jueves, 2 de mayo de 2013
Ex hoc momento pendet Aeternitas
Se movían entre cañas y barro, entre el miedo y el asco. Entre peces de hielo y sangre de dragón. Con la tranquilidad del que no espera nada, y sabe que nada le espera. La absenta era dulce y las noches amargas. Y los días peor. Y la llama siempre brillaba, más alla, sobre el hombro de Orión. Recolectores de sueños, ¡saluden al cazador!
miércoles, 17 de abril de 2013
Trizas y Cenizas
En el futuro, siempre fui un ser humano extraordinario. Y sigo siéndolo. Pero cuando recuerdo los futuros pasados, los ya acontecidos, el presente resultante se distancia del real cada vez más. Ahora retroalimento mis nuevos futuros con ese conformismo tan mío, que debería ser impropio de mi edad. Y cada vez es más pequeño. Los sueños de niño, las urgencias de púber, hasta las dulces pajas mentales de joven domesticado.
Hay tantos mundos perfectos, actos geniales y obras maestras en mi cabeza.... que ya empiezo a preguntarme qué me separa de ellas. Empiezo a aceptar. Empiezo a intuir que hay otras tantas en la cabeza de otros tantos. Otros tantos que no llegarán a nada, como yo. Otros tantos que se creen muy listos y escriben con aires en un blog, esperando que alguien les lea y diga "joder, es genial". Y... bueno, y nada más, tal vez con eso baste. Pero nadie lo vais a pensar, ¿verdad? Porque no sois los del otro lado, sino del mismo. Malditos engreídos.
Gracias por leer.
Hay tantos mundos perfectos, actos geniales y obras maestras en mi cabeza.... que ya empiezo a preguntarme qué me separa de ellas. Empiezo a aceptar. Empiezo a intuir que hay otras tantas en la cabeza de otros tantos. Otros tantos que no llegarán a nada, como yo. Otros tantos que se creen muy listos y escriben con aires en un blog, esperando que alguien les lea y diga "joder, es genial". Y... bueno, y nada más, tal vez con eso baste. Pero nadie lo vais a pensar, ¿verdad? Porque no sois los del otro lado, sino del mismo. Malditos engreídos.
Gracias por leer.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Picasso, Miró
-Entonces, ¿aquí es donde tienen el Guernica?
-Aquí está el Guernica, sí -respondió ella.
Ciertamente, no sabía si le había corregido, pero le pareció notar una entonación extraña, un tanto cursiva, en esa palabra. Y ciertamente, tampoco se había parado a pensar en su manera de expresarse. Él era más de hablar al azar para justificarse después. Lo malo es que pensaba que no había nada malo en ello, y lo peor, que tenía razón.
-Tal vez así es como debería ser, querida. Tal vez como fuera algún tiempo. Pero sin duda ahora el arte no es ni está, se posee, se tiene. Tanto las obras como el conocimiento de ellas. Antes el artista debía impresionar al público, y ahora parece ser que es al contrario.
Esta vez él también usó una entonación extraña, la del silencio. Le daba vueltas a todos estos conceptos que sonaban tan demoledores en su mente, y que sabía que se desinflarían mucho al pronunciar las palabras (que tampoco serían las mismas, cosas del directo). Pero no hizo falta, pues ella ya estaba mirando para otro lado, y supo enseguida que le importaba una mierda lo que él pudiera pensar acerca del arte moderno. Sabía que sonaría como un modernillo más, pero no de los entendidos, sino de los humoristas rebeldes, de los que hacen monólogos acerca de los absurdos del arte moderno.
-Mejor así -pensó, ya que tampoco tenía las ganas suficientes de empezar a explicarse con el cansancio acumulado de los dos pisos anteriores, con sus cuatro o cinco salas cada uno.
De pronto se sorprendió mirando a la gente más que a las obras, preguntándose si toda esa gente -o una parte al menos- se sentirían tan gilipollas como él. Si habían ido por la curiosidad de ver las obras, o sólo por el Guernica, o sólo por el hecho de ir. Quizás para contarlo, quizás sólo por tener la conciencia tranquila, porque ya que estás en Madrid, a algún museo tendrás que ir, ¿no?
-Holaaa -el estruendo le sacó de su ensimismamiento. Aquí utilizo la cursiva porque no fue realmente una exclamación, pero el tono era claramente inapropiado para el lugar. O eso le pareció. Pero claro, ¿qué sabe él o yo de museos?-. Picasso, Miró -añadió el que debía ser (o eso quería creer) el guía de la sala, o al menos algún tipo de empleado. Y mientras lo decía, señalaba dos de los cuadros.
No sabía exactamente qué había sido, pero quería sentirse ofendido por algo. ¿Tal vez el tono? ¿Porque parece que insinúa que soy el típico que sólo viene a ver cuadros de nombres famosos -bien porque sabe mucho de arte, o porque sabe muy poco-? ¿Porque parece indicarme qué cuadros deberían gustarme? ¿Tal vez el acento madrileño, que hasta el gesto más amable lo disfraza de hostilidad?
