. Qué curioso que la gente sea más educada hoy en día en las tiendas que en los museos. Parece ser que si vas a comprar algo, eres el jefe, y si no, eres ganado, estés donde estés. El tipo seguía con su amable consejo-, mira, te pones desde aquí, es la distancia perfecta para ver el cuadro, y ademas lo estas viendo y mira, ¡pum! -dijo para acompañar un saltito de cuarto de vuelta hacia su izquierda-, pasas al Miró -y al decir Miró, le miró como si le hubiera descubierto la cuarta dimensión del espacio, con las cejas muy alzadas por encima de las gafas y una medio sonrisa. El tono seguía siendo demasiado alto para resultar cómodo.
Casi pensó en darle las gracias, en automático, porque suponía que lo hacía para ayudarle, pero recordó que no le iba a comprar nada así que le dijo simplemente:
-Ah, vale.
Y ocupó el lugar indicado, muy tentado de repetir el saltito e incluso la onomatopeya. Porque parecía claro que esa sala iba un poco de crear situaciones incómodas y ridículas. Así era el arte. Pero se giró normal. Mientras miraba el Miró, se giró un poco hacia ella, que sonreía divertida. Qué maja. Y entonces el guía volvió.
-¿Ves el gallo?
-Mhh... no. Si ahí hay un gallo, no está bien dibujado. Si tienes que pasarte media hora buscándolo, o pedir ayuda para verlo o intuirlo, entonces para mí no es arte, o no es un gallo. Y tampoco sé muy bien por qué estos picos pegan con estas curvas, cuando algo pega se nota sin más, no tienen que explicártelo. Y los colores... tampoco tengo la seguridad de que casen demasiado. Para mí el arte ha de ser obvio, no digo que no pueda ser abstracto, pero obvio. La música es obvia, no hace falta ser un experto para saber si algo es música o ruido. Sólo tiene que sonar bien, joder, no pido más. Si esto se trata de hacer cosas raras hasta que consigas que te llamen original, aunque no pegue ni con cola, si arte es todo lo que el hombre llama arte, entonces lo mío no es el arte. Mira, si te digo la verdad, Miró me tira de los cojones.

-Aquí está el Guernica, sí -respondió ella.
Ciertamente, no sabía si le había corregido, pero le pareció notar una entonación extraña, un tanto cursiva, en esa palabra. Y ciertamente, tampoco se había parado a pensar en su manera de expresarse. Él era más de hablar al azar para justificarse después. Lo malo es que pensaba que no había nada malo en ello, y lo peor, que tenía razón.
-Tal vez así es como debería ser, querida. Tal vez como fuera algún tiempo. Pero sin duda ahora el arte no es ni está, se posee, se tiene. Tanto las obras como el conocimiento de ellas. Antes el artista debía impresionar al público, y ahora parece ser que es al contrario.
Esta vez él también usó una entonación extraña, la del silencio. Le daba vueltas a todos estos conceptos que sonaban tan demoledores en su mente, y que sabía que se desinflarían mucho al pronunciar las palabras (que tampoco serían las mismas, cosas del directo). Pero no hizo falta, pues ella ya estaba mirando para otro lado, y supo enseguida que le importaba una mierda lo que él pudiera pensar acerca del arte moderno. Sabía que sonaría como un modernillo más, pero no de los entendidos, sino de los humoristas rebeldes, de los que hacen monólogos acerca de los absurdos del arte moderno.
-Mejor así -pensó, ya que tampoco tenía las ganas suficientes de empezar a explicarse con el cansancio acumulado de los dos pisos anteriores, con sus cuatro o cinco salas cada uno.
De pronto se sorprendió mirando a la gente más que a las obras, preguntándose si toda esa gente -o una parte al menos- se sentirían tan gilipollas como él. Si habían ido por la curiosidad de ver las obras, o sólo por el Guernica, o sólo por el hecho de ir. Quizás para contarlo, quizás sólo por tener la conciencia tranquila, porque ya que estás en Madrid, a algún museo tendrás que ir, ¿no?