No queriendo ofenderle pero tampoco dejarse llevar cual rebaño, ni mucho menos ofender al resto de artistas expuestos en la sala -que de hecho, ya que no los conocía de nada, podrían estar hasta presentes mirando su propia obra junto a él- siguió con su rutina de ver la sala guardando un orden, no un orden estricto, ni siquiera siempre el mismo, pero un mínimo orden. Por tanto, empezó por el cuadro de su derecha, un retrato en tres dimensiones de alguna actriz famosa y muerta (por ejemplo, Ava Gardner) de la que él tampoco había visto ninguna película. Cuando de repente...
-En oblicuo, en oblicuo -ahí estaba ése otra vez, desde el lateral del cuadro. Señalándolo con un gesto de sus cejas-. Este hay que verlo en oblicuo (esta vez el tono ya no le sobresaltó, bien sea porque lo bajó o porque se acostumbró). De modo que fue orbitando poco a poco alrededor del cuadro para ver las distintas formas que tomaba según la perspectiva. A su ritmo. Se paró un momento en lo que él entendía de toda la vida por ángulo oblicuo, y tampoco por seguir las indicaciones, sino por observar esa perspectiva concreta. Maldita sea, le apetecía-. ¡En oblicuo, en oblicuo! -repitió el guía desde su posición a noventa grados sexagesimales respecto al frontal del cuadro, señalando esta vez ya con el brazo y mano extendidos. Él accedió a continuar su órbita hasta eclipsar al guía, pero convencido de que eso que él llamaba oblicuo no era tal, sino lo que comúnmente llamamos "de lao". Pero no dijo nada porque no le gusta quedar como un gilipollas, ya sea teniendo razón o no. Ya lo digo yo, que antes de escribir algo me tomo la libertad de buscarlo en Google, Wikipedia, o la RAE. Hábito muy sencillo e increíblemente poco extendido. Y se da el caso de que, efectivamente, ese ángulo que pedías, guía, no es "en oblicuo", sino "de lao", y punto. Cuando alguien quiere decir "aclarar" sin hablar claro, unos dicen "clarificar" y otros "esclarecer". Ambos son igualmente gilipollas, pero los primeros ni siquiera están siendo más correctos al hablar.
-Esto ni siquiera me dice nada desde aquí... quiero entender que lo bonito es que dependiendo de la perspectiva, cambia el aspecto... porque si ése era el ángulo adecuado, es de suponer que uno debería ver algo distinto, llamativo. Si no, volvemos a lo de antes, es mala y punto. No soy yo el que se tiene que devanar la cabeza jugando a las adivinanzas, yo estoy pagando, eres tú el que tiene que hacer algo que hable por sí mismo, sin falta de molestos guías, que eres el que está cobrando. En fin, todo esto se ha perdido -mientras iba pensando todo esto, y pasando su inocua mirada por las demás obras, llegó al fin al Picasso. Una miradita por aquí, otra por allá, una inclinación hacia la placa para leer el título (y de paso el autor, no por desconfianza, sino porque estaba allí escrito, apenas a un centímetro del título)... demasiada calma... algo le zumbaba en las orejas, le cosquilleaba la nuca, ponía su mente en prevengan.
-Desde aquí, desde aquí -ya estamos. Hubiera agradecido que le hubieran preguntado si necesitaba ayuda. Qué curioso que la gente sea más educada hoy en día en las tiendas que en los museos. Parece ser que si vas a comprar algo, eres el jefe, y si no, eres ganado, estés donde estés. El tipo seguía con su amable consejo-, mira, te pones desde aquí, es la distancia perfecta para ver el cuadro, y ademas lo estas viendo y mira, ¡pum! -dijo para acompañar un saltito de cuarto de vuelta hacia su izquierda-, pasas al Miró -y al decir Miró, le miró como si le hubiera descubierto la cuarta dimensión del espacio, con las cejas muy alzadas por encima de las gafas y una medio sonrisa. El tono seguía siendo demasiado alto para resultar cómodo.
Casi pensó en darle las gracias, en automático, porque suponía que lo hacía para ayudarle, pero recordó que no le iba a comprar nada así que le dijo simplemente:
-Ah, vale.
Y ocupó el lugar indicado, muy tentado de repetir el saltito e incluso la onomatopeya. Porque parecía claro que esa sala iba un poco de crear situaciones incómodas y ridículas. Así era el arte. Pero se giró normal. Mientras miraba el Miró, se giró un poco hacia ella, que sonreía divertida. Qué maja. Y entonces el guía volvió.
-¿Ves el gallo?
-Mhh... no. Si ahí hay un gallo, no está bien dibujado. Si tienes que pasarte media hora buscándolo, o pedir ayuda para verlo o intuirlo, entonces para mí no es arte, o no es un gallo. Y tampoco sé muy bien por qué estos picos pegan con estas curvas, cuando algo pega se nota sin más, no tienen que explicártelo. Y los colores... tampoco tengo la seguridad de que casen demasiado. Para mí el arte ha de ser obvio, no digo que no pueda ser abstracto, pero obvio. La música es obvia, no hace falta ser un experto para saber si algo es música o ruido. Sólo tiene que sonar bien, joder, no pido más. Si esto se trata de hacer cosas raras hasta que consigas que te llamen original, aunque no pegue ni con cola, si arte es todo lo que el hombre llama arte, entonces lo mío no es el arte. Mira, si te digo la verdad, Miró me tira de los cojones.

-Aquí está el Guernica, sí -respondió ella.
Ciertamente, no sabía si le había corregido, pero le pareció notar una entonación extraña, un tanto cursiva, en esa palabra. Y ciertamente, tampoco se había parado a pensar en su manera de expresarse. Él era más de hablar al azar para justificarse después. Lo malo es que pensaba que no había nada malo en ello, y lo peor, que tenía razón.
-Tal vez así es como debería ser, querida. Tal vez como fuera algún tiempo. Pero sin duda ahora el arte no es ni está, se posee, se tiene. Tanto las obras como el conocimiento de ellas. Antes el artista debía impresionar al público, y ahora parece ser que es al contrario.
Esta vez él también usó una entonación extraña, la del silencio. Le daba vueltas a todos estos conceptos que sonaban tan demoledores en su mente, y que sabía que se desinflarían mucho al pronunciar las palabras (que tampoco serían las mismas, cosas del directo). Pero no hizo falta, pues ella ya estaba mirando para otro lado, y supo enseguida que le importaba una mierda lo que él pudiera pensar acerca del arte moderno. Sabía que sonaría como un modernillo más, pero no de los entendidos, sino de los humoristas rebeldes, de los que hacen monólogos acerca de los absurdos del arte moderno.
-Mejor así -pensó, ya que tampoco tenía las ganas suficientes de empezar a explicarse con el cansancio acumulado de los dos pisos anteriores, con sus cuatro o cinco salas cada uno.
De pronto se sorprendió mirando a la gente más que a las obras, preguntándose si toda esa gente -o una parte al menos- se sentirían tan gilipollas como él. Si habían ido por la curiosidad de ver las obras, o sólo por el Guernica, o sólo por el hecho de ir. Quizás para contarlo, quizás sólo por tener la conciencia tranquila, porque ya que estás en Madrid, a algún museo tendrás que ir, ¿no?
-Holaaa -el estruendo le sacó de su ensimismamiento. Aquí utilizo la cursiva porque no fue realmente una exclamación, pero el tono era claramente inapropiado para el lugar. O eso le pareció. Pero claro, ¿qué sabe él o yo de museos?-. Picasso, Miró -añadió el que debía ser (o eso quería creer) el guía de la sala, o al menos algún tipo de empleado. Y mientras lo decía, señalaba dos de los cuadros.
No sabía exactamente qué había sido, pero quería sentirse ofendido por algo. ¿Tal vez el tono? ¿Porque parece que insinúa que soy el típico que sólo viene a ver cuadros de nombres famosos -bien porque sabe mucho de arte, o porque sabe muy poco-? ¿Porque parece indicarme qué cuadros deberían gustarme? ¿Tal vez el acento madrileño, que hasta el gesto más amable lo disfraza de hostilidad?
No queriendo ofenderle pero tampoco dejarse llevar cual rebaño, ni mucho menos ofender al resto de artistas expuestos en la sala -que de hecho, ya que no los conocía de nada, podrían estar hasta presentes mirando su propia obra junto a él- siguió con su rutina de ver la sala guardando un orden, no un orden estricto, ni siquiera siempre el mismo, pero un mínimo orden. Por tanto, empezó por el cuadro de su derecha, un retrato en tres dimensiones de alguna actriz famosa y muerta (por ejemplo, Ava Gardner) de la que él tampoco había visto ninguna película. Cuando de repente...
-En oblicuo, en oblicuo -ahí estaba ése otra vez, desde el lateral del cuadro. Señalándolo con un gesto de sus cejas-. Este hay que verlo en oblicuo (esta vez el tono ya no le sobresaltó, bien sea porque lo bajó o porque se acostumbró). De modo que fue orbitando poco a poco alrededor del cuadro para ver las distintas formas que tomaba según la perspectiva. A su ritmo. Se paró un momento en lo que él entendía de toda la vida por ángulo oblicuo, y tampoco por seguir las indicaciones, sino por observar esa perspectiva concreta. Maldita sea, le apetecía-. ¡En oblicuo, en oblicuo! -repitió el guía desde su posición a noventa grados sexagesimales respecto al frontal del cuadro, señalando esta vez ya con el brazo y mano extendidos. Él accedió a continuar su órbita hasta eclipsar al guía, pero convencido de que eso que él llamaba oblicuo no era tal, sino lo que comúnmente llamamos "de lao". Pero no dijo nada porque no le gusta quedar como un gilipollas, ya sea teniendo razón o no. Ya lo digo yo, que antes de escribir algo me tomo la libertad de buscarlo en Google, Wikipedia, o la RAE. Hábito muy sencillo e increíblemente poco extendido. Y se da el caso de que, efectivamente, ese ángulo que pedías, guía, no es "en oblicuo", sino "de lao", y punto. Cuando alguien quiere decir "aclarar" sin hablar claro, unos dicen "clarificar" y otros "esclarecer". Ambos son igualmente gilipollas, pero los primeros ni siquiera están siendo más correctos al hablar.