-Holaaa -el estruendo le sacó de su ensimismamiento. Aquí utilizo la cursiva porque no fue realmente una exclamación, pero el tono era claramente inapropiado para el lugar. O eso le pareció. Pero claro, ¿qué sabe él o yo de museos?-. Picasso, Miró -añadió el que debía ser (o eso quería creer) el guía de la sala, o al menos algún tipo de empleado. Y mientras lo decía, señalaba dos de los cuadros.
No sabía exactamente qué había sido, pero quería sentirse ofendido por algo. ¿Tal vez el tono? ¿Porque parece que insinúa que soy el típico que sólo viene a ver cuadros de nombres famosos -bien porque sabe mucho de arte, o porque sabe muy poco-? ¿Porque parece indicarme qué cuadros deberían gustarme? ¿Tal vez el acento madrileño, que hasta el gesto más amable lo disfraza de hostilidad?
No queriendo ofenderle pero tampoco dejarse llevar cual rebaño, ni mucho menos ofender al resto de artistas expuestos en la sala -que de hecho, ya que no los conocía de nada, podrían estar hasta presentes mirando su propia obra junto a él- siguió con su rutina de ver la sala guardando un orden, no un orden estricto, ni siquiera siempre el mismo, pero un mínimo orden. Por tanto, empezó por el cuadro de su derecha, un retrato en tres dimensiones de alguna actriz famosa y muerta (por ejemplo, Ava Gardner) de la que él tampoco había visto ninguna película. Cuando de repente...
-En oblicuo, en oblicuo -ahí estaba ése otra vez, desde el lateral del cuadro. Señalándolo con un gesto de sus cejas-. Este hay que verlo en oblicuo (esta vez el tono ya no le sobresaltó, bien sea porque lo bajó o porque se acostumbró). De modo que fue orbitando poco a poco alrededor del cuadro para ver las distintas formas que tomaba según la perspectiva. A su ritmo. Se paró un momento en lo que él entendía de toda la vida por ángulo oblicuo, y tampoco por seguir las indicaciones, sino por observar esa perspectiva concreta. Maldita sea, le apetecía-. ¡En oblicuo, en oblicuo! -repitió el guía desde su posición a noventa grados sexagesimales respecto al frontal del cuadro, señalando esta vez ya con el brazo y mano extendidos. Él accedió a continuar su órbita hasta eclipsar al guía, pero convencido de que eso que él llamaba oblicuo no era tal, sino lo que comúnmente llamamos "de lao". Pero no dijo nada porque no le gusta quedar como un gilipollas, ya sea teniendo razón o no. Ya lo digo yo, que antes de escribir algo me tomo la libertad de buscarlo en Google, Wikipedia, o la RAE. Hábito muy sencillo e increíblemente poco extendido. Y se da el caso de que, efectivamente, ese ángulo que pedías, guía, no es "en oblicuo", sino "de lao", y punto. Cuando alguien quiere decir "aclarar" sin hablar claro, unos dicen "clarificar" y otros "esclarecer". Ambos son igualmente gilipollas, pero los primeros ni siquiera están siendo más correctos al hablar.
-Esto ni siquiera me dice nada desde aquí... quiero entender que lo bonito es que dependiendo de la perspectiva, cambia el aspecto... porque si ése era el ángulo adecuado, es de suponer que uno debería ver algo distinto, llamativo. Si no, volvemos a lo de antes, es mala y punto. No soy yo el que se tiene que devanar la cabeza jugando a las adivinanzas, yo estoy pagando, eres tú el que tiene que hacer algo que hable por sí mismo, sin falta de molestos guías, que eres el que está cobrando. En fin, todo esto se ha perdido -mientras iba pensando todo esto, y pasando su inocua mirada por las demás obras, llegó al fin al Picasso. Una miradita por aquí, otra por allá, una inclinación hacia la placa para leer el título (y de paso el autor, no por desconfianza, sino porque estaba allí escrito, apenas a un centímetro del título)... demasiada calma... algo le zumbaba en las orejas, le cosquilleaba la nuca, ponía su mente en prevengan.