-Esto ni siquiera me dice nada desde aquí... quiero entender que lo bonito es que dependiendo de la perspectiva, cambia el aspecto... porque si ése era el ángulo adecuado, es de suponer que uno debería ver algo distinto, llamativo. Si no, volvemos a lo de antes, es mala y punto. No soy yo el que se tiene que devanar la cabeza jugando a las adivinanzas, yo estoy pagando, eres tú el que tiene que hacer algo que hable por sí mismo, sin falta de molestos guías, que eres el que está cobrando. En fin, todo esto se ha perdido -mientras iba pensando todo esto, y pasando su inocua mirada por las demás obras, llegó al fin al Picasso. Una miradita por aquí, otra por allá, una inclinación hacia la placa para leer el título (y de paso el autor, no por desconfianza, sino porque estaba allí escrito, apenas a un centímetro del título)... demasiada calma... algo le zumbaba en las orejas, le cosquilleaba la nuca, ponía su mente en prevengan.
-Desde aquí, desde aquí -ya estamos. Hubiera agradecido que le hubieran preguntado si necesitaba ayuda. Qué curioso que la gente sea más educada hoy en día en las tiendas que en los museos. Parece ser que si vas a comprar algo, eres el jefe, y si no, eres ganado, estés donde estés. El tipo seguía con su amable consejo-, mira, te pones desde aquí, es la distancia perfecta para ver el cuadro, y ademas lo estas viendo y mira, ¡pum! -dijo para acompañar un saltito de cuarto de vuelta hacia su izquierda-, pasas al Miró -y al decir Miró, le miró como si le hubiera descubierto la cuarta dimensión del espacio, con las cejas muy alzadas por encima de las gafas y una medio sonrisa. El tono seguía siendo demasiado alto para resultar cómodo.
Casi pensó en darle las gracias, en automático, porque suponía que lo hacía para ayudarle, pero recordó que no le iba a comprar nada así que le dijo simplemente:
-Ah, vale.
Y ocupó el lugar indicado, muy tentado de repetir el saltito e incluso la onomatopeya. Porque parecía claro que esa sala iba un poco de crear situaciones incómodas y ridículas. Así era el arte. Pero se giró normal. Mientras miraba el Miró, se giró un poco hacia ella, que sonreía divertida. Qué maja. Y entonces el guía volvió.
-¿Ves el gallo?
-Mhh... no. Si ahí hay un gallo, no está bien dibujado. Si tienes que pasarte media hora buscándolo, o pedir ayuda para verlo o intuirlo, entonces para mí no es arte, o no es un gallo. Y tampoco sé muy bien por qué estos picos pegan con estas curvas, cuando algo pega se nota sin más, no tienen que explicártelo. Y los colores... tampoco tengo la seguridad de que casen demasiado. Para mí el arte ha de ser obvio, no digo que no pueda ser abstracto, pero obvio. La música es obvia, no hace falta ser un experto para saber si algo es música o ruido. Sólo tiene que sonar bien, joder, no pido más. Si esto se trata de hacer cosas raras hasta que consigas que te llamen original, aunque no pegue ni con cola, si arte es todo lo que el hombre llama arte, entonces lo mío no es el arte. Mira, si te digo la verdad, Miró me tira de los cojones.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Ángeles y Demonios
15 de enero. Muere Manuel Fraga Iribarne. Unos lamentan. Otros descorchan botellas de champán. Los unos se indignan, reprochan, los otros se defienden, se justifican. Algunos pelean. Los unos recuerdan su gran labor política y social, su aportación a la democracia. Los otros le llaman asesino.
18 de septiembre. Muere Santiago José Carrillo Solares. Unos lamentan. Otros descorchan botellas de champán. Los unos se indignan, reprochan, los otros se defienden, se justifican. Algunos pelean. Los unos recuerdan su gran labor política y social, su aportación a la democracia. Los otros le llaman asesino.