-Desde aquí, desde aquí -ya estamos. Hubiera agradecido que le hubieran preguntado si necesitaba ayuda. Qué curioso que la gente sea más educada hoy en día en las tiendas que en los museos. Parece ser que si vas a comprar algo, eres el jefe, y si no, eres ganado, estés donde estés. El tipo seguía con su amable consejo-, mira, te pones desde aquí, es la distancia perfecta para ver el cuadro, y ademas lo estas viendo y mira, ¡pum! -dijo para acompañar un saltito de cuarto de vuelta hacia su izquierda-, pasas al Miró -y al decir Miró, le miró como si le hubiera descubierto la cuarta dimensión del espacio, con las cejas muy alzadas por encima de las gafas y una medio sonrisa. El tono seguía siendo demasiado alto para resultar cómodo.
Casi pensó en darle las gracias, en automático, porque suponía que lo hacía para ayudarle, pero recordó que no le iba a comprar nada así que le dijo simplemente:
-Ah, vale.
Y ocupó el lugar indicado, muy tentado de repetir el saltito e incluso la onomatopeya. Porque parecía claro que esa sala iba un poco de crear situaciones incómodas y ridículas. Así era el arte. Pero se giró normal. Mientras miraba el Miró, se giró un poco hacia ella, que sonreía divertida. Qué maja. Y entonces el guía volvió.
-¿Ves el gallo?
-Mhh... no. Si ahí hay un gallo, no está bien dibujado. Si tienes que pasarte media hora buscándolo, o pedir ayuda para verlo o intuirlo, entonces para mí no es arte, o no es un gallo. Y tampoco sé muy bien por qué estos picos pegan con estas curvas, cuando algo pega se nota sin más, no tienen que explicártelo. Y los colores... tampoco tengo la seguridad de que casen demasiado. Para mí el arte ha de ser obvio, no digo que no pueda ser abstracto, pero obvio. La música es obvia, no hace falta ser un experto para saber si algo es música o ruido. Sólo tiene que sonar bien, joder, no pido más. Si esto se trata de hacer cosas raras hasta que consigas que te llamen original, aunque no pegue ni con cola, si arte es todo lo que el hombre llama arte, entonces lo mío no es el arte. Mira, si te digo la verdad, Miró me tira de los cojones.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Ángeles y Demonios
15 de enero. Muere Manuel Fraga Iribarne. Unos lamentan. Otros descorchan botellas de champán. Los unos se indignan, reprochan, los otros se defienden, se justifican. Algunos pelean. Los unos recuerdan su gran labor política y social, su aportación a la democracia. Los otros le llaman asesino.
18 de septiembre. Muere Santiago José Carrillo Solares. Unos lamentan. Otros descorchan botellas de champán. Los unos se indignan, reprochan, los otros se defienden, se justifican. Algunos pelean. Los unos recuerdan su gran labor política y social, su aportación a la democracia. Los otros le llaman asesino.
Cuando los Unos discutimos, creyendo llevar la razón, ¿qué es lo que pensamos de los Otros, nuestros interlocutores? ¿Que son estúpidos? ¿Que han recibido una educación incorrecta? ¿Que son malvados por naturaleza, y no les preocupa el bien común? ¿Acaso nunca se les pasa por la cabeza que crean llevar la razón, y que estén valorándonos de la misma forma? Porque este debería ser el planteamiento de partida de toda discusión, no creerse nunca en posesión de la verdad, sino que la verdad ha de ser la meta de la discusión. Se ha de forjar en el flujo bidireccional de las palabras, las ideas. Discutir debería servirnos para dar nosotros mismo un paso más hacia la verdad. Quien discute sin estar dispuesto a ser convencido no es más que un agitador, al que deberían darle el premio al ganador dialéctico de la discusión antes incluso de que se celebre, para que se lo lleve tranquilo a su casa y deje a los demás conversar.