Cuando los Unos discutimos, creyendo llevar la razón, ¿qué es lo que pensamos de los Otros, nuestros interlocutores? ¿Que son estúpidos? ¿Que han recibido una educación incorrecta? ¿Que son malvados por naturaleza, y no les preocupa el bien común? ¿Acaso nunca se les pasa por la cabeza que crean llevar la razón, y que estén valorándonos de la misma forma? Porque este debería ser el planteamiento de partida de toda discusión, no creerse nunca en posesión de la verdad, sino que la verdad ha de ser la meta de la discusión. Se ha de forjar en el flujo bidireccional de las palabras, las ideas. Discutir debería servirnos para dar nosotros mismo un paso más hacia la verdad. Quien discute sin estar dispuesto a ser convencido no es más que un agitador, al que deberían darle el premio al ganador dialéctico de la discusión antes incluso de que se celebre, para que se lo lleve tranquilo a su casa y deje a los demás conversar.
Prefiero pensar que este razonamiento tan sencillo no lo tienen presente los Unos cuando discuten con los Otros. Eso querría decir que la discusión es un mero sinónimo práctico de la disputa, la pelea. De las mil verdades, de la no verdad, que viene a ser lo mismo. De que no podemos escapar de esa fuerza que separa, que se opone, que es el odio. Aunque seamos los hijos del amor, esa fuerza que asocia, que llega a niveles de complejidad tal altos como para crear belleza. La belleza en sí misma, como concepto. Para crear los conceptos. Tal vez para que exista una, ha de existir la otra, como otras tantas paradojas que realmente no lo son.
O tal vez no exista una verdad absoluta, y estemos condenados a discutir sin acuerdo. Tal vez la no verdad, sea verdad. Lo que no sé si es una paradoja, o un sinsentido.
Mientras tanto, mi pequeña y humilde verdad será que todos aprenderíamos más si miráramos menos los antagónicos titulares de las primeras planas de los periódicos, y más a gente como Michael Kenny, primer aprendiz de niñero en 110 años del Norland College. Rodeado de sus 48 preciosas y encantadoras compañeras, dice cosas como "a mi novia no le importa que pase el día rodeado de mujeres", o "Hubo un tiempo en que quise ser policía, después abogado y ahora niñero. No hay diferencia: el caso es ayudar a la gente". Se mire por donde se mire, esta historia es todo amor. Esta historia también aparece en un periódico, pero curiosamente, en su última página. Y no sin razón; las verdades más bonitas son pequeñas y están escondidas.
18 de septiembre. Muere Santiago José Carrillo Solares. Unos lamentan. Otros descorchan botellas de champán. Los unos se indignan, reprochan, los otros se defienden, se justifican. Algunos pelean. Los unos recuerdan su gran labor política y social, su aportación a la democracia. Los otros le llaman asesino.
Cuando los Unos discutimos, creyendo llevar la razón, ¿qué es lo que pensamos de los Otros, nuestros interlocutores? ¿Que son estúpidos? ¿Que han recibido una educación incorrecta? ¿Que son malvados por naturaleza, y no les preocupa el bien común? ¿Acaso nunca se les pasa por la cabeza que crean llevar la razón, y que estén valorándonos de la misma forma? Porque este debería ser el planteamiento de partida de toda discusión, no creerse nunca en posesión de la verdad, sino que la verdad ha de ser la meta de la discusión. Se ha de forjar en el flujo bidireccional de las palabras, las ideas. Discutir debería servirnos para dar nosotros mismo un paso más hacia la verdad. Quien discute sin estar dispuesto a ser convencido no es más que un agitador, al que deberían darle el premio al ganador dialéctico de la discusión antes incluso de que se celebre, para que se lo lleve tranquilo a su casa y deje a los demás conversar.
Prefiero pensar que este razonamiento tan sencillo no lo tienen presente los Unos cuando discuten con los Otros. Eso querría decir que la discusión es un mero sinónimo práctico de la disputa, la pelea. De las mil verdades, de la no verdad, que viene a ser lo mismo. De que no podemos escapar de esa fuerza que separa, que se opone, que es el odio. Aunque seamos los hijos del amor, esa fuerza que asocia, que llega a niveles de complejidad tal altos como para crear belleza. La belleza en sí misma, como concepto. Para crear los conceptos. Tal vez para que exista una, ha de existir la otra, como otras tantas paradojas que realmente no lo son.
O tal vez no exista una verdad absoluta, y estemos condenados a discutir sin acuerdo. Tal vez la no verdad, sea verdad. Lo que no sé si es una paradoja, o un sinsentido.
Mientras tanto, mi pequeña y humilde verdad será que todos aprenderíamos más si miráramos menos los antagónicos titulares de las primeras planas de los periódicos, y más a gente como Michael Kenny, primer aprendiz de niñero en 110 años del Norland College. Rodeado de sus 48 preciosas y encantadoras compañeras, dice cosas como "a mi novia no le importa que pase el día rodeado de mujeres", o "Hubo un tiempo en que quise ser policía, después abogado y ahora niñero. No hay diferencia: el caso es ayudar a la gente". Se mire por donde se mire, esta historia es todo amor. Esta historia también aparece en un periódico, pero curiosamente, en su última página. Y no sin razón; las verdades más bonitas son pequeñas y están escondidas.
viernes, 11 de noviembre de 2011
La religión de Yeshúa
Recuerdo un epígrafe de mi libro de filosofía de bachiller, titulado "Del mito al logos", enmarcado cómo no en los primeros capítulos, dedicados a la filosofía griega. Hablaba del momento en el que el ser humano comienza su andadura por los caminos del conocimiento. En mi opinión se equivocaba. Sería muy difícil establecer una línea clara que señalara el momento en el que el ser humano comenzó a intentar comprender el funcionamiento de las cosas, y sus por qués. La religión ha sido sin duda el primer vector de muchos conocimientos empíricos, y de muchas búsquedas racionales. Los primeros mitos, ya sean tomados como metáfora o no, constituyen una construcción artificial con hechos y sustancias conocidos, incluso cotidianos, que consiguen explicar sin fallas un fenómeno. El procedimiento científico no dista mucho del mitológico, pues lo único que tenemos son conocimientos empíricos que intentamos aglutinar en hipótesis, que damos por buenas si son validadas por esos datos empíricos, dentro de unos márgenes. Hasta que uno de ellos no la cumple, o inventamos una nueva y más precisa.
La religión sigue transmitiendo aún unos conocimientos en los que la ciencia no puede llegar a tener competencias. Conceptos como el bien y la justicia. Conceptos sobre los que no existe una definición objetiva, aunque curiosamente algunos aboguen porque existe un bien universal. Conceptos inherentes a la esencia humana, y no a la universal. Es por ello que a pesar de que muchas religiones hayan sido manipuladas, deformadas y usadas por muchos hombres a lo largo de la historia como instrumento de poder, conservan una esencia que ningún hombre puede alterar pues son reflejo del conjunto indivisible de la humanidad.
Es probable que Jesús de Nazareth, Yeshúa, no existiera jamás. Yeshua es un nombre asociado a títulos mesiánicos [http://es.wikipedia.org/wiki/Yesh%C3%BAa], lo que hace pensar que de haber existido (como personaje histórico, no como hijo de Dios), quizá ni tan siquiera fuera su auténtico nombre. Sin embargo, a menudo cuando pienso en el cristianismo, me resulta fascinante imaginar las enseñanzas, puras y reales, del tal Yeshua. Aquellas con las que resumirías el cristianismo en dos palabras, aquellas que coinciden en todos los testamentos, en oposición a todos esos abominables apéndices que muchos se cuidaron de añadirle, entre ellos el tardío apóstol San Pablo, que de forma curiosa o lamentable, es uno de los principales difusores de la doctrina. Resulta muy curioso pararse a estudiar la multiplicidad de aditivos que ha adquirido una religión que todo el mundo definiría con la misma palabra, de escoger sólo una: Amor.
Si estudiamos a Yeshua como personaje histórico, no podríamos aceptar de ninguna manera que haya resucitado al tercer día. Después de haber sido crucificado y atravesado su costado con una lanza, la posibilidad de que se le diera por muerto sin estarlo realmente, sino solamente sus constantes vitales son por bajas, indetectables, resulta bastante improbable, máxime en los alrededores del año 30 (justo después de Cristo). Conviene pararse entonces a pensar qué significado tiene la resurrección en la doctrina de Yeshua. Reconozco que siempre me costó entender por qué Jesús nos había salvado a todos por morir en la cruz y resucitar al tercer día. ¿Acaso dejar que los hombres le maten, al hijo de Dios, nos asegura un puesto vip en el Reino de los Cielos -feudo, por cierto, del padre de la criatura-? No tiene ningún tipo de sentido.
Más acertado me parece Nietzsche en su interpretación de la historia de ambas figuras, Yeshua y Jesucristo, en su libro "El Anticristo". El regalo de Yeshua, la clave de toda su doctrina, es la muerte en la cruz, cierto. Pero sólo su muerte, su manera de morir. Uno de los mayores predicadores del amor y del perdón, cuando es traicionado por sus círculos más cercanos y más lejanos, sólo a él se le ocurre, nos perdona a todos en su último estertor. Hasta al último y estúpido animal salvaje que se arrastra por la tierra para lograr su sustento y unas pocas monedas de plata. Nos comprende y perdona por nuestro incontrolable salvajismo. Esto sí es predicar con el ejemplo. Nos da el perdón incluso tras proporcionarle un horrible sufrimiento. La resurrección, sin embargo, puede ser entendida como una venganza por parte de sus discípulos, doloridos por la muerte de su maestro. Tres días tardaron en olvidar y desobedecer la más grande y dolorosa de sus enseñanzas.