Prefiero pensar que este razonamiento tan sencillo no lo tienen presente los Unos cuando discuten con los Otros. Eso querría decir que la discusión es un mero sinónimo práctico de la disputa, la pelea. De las mil verdades, de la no verdad, que viene a ser lo mismo. De que no podemos escapar de esa fuerza que separa, que se opone, que es el odio. Aunque seamos los hijos del amor, esa fuerza que asocia, que llega a niveles de complejidad tal altos como para crear belleza. La belleza en sí misma, como concepto. Para crear los conceptos. Tal vez para que exista una, ha de existir la otra, como otras tantas paradojas que realmente no lo son.
O tal vez no exista una verdad absoluta, y estemos condenados a discutir sin acuerdo. Tal vez la no verdad, sea verdad. Lo que no sé si es una paradoja, o un sinsentido.
Mientras tanto, mi pequeña y humilde verdad será que todos aprenderíamos más si miráramos menos los antagónicos titulares de las primeras planas de los periódicos, y más a gente como Michael Kenny, primer aprendiz de niñero en 110 años del Norland College. Rodeado de sus 48 preciosas y encantadoras compañeras, dice cosas como "a mi novia no le importa que pase el día rodeado de mujeres", o "Hubo un tiempo en que quise ser policía, después abogado y ahora niñero. No hay diferencia: el caso es ayudar a la gente". Se mire por donde se mire, esta historia es todo amor. Esta historia también aparece en un periódico, pero curiosamente, en su última página. Y no sin razón; las verdades más bonitas son pequeñas y están escondidas.
18 de septiembre. Muere Santiago José Carrillo Solares. Unos lamentan. Otros descorchan botellas de champán. Los unos se indignan, reprochan, los otros se defienden, se justifican. Algunos pelean. Los unos recuerdan su gran labor política y social, su aportación a la democracia. Los otros le llaman asesino.
Cuando los Unos discutimos, creyendo llevar la razón, ¿qué es lo que pensamos de los Otros, nuestros interlocutores? ¿Que son estúpidos? ¿Que han recibido una educación incorrecta? ¿Que son malvados por naturaleza, y no les preocupa el bien común? ¿Acaso nunca se les pasa por la cabeza que crean llevar la razón, y que estén valorándonos de la misma forma? Porque este debería ser el planteamiento de partida de toda discusión, no creerse nunca en posesión de la verdad, sino que la verdad ha de ser la meta de la discusión. Se ha de forjar en el flujo bidireccional de las palabras, las ideas. Discutir debería servirnos para dar nosotros mismo un paso más hacia la verdad. Quien discute sin estar dispuesto a ser convencido no es más que un agitador, al que deberían darle el premio al ganador dialéctico de la discusión antes incluso de que se celebre, para que se lo lleve tranquilo a su casa y deje a los demás conversar.
Prefiero pensar que este razonamiento tan sencillo no lo tienen presente los Unos cuando discuten con los Otros. Eso querría decir que la discusión es un mero sinónimo práctico de la disputa, la pelea. De las mil verdades, de la no verdad, que viene a ser lo mismo. De que no podemos escapar de esa fuerza que separa, que se opone, que es el odio. Aunque seamos los hijos del amor, esa fuerza que asocia, que llega a niveles de complejidad tal altos como para crear belleza. La belleza en sí misma, como concepto. Para crear los conceptos. Tal vez para que exista una, ha de existir la otra, como otras tantas paradojas que realmente no lo son.
O tal vez no exista una verdad absoluta, y estemos condenados a discutir sin acuerdo. Tal vez la no verdad, sea verdad. Lo que no sé si es una paradoja, o un sinsentido.
Mientras tanto, mi pequeña y humilde verdad será que todos aprenderíamos más si miráramos menos los antagónicos titulares de las primeras planas de los periódicos, y más a gente como Michael Kenny, primer aprendiz de niñero en 110 años del Norland College. Rodeado de sus 48 preciosas y encantadoras compañeras, dice cosas como "a mi novia no le importa que pase el día rodeado de mujeres", o "Hubo un tiempo en que quise ser policía, después abogado y ahora niñero. No hay diferencia: el caso es ayudar a la gente". Se mire por donde se mire, esta historia es todo amor. Esta historia también aparece en un periódico, pero curiosamente, en su última página. Y no sin razón; las verdades más bonitas son pequeñas y están escondidas.
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