Al menos yo, no encuentro enseñanza alguna en el hecho de resucitar y subir al Reino de los Cielos. ¿Nos salvó al resto en esa ascensión? ¿Nos trajo el Reino de los Cielos? El mundo parece seguir igual después de ese histórico acontecimiento, la resurrección sólo se puede justificar como "prueba" de la existencia de tal Reino, y de la recompensa que todos esperamos de Dios por seguir su senda. Otra vez la maldita galletita con forma de hueso. No fuimos capaces de comprender que el mensaje era amar sin esperar nada a cambio. Amar incluso a nuestros enemigos. Rezar por ellos. Maldita sea, poner la otra mejilla. ¿Puede haber mayor acto de razón? ¿Mayor separación de los instintos reptiles? Amar la vida, amarlo todo, necesariamente pide comprenderlo todo. La comprensión siempre invita a diluir el odio y fomentar el amor. Realmente es un amor tan platónico el de Yeshua, y a la vez tan diferente. Toma el concepto de belleza y lo derrama sobre todas las cosas que existen. Todo es bello, si tu ojo lo sabe ver. Es esta para mí una visión tan universal que aglutina en cierto sentido todas las opiniones posibles. Y por ello, está por encima incluso del bien. Lo que para algunos representa al bien en sí mismo, realmente convierte en ridículo el propio concepto del bien, ya que todo puede ser amado. Qué simple, y qué bello.
Este es el mensaje que los cronistas y pastores cristianos no pudieron alterar. Esta es la esencia, la filosofía que nos es traída desde milenios atrás en el tiempo, bajo el brazo de una de las formas más antiguas de conocimiento, y casi de consciencia global. Si pienso ahora en que probablemente Yeshua no existió, que muchos de los hechos que componen su historia guardan paralelismos con muchas otras deidades solares de incluso más milenios atrás, si pienso en los Tres Reyes del cinturón de Orión siguiendo a Sirio, la estrella más brillante, si pienso en la Cruz del Sur, en el solsticio de invierno, en Horus, en Mitra... Entonces el mensaje resulta incluso más esperanzador. Entonces esas palabras no son algo dicho por un sólo hombre, un hombre excepcional que marcó un hito en la historia y el pensamiento. Son una herencia tan ancestral que efectivamente pertenece al conjunto indivisible de la humanidad.
Es una pena que no me pueda calificar a mí mismo de cristiano, y de religioso. No podría hacerlo para ser correcto, ya que al final una palabra es un sonido que representa un concepto, con el fin de que sea entendido por una segunda persona. Por tanto, si alguien me pregunta si soy cristiano, he de entender que quiere saber si sigo la doctrina y liturgia (por no decir sólo liturgia) de Jesucristo, y no la religión de Yeshua. La respuesta es no. Si alguien me pregunta si soy religioso, quiere saber si creo en un ser superior con el simple motivo de la fé (me gustaría añadir ciega, pero considero al adjetivo redundante), o quizás si sigo las costumbres culturales de mi pueblo en cuanto a religión, y no si creo en que hay un sentido detrás de todo lo que existe, si me maravillo por cómo los cromosomas se alinean antes de una mitosis y me planteo si es demasiado perfecto para ser casual, o si me interesa el conocimiento profundo y milenario de la verdadera esencia del hombre que entraña la religión. La respuesta por tanto, ha de ser de nuevo no.
Como reflexión final, me gustaría recordar lo que un día me dijeron que significaba la palabra religión (es algo bonito de las palabras, no sólo transmiten conceptos, sino que a menudo portan pedacitos de historia). Re-ligion, "Re" por volver, "ligion" por ligar, unir. Reunir. Reunir al hombre de nuevo con Dios. Mi pregunta es si la religión no querrá reunir realmente al hombre con el hombre, a la humanidad. Si no será la ligadura que nos hace iguales, próximos. Prójimos.
Ahora, si ambas cosas son distintas o la misma, implicaría intentar definir a Dios. Pero eso ya es otra historia... y bastante ardua. Y habiéndose alargado esta ya lo suficiente, me despido.
Gracias
martes, 16 de noviembre de 2010
La Niebla de Noviembre
Es la primera vez que veo una niebla tan abundante y densa desde que llegué a Bélgica. Pasa por delante de mi ventana con jirones perfectamente definidos, como si una nube hubiera caído sobre el Parque Tecnológico. De pronto me di cuenta de que estábamos ya bien entrados en Noviembre (y de lo rápido que esta pasando el tiempo). Hace poco (quizás aún no fuera Noviembre) intenté recordar un poema que pense que jamás olvidaría, pero había pasado tanto tiempo sin que lo recitara que tuve que hacer un verdadero esfuerzo por recordarlo. Fui desde el último verso, aquel que realmente nunca olvidaré, hacia arriba hasta recordar la primera y clave palabra, y de ahí ya volvió a mi mente. Hoy he recordado esa poesía otra vez, por razones obvias arriba explicadas, y me he alegrado de haberla "recuperado" el otro día. Y es por eso que la voy a reproducir a continuación, lo que supongo que además ayudará a conservarla, quien sabe dónde esta el manuscrito original...
Niebla de Noviembre
Gélida brisa de noche otoñal
flota en la bruma una leve emoción
un triste ensayo de triste canción
y una sonrisa, recuerdo fatal
No hay en el cielo ninguna señal
sólo los restos de una ficción
almas soñadas, que sueñan, que son,
frágil sonrisa en sus labios de cal
Si alguna vez refugio fue una estrella
ocultas en la Niebla ahora estaban
aquellas que adore por ser más bellas
Perdido en una noche en que reptaban
recuerdos que el olvido ahora sella
y truenos que en la noche se callaban
Niebla de Noviembre
Gélida brisa de noche otoñal
flota en la bruma una leve emoción
un triste ensayo de triste canción
y una sonrisa, recuerdo fatal
No hay en el cielo ninguna señal
sólo los restos de una ficción
almas soñadas, que sueñan, que son,
frágil sonrisa en sus labios de cal
Si alguna vez refugio fue una estrella
ocultas en la Niebla ahora estaban
aquellas que adore por ser más bellas
Perdido en una noche en que reptaban
recuerdos que el olvido ahora sella
y truenos que en la noche se callaban
lunes, 4 de octubre de 2010
Mirar al Abismo
Como los agujeros negros, su fondo es indescriptible, inmensurable. Como los agujeros negros, son atractivos, pero la curiosidad resulta irreversible. Como los agujeros negros, sólo hay una manera de conocer lo que hay tras el horizonte de eventos, y es traspasarlo. Y como los agujeros negros, no se puede traspasar sin caer en el Abismo.
Había un Poeta al que le gustaba hablar sobre agujeros negros, pero esa es otra historia. Una vez fue aquel para el que el mundo era vasto y multisabor, y casi sentía que podía abarcarlo con sus brazos. De voraz ansia por conocer, y por crear, aquel mundo tan vasto se volvió pequeño. El deseo de aprender, de crecer, parecía llevar tan sólo a una rutina de sensaciones agradables, y a un pedestal de alturas insalvables. Pronto empezó a llamar su curiosidad aquello de lo que los mortales llevaban hablando mil vidas. Algo pequeño y sencillo, diminuto en comparación con el vasto universo, pero de una profundidad que no se podía comparar con aquella simple colección de colores, olores, sabores, sonidos, historias y números que había estado recopilando. Aun no había probado ni una pequeña parte de ellas, pero cada nueva sensación le recordaba a la anterior. Sin embargo aquello prometía ser distinto.
Fue a hablar con el Loco, que sabía que una vez había visto aquel misterio humano. Antes su nombre también era el Poeta, y creyó que tal vez a él le entendería mejor.
- El Abismo buscas, parece -le dijo el Loco-. No te lo puedo impedir, tampoco recomendar, pero cierto es que es precioso lo que allí hay. Y ha de verlo aquel que sienta la curiosidad. Pero no todo lo que vas a encontrar es belleza.
- ¿Por qué lo llaman el Abismo? -preguntó el Poeta, curioso.
- Porque está en el Abismo, y allí has de mirar si lo quieres encontrar. Aunque yo no lo llamaría Abismo.
- ¿Cómo lo llamarías?
- Lo que diga ahora nada va a importar.
Sin pensarlo más, arrastrado por la irresistible atracción de lo desconocido, casi lo prohibido, aquello que se susurra en secreto y se pasa por debajo de las mesas, el Poeta caminó hacia el Abismo. Se acercó a él con precaución, arrastrándose por la tierra hasta llegar al borde y poder asomar la mirada a la caída.
Al principio todo era negro. Pero cuando llevaba un rato observando, absorto en lo que veía, reparó en que sin haber movido ningún músculo, ni haber notado cambio alguno en su equilibrio, estaba cayendo. Aquel negro profundo se veía cada vez más cercano, y pronto comenzó a ver algo más. Una Espiral. Una Espiral de múltiples y delgados hilos blancos, brillantes como una estrella. Aquella Espiral parecía querer engullirlo, atraerlo hacia su centro, le quería para sí. Antes de que esto sucediera las sensaciones se volvieron confusas en su mente. Caía. Subía. Reposaba. Rebotaba. De repente, flotaba. Nadaba. Se ahogaba. Frío, humedad. Bebió de aquel agua y era como si respirara. Un alivio fugaz.
Despertó días después, agarrado a un tronco, flotando sobre el agua. El Loco le miraba desde una orilla del fondo del Abismo, sentado en un saliente, apenas mojándose los pies:
- Quizás tu le pongas otro nombre, pero yo lo llamo Remolino. No es tan profundo como un Abismo, pero me recuerda todo lo que sé y debo recordar de él. Porque no hace falta saltar para caer. Ah, y por esa extraña y mareante sensación que sin duda debes tener. Hasta las embarcaciones más grandes pueden naufragar sin previo aviso por un remolino. A veces son espectaculares. Otras, los notas cuando tu barco parece dejar de flotar sin motivo. Tu lo has de saber mejor que yo, pues en otra vida fuiste un capitán Corsario.
- Ni mil vidas ni mil Abismos han sido suficientes.
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